(versiôn)
Con exigua pericia letrada mas tan inteligible que pudiêraselo envidiar
un escritor con dominio metafôrico, escrîbele Endimiôn a Dido una esquela
en la que dêjale saber lo del robo de las monedas al quedarse profundamen-
te dormido en una senecta dureta. Aclârale que las monedas eran el salario
del mes dado personalmente por Sarambo, y precisamente en el tempestivo
momento en que comenzaba a verse la Luna, la que a pesar de lumbrar con
reciedumbre de su luz escapô el ladrôn. Mas lo que sî no revelô semântica-
mente fue lo de la conversa tenida con Diôtima, la carrusiana mâs vieja del
lupanar de la zona de Omonia, y quien diole un prêstamo que deberîa en un
mes devolverle. Al canto de leer la esquela pregûntase la reina quê pasâbale
por su testa a Endimiôn, cuâl era su intenciôn al barruntarle sobre lo que en
lontananza sucediôle, algo con lo que de facto ella nada tiene que ver. Y en-
tonces, y con el objetivo de clarar alguna que otra duda, hâcele la acostum-
brada señal al cibioscates para que acercârase a los pulvinares, ya que êste
conociô muchitanto mejor a Endimiôn, fue por sensatez su incesante y cer-
canîsimo cômplice.
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