A pesar de estar consciente de la contingencia que côrrrese, siempre por repeticiôn
he hecho lo mismo: dejar que mis piernas llêvenme a cualesquier lugares de la ciudad.
Pero cuando digo estar consciente de ella no refiêrome a que sea un riesgo pernicioso
por el que tendrîase que pasar, sino mâs bien al encuentro con un existencial expuesto
al cambio o a la tranformaciôn, dos têrminos que totalmente diferêncianse, aun mante-
niendo ciertos y determinados doctos que la diferencia es tan poca que cuasi ni nôtase.
Yendo, lo que traduce avanzando, reduciendo la distancia que hay entre un punto y
otro, no estar inmôvil, me encuentro con Cristina, la que mejor se inclina cuando es la
ocasiôn propicia, y la que sin vacilaciôn pregûntame por quê hacîa rato que no pasaba
por su negocio de vinos. A continuaciôn del pensar adecuado, porque pudiera ponerse
molesta, o padecer una pejiguera en el caso de decirle la verdad, respôndole que por-
que actualmente era mi novia Aspasia quien ocupâbase de la compra de la dadorîa de
Baco, pero que como ella era amante de los centros comerciales por preferencia hacîa
la compra aquî. Despuês de escuchar esto, que asimismo de mirarme de soslayo, sil-
ba la melodîa de una canciôn referente a los mentirosos, empero al ser testigo visual
de que en mi semblante no apareciô una expresiôn de asombro, la que dejarîa calaña
de que el que engaña reconociôse per se por el silbido, trata de engañarme ella con la
mâs tîpica de las seducciones raudas, y entonces hîceme el cenutrio, el que cayô en la
trampa; pero eso sî, que de acuerdo a la profundidad de ciertas cosas adquiere exten-
siôn o una emociôn o un sentimiento, quedê como un participante en lo somero, moti-
vo por el cual volviô a mirarme, mas esta de vez de frente y muy cerca. Dos incompa-
tibles hâlitos jamâs tuvieron prolongaciôn, no llegan al culmen de una fiesta, aun sin
pasar por alto que es el jolgorio que encântame, mas sin perder el control un solvento
es siempre posible, la medida justa prepondera. Como no tuvo el esperado êxito, o el
pretender alcanzarlo, Cristina dio media vuelta, pero en lo que iba hacia delante dejô-
me inteligiblemente dicho que si la primera no, funciona la segunda, por lo que dîje-
me para mî una inveterada sentencia: es cierto porque es imposible.
Despuês de este encuentro mis piernas llevâronme a la Chabola, el barrio por an-
tonomasia de la prostituciôn. Claramente que en un barrio de este jaez a Jûpiter no se
le ocurrirîa lanzar uno de sus rayos, porque allende de feloniarse a sî mismo no atis-
barîa nîtidamente a la carrusiana que quisiera secuestrar, mas que de acuerdo al tiem-
po actual no llevarîasela trepada en un toro, sino en otro medio de transporte con mâs
celeridad. Por supuesto que esta verba forma parte de mi pudiente magîn, y amên que
fantasmagôrica por pertenecer al arte de la Maya ôptica, empollada con ternura y cari-
ño porque sin ella mis pinceladas no serîan posibles. Estarîa de mâs decir que no es la
verba para todos los interlocutores, empero como no es tan fâcil separarme de ella sâ-
cola a puesto, a colocaciôn dando igual con la criatura que converse, lo que trae y ha
traîdo como consecuencia o la no comprensiôn o el entender ambiguo. En lo atinente
a este barrio deberîa decir una cosa: que sirviôme de aliciente para incorporar en mi
novelôn una zona en Apragôpolis (la ciudad del ocio) con la misma caracterîstica de
seducciôn (o seductiva): la de Omonia. Partiendo de una base etimolôgica, esta pala-
bra ya posee una imantaciôn diamantina que tendrîa en cuenta hasta el mâsculo o la
fêmina con poca asiduidad al ambiente donde sobresalen las propiedades naturales y
en funciôn de acicatear para despuês entrar en gozo, en el agitamiento y en mûltiples
gemidos, en la excitaciôn garante de un brinco y sonrisa finales. Ora bien, y en lo que
caminaba, no solamente las carrusianas trataban de tentarme con una mirada afilada,
sino que asimismo cruzaban de una acera a la otra con la intenciôn concreta/especîfi-
ca de obligarme a verlas, razôn por la cual tuve que suspirar profundamente para di-
rimir en mi testa una posible mîmesis de cômo entrarîa en lûdico con ellas en la habi-
taciôn o el cuarto que tienen para el desarrollo de su trabajo afogarado, y con êste la
experiencia que tienen con la felaciôn, intimîsima humectancia con un poder absolu-
to de la cosa en-sî, de la res imprescindible. Empero si algo no esperaba era ver a las
amigas que el general invitô a la fiesta de cumpleaños de su hija Esmeralda, de las
que ahora mismo pienso que si por la ropa que llevaban en la susodicha fiesta damas
de clase parecîan, por estar en este barrio mi parecer es otro.
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