Media hora despuês trae el camarero Caspar las langostas, mas como la botella es-
taba por la mitad nos preguntô si deseâbamos que abriera otra, respondiêndole Dasid
que no, ya que con lo que quedaba de vino blanco era suficiente, amên que como tenîa
que manejar no podîa tomar demasiado. A mî pareciôme que estas ûltimas palabras no
tenîan exactamente que ver con el hecho de conducir sino mâs bien que dîjolas con la
intenciôn de que la cuenta no creciera demasiado, que de facto êl hasta el momento ya
habîa bebido mâs que yo, por lo que mantengo lo que parêceme. A continuaciôn de re-
tirarse Caspar, mas no antes de decirle a Dasid que de querer algo solamente levantara
el brazo o hiciêrale una seña, yo saquê un billete de diez pesos y le preguntê a êste si
tenîa cambio, el que utilizarîa para comprar una caja de cigarros en la mâquina auto-
mâtica que sôlo funciona con menudo.
---Kosmos, el menudo no lo soporto, razôn por la que lo doy siempre como propina o
compro periôdicos, pero sabes quê puedo hacer? Levantar el brazo.
---No hace falta que levântelo, Dasid, que yo en persona puede ir adonde estâ Caspar.
---Como quieras, Kosmos.
Al regresar a la mesa con la caja de cigarros pregûntame Dasid:
---Kosmos, y por quê la compraste antes de comerte la langosta? No podîas esperar?
---Dasid, mejor que no le responda porque la respuesta es compleja.
---Compleja la respuesta de una pregunta tan sencilla?
---Escûcheme, Dasid. Si usted me hace una pregunta sencilla la respuesta serîa comple-
ja; si formûlamela compleja, la respuesta serîa sencilla.
---Vaya, que contigo las cosas funcionan al revês.
---No todas, mas que sî unas cuantas.
---Buen provecho, Kosmos.
---Lo mismitico para usted, Dasid.
Quince minutos despuês viene Caspar, por lo que tiene que decirle Dasid que êl
no habîa levantado el brazo ni hecho seña alguna, y que por lo mismo querîa saber el
porquê de su presencia.
---Dasid, mi presencia se debe a que aquella señora arropada con el vestido azul me
pidiô de favor que si podîa preguntarle a ustedes si aceptaban una invitaciôn a tomarse
unos traguitos.
Dasid dice, y a continuaciôn de mirar hacia el lugar donde indicaba el dedo îndi-
ce de la mano derecha de Caspar, que a esa señora jamâs la habia visto hasta el momen-
to, que resultâbale del todo desconocida, pero al ocularla yo sobre el pucho la reconoz-
co, por lo que digo en voz alta: Matilde Ronco Espinoza, y con el mismo vestido azul
que tenîa puesto el dîa que aquî la conocî.
---Y quiên es ella, Kosmos, porque nôtase que ese vestido no costô barato?
---Dasid, es la madre de Sista, una chica que fue mi novia.
---Cômo? Que la madre de tal chica nos invite? Kosmos, seguro que fue Sista la ûnica
que pasô por tus brazos?
---Por el oro de las retamas y la purpura de los brezos!!
---Kosmos, y a quê se debe la afirmaciôn?
---A que usted es un mal pensado, Dasid.
---Tû crees, kosmos, tû crees? De acuerdo, soy eso.
---Me pueden decir quê le digo a esa Matilde.
---Caspar, de mi parte acepto la invitaciôn.
---Y de la suya, Dasid?
---Caspar, que si Kosmos la conoce y la acepta, yo tambiên.
---Perfecto! Voy a decîrselo.
---Al avîo, Caspar, al avîo!!
---Cômo, Kosmos, cômo? Quê acabas de decir, que no entendî?
---Nada relevante, asî que puedes olvidarlo.
Antes de trasladarnos a la mesa donde estaba Matilde, Dasid saca un rollo de
pesos con el objetivo de pagar lo que tomamos y comimos, a la vez que pregûntame
si me quedaba algo de menudo para dejarle una minûscula propina a Caspar. Como
la caja de cigarros costôme nueve con cincuenta centavos, el sobrante de diez pesos
que tenîa en el fondo del bolsillo eran cincuenta centavos, por lo que pareciôme no
una minûscula sino una enana propina, y como tal ridîcula, pero como quien la deja
es êl y no yo.....Seguido al pago de la cuenta suena el timbre de su telêfono con una
melodîa irlandesa, la que indubitablemente fue de mi agrado a la vez que el motivo
de pensar preguntarle cômo habîala programado, porque hasta donde sê tales melo-
dîas son raras de encontrar, pregunta que no pudo ser posible porque cuando termi-
nô de hablar dîjome lo siguiente:
---Kosmos, lamento no poder tomarme los traguitos porque debo lo mâs râpido po-
sible recoger en su casa al general.
---Pero usted no dîjome que....
---Ya sê que te lo dije, que ni me esperaba esta llamada por lo mismo, pero al parecer
han aparecido problemas en la academia, motivo por el cual el general debe dejar la
organizaciôn de su fiesta. Espero que la pases bien con Matilde y hasta la prôxima.
---Hasta la prôxima, Dasid, y muchitantas gracias por todo.
Por la gana que entrôme de fumar tremenda preguntêle a Matilde si podîa unos
minutos esperar por mî, respondiêndome ella que asimismo saldrîa a fumar, a llenar
sus pulmones de un porciento mâs de nicotina, lo que traduce que no tendrîa que es-
perarme. Pensando que el portero lo harîa, algo que forma parte de su diario trabajo,
aunque revelado por Dasid muy que malîsimamente pagado, por lo que no es de ex-
trañar que hâgase el benevolente con el têlos de buscar un adicional a su precario sa-
lario, ni Matilde ni yo abrimos la puerta. Al imaginarse Caspar lo que estaba pasan-
do viene a nosotros y dîcenos:
---El horario de trabajo del portero ya terminô, asî que si no abren la puerta ustedes
no podrân salir a fumar, a no ser que salgan por una de las ventanas.
Al ver que Matilde pasa trabajo en abrirla, cômo no acordarme yo de la puerta
de la zapaterîa del difunto zapatero Cliôn?
---Kosmos, no puedo abrirla, asî que âbrela tû.
---Sobre el pucho, Matilde, so-bre-el-pu-cho.
Estando afuera comenzô a llover, mas de tal guisa pudimos protegernos de la
mojadera con un paraguas olvidado, y asî pudimos fumar sin que el agua nos cayera
encima. Resultôme curioso que Matilde fumara su cigarrillo alargado y flaco sin sa-
cârselo de sus labios, allende que moverlo con êstos de arriba a abajo, mas para elu-
dir que mi magîn activârase dejê de prestarle atenciôn a su manera de fumarlo.
---Kosmos, siempre fumaste cigarillos cortos y gordos?
---Câspita!! Vaya diferencia entre el tuyo y el mîo.
--- Te preguntê por la diferencia?
---Es que la diferencia pudiera ser la razôn de que fûmese siempre el mismo cigari-
llo, aun no teniêndose en cuenta o en la conciencia como algo a fijarse.
----Puedo entender el porquê decir mi hija que tus palabras son complicadas o com-
plejas.
---Cômo no decirlo si jamâs fue sorda?
---Cosas del destino o de la naturaleza. Dime: encuentras alguna diferencia entre to-
marnos los traguitos en este restaurante o en otro?
----Matilde, una invitaciôn nada tiene que ver con la diferencia, sino con la disposi-
ciôn humana del que paga, del que no calcula el peculio que va a perder, del que por
consideraciôn o valoraciôn sabe que vale la pena invitar a un sujeto determinado.
----Kosmos, me dejas con la boca abierta, una impresiôn, un pensar que tû piensas y
como nadie.
----Pimpante el eyectar de su breve verba.
---Conoces otro lugar donde tomar los traguitos?
---Conozco un bar nocturno.
---Fascinante!! Y dônde estâ?
---Solamente sîgame usted, y sabrâ su ubicaciôn.
---De acuerdo, te sigo, pero antes debo pagar la cuenta.
---Age, que yo espêrola aquî.
Veinte minutos despuês sale del restaurante Matilde estando de jeta. Al pre-
guntarle yo el porquê de demorarse tanto y de que tuviese semblante de enfado, me
dice que por un error en la cuenta, ya que en êsta el precio de la langosta era mucho
mâs caro que el de la carta del menû, motivo por el cual tuvo que hacer la menester
reclamaciôn, mas como el camarero Caspar creîa imposible tal fallo no quedôle otro
elixir que hablar con el jefe, por el que tuvo que esperar unos minutos por estar ocu-
pado en un asunto de finanza, segûn le dijo êste al presentarse frente a ella recto co-
mo una estaca y con traje y corbata. Cômo no saber el lupus dônde cazar la distraîda
presa? [Esta pregunta, la que hîceme mientras Matilde amplificaba, la pudieran rau-
damente responder los que saben de ciertas y determinadas estrategias para sacar su-
brepticiamente mâs capital, y las que funcionan mucho mejor en el que suelta el pe-
culio sin importarle el precio, siendo una excepciôn Matilde, la que a pesar de tener
dinero no pasa por alto, tiene en cuenta, se fija, no deja de mirar la cosa]. Seguido a
esta verba Matilde fumôse otro cigarillo, mas esta vez no completo; al tirarlo al sue-
lo y apagarlo con la punta del calzado cubridor del pie derecho pregûntame si dejar
la invitaciôn para otro dîa causâbame alguna pejiguera, y debido a que su estado de
ânimo no era el mâs propicio para ir al bar nocturno. Ostensiblemente que no, yo le
respondî, pero preguntêle si podîa concomitarla hasta dejarla en la puerta de su casa,
siendo su respuesta que hacîa rato que no disfrutaba de la compañîa de un caballero
y que como tal mi presencia a su lado dâbale deleite. Esta revelaciôn diome pâbulo
de pensar en las contradicciones femeninas, empero para eludir engordar una cerca-
na conversa con una jerga acicateante olvidême de êstas.
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