Llamôme la atenciôn la escolopendra, ônoma de diversos miriâpodos de los quilô-
podos con dos patas en cada uno de los veinticinco anillos (o segmentos) que tiene,
que descendîa con destacada pachorra por la base de la escultura de el pensador ( le
Penseur), por lo que diome la impresiôn de que mientras mâs dilacionârase en llegar
al piso mejor para ella. [Imagînome el semblante que hubiera puesto Auguste Rodin
al ser testigo visual de lo mismo que estoy siendo yo]. Al acercarme un poco a la es-
cultura, y con el propôsito de ver de mâs cerca un movimiento que muy difîcilmente
encuêntrasele parangôn, la escolopendra detûvose como si quisiera que la contempla-
ra, momento de yo pensar que entra ella y yo, y de alguna manera crîptica, era posi-
ble una atingencia. Sin dilaciôn pregûntame Cratino que era lo que estaba mirando,
mas al responderle de quê trâtabase dîjome que êl asimismo querîa verla, porque no
hacîa mucho habîa leîdo una monografîa detallada y extensa hecha sobre esta diver-
sidad de miriâpodos. Como Rosamunda no estaba interesada en ver la escalopendra,
por un motivo somero que no necesitaba refutaciôn, dîjole breve e inteligiblemente
a Cratino que ella no acercâbase a la escultura, y que nos tomâramos todo el tiempo
menester en la observaciôn, quedando convencida de que no tendrîa tedio, porque al
volver a mirar el ônix, el que Cratino devolviôle despuês de clarar que fue ella quien
lo puso en la tumba por haber pertenecido a su difunta progenitora Simaeta, aclara-
miento sacado a puesto, a colocaciôn despuês de encontrarse con nosotros en el ce-
menterio del Cerâmico, ocasiôn que tambiên dîjonos que en realidad jamâs tuvo un
resfriado, mas que recurriô a la mentira, la que escuchô Sofîa sin detectarla, porque
querîa cogerse el dîa libre y tener tiempo para ir al cementerio por el dîa de falleci-
miento de su madre, el aburrimiento no serîa posible, no pudiera aparecer, no serîa
el porquê de una actitud pesimista que apercolla por infundir un sentimiento de ne-
gativo jaez.
Interesante que no mucho despuês de que Cratino observara la escalopendra, y
tan cerca como yo, êsta dejara su estado estâtico y continuara el descenso por la ba-
se de la escultura, lo que prueba que no estuve equivocado al decir que entre ella y
yo era posible una atingencia de una manera crîptica. Quince minutos fue el tiempo
menester para que la escalopendra llegara al piso, siendo entonces que dîceme Cra-
tino que dentro de esta diversidad de miriâpodos existen algunos ejemplares carac-
terizados por la captaciôn râpida de energîa de quien los mira, lo que dilucida que
mâs bien era por esto, que no por prueba de nada, que la escalopendra detuvo su
paso, dejô de avanzar hacia abajo cuando yo de ella estuve cerca. Como no estaba
con ganas de entrar en liza verbal con êl no refutê/descartê su decir, y para que no
diêrase cuenta de que no empellonâbame una jovialidad interior como para entrar
en diâlogo, en la discursiva juguetona, le di mâs de un golpecito en el hombro dere-
cho. A continuaciôn nos quedamos mirando cômo penetraba en un herbazal la es-
calopendra, empero segûn Cratino, y por haber leîdo la susodicha monografîa, re-
sultâbale extraño que se metiera en un lugar con hierba, porque en êsta pudiera em-
brollarse al enredarse con ella.
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