Dienstag, 9. September 2025

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      Llamôme la atenciôn la escolopendra, ônoma de diversos miriâpodos de los quilô-

podos  con dos patas en cada uno de los  veinticinco anillos (o segmentos) que tiene,

que  descendîa con destacada  pachorra por la base de la escultura de el pensador ( le

Penseur), por lo que diome la  impresiôn de que mientras mâs dilacionârase en llegar

al piso mejor para ella. [Imagînome el semblante que hubiera puesto Auguste Rodin

al ser testigo visual de lo mismo que estoy siendo yo]. Al acercarme un poco a la es-

cultura, y con el propôsito de ver de mâs cerca un movimiento que muy difîcilmente

encuêntrasele parangôn, la escolopendra detûvose como si quisiera que la contempla-

ra, momento de  yo pensar que entra ella y yo, y de alguna manera crîptica, era posi-

ble  una atingencia. Sin dilaciôn  pregûntame Cratino que era lo que estaba mirando,

mas al responderle de quê trâtabase dîjome que êl asimismo querîa verla, porque no

hacîa  mucho habîa leîdo una monografîa detallada y extensa hecha sobre esta diver-

sidad de miriâpodos. Como Rosamunda no estaba interesada en ver la escalopendra,

por  un motivo somero que no necesitaba refutaciôn, dîjole breve e inteligiblemente 

a Cratino que ella no acercâbase a la escultura, y que nos tomâramos todo el tiempo

menester en la observaciôn, quedando convencida de que no tendrîa tedio, porque al

volver a mirar el ônix, el que Cratino devolviôle despuês de clarar que fue ella quien

lo  puso en la tumba por haber pertenecido a su difunta progenitora Simaeta, aclara-

miento sacado a puesto, a  colocaciôn despuês de encontrarse con nosotros en el ce-

menterio del Cerâmico, ocasiôn que tambiên dîjonos que en realidad jamâs tuvo un

resfriado, mas que recurriô a la mentira, la que escuchô Sofîa sin detectarla, porque

querîa  cogerse el dîa libre y tener tiempo para ir al cementerio por el dîa de falleci-

miento de su madre, el aburrimiento no serîa posible, no pudiera aparecer, no serîa

el porquê de una actitud pesimista que apercolla por infundir un sentimiento de ne-

gativo jaez.

      Interesante que no mucho despuês de que Cratino observara la escalopendra, y 

tan cerca como yo, êsta dejara su estado estâtico y continuara el descenso por la ba-

se de la escultura, lo que prueba que no estuve equivocado al decir que entre ella y

yo era posible una atingencia de una manera crîptica. Quince minutos fue el tiempo

menester para que la escalopendra llegara al piso, siendo entonces que dîceme Cra-

tino  que dentro de esta diversidad de miriâpodos existen algunos ejemplares carac-

terizados  por la captaciôn râpida de energîa de quien los mira, lo que dilucida que

mâs  bien era por  esto, que no  por prueba de nada, que la escalopendra detuvo su  

paso, dejô de  avanzar hacia abajo cuando yo de ella estuve cerca. Como no estaba

con  ganas de entrar en liza verbal con êl no refutê/descartê su decir, y para que no

diêrase  cuenta de que no  empellonâbame una jovialidad interior como para entrar

en diâlogo, en la discursiva juguetona, le di mâs de un golpecito en el hombro dere-

cho. A continuaciôn  nos quedamos mirando cômo penetraba en un  herbazal la es-

calopendra, empero  segûn Cratino, y por haber leîdo la susodicha monografîa, re-

sultâbale extraño que se metiera en un lugar con hierba, porque en êsta pudiera em-

brollarse al enredarse con ella. 









       













  





 


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