(en la ciudad del ocio)
Muchitanto mâs allâ de la segunda vigilia llegan al lupanar de la zona de
Omonia Kîntlico de Kostâ, Tublides de Malamonta y Endimiôn. Despuês de
esperar cinco minutos aparece Florentina, la que pensô que Kîntlico volverîa
a pagarle el peculio correspondiente antes de comenzar la relaciôn cupidosa,
lo que traduce que primero el dinero; despuês, el gozo desenfrenado. Empe-
ro como Kîntlico no deseaba de nuevo pasar por el momento ingrato de tener
que esconderse de Dolfopân Colunnecio por haberse acostado con la progeni-
tora de êste, por haberla disfrutado de arriba a abajo sin ningûn tipo de corta-
pisa, decide buscarse otra carrusiana que le dê deleite, que lo satisfaga con lo
humectante hasta que la lluvia dorada acarree un final feliz. Entonces Floren-
tina intenta seducir a Tublides de Malamonta, convercerlo de que un cuerpo
como el de ella era sumamente exclusivo tanto por la medida perfecta de sus
partes como por la fruiciôn que con êl podîase tener, pero como Tublides no
estaba dispuesto a tener que enfrentar la posible amenaza del jefe de la nue-
va formaciôn de la tribu germânica no dejôse seducir. Quedando sôlo como
posible cliente Endimiôn, Florentina pone en funcionamiento otra estrategia
que no soportarîa ni el hombre mâs fuerte, ni el que por caracterîstica tuvie-
se la de desdeñar un toque dejado con mano dulce y con experiencia en des-
pertar un sentir coralino, o en provocar un atizamiento que paulatinamente
engendra un ampulamiento de venas por el fluir sanguîneo. Mas que de pa-
sar una cosa sucede la siguiente: las ûnicas monedas para pasar el mes que
tenîa Endimiôn eran las prestadas por Diôtima recientemente, lo que signi-
fica que de utilizarlas para pagar el costo de una carruasiana tendrîa que in-
geniârselas para hallarle el solvento a una situaciôn autocreada, allende que
una que traerîa como consecuencia el no poder pagar lo bâsico alimentario,
el sustento menester. Aun teniendo en cuenta lo anterior, algo que de facto
es fundamental, Endimiôn vacilô un tanto, su voliciôn no dio calaña de râ-
pida firmeza, lo que entonces quiere decir que solamente una voz que hiciê-
rale tomar conciencia serîa la indicada para sacarlo de algo asî como y de
un estado irresoluto. Por ciertas causalidades codificadamente posibles pa-
sados siete minutos escucha la voz, la que de tal guisa no es otra que cuasi
la ronca de Diôtima.
--Yo sê, Endimiôn, que de las seducciones son poquîsimos los machos que
escapan; las de Florentina, una carrusiana con excelente dominio de la pa-
labra y de sus manos, chupan como una esponja, pero no olvide usted que
lo poco que le prestê no es para despilfarrarlo en placeres, ademâs que ês-
tos son efîmeros mas comer es lo prioritario. Y no me entienda mal, o me
interprete con apuro, que no quiero decir que se aleje del placer, que no lo
tenga, pero de acuerdo a su situaciôn de momento deberîa utilizar las pres-
tadas monedas en comprar su comida.
---Tiene usted toda la razôn, Diôtima, sus palabras me han dado claridad,
me han catapultado de lo indeciso.
--Quê, Diôtima, tû quitândome un posible cliente? Increîble!! Con quiên
estâs? Pensê que estâbamos en el mismo bando.
---Florentina, no se trata de quitârtelo, porque de hecho no lo quiero para
mî, sino de que Endimiôn fue vîctima de un robo, y las monedas que tie-
ne yo se las prestê, las ûnicas con las que cuenta para pasar el mes prôxi-
mo.
---Vaya, que de Endimiôn haber pagado, pagarîa con las monedas de us-
ted, Diôtima---dice Tublides de Malamonta.
---Ademâs!! Pero crêame, Tublides, que eso no me importa tanto.
---Diôtima, usted no se habrâ enamorado de Endimiôn? La noto preocu-
pada por êl, tiene muy en cuenta lo que le pasô...
---Quê pregunta, Florentina!! No es nada de eso, nada!!
---Seguro, Diôtima, seguro?
---Cien por ciento, Florentina!!
---Bueno, yo los dejo, que no puedo perder en tiempo en conversaciones,
que si no gano yo tampoco puedo comer.
---No hay problema, Florentina. Buen anankê!!---afirma Kîntlico de Kos-
tâ.
---Que les parece si tomamos algo juntos?---pregunta Diôtima que agrega:
la invitaciôn de esta noche va por mî.
---De mi parte no hay negaciôn---dice Kîntlico de Kostâ.
---De la mîa tampoco---dice Tublides de Malamonta.
---Y de la suya, Endimiôn?---indaga Diôtima.
---Yo no tomo alcohol, sôlo agua.
---Sôlo agua? El agua dentro de poco va a costar mâs cara que el alcohol; y
bueno, que el que por su gusto muere la muerte...
---Deje, Diôtima, que yo conozco la frase---dice Endimiôn.
---Entonces vamos, vengan conmigo---dice Diôtima.
Un rato despuês acopas aparece Viator. Su presencia ni imaginârsela
Endimiôn, razôn por la cual tratô de hacer todo lo posible por no ser visto,
lo que a su vez llamô la atenciôn de Diôtima quiên râpido pregûntale a ês-
te:
---Cuâl es el porquê de que usted se estê metiendo poco a poco en el rincôn,
se estê echando hacîa detrâs? Quê, desea protecciôn de la sombra?
---No, Diôtima, no!! Es que ha llegado una criatura con la que tuve malîsi-
ma relaciôn por haberme quitado el puesto de cocinero en la corte de Dido;
cuasi que estuve a punto de tener con ella conflicto, mas como el reglamen-
to de la reina es tan severo no pasê a la acciôn.
---Y cuâl es esa criatura de la que usted se esconde?
---Mire, Diôtima, aquella criatura que tiene los brazos cruzados y que mira
como en busca de la carrusiana que mâs le gusta; su nombre es Viator y no
sê quê asî aquî en Apragôpolis porque su ciudad es Cosura.
---Ah, la actual Pentalia!!---afirma Kîntlico de Kostâ.
---Ha estado usted allî?
---No, Endimiôn, no, pero sî conocî varios compradores oriundos de allî
que pasaron por mi tienda en el estrecho de España.
---Pero, Endimiôn, tal vez a Viator le gusta viajar, conocer, hacer amigos
por el mundo. Quê de extraño tiene que estê aquî en la ciudad del ocio.
---No sê, Tublides, no sê, eso puede ser pero tambiên otra cosa.
---Mire, Endimiôn, mire!! Me parece que usted ha sido descubierto, porque
Viator viene hacia acâ---dice Diôtima.
---Quiên me iba decir a mî que nos encontrarîamos de nuevo, Endimiôn?
---Viator, y usted tiene el descaro de dirigirme la palabra despuês de lo que
me hizo, o sea, de quitarme el trabajo?
---Sabe usted, Endimiôn, que no fue asî, sino que lo que pasô fue otra cosa
que ahora no revelo, porque no conozco a las personas que le acompañan.
---Eso de que fue otra cosa no es una cosa clara, asî que dêjese de hacerse
el bueno, el no culpable, que usted sabe que yo sê lo que sê.
---No es saludable guardar rescoldos, ademâs que perjudica el diâlogo del
alma consigo misma---dice Diôtima.
---Venga acâ señora, es usted filôsofa?---fisga Viator.
---Yo soy una carruasiana vieja que repite palabras de Platôn.
---Palabras de Platôn? Pensê que eran las suyas---dice Kîntlico de Kostâ.
---El diâlogo del alma consigo mismo es, segûn Platôn, el pensamiento.
---O sea, que asî es como define Platôn al pensamiento, no?
---Sî, Kintlico, sî.
---Endimiôn, yo ya no trabajo mâs en la corte de Dido---deja saber Viator.
---Êsa es la puniciôn, el castigo, la justicia de las deides, que si no que el
mal regresa a quien lo aplica.
---Nada de eso, Endimiôn, ya que yo me fui de la cocina de la corte por y
problemas de salud. El actual cocinero de palacio es uno de Irlanda.
---No sabîa lo primero, mas sî lo segundo, lo que a su vez es el motivo por
el cual yo estoy aquî.
---El motivo?
---El motivo que yo conozco---dice Diôtima.
---Y cômo es que usted lo conoce?---indaga Viator.
---Porque Endimiôn me lo dijo en la primera conversa que tuvimos hace y
unas pocas horas.
---Y se puede saber cuâl es, Endimiôn?---pregunta Viator.
---No sea chismoso, que a usted no le digo nada.
---Nosotros estuvimos mâs de una vez en palacio---dice Kîntlico de Kostâ.
---Nosotros?---pregunta Viator.
---Sî!! Yo y êste que estâ a mi lado, que se llama Tublides de Malamonta.
---Yo sôlo conocî, y cuasi en mis ûltimos dîas de trabajo en la cocina, a Ver-
cingetôrix, el leñador de Britania y a Kosmos; ah, y claro, al cibiosactes.
---Al cibiosactes, y obligatoriamente, lo conocen todos los cocineros que y
han pasado por la cocina de la corte. Viator, y dônde usted los conociô?
---En la cocina, aunque ahora no recuerdo el porquê de la presencia de ellos
en êsta; pero en fin, es igual. Y dîganme: quiên pagô la primera ronda de co-
pas?
--Yo, Viator, yo!!---responde Diôtima que pregunta: por quê usted quiso sa-
berlo?
---Porque la segunda va por mî, y asî hablamos y nos conocemos.
---Quê? Quê usted se queda? Pues saben quê, yo desaparezco, me largo.
---No sea tan inmaduro, Endimiôn, que mejor deberîa ser un hombre mâs y
crecido, ya que lo que pasô ya pasô pasando---dice Diôtima.
---Como decîa un senil poeta: pasar que pasa pasando!! Acaso usted leyô a
este poeta, Diôtima?
---Viator, yo no leo poesîa, nunca me gusto, aparte que tiempo tengo muy y
poco para descansar.
---O sea, que ni tiene tiempo para leer algo, no?
---Asî mismo, Viator, asî es.
---Endimiôn, y esa bebida tan clara cuâl es?---pregunta Viator.
---Agua!! Yo no bebo alcohol. Y no me pregunte mâs nada, que si no le tiro
un vaso encima.
---A ver, Endimiôn, ven conmigo, que te voy a relajar, a quitar la tensiôn de
tus recuerdos.
---Y cômo le voy a pagar, con su dinero?
---No me tienes que pagar nada. Esta primera vez es gratis.
---Aprovecha, Endimiôn, aprovecha, que gratis es una sola vez---dice Tubli-
des de Malamonta.
--Vamos, Endimiôn, vamos a mi cuarto, que te dejarê como nuevo---dice Diô-
tima.
---Y ustedes desean seguir tomando lo mismo o desean otra bebida?
---No, Viator, seguimos con la misma---responde Kîntlico de Kostâ que agre-
ga: que las mezclas nunca fueron buenas.
---De acuerdo: Yo tambiên creo lo mismo. Voy por las copas y regreso ense-
guida.
---Aquî nos quedamos inmôviles, esperando---dice Tublides de Malamonta.
Keine Kommentare:
Kommentar veröffentlichen