Caminando en la nocturna en la misma condiciôn que el paseante del artîfice filosôfi-
co ginebrino, y despuês de haber dejado en la puerta de su casa a Matilde Ronco Espino-
noza, encuentro un paraguas al lado de la escultura de Le Penseur sin pensar que la cria-
tura que lo olvidô viniera a buscarlo al recordar el lugar donde lo dejô, a no ser que su
recuperaciôn sea menester por haber sido o una dâdiva de alguna persona querida o por
el precio que fue adquirido, que notâbase indubitablemente que no era uno comprado en
una tienda asiâtica que vende cualquier cosa baratîsimamente. Al ser de color negro des-
collaban unas letras que tenîa grabadas en blanco, mas al estar cerrado no podîan leerse,
siendo entonces que âbrolo y fijo mis retinas en ellas. Cômo no decir por el oro de las re-
tamas y la pûrpura de los brezos, uno de mis epîmones favoritos, como ya saben los que
han leîdo mi novelôn, al tratarse de uno de los temas conspicuos del înclito Nietzsche, o
sea, El eterno retorno de las cosas? Quien estê informado sabrâ que este autor referîase
<a que todo lo que adviene ya ha venido un nûmero infinito de veces y volverâ exacta-
mente en las misma formas un nûmero infinito de veces>. Si de avenir tratârase hubiera
sido posible el estar en buena relaciôn el oscuro de Êfeso y Nietzsche? Parêceme que es-
ta pregunta convertida en perîstasis darîale a un orador la posibilidad de alongar y de en-
riquecer su discurso, aun teniendo en cuenta êste que el interlocutor o la masa que lo es-
cucha no cuentan con la preparaciôn indefectible para seguir sus palabras, mas como en
este campo expresivo lo que predomina o prevalece es la persuasiôn, el convencimiento
o la manipulaciôn, quê importa un seguimiento de la verba repasada si el interês mayor
recae en el logro de un objetivo? Puesta en mente tuve que atenciôn prestarle a la propo-
siciôn siguiente: cualquiera que tenga atingencia con el mundo de la sapiencia o pudiera
tener un llavero con la imago del estrîgido de Minerva o un paraguas que al abrirse exhi-
ba al cielo letras cupulares: letras de altura dignas de campanazos? Y punto a la raya y
que continûe la letra, empero con quiên, conmigo mismo? En fin, que cerrê el paraguas
y apoderême de êl.
Un cuarteto formado por señores representativos de la gerontocracia de un barrio cer-
cano a la catedral barroca, y que jugaban dominô en una mesa posicionada en medio de
la calle, quedâronseme mirando fijamente. A raîz de yo darles las buenas noches, uno de
ellos levântase y pregûntame si querîa protegerme la testa con el paraguas de la luz de y
alguna estrella con vigorosidad lumînica, pregunta que recordome una anêcdota filoso-
fada. Al responderle que jamâs protegerîame mi cabeza de una luz que de facto benefi-
cia a mi magîn, al canto pasôse la mano por la barba, lo que es un claro simbolismo de
pensar, y acercôse a mî con un paso tan parsimônico que acordême del astrôlogo Sula y
al flamen por la razôn de que êstos caminaban con igualita lentitud.
---Primera vez que te veo, pero por tu respuesta me parece que sabes muy bien lo que
dirâs con determinada pericia. Cuâl es tu nombre?
---Kosmos, señor, ni ônoma es Kosmos.
---Dicen que el nombre es el destino del hombre.
---Y dicen no mal. Êsa es la res!! Y cuâl es el suyo?
---Aristofôn!!
---Câspita!! Y usted no estaba muerto a causa del ataque de un jabalî salvaje.
---Y cômo tû lo sabes, Kosmos?
---Porque Cratino barruntôme al respecto.
---Cratino?
---Mi buen amigo que tuvo como progenitor a Teôfilo, el de la razôn perdida,
---No lo puedo creer! Entonces sabrâs que Teôfilo y yo fuimos grandes amigos.
---Eso y algo mâs.
---Ah sî? Quê?
---De su querida Metrique, la neurôtica y oriunda de Holanda, y de la de Teôfilo, Di-
nora, la fanâtica de la aurora, allende que lo de la cabaña de usted en el bosque de los
liberales.
---No sê quê decirte, no me esperaba esto que estoy oyendo, pero sî quiero pedirte al-
go.
---Amplifîquelo, Aristofôn, amplifîquelo!!
---Que ni a tu buen amigo le digas que yo estoy vivo, porque lo del ataque del jabalî
salvaje fue un invento mîo para escapar de un embrollo que se formô con la justicia y
con Teôfilo.
---Despreocûpese usted, no hâgase pensamientos, que yo soy una tumba.
---Perfecto, Kosmos, perfecto!! Y gracias por tu silencio. No te gustarîa jugar con no-
sotros?
---No soy muy bueno ludicando ese juego, mas por quê no? Empero antes dîgame: sa-
ben sus amigos sobre lo contado?
---No, Kosmos, no lo saben.
---Bien saberlo, para no meter la pata.
---Entonces, jugamos?
---Una palabra para mî fundamental!! Juguemos!!
Como si quisiera dejârmelo saber para que yo lo visitase, lo que serîa una oportu-
nidad para entrar en verba y explayarse sobre el asunto de su creîble mentira [de que y
habîa sucumbido a causa del ataque de un jabalî salvaje], Aristofôn revêlame el ônoma
de la calle donde vivîa como asimismo el nûmero de su casa, sin que esta informaciôn
acarreara la sûbita llamada de atenciôn de sus compinches seniles por ser conocida por
ellos. A continuaciôn, y uno de êstos, anuncia que pegâbase con la ficha doble nueve, y
entonces dîcele Aristôfôn:
---Vaya, Valflora que te has pegado con la ficha mâs pesada.
---Aristôfôn, no es la primera vez ni serâ la ûltima, que todo se repite.
Como estas ûltimas palabras tienen algo que ver con lo que ha sucedido y volverâ a
suceder, no pude eludir echarle una miradita al paraguas que ocupaba espacio horizon-
talente en el piso, siendo entonces que me doy cuenta de que la parte superior indicaba
hacia el este; la inferior, hacia el oeste, latitudes indefectibles y relevantes para una tra-
yectoria, para un traslado visible, aunque asimismo percibo que por debajo de êl corrîa
leche, razôn por la cual preguntê:
---Alguno de ustedes saben de dônde sale esta leche?
--- La pregunta te la puede responder Valflora.
---Aristofôn, y por quê êl y no alguno de ustedes cuatro?
---Kosmos, porque êl sabe que lo ûnico que yo bebo es leche.
---Câspita, Valflora, y dônde estâ el litro o el envase de cartôn?
---El litro, kosmos, el litro debajo de la mesa que acabo de darle una patada accidental-
mente al cruzar las piernas.
---Kosmos, sabes cômo le decîamos hace algunos años?
---Amplifique el cômo, Aristofôn, amplifîquelo!!
---El lechoso incesante!
---Discûlpenme ustedes, mas yo tengo que reîrme.
Y la risa fue breve, y debido a un carro de la policîa que llegô sin sirena y sin luces,
y del que se bajo el mismo oficial que dio el edicto de la detenciôn provisional, y por la
que estuvimos en la estaciôn de policîa Aspasia, Cratino y yo, y que el seguido a una efî-
mera inspecciôn pregunta:
---Se puede saber el porquê de que la mesa estê puesta en el centro de la calle?
---Oficial, y acaso hay una ley oficial que vede poner la mesa donde estâ?
---Señor, aquî el que hace las preguntas soy yo. Cômo usted se llama?
---Valflora.
---Pues le comunico, Valflora, que sî que la hay, asî que ahora mismo la quitan y la ponen
en otro lugar, ademâs que obstaculiza el trâfico.
---Trâfico a esta hora de la senil nocturna?
---Vaya vaya, mira de quiên se trata. Tû eres kosmos, no?
---El mismitico que acaba de preguntar?
---Pues si no quieres volver a pasar unas horas en la estaciôn, y de la que esta vez no te
sacarâ el general, porque las cosas han cambiado y la rigurosidad de la ley es mâs fuerte,
deja de hacerte el gracioso.
---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!!
---No te puedo detener porque no te entiendo, pero sî porque....
---Brinco de sapo en una hoja de malanga.
---Quê tû quieres decir con eso, Kosmos?
---Que al saltar traslâdome de lugar y, que entonces es imposible que estê en el mismo, al
estar en el otro ya no estarîa aquî.
----Como que entiendo que te vas, no?
----Êsa es la res, oficial, êsa!!
----Lo mejor que puedes hacer, lo ideal para que no tengas problemas. Bueno, les deseo
buena noche, y espero no tener que volver, que de ser hacer asî irîan a parar ustedes a la
estaciôn de policîa.
Ido el oficial empezô a llover, abrî el paraguas, y en lo que Aristofôn quitaba la mesa
del centro de la calle ayudado por Valflora pendrî un cigarro sacado de la cajetilla que en
el restaurante comprê, siendo entonces cuando Tartare pregûntame si quedâbanme ciga-
rros suficientes en la caja como para darle uno, respondiêndole yo que aun quedândome
dos darîale uno. Al finalizar Valflora con lo que hacîa acêrcaseme, empero no para pedir-
me un cigarro sino para preguntarme si êl podîa entrar al bar de los faranduleros, porque
segûn habîa escuchado en este local solamente encontrâbanse criaturas jôvenes. Del todo
es cierto lo que oyô, pero que crêase êl que por lo que penetrô por sus oîdos su entrada al
bar no sea posible como que indica que su interpretaciôn de la verba colectiva o no es la
adecuada o tômasela muy en serio. Por tal razôn dîgole:
--Señor Tartare, a ese bar puede ir todo el que quiera aunque prepondera la juventud que
vive mâs con la nocturna que con el dîa.
---Vaya pregunta, Tartare. No deberîas liberarte del complejo que te acosa?
---Complejo, Aristofôn?
---Nosotros, los viejos, tambiên tenemos derecho a tomar alcohol, no? Claramente que ya
nuestro organismo no es igual al de esos jôvenes, pero una cosa es êsta y otra muy diferen-
te que....
---Aristofôn, hablândome tû de organismo? Cômo no saber lo que acabas de decir?
---En fin, vas al bar o no?
---Sî que voy, asî te dejarê demostrado que de complejo nada.
---Conmigo no cuenten, que ustedes saben lo ûnico que yo tomo.
---Cômo olvidarlo, Valflora? Y tû, Kosmos, vienes con nosotros?
---Voy, Aristofôn, êsa es la res, mas ostensible dejo el decir que los cuatro no cabemos de-
bajo de este paraguas.
---Se nota que tienes sentido del humor, que juegas, que prefieres lo que causa risa.
---Empiêzame usted a conocer, a darse cuenta de lo que forma parte de mi fiesta.
---No te preocupes, Kosmos, que ya nos hemos mojado tanto que mojarnos otra vez no ha-
ce nada.
---Entonces vamos y môjense.