Freitag, 23. Juli 2021

La cazuela de Vitelio (857)

   

EL BULLICIO EN EL SILENCIO (III PARTE)


   Cesando la risa de Kosmos, la que a todo trance sucede, por ser parte (como ya

sâbese) de la inveterada fiesta, la que asimismo incluye el lûdico como parte in-

defectible de una apreciada subrutina, amplifica êl mismo con soltura regalada de

la ya cuasi por la mitad iniciada novela hacîa nada mâs y nada menos que una se-

mana, y con la titularia que arriba impepinable lumbra con mayûsculas sus letras

erigidas. A raîz de la amplificaciôn clara, que si de empezar como comenzô la na-

rraciôn ocupo puesto, colocaciôn el sucumbimiento del guacamayo de Konfuza, lo

que debiôse al engullimiento del pajarraco polîcromo de una sûmula considerable

de arilos del Taxus con simiente y todo, y con êsta el correspondiente tosigamiento

de la taxina (alcaloide tôxico mortal) en poquîsimos minutos, no sôlo tuvo lugar el

suceso por razones atinentes a la pêrdida de la visiôn del guacamayo, sino tambiên

por un vînculo que aludirîa soterrado a una arcaica fluencia mîtica que plantea una

conexiôn que no falla siendo el kairôs el justo entre dos que salieron del juego y en

el mismo lugar, sitio de constantes transformaciones (ademâs) y de dadorîas cons-

picuas [ de las que dirîa Vercingetorix que son las propicias para un objetivo preci-

so o concreto al que afânase un buscador con algo de estudio y coralinos repasos?]

que atrapan o seducen sin interponerles cortapisas, sin que lo constructo impere pa-

ra crear un ambiente en el que tales dadorîas susodichas veânse solapadas, si no y

paulatinamente, en un periquete por el peso del palabrôn.

----Me parece, Kosmos, que si Konfuza algûn dîa êchale un vistazo a tu novela, lo

que menos le va a gustar es el inicio de êsta, no?

----Didâscalos, usted plantea un hipotêtico, un tal vez como a lo mejor posibilidad,

mas en el caso de que sus ôculos acêrquense de que gûstele o no me importa un....

----Deja deja, no lo digas, ya te captê.


    El eunuco Posides despertâbase para raudo padecer un asombro, y no por otra y

cosa, que por la presencia del guacamayo; sin embargo, que le consta como el pa-

sado que ve entre las hojas del Iubhar, menos que entre las de coclearia facilitadas

por Cornelia, cualquier objetivo frente a su vista no era del todo creîble hasta que

por permamencia quedârase un tiempo largo, lo que resultaba lo mismo a plantear-

se un imposible tremendo, porque a sabida cuenta donde estâ, si es verdad que to-

do es posible, tambiên lo es que como tal contiene engañifa. Empero sea como fue-

re, la cosa es [que se parte de un eje en derredor del que giran acumulamientos des-

tripados, que viene a decir lo igual a que es precaria la digestôn] un tantîsimo mâs

ingente de lo que pudiera ser garante de una extensiva de divisiones o zonas, proce-

so de alumbramiento gradual, de con-figuraciôn por la imago, mecanismo con esca-

la de môvil jaez, triunfo no del gallo sino de la proyeccion tenora. Pero gracias mu-

chitantas a este embrollo es que la cercanîa al pajarraco es de facto realizable; pudo

acaecer exenta de tropiezo o bifurcaciôn; dejô en la experiencia una resonancia va-

ronil, aunque por eunuco de mâsculo tuviera poco. Una vez tocado el guacamayo y

acariciado el pico, êste comenzô a soltar los arilos del tejo, instante capital en que y

el eunuco Posides toma conciencia de que el destino del guacamayo no era disîmil 

al de êl, de que por analogîa los dos salieron del primer sistema por el mismo moti-

vo, pero mediando la diferencia de la causa que los condujo al mismo ârbol. A con-

tinuaciôn llega Cornelia y entonces pregûntale al eunuco optando por la posiciôn y

en jarras:

----Y de dônde tû sacaste ese pajarraco, entrô volando por la ventana?

---De ninguna parte lo saquê, ni sê por dônde entrô, sôlo sê que al despertarme ahî

estaba posado---responde el eunuco a la vez que señala.

----Y cuâl explicaciôn tû le das a eso?

----Ven, acêrcate, que te explico---dice el eunuco Posides dando unos golpecitos so-

bre la superficie donde estaba.


     El vate ya sospechaba, por haberse adelantado a leer en el manuscrito este pasaje

un tanto crîptico, y claro estâ despuês de haberle dado Kosmos el pertinente beneplâ-

cito para hacerlo, de que El bullicio en el silencio retomarîa las reminiscencias del ar-

tîfice, pero las que de un cierto modus sôlo suceden en su entelequia, distinciôn que y

las separa de las empîricas, aunque êstas en algûn momento prêstense para elaborar y

un pastiche, algo que vendrîa a ser como un puzzle codificado al extremo, por lo que

llegarîa el altruismo a una redoma y preponderarîa una teleologîa bajo el mando del y

gusto, si no que con el de la aguja que con su ser de rigor pincela hasta los espasmos 

de una pata de rana en el laboratorio de Galvani, no ya decir a Purusha, el hombre de

un himno: el del Rigveda.

    Mas kosmos no da las claves concretas; adocena unos cuantos fundamentos, âurea

divisiôn en la que labora con la idea del ojo asomante; causa el excurso para evitar un

señalamiento desiderativo especîfico, oponencia contra empellones gustosos de inter-

ferir con determinada reciedumbre sobre la tela de una exposiciôn determinada que no

muestra lo desnudo sino que mâs bien lo prorroga para que su ampo no periclite, algo

que ya sâbese arraigado a un discurso ex profeso repasado, como quien calcula con an-

ticipaciôn la mitra que llega al cuello; mas sin que êsta, por apretôn, dirima una forma

y por efecto cause asfixia, lo hacedero que tal vez pudiera una mano convertir en con-

quista ajena, si apremiante una ilusiôn la garganta propiedad serîa, y quiên sabe si has-

ta de un gañan con mûsculos descollantes que sale a dar un paseo sobre al pucho a la y

llegada del crepûsculo, sin enlutar lo negruzco y sin portar flores de orquîdea. 





 



 




 


















 






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