Dienstag, 30. April 2024

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       No mucho despuês de la conversa breve que en el balcôn tuve con Aspasia regresê

a la sala. Los presentes en mi apartamento fuêronse a las cuatro de la madrugada. Aspa-

sia, y por estar un poco ebria, pasada de copas (piripi), penetrô en el cuarto sin cerrar la

puerta, calaña de que lo que êrale prioritario no era otra cosa que acostarse a dormir. Al

carecer  de sueño me dediquê a llevar a la cocina las botellas vacîas, las copas, la cafe-

tera y las tazas. Como por ethos no es de mi agrado al levantarse ir a la cocina y emba-

durnarme las manos con el detergente amarillo [de marca Handy por tratarse de un pro-

ducto  proveniente de Deutschland] que chupa  la esponja que limpia los utensilios, so-

bre  el pucho abrî el grifo y pûseme a fregar las copas y las tazas. Esta actividad no me

llevarîa muchitamto tiempo, ya que de facto son cinco tanto las copas como las cândi-

das  tazas asimismo del paîs que tuvo un muro en una de sus ciudades. Por lo que aca-

bo de decir terminê con lo que estaba haciendo quince minutos despuês, mas como de

sueño nada posicionê mi tafanario en la silla de mi estudio, prendî un cigarro y agarrê

el  libro del artîfice Henri Bergson con la siguiente titularia:  La risa. Ensayo sobre la 

significaciôn de lo cômico. Leo, entre  otras cosas, y sobre la comicidad: es un miste-

rio  que yêrguese en impertinente desafîo a la especulaciôn filosôfica. A pesar de con-

tener  un enfoque circunspecto, en quê otra rerum no entrarîa yo que en risa? Tal vez

pocos lo crean, lo den por insôlito, o por una falacia con el fin de perpetuar mi predis-

posiciôn por ella, mas lo real es que fue con la risa ( o que gracias a êsta) que comen-

cê  a tener  sueño, siendo entonces que dejê el liber encima de la mesa de mi estudio 

y me fui al cuarto, y sin pensarlo dos veces cerrê la puerta.

         A las ocho y media de la mañana ya  estaba despierto, mas antes de preparar el

cafê fui a mi estudio con el propôsito de buscar en la enciclopedia de los sueños quê

significaba  caminar por tûneles. En la pâgina 469, y como sîntesis, leo lo siguiente:

transitar en onîricos por tûneles es caminar por los vericuetos de la mente, los que y

conducen a disîmiles apartados de la propia vida. Significa la posibilidad de alterna-

tivas  de haber puertas en el trayecto, pero el soñante deberîa tener el valor de abrir-

las, pues  pudieran asimismo  conducir a la confusiôn definitiva. Esta sîntesis gustô-

me  tanto que  la escribî en una hoja con formato A4 que puse en la pared sostenida

.por  una tachuela verde, mi color por antonomasia favorito. Seguido a poner la en-

ciclopedia  en el  librero fui a la cocina. Despuês de poner la cafetera en la hornilla

abrî  el refrigerador para coger el pomo con mermelada de frambuesa  [made in mi

tîo porque es êl el que la hace], mas al estar êste a la zaga de una masa cârnica que

Aspasia sacô del congelador --por el aspecto que tenîa pudiera decir que aproxima-

damente estaba descongelândose desde seis o siete horas---, cômo no pensar yo en

el deseo de caerle a mordidas de tener la costumbre de ingerir carne cruda (omofa-

gia)?  En lo atinente a su color rojo es mejor que no amplifique nada, que quede en

mutismo, que no le dê movimiento a mi lengua para revelar lo que por analogîa de

color atiza, imanta, activa el magîn de donde salen mis queridas pinceladas. Termi-

nado  el proceso, o sea, el de  calentarse el agua que sube al embudo donde estâ el 

polvo de las simientes del cafeto que pasarâ por el filtro antes de quedar como be-

bida  hecha por infusiôn en el deposito superior de la cafetera, cojo una de las cin-

co tazas que lavê y llênola de cafê hasta la mitad, y en un plato mediano dejo caer

dos tostadas que comerîa con la mermelada susodicha----que amên ingiêranse con

mantequilla mâs bien responde a la cuestiôn del sabor que a otra cosa; dirîan algu-

nos que tiene que ver con la costumbre, empero yo tengo mis dudas, porque de un

sabor  ser producto de  êsta menos que de una preferencia tanto el titubeo como la

vacilaciôn  no deberîan faltar. Finalizado mi desayuno dêjole escrito a Aspasia, en

un papelito, que irîa a casa del difunto zapatero Cliôn para coger los libros que me 

interesaban, mas asimismo que el cafê ya estaba hecho, y que como tal sôlo debe-

rîa calentarlo, a pesar de saber que a ella gûstale tomârselo acabado de hacer, mas 

que  algunas veces es posible la excepciôn por cuestiones de  holgazanerîa o pere-

za, o por  carecer de un estado magnânimo con el cual todo puede hacerse sin nin-

gûn tipo de impedimento, traba o molestia.

       Como la puerta de mi edificio es del cristal, y antes de abrirla, vi que Cratino

levantaba su mano derecha para hundir el dedo îndice en el botôn que hace sonar

el timbre, mas como no quise interrumpir esta acciôn hacedera esperê a que la hi-

ciera. A raîz  de realizarla abro raudo la puerta, siendo entonces cuando pregûnta-

me: 

---Kosmos, cômo fue posible que dos cosas sucedieran al mismo tiempo?

---Cratino, porque yo estaba detrâs de la puerta cuando alzabas la mano para to-

car el timbre.

---Quê, que estabas detrâs de la puerta? Y cômo no te vi?

---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos! Cômo lo puedo saber yo

si el que no me vio fuiste tû? Ni que yo tuviera puesto el sombrero de Zequeira.

---O el Orci Galea

---Repâmpanos Cratino!! Te acabas de recordar del capacete de Plutôn.

---Bueno, tû sabes que, aunque no todo, leî tu novelôn. Dime: adônde vas?

---A casa del difunto zapatero Cliôn.

---Ah, por los libros, no?

---De marras, Cratino, de-ma-rras!!

---Puedo ir contigo?

---Ostensiblemente que sî!

          Despuês de  caminar cien  metros Cratino recuêrdame que por ser el quinto

dîa de la semana habîa feria, y seguido pregûntame si yo querîa ir una vez que aca-

bara  de hacer lo que interesâbame. Al parecerme muchitanto mejor ir primero a la

feria, porque de ser la sûmula de libros alta tendrîamos los dos que ir de un lugar a

otro con un peso en nuestas manos, respondîle que el orden de los factores no alte-

ra el producto, y como tal la cuestiôn de los libros podîa dejarse para mâs tarde. Al

reconocer que yo tuve en cuenta lo que no êl, lo que nada tiene que ver con la cosa

de que por estar enamorado por su testa sôlo pasen consideraciones a partir de pen-

sar  en el mor, sino que mâs bien porque desde que lo conozco nunca fue un desta-

cado  paradigma de  examen o de anâlisis, diome  unos golpecitos ligeros en la es-

palda y seguido  dîceme que a mî no escâpaseme una, que hasta de lo banal saco y

lo justo que sîrvele a un interlocutor como muestra de que no soy otra que una des-

tinada  criatura destinada a no pasar por alto ni lo que por tamaño pudiera ser apa-

bullado facilîsimamente.


 








 
















  






   


 





 



 












 

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