Quince minutos despuês, y con el fin de cortar camino, me metî en uno de los callejo-
nes mâs senectos de la ciudad. Recuerdo que en mis tiempos de escolario este era el ca-
llejôn ideal para el lûdico de los escondidos, juego que disfrutaba muchitanto y en el que
participaban tanto varones como hembras. Por mi afân de descubrimiento, de empezar a
conocer el cuerpo femenino, un dîa pedîle a Daniela que escondiêrase conmigo. A raîz
de esta peticiôn ella dejô calaña de reticencia al decirme que porque fuera yo un conoci-
do del barrio no era suficiente para estar a solas conmigo, razôn por el cual tuve que ha-
cer todo lo posible para convencerla de que no pasarîa nada, de que no aprovecharîa la
ocasiôn para hacer lo que otros chicos ya hacîan con sus amiguitas. A pesar de esta ver-
dad ella seguîa desconfiando, no estaba segura, por lo que pensê que lo ûnico que me
quedaba por decir era prometerle que la respetarîa. Y quê si no que por las cosas que pa-
san no pude lograr lo que querîa: despuês de prometerle lo que dije soltô una sonrisa y
estuvo de acuerdo en esconderse conmigo, mas como eran cuasi las diez de la nocturna
tuvo que regresar a su casa porque su progenitora llamôla a gritos. Pero que no hâyalo
logrado no quiere decir que descartara la posibilidad de esconderme con ella en alguna
que otra nocturna, mas sucediô que mâs nunca participô en este juego, y no porque no
quisiera, sino que mâs bien porque su progenitora prohibiôselo.
Saliendo de este recuerdo del ayer concentro mi vista en el suelo que pisaba, ya que
al ser el de un callejôn viejo habîa que tener cuidado, lo que traduce que caminar con
soltura resultaba imposible. La mejor manera de avanzar sin que periclitara la salud de
los pies era la parsimônica, un yendo que por ser con calma garantiza la dilaciôn, pe-
ro como no tenîa prisa en llegar a mi apartamento la demora no preocupâbame. Estan-
do exactamente en la mitad del callejôn, punto en el medio [que por una cuestiôn ma-
temâtica no me desagrada] y como tal ûtil para la divisiôn de dos de la distancia, ob-
servo el rodamiento de una manzana, empero sin ser sobre el pucho testigo visual de
la mano que la tirô. De tal guisa la manzana chocô con mi calzado, siendo entonces
que aparece Rosamunda con la guirnalda de laurel y dîceme:
--Kosmos, esto sî que es increîble, totalmente inesperado: que hayan sido tus zapatos
los que pararon la manzana.
--Verdad que insôlito, Rosamunda, mas no fuera de algûn programa que no podemos
controlar.
--Oh, no tuve cuenta tal programa.
--Aparte de este programa, quisiera dejarte saber algo que tiene que ver con la mito-
logîa.
--No sê por quê me parece que se trata de Eris.
--Aplausos, Rosamunda, a-plau-sos!!
--Entonces, Kosmos, ya lo sê, asî que no hace falta que me lo dejes saber. Pero aquî
tengo que subrayar una cosa: el lanzamiento de la manzana nada tiene que ver con la
discordia, ni con juicio ni con guerra, sino mâs bien con deshacerme de ella lo mâs
râpido posible en el mismo lugar que fue dada.
---En el mismo lugar que....Te explicas, Rosamunda?
---Sî! Escucha. Hace no mucho Aristarco se encontrô con Sista, y debido a que êsta la
acosa un peso de conciencia. Estuvieron conversando aproximadamente media hora,
y por lo que me contô Aristarco solamente fue interesante oir estas palabras: me gusta-
rîa que tus manos volvieran a bajar por mi espalda como una gota de miel que con len-
titud desciende.
---Rosamunda, y si dîgotelo es porque estuve dos años y medio con ella, alguna que
otra vez, de vez en cuando Sista suelta pinceladas atrayentes, mas no con el fin de de-
mostrar que tiene talento para darle color a un expresiôn, sino mâs bien para lograr la
atenciôn que necesita.
--Entonces tû crees que Sista no tenga la atenciôn de Irene, la chica hurtada por la ma-
dre de aquêlla?
--Te responderîa que las pocas veces que he hablado con Irene he podido comprobar,
y por lo que dice, que es una chica que se preocupa, que estâ al tanto...que no es indi-
ferente, mas pudieran pasar dos cosas: o lo que dice es un montaje con el fin de que
quien la escucha tenga una buena opiniôn de ella, o verdaderamente es como lo dice
y no lo aplica con su pareja.
---Sabes a quiên me recordaste con estas palabras? A mi difunta madre Simaeta.
---Lo que no me extraña, Rosamunda, porque tu progenitora tuvo un gran conocimien-
to de la vida, una visiôn bastante amplia de lo que significa ser un ser humano, por no
decirte que en lo atinente a lo oculto su saber dejaba a cualquiera con la boca abierta.
---Kosmos, es una lâstima que no pueda seguir la conversa porque debo empezar con
el trabajo en la florerîa, asî que me despido con dos besos, y uno en cada mejilla para
que no falte el ponderamiento.
---Y cuâl mejilla es la primera, la izquierda o la derecha?
---La derecha!
---Câspita!! Totalmente de acuerdo.
---Y por quê has dicho câspita?
---Porque me encanta la derecha, y como tal pudiêrate decir esta frase anunciativa:
Primero la derecha; despuês la izquierda.
---Vibramos con la misma cuerda, porque a mî tambiên me encanta la derecha. Ah, y
antes de que se me olvide, me dijo Sofîa que tû le caiste bien.
---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Otro posible pez para mi an-
zuelo, u otro porciento de sal para un huevo.
---Un decoramiento verbal interesante, pero que no va a entender Sofîa. Quê le puedo
decir de forma mâs sencilla?
---Que ella por ser rubia encaja en mis preferencias.
---Ah, estâ bien, esto lo va a comprender mejor. Y me voy, asî que adîos.
---Y la manzana quê?
---Si no deseas ingerirla se queda en el piso.
---Ingerir la manzana yo? No, quê va!!
---Pues entonces que se quede donde estâ.
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