Siete horas despuês.
No sê el porquê, y antes de ir a la zapaterîa de Cliôn, entrê en el ce-
menterio del Cerâmico donde estâ sepultada Simaeta, la maestra de una ma-
teria inveterada que, como ya dije, conocî en la catedral barroca cuando yo
tenîa seis años. Estando frente a su tumba, cômo olvidar sus palabras dejan-
tes hasta hoy de una tremenda resonancia: tu mirada eyecta una ingente fan-
tasîa, asî que no la desaproveches y desarrôllala. Seguido a leer el patêtico
epitafio me entrô un temblor tan pudiente en las piernas que tuve la necesi-
dad de agacharme. Resultôme insôlito este temblor, y no sôlo por jamâs ha-
berlo tenido sino que asimismo por tenerlo en un lugar como êste, uno por
antonomasia libre de las reciedumbres humanas, de las que salen de forma
inconsciente elêctricas señales que pudieran ser la causa de la tenencia aco-
pas de una afectaciôn, algo que bien saben los estudiosos de la parapsicolo-
gîa. De tal guisa el temblor no me durô mucho, empero ya estando listo pa-
ra pararme y volver a verticalizar mi cuerpo, mis retinas descubren enterra-
do en la tierra de una maceta con flores una hoja de papel. Indubitablemen-
te despertôse mi curiosidad, pero antes de pasar a la acciôn mirê hacia to-
dos lados para asegurarme de que no hubiese nadie cerca que estuviese al
tanto de lo que estaba por hacer, que la primerîsima cosa que dêbese reali-
zarse para quedar uno exento de alguna prueba del delito es, precisamen-
te, no quedar como imago frente a un testigo visual. Entonces, y ya segu-
ro de la ausencia de criatura alguna, desentierro la hoja de papel y la sa-
cudo. Al abrirla, porque estaba doblada en cuatro partes, tenîa escrito una
senecta fôrmula que yo pensê sacarla a puesto en mi novelôn, pero como
despuês cambiê una de las escenas donde encajarîa perfectamente--de ôr-
dago harîa estallar hasta a el mâs sosegado de los contertulios----- nunca
mâs la tuve en cuenta. Y he aquî la fôrmula senecta:
He ayunado. He bebido la pociôn. He tomado de la caja. He probado.
Puse en la cesta y, de la cesta, en la caja.
A raîz de la lectura no pude eludir decir una vez mâs uno de mis fa-
voritos epîmones: por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos! Y
a continuaciôn de esta figura retôrica volvî a doblar la hoja en cuatro par-
tes y a enterrarla. Salî, entonces, con parsimonia del cementerio. Al ya y
estar en la conductual que llevâbame directo a la zapateria de Cliôn---si
la suela del zapato derecho habîase despegado aûn mâs cuando me aga-
chê, no traduce que no pudiera caminar con soltura, aunque sî con algo
de cuidado, o sea, observando hacia abajo para detectar a tiempo el pe-
dazo de cristal de una botella rota---hîceme estas dos preguntas: la pri-
mera: no serâ el porquê de yo haber entrado en el cementerio el de que
por razones crîpticas deberîa encontrar la hoja de papel con la fôrmula
escrita? La segunda: quiên habrâ escrito la fôrmula y enterrado la hoja
de papel? Mas como era muy temprano para darle trabajo a mi cerebro
de momento olvidême de estas dos preguntas, allende que era muchîsi-
mo mejor estar al tanto de mis pasos que otra cosa. Pasados aproxima-
damente quinces minutos lleguê a la zapaterîa de Cliôn. A pesar de es-
tar sin cerrojo pasado la puerta abrirla sôlo fue posible con un tremen-
dîsimo empellôn, y tan fuerte que cuasi que me voy de cabeza.
--Kosmos, tû has sido el ûnico que sin mi ayuda pudiste abrir la puer-
ta---dice el zapatero Cliôn que agrega: pero sabes una cosa? Sôlo tie-
ne ese problema en este horario; despuês, algo que me parece rarîsimo,
se le quita.
---Tal vez sea por la humedad que tiene la madera.
---La humedad?
---Mire usted, Cliôn. Con la aurora la humedad es mâs fuerte que y en
otro momento del dîa, lo que perjudica aûn mâs a la madera vieja.
---No habîa pensado en eso, Kosmos. A lo mejor porque soy zapatero
y, como tal, sôlo pienso en zapatos?
---Yo no creo que sea por eso. Mas igual, Cliôn, que el solvento al pro-
blema de la trabazôn por humedad pudiera ser un cambio de puerta.
---Quê? Un cambio de puerta? Tû sabes, o tienes una idea, de cuânto
cuesta poner una puerta nueva? A cuânto asciende el precio de eso?
---Entonces, Cliôn, olvîdese del solvento, de que yo le hablê de êl.
---Y dime, Kosmos: cuâl es el zapato que tiene la suela despegada?
---Este, Cliôn, el que llevo en el pie derecho. Y observe usted que la
suela se ha despegado aûn mâs, y debido a que me acabo de agachar
en el cementerio del Cerâmico.
---Cômo que agachado en el susodicho cementerio?
--La explicaciôn es corta y, por lo tanto, tiene mâs velocidad, y asî no
va a entenderla de una sola escucha.
---Te explicas, Kosmos?
---Escuche usted, Cliôn. Hay una ley fîsica que plantea que a menor
distancia mayor velocidad, mas como es menor distancia entonces no
es larga, no?
---Ya sabemos que "lo ûnico que perdura es el cambio", pero en ti el
cambio jamâs sucede, Contra, que siempre eres el mismo. A ver, dame
acâ el zapato.
---Se nota que estuviste en un cementerio.
---Por quê, porque hay resto de tierra oscura?
---Por eso mismo. Pero, Kosmos, este zapato es viejîsimo, se parece a
mi puerta. Tû no tienes otro par de zapatos?
---Que no puêdase pegar la suela por ser un senecto zapato?
---Yo no he dicho eso, mas sî te aconsejarîa que te compres unos nue-
vos, porque de pegarse se puede, pero por lo desgastada que estâ la sue-
la la cola no va a durar mucho.
---Lo tendrê en cuenta, Cliôn, êsa es la res. Ah, y antes que olvîdeseme,
mi tîo mândale saludos.
---Gracias!! Dale de mi parte saludos tambiên. Y cuândo lo viste?
---Ayer en la tarde, y en la catedral barroca.
---Tu tîo en la catedral barroca? Y eso?
---Yo asimismo tuve un asombro, mas me revelô que su presencia allî de-
bîase a una esquela de su hermano que tenîa que entregarle a Diopeites.
---Una esquela de Tircano Cilatino, de un muerto?
---Y despuês nada mâs y nada menos que de treinta y cinco años.
---Oir para no creer. Y quê decîa la esquela, kosmos?
---Era en lo atinente a su arrepentimiento por los abusos cometidos contra
la signora Lacrusea.
---Y de quê sirve ese arrepentimiento?
---De acuerdo con su pregunta, mas asî la cosa.
---Mira, kosmos, en esa banqueta puedes sentarte unos minutos, que yo
voy a pegar la suela del zapato, pero de ser alêrgico al polvo puedes depo-
sitar tu tafanario en el piso.
---Usted y sus ocurrencias. No, Cliôn, no soy alêrgico a nada.
---O sea, que te sientas en la banqueta?
---Siêntome en ella, Cliôn, en ella me siento.
Ya sentado en la banqueta lo primero que hago es meterme las ma-
nos en los bolsillos, una senil costumbre que viêneme mejor que la de cru-
zar los brazos. Al sentir que el espacio del bolsillo izquierdo estaba cuasi
atiborrado raudo me acordê que en êste habîa metido la sûmula de papeli-
tos que encontrême en el peldaño cuarenta y tres de la escalera con forma
de espiral de la catedral barroca. Seguido a sacarlos todos y ponerlos en
el suelo preguntêle en voz alta a Cliôn si tenîa en alguna gaveta del mos-
trador algûn pegamento para papel. A raîz de escuchar que sî, y que esta-
ba el pegamento en la tercera gaveta del lado derecho del mostrador, sin
dilaciôn fui a cogerlo. Estaba consciente de que para alguien con poquî-
sima paciencia este trabajo de unir uno por uno los papelitos era mâs y
que un esfuerzo, mas no para mî porque precisamente caracterîzome por
ser (un) buen servidor de esta virtud. Entonces, y a continuaciôn de des-
tapar el tubito por el cual salîa un pegamento de color blanco y duro, me
pongo en funciôn de la reconstrucciôn de lo que pudiera tener el tamaño
de una hoja A 4, amên de decirme al avîo, al avîo, locuciôn tanto impera-
tica como acicateante. Aproximadamente diez minutos despuês sâcame
de mi concentraciôn los manotazos que recibîa la puerta, y no debido a
otra cosa que por su trabazôn. Y entonces pregûntame con voz de trueno
Cliôn: Kosmos, me puedes hacer el favor de abrir la puerta? Hecho el y
favor soy testigo visual de la presencia en la zapaterîa de dos fêminas
que no hacîa mucho conocî en la puerta de la catedral barroca: Efîaltes
y Helade.
---Vaya, quê sorpresa!! Nos volvemos a ver, Kosmos. Quê, es impres-
cindible el nacimiento de mâsculos?---pregunta Helade.
---Câspita!! Cômo no pudiêrase prescindir de êl si usted sigue vendien-
do jugo de malva y raîces de pamporcino.
---Y yo jugo de ciruelas crataegonon y tortas de ajonjolî--agrega Efîal-
tes.
---Nôtase, Kosmos, que te gusta jugar, que te diviertes con el juego, y
ademâs que juegas con buena memoria--dice Helade.
---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Êsa es la res.
Helade, êsa!!
---Sabes quê pasa con esta puerta que cuesta trabajo abrirla?
---Al parecer es por la humedad.
---Y dônde estâ Cliôn?
---Pegândome la suela del zapato derecho.
---Y esos papelitos que hay en el suelo?
---Hago un trabajo de reconstrucciôn.
---Bueno, Kosmos, sigue con tu trabajo, que nosotras esperamos a que
termine Cliôn de pegarte la suela.
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