Montag, 27. Mai 2024

70

      Antes de llegar al bar nocturno encuêntrome con Caspar, el que allende de estar po-

seîdo  por un estado de jovialidad tremenda tenîa entre sus labios una mediana tagarna.

Sobre el pucho preguntêle el porquê del susodicho estado, respondiêndome sin dilaciôn

que por haber terminado su jornada laboral como camarero en el restaurante langostero,

trabajo  como tal que no agradâbale muchitanto y que solamente mantenîalo por la sen-

cilla  razôn de que no ganaba mal. Seguido infôrmame sobre el somero problemilla que

tuvo Matilde Ronco Espinoza con el pago de su cuenta, motivo por el cual fue menester

la  presencia del jefe, mas como ya yo sabîalo no resultôme un aliciente para amplificar

otra cosa al respecto, mas para no quedar en mutismo absoluto presêntole a los que con-

comitâbanme, o sea, a los  tres representantes de la gerontocracia ( Aristofôn, Tartare y

 Lurpak) de un barrio cercano a la catedral barroca, y a continuaciôn pregûntole si que-

rîa  ir con  nosotros al bar nocturno, el local de las sorpresas y variantes inesperadas, y

el que allende beneficia por la repeticiôn de un êxtasis ligero.

---Kosmos, cômo decir que no tratândose de un local asî?   

         Diez minutos despuês llegamos al bar. Al darse cuenta Caspar de que dos chicas

mirâbanme con destacada fijeza por curiosidad pregûntame si las conocîa. 

---Caspar, la de la derecha onômase Juliette; la de la izquierda, Esmeralda.

---Bonitas muchachas!! Vaya suerte que tienes, Kosmos.

---Caspar, hasta la suerte yo la comparto, asî que ven conmigo que te las presento, mas

antes dêjame decirle a los senectos que nos esperen adentro.

       Al cumplir a cabalidad con este hacedero decir dijele a Caspar que siguiêrame. Al

estar frente a las chicas êl abotonôse la camisa de mangas largas, porque al llevar deba-

jo de êsta sôlo una camiseta diole pena eyectar un estado de informalidad delante de los

ôculos de las fêminas, mas ignorando que êstas lo que no es formal es una de las cosas

que mâs les interesa o la que precisamente gûstales. Seguido a la presentaciôn el adjeti-

vo atractivo saliô por la boca de Esmeralda, razôn de que mîrase a Caspar con la misma

fijeza destacada que mirôme a mî. La mirada de aquêlla, y tan pudiente que pudiera en-

cantar sobre el pucho hasta a el que mâs sabe de materia esotêrica, como consecuencia

trajo que êste bajara su testa y observara el piso, el que estaba tan mojado como la ropa

de los representantes de la gerontocracia que mojâronse otra vez.  

         Una flor de Hydrangea macrophylla







         








Freitag, 17. Mai 2024

69

       Caminando en la nocturna en la misma condiciôn que el paseante del artîfice filosôfi-

co  ginebrino, y despuês de haber dejado en la puerta de su casa a Matilde Ronco Espino- 

noza,  encuentro un paraguas al lado de la escultura de Le Penseur sin pensar que la cria-

tura  que lo olvidô viniera a  buscarlo al recordar el lugar  donde  lo dejô, a no ser que su

recuperaciôn  sea menester  por haber sido o una dâdiva de alguna persona querida o por

el precio que fue adquirido, que notâbase indubitablemente que no era uno comprado en

una tienda asiâtica que vende cualquier cosa baratîsimamente. Al ser de color negro des-

collaban  unas letras que tenîa grabadas en blanco, mas al estar cerrado no podîan leerse, 

siendo entonces que âbrolo y fijo mis retinas en ellas. Cômo no decir por el oro de las re-

tamas y la pûrpura de los brezos, uno de mis epîmones favoritos, como ya saben los que

han leîdo mi novelôn, al tratarse de uno de los temas conspicuos del înclito Nietzsche, o

sea, El eterno retorno de las cosas? Quien estê informado sabrâ que este autor referîase

<a que todo lo  que adviene ya ha venido  un nûmero infinito de veces y volverâ exacta-

mente en las misma formas un nûmero infinito de veces>. Si de avenir tratârase hubiera

sido posible el estar en buena relaciôn el oscuro de Êfeso y Nietzsche? Parêceme que es-

ta pregunta convertida en perîstasis darîale a un orador la posibilidad de alongar y de en-

riquecer su discurso, aun teniendo en cuenta êste que el interlocutor o la masa que lo es-

cucha no cuentan con la preparaciôn indefectible para seguir sus palabras, mas como en

este campo expresivo lo que predomina o prevalece es la persuasiôn, el convencimiento

o  la manipulaciôn, quê importa un seguimiento de la verba repasada si el interês mayor

recae en el logro de un objetivo? Puesta en mente tuve que atenciôn prestarle a la propo-

siciôn siguiente: cualquiera que tenga atingencia con el mundo de la sapiencia o pudiera

tener un llavero con la imago del estrîgido de Minerva o un paraguas que al abrirse exhi-

ba  al cielo letras  cupulares: letras de altura dignas de campanazos? Y punto a la raya y

que continûe la letra, empero con quiên, conmigo mismo? En fin, que cerrê el paraguas

y apoderême de êl.

     Un cuarteto formado por señores representativos de la gerontocracia de un barrio cer-

cano a la catedral barroca, y que jugaban dominô en una mesa posicionada en medio de

la calle, quedâronseme mirando fijamente. A raîz de yo darles las buenas noches, uno de

ellos levântase y pregûntame si querîa protegerme la testa con el paraguas de la luz de y

alguna  estrella con vigorosidad lumînica, pregunta que recordome una anêcdota filoso-

fada. Al responderle  que jamâs protegerîame mi cabeza de una luz que de facto benefi-

cia  a mi magîn, al canto pasôse la mano por la barba, lo que es un claro simbolismo de

pensar, y acercôse a mî con un paso tan parsimônico que acordême del astrôlogo Sula y

al flamen por la razôn de que êstos caminaban con igualita lentitud.

---Primera vez que te veo, pero por tu respuesta me parece que sabes muy bien lo que

dirâs con determinada pericia. Cuâl es tu nombre?

---Kosmos, señor, ni ônoma es Kosmos.

---Dicen que el nombre es el destino del hombre.

---Y dicen no mal. Êsa es la res!! Y cuâl es el suyo?

---Aristofôn!! 

---Câspita!! Y usted no estaba muerto a causa del ataque de un jabalî salvaje.

---Y cômo tû lo sabes, Kosmos?

---Porque Cratino barruntôme al respecto.

---Cratino?

---Mi buen amigo que tuvo como progenitor a Teôfilo, el de la razôn perdida, 

---No lo puedo creer! Entonces sabrâs que Teôfilo y yo fuimos grandes amigos.

---Eso y algo mâs.

---Ah sî? Quê?

---De su querida Metrique, la neurôtica y oriunda de Holanda, y de la de Teôfilo, Di-

nora, la fanâtica de la aurora, allende que lo de la cabaña de usted en el bosque de los

liberales.

---No sê quê decirte, no me esperaba esto que estoy oyendo, pero sî quiero pedirte al-

go.

---Amplifîquelo, Aristofôn, amplifîquelo!!

---Que ni a tu buen amigo le digas que yo estoy vivo, porque lo del ataque del jabalî

salvaje fue un invento mîo para escapar de un embrollo que se formô con la justicia y

con Teôfilo.

---Despreocûpese usted, no hâgase pensamientos, que yo soy una tumba.

---Perfecto, Kosmos, perfecto!! Y gracias por tu silencio. No te gustarîa jugar con no-

sotros?

---No soy muy bueno ludicando ese juego, mas por quê no? Empero antes dîgame: sa-

ben sus amigos sobre lo contado?

---No, Kosmos, no lo saben.

---Bien saberlo, para no meter la pata.

---Entonces, jugamos?

---Una palabra para mî fundamental!! Juguemos!!

          Como si quisiera dejârmelo saber para que yo lo visitase, lo que serîa una oportu-

nidad  para entrar en verba y explayarse sobre el asunto de su creîble mentira [de que y

habîa sucumbido a causa del ataque de un jabalî salvaje], Aristofôn revêlame el ônoma

de  la calle donde vivîa como asimismo el nûmero de su casa, sin que esta informaciôn

acarreara  la sûbita llamada de atenciôn de sus compinches seniles por ser conocida por 

ellos. A continuaciôn, y uno de êstos, anuncia que pegâbase con la ficha doble nueve, y

entonces dîcele Aristôfôn:

---Vaya, Valflora que te has pegado con la ficha mâs pesada.

---Aristôfôn, no es la primera vez ni serâ la ûltima, que todo se repite.

      Como estas ûltimas palabras tienen algo que ver con lo que ha sucedido y volverâ a

suceder, no pude eludir echarle una miradita  al paraguas que ocupaba espacio horizon-

talente  en el piso, siendo entonces que me doy cuenta de que la parte superior indicaba 

hacia  el este; la inferior, hacia el oeste, latitudes indefectibles y relevantes para una tra-

yectoria, para  un traslado visible, aunque asimismo percibo que por debajo de êl corrîa

leche, razôn por la cual preguntê:

---Alguno de ustedes saben de dônde sale esta leche?

--- La pregunta te la puede responder Valflora.

---Aristofôn, y por quê êl y no alguno de ustedes cuatro?

---Kosmos, porque êl sabe que lo ûnico que yo bebo es leche.

---Câspita, Valflora, y dônde estâ el litro o el envase de cartôn?

---El litro, kosmos, el litro debajo de la mesa que acabo de darle una patada accidental-

mente al cruzar las piernas.

---Kosmos, sabes cômo le decîamos hace algunos años?

---Amplifique el cômo, Aristofôn, amplifîquelo!!

---El lechoso incesante!

---Discûlpenme ustedes, mas yo tengo que reîrme.

       Y la risa fue breve, y debido a un carro de la policîa que llegô sin sirena y sin luces,

y del que se bajo el mismo oficial que dio el edicto de la detenciôn provisional, y por la

que estuvimos en la estaciôn de policîa Aspasia, Cratino y yo, y que el seguido a una efî-

mera inspecciôn pregunta: 

---Se puede saber el porquê de que la mesa estê puesta en el centro de la calle?

---Oficial, y acaso hay una ley oficial que vede poner la mesa donde estâ?

---Señor, aquî el que hace las preguntas soy yo. Cômo usted se llama?

---Valflora.

---Pues le comunico, Valflora, que sî que la hay, asî que ahora mismo la quitan y la ponen

en otro lugar, ademâs que obstaculiza el trâfico.

---Trâfico a esta hora de la senil nocturna?

---Vaya vaya, mira de quiên se trata. Tû eres kosmos, no?

---El mismitico que acaba de preguntar?

---Pues si no quieres volver a pasar unas horas en la estaciôn, y de la que esta vez no te

sacarâ el general, porque las cosas han cambiado y la rigurosidad de la ley es mâs fuerte,

deja de hacerte el gracioso.

---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!!

---No te puedo detener porque no te entiendo, pero sî porque....

---Brinco de sapo en una hoja de malanga. 

---Quê tû quieres decir con eso, Kosmos?

---Que al saltar traslâdome de lugar y, que entonces es imposible que estê en el mismo, al

estar en el otro ya no estarîa aquî.

----Como que entiendo que te vas, no?

----Êsa es la res, oficial, êsa!!

----Lo mejor que puedes hacer, lo ideal para que no tengas problemas. Bueno, les deseo

buena noche, y espero no tener que volver, que de ser hacer asî irîan a parar ustedes a la

estaciôn de policîa.

      Ido el oficial empezô a llover, abrî el paraguas, y en lo que Aristofôn quitaba la mesa

del centro de la calle ayudado por Valflora pendrî un cigarro sacado de la cajetilla que en

el  restaurante comprê, siendo entonces cuando Tartare pregûntame si quedâbanme ciga-

rros  suficientes en la caja como para darle uno, respondiêndole yo que aun quedândome

dos darîale uno. Al finalizar Valflora con lo que hacîa acêrcaseme, empero no para pedir-

me un cigarro sino para preguntarme si êl podîa entrar al bar de los faranduleros, porque

segûn habîa escuchado en este local solamente encontrâbanse criaturas jôvenes. Del todo

es cierto lo que oyô, pero que crêase êl que por lo que penetrô por sus oîdos su entrada al

bar no sea posible como que indica que su interpretaciôn de la verba colectiva o no es la

adecuada o tômasela muy en serio. Por tal razôn dîgole:

--Señor Tartare, a ese bar puede ir todo el que quiera aunque prepondera la juventud que

vive mâs con la nocturna que con el dîa.

---Vaya pregunta, Tartare. No deberîas liberarte del complejo que te acosa? 

---Complejo, Aristofôn?

---Nosotros, los viejos, tambiên tenemos derecho a tomar alcohol, no? Claramente que ya

nuestro organismo no es igual al de esos jôvenes, pero una cosa es êsta y otra muy diferen-

te que....

---Aristofôn, hablândome tû de organismo? Cômo no saber lo que acabas de decir?

---En fin, vas al bar o no?

---Sî que voy, asî te dejarê demostrado que de complejo nada.

---Conmigo no cuenten, que ustedes saben lo ûnico que yo tomo.

---Cômo olvidarlo, Valflora? Y tû, Kosmos, vienes con nosotros?

---Voy, Aristofôn, êsa es la res, mas ostensible dejo el decir que los cuatro no cabemos de-

bajo de este paraguas.

---Se nota que tienes sentido del humor, que juegas, que prefieres lo que causa risa.

---Empiêzame usted a conocer, a darse cuenta de lo que forma parte de mi fiesta.

---No te preocupes, Kosmos, que ya nos hemos mojado tanto que mojarnos otra vez no ha-

ce nada.

---Entonces vamos y môjense.  











 

 



  














 



 






 



         

         



       















 












 



 


         





Sonntag, 12. Mai 2024

68

       Media hora despuês trae el camarero Caspar las langostas, mas como la botella es-

taba  por la mitad nos preguntô si deseâbamos  que abriera otra, respondiêndole Dasid

que no, ya que con lo que quedaba de vino blanco era suficiente, amên que como tenîa

que manejar no podîa tomar demasiado. A mî pareciôme que estas ûltimas palabras no

tenîan  exactamente que ver con el hecho de conducir sino mâs bien que dîjolas con la

intenciôn de que la cuenta no creciera demasiado, que de facto êl hasta el momento ya

habîa bebido mâs que yo, por lo que mantengo lo que parêceme. A continuaciôn de re-

tirarse Caspar, mas no antes de decirle a Dasid que de querer algo solamente levantara 

el brazo o hiciêrale  una seña, yo saquê un billete de diez pesos y le preguntê a êste si 

tenîa cambio, el que utilizarîa  para comprar  una caja de cigarros en la mâquina auto-

mâtica que sôlo funciona con menudo. 

---Kosmos, el menudo no lo soporto, razôn por la que lo doy siempre como propina o

compro periôdicos, pero sabes quê puedo hacer? Levantar el brazo.

---No hace falta que levântelo, Dasid, que yo en persona puede ir adonde estâ Caspar.

---Como quieras, Kosmos.

       Al regresar a la mesa con la caja de cigarros pregûntame Dasid:

---Kosmos, y por quê la compraste antes de comerte la langosta? No podîas esperar?

---Dasid, mejor que no le responda porque la respuesta es compleja.

---Compleja la respuesta de una pregunta tan sencilla?

---Escûcheme, Dasid. Si usted me hace una pregunta sencilla la respuesta serîa comple-

ja; si formûlamela compleja, la respuesta serîa sencilla.

---Vaya, que contigo las cosas funcionan al revês.

---No todas, mas que sî unas cuantas.

---Buen provecho, Kosmos.

---Lo mismitico para usted, Dasid.

         Quince minutos despuês viene Caspar, por lo que tiene que decirle Dasid que êl

no habîa levantado el brazo ni hecho seña alguna, y que por lo mismo querîa saber el

porquê de su presencia. 

---Dasid, mi presencia se debe a que aquella señora arropada con el vestido azul me

pidiô de favor que si podîa preguntarle a ustedes si aceptaban una invitaciôn a tomarse

unos traguitos. 

         Dasid dice, y a continuaciôn de mirar hacia el lugar donde indicaba el dedo îndi-

ce de la mano derecha de Caspar, que a esa señora jamâs la habia visto hasta el momen-

to, que resultâbale del todo desconocida, pero al ocularla yo sobre el pucho la reconoz-

co, por lo que digo en voz alta: Matilde Ronco Espinoza, y con el mismo vestido azul

que tenîa puesto el dîa que aquî la conocî.

---Y quiên es ella, Kosmos, porque nôtase que ese vestido no costô barato?

---Dasid, es la madre de Sista, una chica que fue mi novia.

---Cômo? Que la madre de tal chica nos invite? Kosmos, seguro que fue Sista la ûnica

que pasô por tus brazos?

---Por el oro de las retamas y la purpura de los brezos!!

---Kosmos, y a quê se debe la afirmaciôn?

---A que usted es un mal pensado, Dasid.

---Tû crees, kosmos, tû crees? De acuerdo, soy eso.

---Me pueden decir quê le digo a esa Matilde.

---Caspar, de mi parte acepto la invitaciôn.

---Y de la suya, Dasid?

---Caspar, que si Kosmos la conoce y la acepta, yo tambiên.

---Perfecto! Voy a decîrselo.

---Al avîo, Caspar, al avîo!!

---Cômo, Kosmos, cômo? Quê acabas de decir, que no entendî?

---Nada relevante, asî que puedes olvidarlo.

            Antes de trasladarnos a la mesa donde estaba Matilde, Dasid saca un rollo de 

pesos con el objetivo de pagar lo que tomamos y comimos, a la vez que pregûntame

si me  quedaba algo de menudo para dejarle una minûscula propina a Caspar. Como

la caja de cigarros costôme nueve con cincuenta centavos, el sobrante de diez pesos 

que  tenîa en el fondo del  bolsillo eran cincuenta centavos, por lo que pareciôme no

una minûscula sino una enana propina, y como tal ridîcula, pero como quien la deja

es êl y no yo.....Seguido al pago de la cuenta suena el timbre de su telêfono con una

melodîa irlandesa, la que indubitablemente fue de mi agrado a la vez que el motivo

de  pensar preguntarle cômo habîala programado, porque hasta donde sê tales melo-

dîas  son raras de encontrar, pregunta que no pudo ser posible porque cuando termi-

nô de hablar dîjome lo siguiente:

---Kosmos, lamento no poder tomarme los traguitos porque debo lo mâs râpido po-

sible recoger en su casa al general.

---Pero usted no dîjome que....

---Ya sê que te lo dije, que ni me esperaba esta llamada por lo mismo, pero al parecer

han aparecido problemas en la academia, motivo por el cual el general debe dejar la

organizaciôn de su fiesta. Espero que la pases bien con Matilde y hasta la prôxima.

---Hasta la prôxima, Dasid, y muchitantas gracias por todo.

         Por la gana que entrôme de fumar tremenda preguntêle a Matilde si podîa unos

minutos  esperar por mî, respondiêndome ella que asimismo saldrîa a fumar, a llenar

sus pulmones de un porciento mâs de nicotina, lo que traduce que no tendrîa que es-

perarme. Pensando  que el portero lo harîa, algo que forma parte de su diario trabajo,

aunque revelado por Dasid muy que malîsimamente pagado, por lo que no es de ex-

trañar que hâgase el benevolente con el têlos de buscar un adicional a su precario sa-

lario, ni  Matilde ni yo  abrimos la puerta. Al imaginarse Caspar lo que estaba pasan-

do viene a nosotros y dîcenos:

---El horario de trabajo del portero ya terminô, asî que si no abren la puerta ustedes

no podrân salir a fumar, a no ser que salgan por una de las ventanas.

         Al ver que Matilde pasa trabajo en abrirla, cômo no acordarme yo de la puerta

de la zapaterîa del difunto zapatero Cliôn? 

---Kosmos, no puedo abrirla, asî que âbrela tû.

---Sobre el pucho, Matilde, so-bre-el-pu-cho.

          Estando afuera comenzô a llover, mas de tal guisa pudimos protegernos de la

mojadera con un paraguas olvidado, y asî pudimos fumar sin que el agua nos cayera 

encima. Resultôme curioso que Matilde fumara su cigarrillo alargado y flaco sin sa-

cârselo de sus labios, allende que moverlo con êstos de arriba a abajo, mas para elu-

dir que mi magîn activârase dejê de prestarle atenciôn a su manera de fumarlo.

---Kosmos, siempre fumaste cigarillos cortos y gordos?

---Câspita!! Vaya diferencia entre el tuyo y el mîo.

--- Te preguntê por la diferencia?

---Es que la diferencia pudiera ser la razôn de que fûmese siempre el mismo cigari-

llo, aun no teniêndose en cuenta o en la conciencia como algo a fijarse.

----Puedo entender el porquê decir mi hija que tus palabras son complicadas o com-

plejas.

---Cômo no decirlo si jamâs fue sorda?

---Cosas del destino o de la naturaleza. Dime: encuentras alguna diferencia entre to-

marnos los traguitos en este restaurante o en otro?

----Matilde, una invitaciôn nada tiene que ver con la diferencia, sino con la disposi-

ciôn humana del que paga, del que no calcula el peculio que va a perder, del que por

consideraciôn o valoraciôn sabe que vale la pena invitar a un sujeto determinado.

----Kosmos, me dejas con la boca abierta, una impresiôn, un pensar que tû piensas y

como nadie.

----Pimpante el eyectar de su breve verba.

---Conoces otro lugar donde tomar los traguitos?

---Conozco un bar nocturno.

---Fascinante!! Y dônde estâ?

---Solamente sîgame usted, y sabrâ su ubicaciôn.

---De acuerdo, te sigo, pero antes debo pagar la cuenta.

---Age, que yo espêrola aquî.

            Veinte minutos despuês sale del restaurante Matilde estando de jeta. Al pre-

guntarle  yo el porquê de demorarse tanto y de que tuviese semblante de enfado, me

dice que por un error en la cuenta, ya que en êsta el precio de la langosta era mucho

mâs caro que el de la carta del menû, motivo por el cual tuvo que hacer la menester

reclamaciôn, mas como el camarero Caspar creîa imposible tal fallo no quedôle otro 

elixir que hablar con el jefe, por el que tuvo que esperar unos minutos por estar ocu-

pado en un asunto de finanza, segûn le dijo êste al presentarse frente a ella recto co-

mo una estaca y con traje y corbata. Cômo no saber el lupus dônde cazar la distraîda

presa? [Esta pregunta, la que hîceme mientras Matilde amplificaba, la pudieran rau-

damente responder los que saben de ciertas y determinadas estrategias para sacar su-

brepticiamente mâs capital, y las que funcionan mucho mejor en el que suelta el pe-

culio sin importarle el precio, siendo una excepciôn Matilde, la que a pesar de tener

dinero no pasa por alto, tiene en cuenta, se fija, no deja de mirar la cosa]. Seguido a

esta verba Matilde fumôse otro cigarillo, mas esta vez no completo; al tirarlo al sue-

lo y apagarlo con la punta del calzado cubridor del pie derecho pregûntame si dejar

la invitaciôn para otro dîa causâbame alguna pejiguera, y debido a que su estado de

ânimo no era el mâs propicio para ir al bar nocturno. Ostensiblemente que no, yo le

respondî, pero preguntêle si podîa concomitarla hasta dejarla en la puerta de su casa,

siendo su respuesta que hacîa rato que no disfrutaba de la compañîa de un caballero

y que como tal mi presencia a su lado dâbale deleite. Esta revelaciôn diome pâbulo

de pensar en las contradicciones femeninas, empero para eludir engordar una cerca-

na conversa con una jerga acicateante olvidême de êstas.



 

 























 










    




  













 



  



        














Dienstag, 7. Mai 2024

67, cap 6.

       El auto de Francis detiênese al encenderse la luz roja, mas como yo estaba en el se-

mâforo esperando la luminaria verde para cruzar la avenida escuchê lo siguiente dicho

por Dasid al sacar su testa por la ventanilla: 

---Kosmos, si quieres dar una vuelta môntate en el auto.

        En un periquete abrî  la puerta  de atrâs del lado izquierdo, y al ver que no estaba

el general entendî el porquê de que Dasid dijêrame lo que dîjome, porque no creo que

de estar êl presente eso de la vuelta hubiera sido posible. Una vez puesto en marcha el

vehîculo de transporte barrûntame Dasid que acababa de dejar al general en su casa de-

bido a la personal organizaciôn que estaba haciendo de la fiesta, y que como tal el auto

podîa rodar por toda la ciudad hasta la hora que a êl diêrale la gana. Como Yelas ya me

habîa  informado sobre êsta no resultôme algo nuevo, mas que sî que el general ausen-

târase de la academia para ocuparse de la organizaciôn del jolgorio, de la diversiôn en

su propia casa. Sabiendo que la sensatez es para ponerla en prâctica no preguntê nadi-

ta al respecto, aun convencido de que el general habîame cogido estima. Seguido a po-

ner la radio y de escuchar una emisiôn que trata sobre la forma de escribir y de hablar

actual en un mundo al servicio de la digitalizaciôn, observo a travês del retrovisor que

en el semblante de Dasid aparecen diferentes mohînes, disîmeles muecas que hasta lle-

garon  a impresionarme, mas que no por esto serîan un motivo para salir del auto, per-

derme  el paseo. De tal guisa que  la palabra (perteneciente a la lengua que apellîdase

muerta) curiositas es una de mis preferidas, y no solamente por la relevancia que tiene 

sino que asimismo por la dadorîa que ofrece, sî que preguntêle a Dasid cuâl era la atin-

gencia entre la emisiôn y sus mohînes. Y entonces dîceme:

---Kosmos, en el mundo en que vivimos hoy en dîa tanto el escribir como el hablar no

ayudan al desarrollo de la mente humana. Se escribe sans accent y se parlan tonterîas,

banalidades, estupideces, etc. Desgraciadamente ya no se puede volver atrâs, retroce-

der, pero sî te digo  que las muecas se me pegaron de mi padre, el que las hacîa como

reacciôn  a algo o que no le  gustaba o que le  parecîa  engañoso, ademâs (de ser) que 

eran muy tîpicas en los dublineses de su tiempo.

       Câspista!! Hasta el momento si que estoy consciente de que la verba pêgase por 

una  cuestiôn de la repeticiôn, amên que de ser êsta un mêtodo de convencimiento y 

manipulaciôn inveterados, empero que las muecas ....En fin, que al ser una sûmula de

cosas posibles quien menos excîtase eludirîa caer en lo compulsivo a partir de un im-

pulso  que impera, atrapa y domina. Hurgueteando el auto por dentro percibo debajo

de los dos asientos delanteros informaciones recortadas y sacadas de periôdicos, por

lo  que preguntême si el general dedicâbase a coleccionar datos o noticias proporcio-

nados por la media. Tratando de hacerlo con la correspondiente sorna con el objetivo

de que no viêrame Dasid a travês del retrovisor, apoderême de algunas de las susodi-

chas informaciones. Algunas referîanse a conflictos sociales, a problemas de cultura,

a cambios en la infraestructura de organismos del sector turîstico, a la colisiôn actual

de tropas militares, a la producciôn de medicamentos contra el câncer, a la limitadîsi-

ma producciôn de productos de limpieza, al canje de reos, al aniquilamiento total de

varias  plagas perniciosas, a la globalizaciôn de la economîa, y a la excavaciôn posi-

ble en un mes en un terreno en la parte oeste de la ciudad. Ostensiblemente que êsta

fue la noticia que mâs interesôme, porque tal terreno no es otro que el que yo conoz-

co por el estudio reciente de arqueologîa que facilitôme el difunto zapatero Cliôn.   

---Kosmos, esa noticia que lees es la de la posible excavaciôn?

---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Cômo usted lo sabe, Dasid?

---Porque en la parte trasera hay dibujada una X.

---Y quê significa?

---No significa nada, Es tan sôlo una costumbre del general de marcar con la misma

letra las noticias que le interesan.

---Pero cômo usted supo que era precisamente la noticia susodicha?

---Porque me lo dijo el general, ademâs que la ûnica que ayer marcô.

---El retrovisor delata; analôgase a Ascâfalo.

---Si entendî bien, ese Ascâlafo es un delator, no?

---Êsa es la res, Dasid, êsa!!

---Kosmos, no te molesta que fume?

---Cômo molestarîame si yo asimismo fumo?

---Perfecto, entonces bajo la ventanilla.

---Pero no podrê concomitarlo con la fumadera porque...

---No tienes cigarros? Mira, toma uno de los mîos.

      Seguido a prender el cigarro y comenzar a quemarse la picadura, la que en cues-

tiones de breves minutos serîa pavesa, y a la parada del auto en un semâforo, el zum-

bido  de una abeja fue el motivo de que moviera mis ôculos en todas las direcciones,

empero  si Dasid dice que era insôlito que una abeja metiêrase en un lugar donde ha-

bîa humo; yo amplifico, que cômo olvidarlo si al cogerme de sorpresa diome tremen-

dîsimo susto, sobre lo que sucediôme hace ya unos cuantos años: la abeja que estaba

dentro  de un pantalôn que pinchôme un testîculo al ponerme êste. Al canto la risota-

da de Dasid a la vez que ponîa la velocidad, y a continuaciôn este decir:

---Kosmos, no conozco a nadie que le haya pasado algo como eso.

---Dasid, parece que en este mundo al alguien tiene que pasarle algo que a nadie pasô-

le, por lo que entonces fui yo el electi.

---Pobre el elegido!! Y te doliô mucho?

---Dolor ninguno que tampoco inflamaciôn, sôlo un sobresalto en el momento del pin-

chazo.

---Tuviste suerte, porque es una zona delicada. Dime: tienes hambre?

---Sî, estoy un poco famêlico.

---Pues hacemos una cosa: una parada en el primer restaurante que aparezca, y de paso

abrimos las cuatros ventanillas para que salga la abeja. Quê dices?

---Age, en plural, Dasid, age!!

        Y quê alegrôn para mî que el primero que apareciô fue el especializado en la pre-

paraciôn de la langosta, mas como el hambre que tenîa no era tanta solamente serîame

suficiente con un côctel de êsta, ademâs de que por costumbre jamâs almuerzo, lo con-

trario de Dasid que sî que almuerza hasta atiborrrarse el estômago de comida, empero

con la diferencia con la academia de que en êsta el no paga nada, come de gratis, pero

que en este restaurante tendrîa que pagar un gran precio para repletarse el componente

del aparato digestivo.

       De algo nuevo suceder en este restaurante, y por la razôn de que en horario de al-

muerzo las mesas no alcanzan para la cantidad de criaturas que vienen, es que sôlo con

reservaciôn es posible la entrada, mas como el portero conoce a Dasid, amên que sabe

que es el chofer del general, la abertura de la puerta no representa problema alguno ni

tampoco que aparezca una mesa en el caso de que todas ocupadas estên. 

       El camarero onomado Caspar, un tipo con buen porte y aspecto, ni muy grande ni

muy pequeño, mofletudo, y tan fuertemente perfumado que no hacîa falta ser un hipe-

rôsmico  para sentir el olor a distancia, nos condujo hasta una mesa posicionada en el

mismîsimo centro del restaurante. En lo que fue en busca de una botella de vino blan-

co, mucho  mejor que el rojo cuando lo que ingiêrese es langosta, dîceme en voz baja

Dasid que la ubicaciôn que tiene la mesa no gustâbale mucho, que mejor prefiere una

en algûn sucucho o en los costados, pero que como hoy no estaba para pagar un servi-

cio  de traslado olvidarîase de la cuestiôn respirando profundo, o contando del uno al

diez y vicerversa. De  mi parte no hubo pregunta alguna, porque a la postre y al cabo

a  mî me da igual la posiciôn de una mesa en un restaurante, empero que sî me llamô

la  atenciôn que  pidiera una botella completa, que aunque no estê presente el general

êl tiene que manejar, que conducir un auto, que asir el timôn y mirar la calle. A partir

de este no pasar inadvertido comenzaron a aparecer otras consideraciones, mas como

de tal guisa llegô Caspar con la botella y dos copas êstas quedaron para ser analizadas

otro dîa.


  




    


 







 

















 







   

           



 




    

Freitag, 3. Mai 2024

66

        Y no equivocôse Cratino con su verba corta mas sincera y acicateante, razôn por

la cual ora soy yo quien le da golpecitos ligeros en la espalda. Pensando en la posibi-

lidad de que tanto la verba puede ser sincera pero no acicateante como lo contrario, al

revês, recuêrdome del ideal aqueo mâs de una vez mencionado en mi novelôn: el ka-

los kagathôs, o sea, lo bello y lo bueno a la misma vez, y debido a que algo puede ser

bello mas no bueno y bueno mas no bello. Seguro estoy de que conversar con Cratino

sobre este ideal, y no porque seamos compinches de hace ya bastante tiempo sino por-

que como buen lector domina, conoce, sabe una sûmula de cosas, serîa beneficioso y

agradable, aunque  asimismo el motivo de que aparezca lo inextricable, y con el cual

no puede faltar la concentraciôn, porque quien pretenda entrar en lo complejo exento

de êsta ni llegarîa a profundizar; como tampoco, por la pregunta formulada de jaez di-

fîcil, a  tener la justa  resoluciôn. Podrîase  entender que  como caminamos era cuasi 

imposible que apareciera lo inextricable, y que por lo mismo no era el tempestivo mo-

mento para hablar del ideal. Pero lo que sî apareciô fue la mîmesis de la feria con po-

quitîsimas criaturas, y de las presentes una que tanto Cratino como yo conocîamos, el 

sepulturero  Yelas; la otra, amên que arropada con traje y corbata, jamâs vista. Enton-

ces  Cratino dîceme que lo concomite para saludar al sepulturero, y de paso pregunta-

rîale quiên era el que estaba a su lado.

     Como la distancia entre nosotros y ellos no era muy larga--por una rapidita obser-

vaciôn mîa creo mâs o menos que no pasaba de doce metros---llegar adonde estaban

serîa posible en cuestiones de segundos. Ya un poco mâs cerquita nos resultô inespe-

rado que a la zaga de nosotros una voz nos preguntara: quê, vienen a comprar alguna

antigualla? A raîz de esta pregunta tanto Cratino como yo nos viramos a la vez, sien-

do  entonces que  supimos quiên era la criatura que preguntô: mi tîo, el que esta vez

ni sombrero llevaba que tampoco gabân, empero pasô que cuando iba a responderle 

Yelas dîcele a mi tîo:

---Vaya sorpresa encontrarte aquî, rato que no te veîa.

---Sî, la ûltima vez que nos vimos fue en el entierro del zapatero Cliôn.

---Y eso que hoy no luces tu elegante gabân ni tienes puesto el sombrero?

---Cosas del estado de ânimo, sôlo por eso. Yelas, y quiên es el que te acompaña?

---Es mi abogado Eleusîs, el que conocî gracias a la carta de presentaciôn que me y

dio Kosmos.

---Un placer conocerle, señor tîo. Y usted carece de nombre?

---Mi nombre no es importante, Eleusîs; no deja resonancia; hace rato que ni lo pro-

nuncio para mî mismo ni frente al espejo ni frente a nada.

---Nunca escuche a nadie decir lo que usted acaba de decir, pero si lo dijo...

---Es mi decir.

---Y ustedes, que van a comprar?

---Yelas, la misma pregunta me la acaba de hacer mi tîo. No compraremos nada. Sola-

mente pasamos por aquî antes de ir a la casa del difunto zapatero Cliôn.

---Ah , kosmos, entonces serâ por lo de los libros, no?

---Êsa es la res, êsa!!

---Pues te digo una cosa: ya paguê la mitad del precio de la casa, y por lo mismo ten-

go la propiedad.

---Câspita!! Tan suntuoso barrunte como que podrîa ser motivo de fiesta.

---Y referente a fiesta, sabes quiên me mandô una invitaciôn para una que va a hacer

en su casa?

---Amplifîque quiên es la criatura.

---El general Francis.

---Segurîsimo que en la susodicha fiesta no faltarâ nada, como en los âgapes de Dido

en mi novelôn.

----Pero te digo tambiên, que el general escribio en la invitaciôn que te dijera que de

quererlo podîas venir a la fiesta.

----Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Yo en la fiesta de un general.

----Te lo iba a decir mas en forma de pregunta: Tû, kosmos, en la fiesta de un general,

ademâs que en su propia casa?

----Vaya bien que te conoce tu tîo.

----Eso parece, Yelas.

----Parece, Kosmos?

----Disculpen la interrupciôn, pero debo decirles que tengo que irme porque me espe-

ra otra persona que necesita mi ayuda jurîdica. Un placer conocerlos. Y Yelas, de apa-

cer algûn inconveniente, problema o lo que sea, puede usted llamarme a la hora que

sea.

----Muchas gracias, Eleusîs, asî lo harê. Que tenga usted un buen dîa.

----Igualmente para usted y para todos los que estân aquî.

        Siete minutos despuês nos deja saber mi tîo que êl quedâbase en la feria, ya que

no querîa ir a casa del difunto zapatero Cliôn para eludir tener un sentimiento de tris-

teza al ver la vivienda de quien fue su mirîfico amigo, algo que podîa comprenderse,

y como tal ni era menester una verba pimpante para hacerlo cambiar de pensar como

tampoco otra cosa en funciôn de persuadirlo. Yelas despidiôse de mi tîo con un gran

abrazo, allende que dîjole que de sentir soledad pasara por el cementerio del Cerâmi-

co, mas que no despuês de las seis de la tarde porque hasta esta hora êl cumplîa a ca-

balidad con su oficio de sepulturero. Como cualquier palabra sîrveme como aliciente

o para empollar un pensamiento o para sacarle lo mâs relevante al formar parte de un

discurso, eso de que pasara por el cementerio de sentir la soledad pareciôme del todo

fuera  de lugar, porque precisamente en el camposanto es donde la soledad es sempi-

terna. Es lo mismo o anâlogo decir: si sientes frîo abre la nevera o la calefacciôn ciê-

rrala. Por otro lado pensê que como el gallo canta por el grano sustentativo, que de y

carecer de êste no tendrîa vigor para treparse en la verja, serîa la duraciôn de su can-

tar larga, pero como Yelas pregûntame si ya podîamos irnos a casa del difunto zapa-

tero Cliôn, dejê de pensar y respondîle que sî, que al canto.



 






 





















 







 







 


 

       

  

 







199

         Terencio, el ônoma del cartero que dejaba las correspondencias en cada buzôn de mi edificio, fue el motivo de que acordârame en la ...