Debiôse mi decir: parecêmonos a Rid Van Winkle, el hêroe de un cuen-
to de Washington Irving, y como tal pudiêramos tener un onîrico profundo, a
el olor que habîa en el comedor a pollo asado, el que al ser tan intenso podîa
analogarse con el saliente de una pociôn preparada para encantar al que mâs
cerca tenga su nariz de ella, lo que llevado a mi forma poiêsica no serîa otra
rerum que la de quedar poseîdo por un belebele de jaez mâgico.
--Kosmos, tû no estarâs cambiando la cosa, o acomodândola a tu manera pa-
ra justificar el hecho de no poder quedar en mutismo?
--Cratino, justificar el susodicho hecho? Câspita!! Vaya verecundia si tuvie-
se que justificar tal cual y a su manera hecho.
--Lo que sî es un hecho es el cambio de las cosas.
--Aspasia, pero aun cambiândolas no vamos a caer en un sueño profundo y
durante veinte años.
--Serîa bastante lamentable, Cratino, dormir todo ese tiempo. Pero dime el
porquê de que sean precisamente veinte años.
--Porque êse fue el tiempo que durmiô, despuês de beber la pociôn, el hêroe
del cuento.
--Kosmos, me parece que tienes un buen rival.
--Rival no, Aspasia, que mâs bien trâtase de un buen lector y amigo.
--Kosmos, no le hubieras dicho a los contertulios de la Kosmona que esta-
bas probando conocimiento?
--Cratino, este decir sale a puesto, a colocaciôn muchitantas veces en mi no-
velôn, mas es uno que, asimismo, pudiera utilizarlo fuera de êste al tener al
frente de mî interlocutores desconocidos.
---No es del todo cierto, porque a mî me lo has dicho mâs de una vez, y yo
no soy un desconocido interlocutor.
---La costumbre es la madre de todos los vicios.
---Aspasia, me hurtaste el aforismo?
---Digamos, Kosmos, que lo tome prestado. Y dîganme: quê les parece el po-
llo asado?
---Estelar, Aspasia!
---Gracias Cratino! Y tû, Kosmos, quê amplificas?
---Divino, Aspasia, di-vi-no.
---Me gusta que te guste, Kosmos. Gracias!!
---Si caminas como cocinas...
---Kosmos, que tû sabes cômo cocino y cômo camino. Sî, riête, eso. Una pre-
gunta por adelantado: quiên va a fregar, porque yo cocinê?
---Previo a la respuesta, Aspasia, dêjame darte una cosa.
---Cuâl, Kosmos, cuâl?
---Mira, aquî la tienes.
---Muy bien! Cumpliste con lo que me dijiste.
---Con restaurar el billete de cien pesos.
---Y entonces, quiên friega?
---Nosotros, Aspasia, nosotros dos.
---Perfecto!!
Treinta y cinco minutos despuês Aspasia ensalzô no solamente nues-
tra labor de fregar los platos, sino que asimismo el fulgir de la cocina por
la limpieza que dîmosle, lo que a su vez diole pâbulo de darnos tres besos
con sus labios tan frescos que de facto fueron el elixir contra la calentura
que tenîamos, y no debida a otra cosa que precisamente al trabajo que tu-
vimos y durante el tiempo susodicho. En mi caso cômo no acordarme del
cibioscates de mi novelôn, empero mâs por el hecho de la atingencia que
todo el dîa tenîa con la cocina de palacio que por otra cosa. Y en fin, que
los tres fuimos a la sala, mas sentândose Aspasia en el sofâ y nosotros en
el piso, y con el têlos de responder o de dilucidar yo de acuerdo a lo que
Aspasia leîa de la cuarta parte de mi obra, una de las partes, como ya dije
o dejê saber, mâs largas y con algo de complicaciôn. Entrando en materia,
y cômo primera pregunta hecha por Aspasia, sale a puesto êsta:
--Kosmos, cômo es posible dudar de lo que no sabemos, si precisamente
no lo sabemos?
Impepinable que ella remitîa a la frase latinizada "melius est enim dubi-
tare de occultis quam litigare de incertis", mas que solamente interesândo-
se por una parte de la frase como tal, empero al estar yo listo para respon-
derle acopas suena el timbre de la puerta, no siendo otro el visitante que
Aristarco.
---Apareciô el que hasta ora no pudo verse. Quê, Aristarco, te pusiste y el
sombrero de Zequeira?
---Cuâl sombrero es êse, Kosmos, cuâl?
---Te preguntê, precisamente, porque era posible de que no supieras de lo
que hablo; y asî, que mâs beneficioso no pudiera ser, quedas exento de un
pensar que te esclavice.
---Kosmos, no es cierto eso de que no pude ser visto, porque en la feria, y
cuando estaba con Sista, tanto tû como Cratino me vieron hablando con
êsta desde la cabina telefônica.
---Câspita!!, que me revelê yo mismo como mentiroso. Y cômo nosotros
no vimos que tû nos mirabas?
---Como mismo tû la tienes, yo tengo una pericia.
---De la que entêrome ora.
--Kosmos, vine para decirte una cosa importante, y una por la que me aver-
güenzo, y la que fue el motivo de mi encuentro con Sista, la que ahora es y
mi novia.
---Cômo? Repite! Que Sista es tu novia? Insôlito! Totalmente asî.
---Ah sî? Y por quê?
---Porque tû no eres el tipo que gûstale a Sista.
---Pues al parecer estâs equivocado, Kosmos.
---Dejemos lo de la equivocaciôn y amplifica la res relevante, amplifîcala!!
---Que no fue Sista la que hurtô tu llave âurea sino yo. Mira, aquî estâ. Te la
doy que es tuya.
---Aristarco, y cuâl es el porquê del hurto?
---Kosmos, ademâs de la tuberculosis, yo tengo un problema adictivo asocia-
do a otros trastornos.
---Cleptomanîa!! Raubon, y cuâles son tales?
---Raubon?
---Êsa es la res, Aristarco, êsa! Escucha. Ladrôn, en lengua de los visigodos,
dîcese Raubon.
---Me entero ahora. No, Kosmos, de tales trastornos no quiero hablar. Espero
que por lo menos no te enfades conmigo, me pongas la cruz.
--Aristarco, nada es tan malo como pudiera ser, reza un senecto principio me-
todolôgico, amên que tû ya me conoces un poco para saber que soy un erastes
de la risa.
---Aun asî, Kosmos, estoy abochornado.
---Aristraco, cuasi todo tiene un motivo que de comprenderse no hay por quê
sentirse con verecundia.
---Grande tu conocimiento, Kosmos, grande.
---Escucha. Hâgamos una cosa: tachonazo y cuenta nueva: de acuerdo?
---Verdad, Kosmos, verdad que eso?
---Totalmente, cien por ciento. Y es mâs, pasa y siêntate con nosotros, y olvîda-
te del ayer que siempre hay un mañana, y de paso cuêntanos cômo te va con tu
novia Sista, digo, si es que no tienes algo que hacer con êsta.
---De hecho ella hoy se queda con su madre Matilde Ronco Esponiza porque y
êsta estâ enferma, asî que paso.
---Adelante, entonces. Pasa!!
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