Freitag, 11. Juli 2025

166

       Hasta donde estoy informado el barrio La Chabola fue construido encima de un

barrio derruido que fue en tiempos lejanos tambiên uno de la prostituciôn. Referente

a este barrio inveterado, y onomado La bola por su construcciôn en forma de cîrculo

( o circular), por lo que no  me extrañarîa que coincidieran en un mismo punto tanto 

comienzo como final, contôme mi tîo un dîa sobre la carrusiana Margarita, una fêmi-

na  con patas largas y con un cabello rojizo que llegâbale cuasi al tafanario, y la que

preferîa la hamaca para tener lûdico amoroso y por la siguiente razôn: por la del mo-

vimiento de izquierda a derecha al ser una colgante cama, empero que un movimien-

to que simultâneamente al movimiento del cuerpo duplicaba el deleite, hacîa mâs sa-

brosa la fruiciôn. Mas segûn mi tîo, y algo que dîjome tan seriamente que mentira no

podîa ser, a este movimiento de la hamaca y el cuerpo a la misma vez tuvo que acos-

tumbrase, porque  al experimentarlo por primera vez acarreôle mareo, un ôbice con-

tra el deleite y la fruiciôn. Ahora bien, y por esto que contôme, no tendrîa yo que ser

adivino para saber el porquê de que en la sala de su apartamento tenga mi tîo una ha-

maca, y que en êsta hâyale (actualmente) pedido a Matilde Ronco Espinoza que deja-

ra caer su cuerpo, la que asimismo tiene patas largas y un crecido cabello pintado de

rojo, mas que no tan alongado como para llegarle hasta la parte del cuerpo susodicha.

En fin, y creo yo, una cuestiôn de resonancia, de atrâs, o de la sombra que impera in-

deleble.

     Como ya habîa dicho, el barrio la Chabola, y por donde he pasado (ya) tantas ve-

ces  que he perdido la cuenta exacta/concreta/precisa de la sûmula de atravesarlo de

un lado a otro, fue el aliciente para incorporar en mi novelôn (La cazuela de Vitelio)

una  zona descollante en agitamiento y excitaciôn: la de Omonia, y en la ciudad del

ocio (Apragôpolis). Etimolôgicamente, la  raîz de la palabra Omonia, algo que tam-

biên  ya saquê a puesto, a colocaciôn, serîa  del interês, de un tremendîsimo atracti-

vo de cualesquier criaturas que por naturaleza tengan una apellidada afogarada, que

si no  una con  tendencia al exhibicionismo, al mostramiento con soltura (o con sor-

na) de  componentes o elementos dados por el diseño de la natura, la que ni equivô-

case ni comete fallos. Mas lo que sî no he dicho es que quien envîciese con este ba-

rrio  lo primero  que pudiêrale pasar es que carezca de sueño; lo segundo, que piêr- 

dase como Martîn en el bosque, significando perderse no tener un control absoluto,

un  dominio de las precisiones y de las apreciaciones indispensables e imprescindi-

bles.

        De lo que sî no estoy claro es de una cosa: de si el ônoma la Chabola pûsose-

le a este barrio con el fin de que pegara, como un lûdico de palabra, con el nombre

la bola, como llamôse al barrio asimismo de la prostituciôn que fue derruido y an-

terior a la Chabola. Mas si digo que no estoy claro de esta cosa no es con el propô-

sito de sacar a puesto, a colocaciôn mi carencia de conocimiento al respecto, sino

mâs  bien con el fin de mantener la disposiciôn adecuada para adquirir la informa-

ciôn pertinente que permitirîame amplificar con mâs soltura/opulencia/riqueza so-

bre lo que existe en esta ciudad ya un tanto senecta, que asimismo acosada por el

polvo y cuasi frita por la pudiencia de los rayos apolîneos que câenle encima, y de

los que sâlvase, de vez en cuando, por el cambio climâtico que acopas traslada de

un continente a otro la caricia blanca, y por este traslado cômo yo no dirîa, dejarîa

de decir la palabra eureka, y la que resuena [en La cazuela de Vitelio] como matra-

ca china.

     Curiosamente, y al pasar por delante de dos carrusianas que conversaban como

si fuesen întimas amigas, escucho decir a la mâs alta de las dos que su progenitora

aprendiô muchîsimo de los hombres trabajando como prostituta en el barrio la Bo-

la, y que cuando soltâbase su cabello rojizo, el que casi llegâbale a las nalgas, po-

quitîsimos, contados con los dedos eran  los mâsculos  que dejaban calaña de indi-

ferencia. Y entonces, cômo  no dar como posible que la susodicha progenitora no 

era  otra que Margarita? A raîz de esta pregunta miro con fijeza a la carrusiana, y

despuês de ella darse cuenta que mirâbala pregûntame:

---Quê, te gusto o te caigo bien? 

---Te responderîa que ni una cosa ni la otra.

---Ah no, y entonces cuâl es el porquê de tu mirada?

---Porque por lo que acabo de escuchar, y salido de tu boca, me parece que tu pro-

genitora es Margarita.

---Pues sî, ella misma es. Y cômo sabes su nombre?

---Lo sê por esto. Escucha.




       



 



  




 







 







   

















Keine Kommentare:

Kommentar veröffentlichen

199

         Terencio, el ônoma del cartero que dejaba las correspondencias en cada buzôn de mi edificio, fue el motivo de que acordârame en la ...