(cinco horas y media despuês)
Los rayos apolîneos que penetraban por la ventana luminaban el semblante de As-
pasia, empero como estaba coralinamente dormida no pudo disfrutar de la estimulante
olîmpica claridad que al tocar su jeta como que simbôlicamente la coronaba. Llamôme
sûbito la atenciôn que tuviera el liber del conde de Mirebeau metido entre sus muslos,
porque yo fui testigo visual de que antes de cerrar los ôculos pûsolo encima de la mesi-
ta de noche, a no ser que despuês de yo dormirme ella hâyase despertado, pero resulta-
rîame una tremendîsima rareza, porque hasta el dîa de hoy, y por costumbre, jamâs ha
leîdo dos veces en la madrugada. Con la intenciôn de eludir analizar a cabalidad la re-
laciôn entre estas dos cosas: entre los rayos que penetran y el libro que estando donde
estâ de momento no acicata, es que pûseme en funciôn de hacer lo siguiente: sacar el
libro de entre sus muslos para ponerlo en la mesita susodicha. A continuaciôn de respi-
rar profundo para que la mano no me temblara, que un temblor, como tal, es dejante de
resonancia, agarrê el libro con los dedos îndice y pulgar, pero cuando empecê parsimô-
nicamente a halarlo hacia mî, Aspasia da un brinco, coge el libro y pôneselo entre sus
pechos, otra tremendîsima rareza, porque cômo pudo saber dônde estaba el libro estan-
do ella profundamente dormida? Ostensiblemente que despuês de este salto crîptico yo
no volvî a intentar mâs nada, y entonces salî del cuarto.
Acordândome de que los prismâticos estaban en el baño penetro en êste antes de ir a
la cocina, parte de mi apartamento a la que siempre voy primero con el objetivo de pre-
parar la cafetera y dejarla en la hornilla encendida. Los prismâticos al ser de color ne-
gro, cômo no van a descollar entre muchitanto blanco? Pregunta que traduce que no fue
difîcil hallarlos, mas como Aspasia los utilizô para mirarse el pubis rasurado los crista-
les delanteros estaban un poco sucios, razôn por la cual tuve que limpiarlos con la mis-
ma esponja con la que Aspasia asêase la espalda, pero que no un aseo con este utensilio
desde que era niña, sino mâs bien desde el dîa en que leyô en mi novelôn lo siguiente:
que Corônide, la bailarina pelirroja, lîmpiâbase esta parte trasera del corpus con una es-
ponja, con la diferencia que la de êsta es de color rosada. Como sê que para Aspasia lo
mâs relevante es sentir la suavidad de la esponja, que sea êsta de cualquier color en na-
da afêctale y, como tal, la diferencia que onomê no tiene otra re-percusiôn que la de sa-
carla a puesto, a colocaciôn por no ser una aferencia. algo que da, in casu al sujeto que
utiliza una esponja. Con este lûdico verbal, quê si no?, finaliza mi estancia en el baño,
y con los prismâticos colgando del cuello voy a la cocina.
En lo que echaba en la taza el cafê cayôse el cuadro que no hace mucho limpiê, no
siendo la causa justa la presencia de alguna entidad desconocida, de un lar con fiesta o
alborto, sino por el martillar incesante de Metôn en el piso de su cocina, algo por cier-
to un tanto insôlito, De tratarse de otra persona, verbi gratia de un carpintero, serîa mâs
creîble, mas êl que precisamente es un banquero pensionado, y como tal poco tiene que
ver con las herramientas, la cosa cambia totalmente. Con este cambiar de la res, cômo
no querer yo ponerme en funciôn de la tempestiva indagaciôn? Ostensiblemente que la
harîa despuês de tomarme el cafê y de recoger los trozos/trocitos de cristales esparcidos
por casi toda la cocina, los que no solamente para Aspasia son un pernicio sino que asi-
mismo para mî. Por quê? Porque tanto ella como yo andamos con los pies desnudos en
todas las estaciones del año. De facto no dilaciono mucho en tomarme la taza de cafê,
por lo que en cuestiones de minutos, y seguido a descolgarme del cuello los prismâti-
cos, cumplî con la tarea de echar en el latôn de la basura los trozos/trocitos de cristales.
Pensando yo que ya podîa subir con soltura al apartamento de Metôn, salir de mi apar-
tamento exento de alguna pregunta, Aspasia viene a la cocina y pregûntame:
---Kosmos, y este ruido en la cocina a quê debêse, o por quê fue posible?
---Câspita!! Este ruido en la cocina fue el que te despertô?
---Por quê dices câspita?
---Aspasia, porque cômo puede ser posible que despiêrtete este caer de los trozos/troci-
tos de cristales en el latôn de la basura y no el martillar de Metôn?
---El martillar de Metôn? Pues sabes quê? No escuchê martillar alguno. Quê, Metôn
martillando?
---Êste es el motivo por el cual estaba por subir al apartamento de Metôn.
---Estabas?
---Aspasia, porque con tu presencia y tu pregunta...
---Deja deja, no sigas hablando. Ya preparaste el cafê?
---Quê si no, Aspasia?
---Entonces vete. Sube.
---Si mâs dilaciôn asciendo. Êsa es la res!!
Despuês de salir de mi apartamento encuentrôme en la escalera con el mismo
niño que vi arropado con una vestidura druidica, y al que Forligen le regalô el trineo.
A continuaciôn de mirarme con algo de fijeza pregûntame si yo sabîa en quê piso es-
taba el apartamento de Metôn. respondiêndole sobre el pucho que viniera conmigo,
que concomitârame porque precisamente yo iba a ver a êste. En lo que subîamos por
la escalera dêjame saber que su progenitor habîale pedido de favor que le entregara
a Metôn un papel del banco relacionado con el impuesto anual, y con el fin de que le
aclarara, con su propio puño y letra, el porquê de la subida de la cotizaciôn al esta-
do. Claramente que no entrarîa en verba con êl, mas sî reconocî que era un niño inte-
ligente, porque ni yo mismo a su edad hubiera podido expresarme de esta manera in-
teligible, empero sî que quise saber su ônoma, y entonces pregûntole:
---Me puedes decir cômo te llamas?
---Mi nombre es Arsel.
---Encantado de conocerte, Arsel. Mi nombre es Kosmos. Y dime: por quê tu padre
no vino personalmente a ver a Metôn?
---Porque como es modisto tiene demasiado trabajo.
---Entiendo, Arsel. Y dônde vives?
---En el edificio de al lado.
---Te acuerdas de mî, no? Yo soy amigo del que te regalô el trineo.
---Sî! Me acuerdo de ti y de tus dos amigos.
---Ya estamos en el apartamento de Metôn. Tocas tû o yo el timbre?
---Tôcalo tû.