Rumbo a la plaza de la catedral barroca, y por atisbar el Tien con tremenda joviali-
dad debido [al descollamiento y] al fulgor sin parangôn de mi Aldebarân querida, amên
que asimismo por su magnitud que al apellîdase primera no dejarîa de idolatrarla ni aun
teniendo frente a mi vista un ampo perteneciente a la piel mâs seductiva, Aspasia apriê-
tame mi mano derecha y seguido pregûntame si pasaba por mi mente el recuerdo del as-
trôlogo Sula, porque de vez en cuando hago ciertas y determinadas cosas de acuerdo a
acordarme de personajes y escenas de mi novelôn, lo que es totalmente verdad, empe-
ro respondîle que estâ vez mâs bien tratâbase del sobresalir de mi adorada estrella que
de reminiscencia alguna. A raîz de escuchar estas palabras sobre el pucho mira el cielo,
mas como la sûmula de estrellas era bastante grande pregûntame cuâl era la que men-
cionê. Seguido a que el îndice de mi mano izquierda, y en funciôn deîctica, con preci-
siôn la señala, ella no podîa creer que a pesar de estar tan lejana su brillo con potencia
llegara a los ôculos, por lo que tuve que dilucidarle brevemente no sôlo sobre la cons-
telaciôn de Tauro, sino que asimismo en lo atinente a quiên impera ( y de tal guisa) en
ella: el magno del Olimpo y trepado en el toro que posibilitô un secuestro,
---Interesante, Kosmos, esta parte de tu discurso mîtica, pero sabes quê? Eso de que no
dejarîas de idolatrar a tu estrella ni aun teniendo frente a tus ojos el ampo mâs seducti-
vo es difîcil de creer.
---Câspita, Aspasia, que por lo que acabas de amplificar dejas calaña de que me cono-
ces no en un cien por ciento.
---Kosmos, no me hace falta un cien por ciento para saber de ti.
---Disculpen que me meta, pero Kosmos, se te olvidô lo que hacîas el dîa en que me co-
nociste?
---Dilo, Sista, dilo. Quê hacîa?
---Precisamente contemplaba la misma estrella, pero cuando me vio pasar, y con uno de
los cuatro vestidos que tengo apretados al cuerpo, dejô de adorarla a ella para idolatrar-
me a mî.
---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!!
---Eso, Kosmos, pero este epîmone tuyo no cambia ni tu forma de ser y ni de reaccionar
a raîz de pasarte por delante una seductiva piel.
---Eso lo tengo clarîsimo, Sista, por eso fue que dije que era difîcil de creer.
---Aspasia, no es que sea difîcil de creer, sino que es imposible, porque para Kosmos la
piel es la estrella mâs brillante, asî que no venga con cuentos, que sî de conocerlo trâta-
se sî que lo conocî cien por ciento.
---Kosmos, que te cayeron encima dos fêminas.
---Aristarco, y eso no es un privilegio?
---Quê si no que tu gusto por cambiar sentidos, o transformar lo que te dicen.
---Aspasia, y de quê sîrveme la pericia si no la utilizo?
---Una buena pregunta.
---Aristarco, una buena pregunta, y acabas de ser vîctima de la pericia de êl?
---Cômo, Aspasia, cômo que vîctima?
---Recuerda lo que le dijsite y lo que te preguntô êl.
---No se me ha olvidado, pero por eso soy vîctima de su pericia?
Seguido a este intercambio verbal hubo un cambio de posiciôn: Sista pûsose al
lado de Aspasia; Aristarco al lado mîo. Asî continuamos rumbo a la plaza de la cate-
dral barroca, mas si Aristarco, por tenerla delante, no aprovechô el Kairos para obser-
var alguna parte trasera del cuerpo de su novia, yo sî que no perdî la ocasiôn y mis re-
tinas concentrê en el cabello de Aspasia, al que faltâbale nada mâs y nada menos que
un centîmetro para llegar a su especiosa/fina cintura. Sin muchitanto buscar en el al-
macên de mi nemôsine, sin hacer un gran esfuerzo para hallar en êste alguna mîme-
sis pincelada, recordême de una que saliô a puesto, a colocaciôn en mi novelôn que
indubitablemente encantôme: cabello cayente como vertical cascada. Empero como
ya sê que una cosa sigue a la otra, como una cadena que alôngase por la sûmula y de
sus eslabones, acordême del dîa en que el cabello de Aspasio metiôse entre mis pier-
nas al poner ella su testa encima de mi vientre: estâbamos los dos horizontalmente y
sobre la alfombra del cuarto mas en posiciones disîmiles, y si yo fumaba un cigarro;
ella, que cuando antôjasele algo nadie puede eludirlo, ingerîa pedacitos de pan emba-
durnados de mayonesa, razôn por la cual sus labios al besar resbalaban, lo que serîa
anâlogo a decir que carecîan de fijeza. Y hablando de fijeza pasa una cosa: como es-
taba tan metido en mi inmôvil cîrculo reminiscente no me percatê de que Sista, y con
un pequeño espejo, estaba al tanto de cômo yo miraba el cabello de Aspasia, lo moti-
vante de que breve/resumido dijêrame:
---Kosmos, mi cabello es cuasi tan largo como el de ella, aunque la diferencia sea la
del color.
Sobre el pucho Aspasia vîrase, viene hacia mî, abrâzame y me da un beso tan pro-
fundo que tuve que controlar una emociôn salvaje, con garra o con dientes horadantes,
mas como Sista otra cosa no podîa hacer que desviar su celosîa para no tener un corto
conflicto con Aspasia, guarda el espejo en su bolsa y pregûntale a Aristarco:
---Por quê no me miraste el cabello como se lo mirô Kosmos a Aspasia?
---Y por quê tû con el espejo estabas mirando lo que no tenîas que mirar?
Pero ninguna de las dos preguntas fueron respondidas, por lo que hacer una terce-
ra pregunta serîa en vano, porque si la verba no fluye es señal de que los que preguntan
no estân dispuestos a participar en el jueguito del dale que te dirê y te dirê lo que mâs
acêrcase a lo que (quieres) quiêrese escuchar. Esto por un lado; por el otro, que ya ni sê
cuântas veces lo he dicho que asimismo ignoro cuâl es la cantidad que fâltame para no
decirlo mâs, aun resultândome extraño que puêdame escindir del mecanismo funcional
que es garante de la repeticiôn, lo que sâbese no pregûntase, y por lo mismo tanto Sis-
ta como Aristarco saben lo que preguntaron.
Como el mutismo fue posible a continuaciôn de las dos preguntas, Aspasia, y con el
objetivo especîfico de dirimirle el poder de impedirle a la palabra que salga o a defender
o a provocar, a dejar un aliciente o un gayo estîmulo, verbi gratia, apodêrase de la verba
y empieza a hablar de los tiempos que siendo niña jugaba con su muñeca onomada Tris-
temestre, un nombre que sacô de un libro de cuentos infantiles mas que era el de un pa-
yaso, pero como el color de la vestimenta de êste era el mismo que el de la mûneca fue
la razôn de habêrselo puesto. De enfatizar la cuestiôn de que su progenitor le permitîa
jugar con la muñeca hasta bien entrada la noche pudiera ser una forma de dejarnos sa-
ber que êl con ella era sumamente tolerante menos que austero, empero que ignoraba
del todo que algunas veces, simûltaneamente al tiempo de su juego, la pareja que vivîa
en la casa de al lado encendîa la luz del cuarto para entrar en relaciôn întima, encuentro
de cuerpos que en aquel entonces ella no entendîa mas que le fue despertando la curio-
sidad, motivo por el cual comprô unos prismâticos con las monedas que guardaba en la
alcancîa y que dâbales su padre todas las semanas. Despuês de un año de mirar con los
prismâticos apuntô en una hoja todas las posiciones que vio en la cama, aunque asimis-
mo otras cosas que les sirvieron diez años despuês para enseñarle a su primer novio cô-
mo hacerla feliz, cômo garantizarle un disfrute profunda y lentamente, etc. Deplorable-
mente, dice ella, la relaciôn no durô mucho, mas aun asî los dos meses que estuvieron
juntos fueron suntuosos e inolvidables.
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