No habîa que someter el espacio circulizado a las normas establecidas por
el principio de la razôn, sino que mâs bien enfatizar la razôn para sacarle mâs
provecho al espacio circulizado, y dentro del cual estaban los pulvinares, zo-
na o lugar favorito de su majestad Dido, quien concomitada por la campesi-
na y Sunev, y claro estâ, acicateada por las dadorîas del conditio paradoxum,
dilucidaba sobre la preñez no sôlo desde el punto de vista de su (ya) experien-
cia lejana, sino tambiên desde su conocimiento de la especîfica y senil creen-
cia, de que el embarazo tiene atingencia con determinados lugares en los cua-
les habitan entidades ancestrales, las que en busca de un retorno hacen todo lo
posible por volver a vivificarse. La campesina, por lo anterior escuchado, con
la ayuda de las dos manos que raudo abriêronse en funciôn defensiva, cubriô-
se la barriga con un preciso espanto, asimismo que cambiô la posiciôn de lado
a la de sentada, pensando que con estâ quedarîa mâs protegida o exenta de per-
nicio alguno. Sunev, en cambio, a pesar de no creer en nada de eso, no diolo y
como imposible, y no debido a otra cosa que a su madre Cornelia, quien con-
cretamente no andaba por estos vericuetos crîpticos mas sî por otros caminos
de entrega y ofrendas a una deidad sumamente conocidîsima, de lo que dedû-
cese o sale que no sôlo lo visible eleva polvo y engendra espuma, sentidos al-
tera y disposiciones abraza, cautiva paulatinamente o seduce de repente.
---Usted me disculpa, Dido, mas la educaciôn que yo recibî en la granja no y
llegô tan lejos como para yo sentirme quieta con lo que usted acaba de decir.
----Te puedo entender, porque antes de yo saber de ciertas cosas pensaba muy
parecido a ti, pero te puedo decir que en la sombra hay todo un mundo feno-
menal y exclusivo; y hasta a veces ilustre, en dependencia claro estâ de su ni-
vel y composiciôn, que no revela su existencia como si fuese un conjunto de
latas dispuestas para ser unidas y haladas por la superficie de un terreno, sino
que mâs bien es todo lo contrario lo que destâcase en su proceder-----dîcele a
la campesina Dido.
----Y de dônde usted sabe lo que sabe, del mago hiperôsmico?---fisga la cam-
pesina.
----No no, el mago sôlo sabe de olores, no de totemismo...
----De quê?
----Ya estâs asustada, no quiero seguirte asustando....
----Me parece que la sensatez de Dido es vâlida, algo que elude el hecho de y
que no puedas dormir a raîz de concentrar un pensamiento en algo que desco-
noces---anuncia Sunev.
----En realidad les confieso que a pesat de la validez me parece que no voy a
poder dormir por estar preocupada con mi barriga---suelta la campesina.
----No tienes por quê estarlo, porque partiendo de una base funcional si en al-
go no crees sencillamente no se realiza. Todo suceder lo es por la creencia....
----O sea, Dido, que descreyendo una cosa no pasa?---pregunta la campesina.
----Lo que no quiere decir que la cosa no exista; pero sî, es algo como eso.
----Pero el leñador de Britania, quien te educô, tiene su misterio, no?
----Eso es cierto, Sunev, pero cuando me hablaba de cosas extrañas nunca, ja-
mâs le hice caso, por no decirte que casi siempre êsta fue una de las razones
por la que entraba en disputa, si no que en discusiôn con êl.
---Bueno, bueno, cambiemos el tema y dîganme entonces, con detalle, quê fue
lo que les ocurriô paseando por la sombra acarreada por las columnas----Dido
pregunta.
----Quiên empieza primero, tû o yo?---pregûntale Sunev a la campesina.
----Por supuesto que tû, te dejo el comienzo a ti---responde la campesina.
Keine Kommentare:
Kommentar veröffentlichen