La peticiôn de ayuda que repetîa Aspasia cuasi gritando nos dio pâbulo
a Cratino y a mî de por uno de los arcos ventanales del tambor de la cûpula
sacar la testa, momento en que nos dimos cuenta de que la peticiôn de Aspa-
sia venîa de la linterna, mas como en medio de estos dos componentes esta-
ba la semiesfera ni ella nos veîa a nosotros ni nosotros a ella. Râpidos como
un tiro de flecha ascendimos por los peldaños de una escalera angosta con y
forma de espiral. Al llegar a la linterna, Aspasia sostenîa con sus dos manos
a una criatura que querîa tirarse, a la que yo al preguntarle la razôn de que-
rerse suicidar respondiô lo siguiente: porque no quiero vivir con el basilo de
Koch, por lo que dîjele a Cratino: Mycobacterium tuberculosis. Frente a es-
ta situaciôn ponîasenos la res difîcil, porque si acaso para poder persuadir a
la persona que quiere matarse hay que contar con una jerga especializada y
con una actitud que transmita calma.
---Kosmos, pero tû sabes algo de psicologîa, no?
Mi respuesta a Cratino fue que sî, mas que yo nunca habîa pasado de lo
teôrico a lo empîrico, empero que podîa intentarlo.
----Hagan algo ustedes, que ya no puedo mâs---dice Aspasia.
Entonces Cratino de un salto, como el de un pentatleta en una compe-
tencia olîmpica, cae encima de la criatura y la tumba al suelo. Sigue la cosa
que Aspasia viene hacia mî y me abraza temblando, y Cratino levanta a la
criatura del suelo, la escinde de la pequeña arqueada ventana y la sienta en
la escalera. Un rato despuês la criatura deja saber que la tuberculosis por un
tiempo fuele mejor con un tratamiento, pero que ya era imposible con medi-
camentos recuperar la salud, segûn palabras del mêdico en la ûltima consul-
ta, y el que allende preguntôle si êrale menester una ayuda psicolôgica, res-
pondiendo êl que no, que de todas maneras la enfermedad lo matarîa. Aspa-
sia, y ya sin temblor, y como tal sosegada para apoderarse de la verba, dîce-
le a la criatura que su progenitor es psicôlogo, que puede hablar en cuanto
entre por la puerta de la casa, siempre y cuando no estê exhausto por haber
tenido una jornada intensa y quiera por lo mismo irse a la cama, dejarse co-
ger inconscientemente por un sueño.
---Dejarse coger inconscientemente por un sueño?
---Sî Cratino, es lo que acabo de decir.
---No he dicho aûn mi nombre. Me llamo Aristarco.
Y entonces no pude eludir, escuchado su ônoma, de amplificar en voz
alta lo siguiente: no despreciar a la costurera cuando nârrese la parâbola de
Aristarco.
---Cuâl es tu nombre?---pregûntame Aristarco.
---Mi ônoma es Kosmos.
---Kosmos, no entiendo lo que dijiste.
---Es que Aristarco, en la Grecia inveterada, fue un ônoma muy del gusto y
del padre de la mayêutica.
---Sigo sin entender.
Cratino me mira como queriêndome decir: no aprietes mucho la tuerca
que este tornillo es plâstico.
----En fin, Aristarco, quieres que hable con mi padre o no?
----Cômo te llamas tû?
----Aspasia.
----Hâgamos una cosa, Aspasia. Dame tu nûmero de telêfono, y si me decido
o no te lo dejo saber. Estâ bien?
----Sî, estâ bien, Aristarco, aunque tambiên me puedes encontrar en la parte
derecha de esta catedral, donde todos los dîas toco el chelo.
----Perfecto!! Saben una cosa? Con ustedes me siento mejor.
----Somos medicina para un tîsico!!---afirma Cratino.
----Y el tuyo cuâl es?---pregunta Aristarco.
----Mi nombre?
----Si!!
----Cratino.
----Bueno, Cratino, me hace bien la medicina, no?
----Por supuesto!!
----Y quê hacemos ahora?---pregunta Aspasia.
----Mirar las estrellas, el oscuro firmamento---responde Cratino.
No fue otra cosa la que pensê al mirar hacia arriba que la que tie-
ne que ver directamente conmigo: Aldebarân, estrella de primera magni-
tud y las mâs brillante de la constelaciôn de Tauro, empero para hacer la
prueba de conocimiento, la indefectible, dije que veîa en el firmamento
a una de las siete hijas de Atlas y de Plêyone danzando desnuda frente a
Jûpiter.
---Kosmos, que conozco tu pericia, tû te estâs refiriendo a las Plêyades,
las transformadas por Zeus en estrellas---dice Cratino.
---Diez puntos, Cratino!!, no por gusto eres un buen lector.
---Plêyades sôlo conocîa una, el cûmulo de estrellas de la constelaciôn de
Tauro y las principales son visibles a primera vista.
---Otros diez puntos para ti tambiên, Aspasia.
---Pues yo ignorante total. Pleyadês? Primera vez en mi vida que oîgo tal
nombre---dice Aristarco.
---Nunca es tarde si te quedan los oîdos sanos.
---Kosmos, cambiaste la frase, no?
---Cambiar es mi destino, mi fin mi meta, mifinmimeta!!
---Mifinmimeta??
---Aristarco, deja el arco aunque no tenga flechas.
---Difîcil entenderte, Kosmos.
---Vaya quê cosa has descubierto---dice Cratino.
Como yo no puedo quedar en mutismo siempre y cuando haya algo
que puêdale sacar provecho, iba a empezar a decir que des-cubierto no se-
ria la palabra correcta sino mâs bien considerado, porque la cosa, de des-
cubrise, quedarîa plena y total al alcance de los ojos, y no creo que yo sea
la cosa que Aristarco ve completamente, mas al tener en cuenta que no da-
rîa una explicaciôn sencilla por no haber igualdad de condiciones, me olvi-
dê de lo que empezarîa a decir, me quedê en silencio.
---Quê, Kosmos, te tragaste tû mismo tu decir?--pregunta Aspasia que agre-
ga: sî, porque notê un impulso en tu boca que de repente paraste.
---No tenîa relevancia por ser algo super pensado.
---Kosmos, y entonces para ti tiene importancia un algo someramente pen-
sado?---indaga Aristarco.
---Eso depende del jaez de ese algo, Aristarco, de la îndole que sea.
---Kosmos, y de quê jaez era el algo super pensado?---pregunta Cratino.
---Parecemos agujas de reloj.
---Y por quê parecemos eso?
---Porque damos vueltas, giramos en derredor del mismo eje en medio de
un cîrculo.
---O sea, que el algo super pensado y el pensado someramente estân en el
mismo cîrculo?
---Êsa es la res, Cratino, êsa!!
---La circularidad es uno de los temas dentro de la novela. No es por eso
que la mesa de la Kosmona es redonda?
---Mâs o menos, Cratino, mâs o menos. Tibio!! En el cîrculo comienzo y
final confluyen es un mismo punto.
---Cômo, Kosmos, cômo?---fisga Aristarco.
---Del punto que sâlese es al punto que regrêsase.
---Eso no es para mi cabeza, es un tanto complicado.
---Tanto es una cantidad, no un impedimento.
---Quê me quieres decir, que el que quiere puede a pesar de la cabeza que
tenga?
---Una pregunta que tiene mâs de una respuesta.
---Kosmos, y aûn sigues viendo a la que danzaba desnuda frente a Jûpiter?
---Câspita Aspasia!! Como que parêceme que entre el desnudo y tû hay una
atingencia, un vînculo [...] una relaciôn poco secreta.
---Kosmos, seguimos mirando las estrellas?
---Age en plural, age con parecidos ojos!!
Al darse cuenta Cratino de que por una de las arqueadas ventanas se
podîa ver en lontananza el Karakorum, y como tal el edîculo donde êl vive,
deja de contemplar las estrellas y el firmamento, se quita los zapatos y siên-
tase en la arqueada ventana con los pies al vacîo.
---Quê, Cratino, ahora el que desea suicidarse eres tû?---pregunta Aristarco.
---Nada de eso, Aristarco, que jamâs una idea como êsa me ha pasado por la
testa. Sôlo miro el edîculo donde vivo encima del Karakorum.
---Y si vives ahî no estâs cansado de mirarlo?
---Es que no es lo mismo mirarlo de cerca que de lejos. De lejos la perspec-
tiva cambia y los detalles se ocultan.
---Eh? Tienes que ver tû algo con la pintura? Acaso eres pintor o dibujante
de folletines?
---Yo solamente soy un gran lector, Aristarco, leo de cuatro a seis horas ca-
da dîa.
----De cuatro a seis horas? Imagînate, yo intentê una vez ponerme a leer, y
si lleguê a la media hora fue mucho.
----Claro que por parangôn la diferencia es notable. Y dime, Aristarco, por
quê no vuelves a intentarlo?, ademâs de que puede servirte como terapia.
----Cratino, si me costaba concentrarme cuando estaba saludable, cômo tû
crees que ahora, que estoy enfermo, pueda tener concentraciôn?
----Intêntalo, Aristarco, que con intentar no se pierde nada.
----Eso es muy cierto, tienes razôn-----dice Aspasia que le dice a Aristarco:
Hace doce años que yo tuve un problema. Seguido a unas cuantas consultas
con una psicôloga, por cierto muy buena amiga de mi padre, y del la que êl
dice que jamâs fue su amante, cosa que yo sê que es mentira porque mâs de
una vez lo escuchê hablando por telêfono con ella para fechar el correspon-
diente encuentro, pude superar el problema, pero intentar volver a tocar mi
instrumento me parecîa imposible, hasta que un dîa mi madre me dijo taxa-
tivamente estas palabras: no vas a perder nada con tratar de empezar de nue-
vo a tocar el chelo, asî que intêntalo, que en este mundo imposible son muy
pocas cosas.
----De acuerdo, Aspasia, pero el problema que tuviste fue debido a una en-
fermedad, o consecuencia de êsta?
Estas palabras de Aristarco, que mâs bien son por cuestiones defensi-
vas que por dejar calaña de capricho o de testarudez, no pueden estar sepa-
radas de un estado depresivo claramente engendrado no por la enfermedad
como tal, sino mâs bien por el convencimiento de que por êsta no sobrevi-
râ, que si no por la intrepretaciôn o la conclusiôn que êl mismo ha sacado
a partir de sentirse un infestado por el Mycobacterim tuberculosis ( basilo
de Koch). Por tal susodicho estado no serîa de mi parte sensato insistir en
que êl intentara volver a leer, insistencia con la que yo sî que perderîa in-
dubitable algo: el tiempo, empero para que no sintiêrase sin apoyo, del to-
do pesimista por la pregunta que hizo, dîjele breve lo siguiente:
---Hay problemas mayores y menores, y toda enfermedad es un problema
mayor.
---Kosmos, con quiên tû estas, con los griegos o con los troyanos?---fisga
Aspasia.
---Y por quê necesariamente tendrîa que ser una cuestiôn de bandos?
---Cratino, puedo entender que por ser buen compinche de Kosmos lo pro-
tejas, pero...
----Pero nada, Aspasia, que creo que cada tiene derecho a dar su opiniôn.
y kosmos dio la suya, no?
Y acopas la siguiente pregunta del sacerdote Diopeites dirîme el inter-
cambio de verba: quiên estâ allâ arriba en la literna y es dueño de estos za-
patos? Al darle verecundia a Cratino responder que eran los suyos, yo res-
pondo por êl sacando el tronco por la arqueada ventana:
---Diopeites, yo soy el que asomôme mas no son mîo los zapatos, sino de
mi compinche Cratino.
---Kosmos, y quê hacen ustedes dos en la linterna a estas horas de la noche?
---En realidad no somos dos sino cuatro.
---Cômo que cuatro? Bajen inmediatamente, que faltan unos minutos para
el cierre de la catedral barroca.
---Descendemos sûbito, Diopeites, vamos abajo.
Bajando por la escalera angosta con forma de espiral, y justa y exacta-
mente en el peldaño cuareta y tres, una sûmula de trocitos de papel es el mo-
tivo por el cual yo dejara de bajar y me agachara para recogerlos. Resultôme
interesante que la sûmula estuviera nada mâs y nada menos que en este pel-
daño, lo que me dio pâbulo a su vez de pensar en la Cazuela, en la que mûlti-
ples veces saque a puesto, a colocaciôn la dadorîa celta en lo atinente a la re-
levancia de las numerales que sumadas dan igual a un nûmero concreto que
significa algo. Para ponerle la tapa al pomo la suma de estos dos nûmeros es
igual a siete (4+3), nûmero que como ya sâbese tuvo un rol y resonancia tre-
mendîsimos en el novelôn. Como unas castañuelas mi risa no podîa ser pos-
tergada; y tan estrepitosa, ademâs que soltada en una escalera con diseño en
curva, que Cratino pregûntame desde doce peldaños mâs abajo cuâl era tem-
pestivamente la causa de ella. Te digo despuês, mâs tarde, mi respuesta favo-
rita, aunque asimismo repetida en en el novelôn.
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