Y no equivocôse Cratino con su verba corta mas sincera y acicateante, razôn por
la cual ora soy yo quien le da golpecitos ligeros en la espalda. Pensando en la posibi-
lidad de que tanto la verba puede ser sincera pero no acicateante como lo contrario, al
revês, recuêrdome del ideal aqueo mâs de una vez mencionado en mi novelôn: el ka-
los kagathôs, o sea, lo bello y lo bueno a la misma vez, y debido a que algo puede ser
bello mas no bueno y bueno mas no bello. Seguro estoy de que conversar con Cratino
sobre este ideal, y no porque seamos compinches de hace ya bastante tiempo sino por-
que como buen lector domina, conoce, sabe una sûmula de cosas, serîa beneficioso y
agradable, aunque asimismo el motivo de que aparezca lo inextricable, y con el cual
no puede faltar la concentraciôn, porque quien pretenda entrar en lo complejo exento
de êsta ni llegarîa a profundizar; como tampoco, por la pregunta formulada de jaez di-
fîcil, a tener la justa resoluciôn. Podrîase entender que como caminamos era cuasi
imposible que apareciera lo inextricable, y que por lo mismo no era el tempestivo mo-
mento para hablar del ideal. Pero lo que sî apareciô fue la mîmesis de la feria con po-
quitîsimas criaturas, y de las presentes una que tanto Cratino como yo conocîamos, el
sepulturero Yelas; la otra, amên que arropada con traje y corbata, jamâs vista. Enton-
ces Cratino dîceme que lo concomite para saludar al sepulturero, y de paso pregunta-
rîale quiên era el que estaba a su lado.
Como la distancia entre nosotros y ellos no era muy larga--por una rapidita obser-
vaciôn mîa creo mâs o menos que no pasaba de doce metros---llegar adonde estaban
serîa posible en cuestiones de segundos. Ya un poco mâs cerquita nos resultô inespe-
rado que a la zaga de nosotros una voz nos preguntara: quê, vienen a comprar alguna
antigualla? A raîz de esta pregunta tanto Cratino como yo nos viramos a la vez, sien-
do entonces que supimos quiên era la criatura que preguntô: mi tîo, el que esta vez
ni sombrero llevaba que tampoco gabân, empero pasô que cuando iba a responderle
Yelas dîcele a mi tîo:
---Vaya sorpresa encontrarte aquî, rato que no te veîa.
---Sî, la ûltima vez que nos vimos fue en el entierro del zapatero Cliôn.
---Y eso que hoy no luces tu elegante gabân ni tienes puesto el sombrero?
---Cosas del estado de ânimo, sôlo por eso. Yelas, y quiên es el que te acompaña?
---Es mi abogado Eleusîs, el que conocî gracias a la carta de presentaciôn que me y
dio Kosmos.
---Un placer conocerle, señor tîo. Y usted carece de nombre?
---Mi nombre no es importante, Eleusîs; no deja resonancia; hace rato que ni lo pro-
nuncio para mî mismo ni frente al espejo ni frente a nada.
---Nunca escuche a nadie decir lo que usted acaba de decir, pero si lo dijo...
---Es mi decir.
---Y ustedes, que van a comprar?
---Yelas, la misma pregunta me la acaba de hacer mi tîo. No compraremos nada. Sola-
mente pasamos por aquî antes de ir a la casa del difunto zapatero Cliôn.
---Ah , kosmos, entonces serâ por lo de los libros, no?
---Êsa es la res, êsa!!
---Pues te digo una cosa: ya paguê la mitad del precio de la casa, y por lo mismo ten-
go la propiedad.
---Câspita!! Tan suntuoso barrunte como que podrîa ser motivo de fiesta.
---Y referente a fiesta, sabes quiên me mandô una invitaciôn para una que va a hacer
en su casa?
---Amplifîque quiên es la criatura.
---El general Francis.
---Segurîsimo que en la susodicha fiesta no faltarâ nada, como en los âgapes de Dido
en mi novelôn.
----Pero te digo tambiên, que el general escribio en la invitaciôn que te dijera que de
quererlo podîas venir a la fiesta.
----Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Yo en la fiesta de un general.
----Te lo iba a decir mas en forma de pregunta: Tû, kosmos, en la fiesta de un general,
ademâs que en su propia casa?
----Vaya bien que te conoce tu tîo.
----Eso parece, Yelas.
----Parece, Kosmos?
----Disculpen la interrupciôn, pero debo decirles que tengo que irme porque me espe-
ra otra persona que necesita mi ayuda jurîdica. Un placer conocerlos. Y Yelas, de apa-
cer algûn inconveniente, problema o lo que sea, puede usted llamarme a la hora que
sea.
----Muchas gracias, Eleusîs, asî lo harê. Que tenga usted un buen dîa.
----Igualmente para usted y para todos los que estân aquî.
Siete minutos despuês nos deja saber mi tîo que êl quedâbase en la feria, ya que
no querîa ir a casa del difunto zapatero Cliôn para eludir tener un sentimiento de tris-
teza al ver la vivienda de quien fue su mirîfico amigo, algo que podîa comprenderse,
y como tal ni era menester una verba pimpante para hacerlo cambiar de pensar como
tampoco otra cosa en funciôn de persuadirlo. Yelas despidiôse de mi tîo con un gran
abrazo, allende que dîjole que de sentir soledad pasara por el cementerio del Cerâmi-
co, mas que no despuês de las seis de la tarde porque hasta esta hora êl cumplîa a ca-
balidad con su oficio de sepulturero. Como cualquier palabra sîrveme como aliciente
o para empollar un pensamiento o para sacarle lo mâs relevante al formar parte de un
discurso, eso de que pasara por el cementerio de sentir la soledad pareciôme del todo
fuera de lugar, porque precisamente en el camposanto es donde la soledad es sempi-
terna. Es lo mismo o anâlogo decir: si sientes frîo abre la nevera o la calefacciôn ciê-
rrala. Por otro lado pensê que como el gallo canta por el grano sustentativo, que de y
carecer de êste no tendrîa vigor para treparse en la verja, serîa la duraciôn de su can-
tar larga, pero como Yelas pregûntame si ya podîamos irnos a casa del difunto zapa-
tero Cliôn, dejê de pensar y respondîle que sî, que al canto.
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