Montag, 3. November 2025

177

     En realidad el mutismo de Cristiano Olivio Gobîn no me extraña, puedo entender-

lo, porque no es nada nuevo que una persona que no te conozca mueva su lengua con

soltura para revelar sobre el pucho o cosas personales o cosas que tienen que ver con 

su laboro, razôn por la cual no pudimos enterarnos del porquê de eyectar en su rostro

un jovial. A pesar  de que Yelas estuvo en desacuerdo con mi verba, porque segûn su

consideraciôn êl contôle sobre si mismo mâs que suficiente a Cristiano aun sin cono-

cerlo, ni tan siquiera hizôle una breve pregunta a êste, tratô de romper su silencio con

una interrogativa provocante, mas como a mî me da igual que estên a favor o en con-

tra de mi verba seguî mirando la  escultura como si no hubiese pasado nada, como si

no existiera ni Cristiano ni Yelas, que a la postre y al cabo la escultura es lo mâs rele-

vante, la dadora de un jovial acicateante. 

       Si en algo nos favoreciô el mutismo de Cristiano fue en lo siguiente: en que pudi-

mos escuchar la escandalosa conversa entre el empleado de limpieza y Diopeites. Me

consta  de que Diopeites, y por su oficio, jamâs alza la voz, mas como el intercambio

de verba era debido  a la înfula que colgaba del cuello de la escultura de Praxiletes la

subida  de tono fue menester por êl considerar una injuria lo que habîa sucedido. Ora

bien, porque yo haya dicho que pudimos escuchar la escandalosa conversa entre ellos

no  quiere decir que la oîmos  claramente, ya que la forma de hablar del empleado de

la limpiera era tan embrollada que no comprensîase nîtida/inteligiblemente lo que de-

cîa. De tal guisa, y por lo anterior dicho, la conversa no durô muchitanto, porque Dio-

peites decidiô que era mejor recuperar la înfula que seguir hablando.

      Cuando salimos del museo Yelas presêntale a Diopeites a Cristiano Olivio Gobîn,

y a continuaciôn de esto revêlame Diopeites que la înfula pertenecîa a un obispo com-

pinche de êl, empero lo que sî no dejôme  saber fue el porquê de que este compinche

no  viniera a buscarla, que  tampoco como habîa  sido posible que la dejara en el mu-

seo. Con la intenciôn de tener un conocimiento mînimo de Cristiano, Diopeites le pre-

gunta a êste paar de preguntas habituales, repetidas dentro de un esquema donde pre-

pondera  la teo-logîa, empero como  Cristiano es arquitecto, o sea, es  el responsable

de su propia creaciôn responde asî:

--Diopeites, no necesito ninguna fantasîa metafîsica, como que tampoco un mito, por-

que mi trabajo  nada tiene que  ver ni con aquêlla ni con êste, sino mâs bien con algo

que puedo  hacer de  acuerdo a mi talento, a mi experiencia y a mis estudios de arqui-

tectura, tres cosas que nadie me ha dado.

     Este cuasi decir que la creencia en lo que no puêdese comprobar, en lo que es creî-

ble por el hecho de una repeticiôn constante y sonante para un fin determinado no re-

suenan ni engendran atracciôn alguna, fue el motivo de que Diopeites mirara con fije-

za a Cristiano, pero como Diopeites tenîa el tiempo contado para regresar a la catedral

barroca solamente sacô a puesto, a colocaciôn esta verba:

--Cristiano, si en algûn momento usted necesita una ayuda siempre me encuentra en la

catedral barroca antes de las diez de la noche.

--No creo que la necesite, porque todos los dîas tengo tanto que hacer que lo que sî me

es necesario es dormir, caer en la cama y cerrar los ojos cinco horas como mînimo.

--Bueno, ya tengo que irme, pero no antes de desearle a todos que tengan un buen dîa.

     Unos pocos minutos despuês se fueron Yelas y Cristiano, y Cratino hîzome esta pre-

gunta:

--Kosmos, quiên tû crees que haya puesto la înfula en el cuello de la escultura?

--Câspita, Cratino! Esta pregunta no puêdotela responder, porque ni idea tengo de quiên

haya sido. Pero dime: por quê te interesa saberlo?

--No es que me interese, es que se me ocurriô la pregunta, porque esto de la înfula estâ

un poco misterioro.

--No solamente misterioso, sino que asimismo algo que hace pensar cômo fue posible

colocarla en el cuello de la escultura, porque como tu viste êsta es bastante alta.

--Sabes quê, no creo que llegue a ser un puzzle, porque con una escalera.....

--Amigo mîo no, no porque en el museo estân vedadas las escaleras.

--Y cômo tû sabes eso?

---El cômo no es relevante, Cratino. Confia en lo que dîgote.

---Pero no entiendo el porquê de que estên vedadas.

---El porquê no lo sê, êste sî que lo ignoro.

---Kosmos, y cômo, entonces, el empleado de la limpieza va a limpiar la testa de las

esculturas?

---Una buena pregunta, mas pregûntale al empleado. Y dime, tienes hambre?

---No mucha, pero si un poco. Por quê preguntas?

---Porque como sê que ya Aspasia debe de haber preparado algo de comida êsta al-

canza para alimentar a tres.

---O sea, que adonde vamos ahora es a tu apartamento, no?

---Êsa es la res!!

       Faltando poco para llegar a mi apartamento sucede algo inesperado: el encuentro

con Forligen, quien nos deja saber que regresô antes de tiempo del extranjero y por la

siguiente razôn: por la de no soportar el frîo, lo que traduce que no terminô de cumplir

con  el  contrato musical. Con el telos de entrar en verba para que contâranos sobre su

estancia afuera, y como traîa su  guitarra  protegida por un  nuevo estuche para que de 

paso interpretara alguno de sus temas recientes, lo invito a comer con nosotros, invita-

ciôn que no rechazô por estar famêlico.



 




















 













 




  




 

 








 

Keine Kommentare:

Kommentar veröffentlichen

199

         Terencio, el ônoma del cartero que dejaba las correspondencias en cada buzôn de mi edificio, fue el motivo de que acordârame en la ...