Faltando cinco minutos para las nueve de la mañana, Cratino llâmame no para pregun-
tarme si podîa pasar, sino mâs bien para darme la noticia del nacimiento de su hija Julieta
a las dos de la madrugada, y seguido me informa de que a pesar de no haber sido un par-
to fâcil y râpido Juliette estaba bien, aunque eso sî un poco endeble y famêlica, razôn por
la cual estaba recibiendo la atenciôn menester. Respecto al momento que pudiera yo ver
a Julieta solamente serîa posible cuando la familia regresara a casa, verba que êl agrega
por saber que los hospitales no son de mi agrado, y que ni aun recibiendo un salario con-
siderable yo aceptarîa laborar en el sector de la salud, empero por quedarse sin carga su
môvil es que câese la llamada, côrtase la comunicaciôn sin haberle dado tiempo a despe-
dirse. En realidad esto no tiene mucha relevancia, pero sî resultôme raro que algo asî pa-
sârale a êl, a no ser que por haber tenido una nocturna agitada, movida y totalmente fue-
ra de su ritmo de cada dîa haya olvidado el cable para cargar el môvil, Hubiêseme gusta-
do especular sobre el porquê de êl no usar el môvil de Juliette, que no creo que dos mô-
viles descârguense a la misma vez, pero como tenîa algo que hacer, o mejor dicho, que
terminar, porque de facto era en lo que estaba (ocupado) antes de la llamada de mi buen
amigo, lo de hacer suposiciones dejô de ser un hipotêtico que de momento ocupara un
primerîsimo plano.
Regresando a mi libreta de notas, toda una guîa necesaria y una ayuda tremenda pa-
ra no olvidar tanto lo que ocûrreseme como lo que pudiera tener un desarrollo de acuer-
do a la caracterîstica conspicua de los personajes, y en el caso en el que estoy el del Piti
y Daniela, transformar a êstos en protagonistas ----la cosa de concaternarlos en una sola
escena, como ya dije, mantiênese como la mâs ideal/propicia/tempestiva, porque asî
quedarîa fijada a la ficciôn de una representaciôn donde el desprendimiento, la soltura,
el dejar ir y el aceptar son fundamentales para el ponderamiento de la conducta-----me
da un tremendîsimo deleite por ser dos criaturas que formaron parte de esa dimensiôn
del tiempo que no regresa, y en la que mi presencia como mancebo/escolario destacô-
se, que asimismo atrajo a todo aquel que por conocimiento no dudarîa de que de co-
mûn yo tenîa poco debido al sobresalir de un dominio [de ciertas y determinadas co-
sas] que no era habitual con tan poca edad, que no llegarîase a tener con un nivel pri-
mario dependiente de la pedagogîa con la que (posiblemente, porque ningûn didâsca-
los pudiera asegurar que cien por ciento sea asî) paulatinamente adquiêrese un basto
saber, la precisiôn de un contenido y la apreciaciôn de una perîstasis que le da vigoro-
sidad de un discurso.
Ahora bien, y sin enfatizar la derivante que sale de esta frase con algo de repeti-
ciôn en mi novelôn: de lo que no se puede hablar es mejor callar, porque si es verdad
que del Piti solamente recuerdo que sucumbiô debido a su caîda de cabeza en la cis-
terna, tambiên es cierto que puêdolo esbozar mentalmente hasta sacarle el mayor pro-
vecho al dibujo que de êl hâgome y como un mancebo dominado por su propia natu-
raleza, especîfico dato y sumamente ûtil para ampular un perfil con marejadas del ca-
râcter incesantes. Referente a Daniela, de la que tengo un mejor conocimiento, y co-
mo tal puedo decir con mâs soltura y seguridad narrativas lo que me plazca, pero has-
ta cierto punto un decir no exento de la ficciôn beneficiosa por una cuestiôn mîa de
soltar la madeja semântica hasta sacar del ovillo el hilo recogido, que su problemilla
radicaba mâs bien en la desconfianza extrema que en apresuramientos demostrativos
de envidia, razôn por la cual êrale menester una dilucidaciôn totalmente diferente de
la que dâbale su progenitora y para lograr un fin concreto: el de mantenerla separada
de los chicos del barrio, a pesar de que con êstos ludicaba al lûdico de los escondidos,
y no solamente una vez a la semana sino cuasi todas las siete nocturnas de êsta.
Interesantemente, y en lo que escribîa en mi libreta de notas paar de ideas que pa-
reciêronme no tan banales para darle comienzo a la escena susodicha, escucho un rui-
do en la cocina. Estando en êsta soy testigo visual de la caîda del frutero, algo de fac-
to crîptico porque êste estaba en el centro que no en un borde [de los cuatro] de la me-
sa. Quedôme descartada la posibilidad de un pneuma con reciedumbre, ya que como
estaba cerrada la ventana por dônde iba a penetrar, pero no imposible la presencia de
los lares capitales, que de tanto que hablê en mi novelôn de ellos es posible que por
dejarlos de mencionar estên en funciôn de llamar la atenciôn, aun no teniendo nada
que ver mi apartamento con la corte de Dido, con el palacio en Bedriaco donde los
lares podîan estar en cualesquier partes de êste. Resumiendo la cosa, porque de quê
servirîame profundizar en la cuestiôn de la protecciôn si no tengo la necesidad de es-
tar/sentirme protegido, cogî las frutas y las volvî a poner en el frutero; pero, lo que sî
que es totalmente insôlito, la manzana no la encontrê, no estaba en el piso.
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