Mittwoch, 29. Januar 2025

125

        (cinco horas y media despuês)

   

       Los rayos apolîneos que penetraban por la ventana luminaban el semblante de As-

pasia, empero como estaba coralinamente dormida no pudo disfrutar de la estimulante

olîmpica claridad que al tocar su jeta como que simbôlicamente la coronaba. Llamôme 

sûbito la  atenciôn que tuviera el liber del conde de Mirebeau metido entre sus muslos, 

porque yo fui testigo visual de que antes de cerrar los ôculos pûsolo encima de la mesi-

ta de noche, a no  ser que despuês de yo dormirme ella hâyase despertado, pero resulta-

rîame una  tremendîsima rareza, porque hasta el dîa de hoy, y por costumbre, jamâs ha 

leîdo dos veces en la madrugada. Con la intenciôn de eludir analizar a cabalidad la re-

laciôn entre estas dos cosas: entre los rayos que penetran y el libro que estando donde 

estâ  de momento no acicata, es que pûseme en funciôn de hacer lo siguiente: sacar el

libro de entre sus muslos para ponerlo en la mesita susodicha. A continuaciôn de respi-

rar profundo para que la mano no me temblara, que un temblor, como tal, es dejante de

resonancia, agarrê el libro con los dedos îndice y pulgar, pero cuando empecê parsimô-

nicamente  a halarlo hacia mî, Aspasia da un brinco, coge el libro y pôneselo entre sus

pechos, otra tremendîsima rareza, porque cômo pudo saber dônde estaba el libro estan-

do ella profundamente dormida? Ostensiblemente que despuês de este salto crîptico yo

no volvî a intentar mâs nada, y entonces salî del cuarto.

    Acordândome de que los prismâticos estaban en el baño penetro en êste antes de ir a

la cocina, parte de mi apartamento a la que siempre voy primero con el objetivo de pre-

parar  la cafetera y dejarla en la hornilla encendida. Los prismâticos al ser de color ne-

gro, cômo no van a descollar entre muchitanto blanco? Pregunta que traduce que no fue

difîcil hallarlos, mas como Aspasia los utilizô para mirarse el pubis rasurado los crista-

les delanteros estaban un poco sucios, razôn por la cual tuve que limpiarlos con la mis-

ma esponja con la que Aspasia asêase la espalda, pero que no un aseo con este utensilio

desde  que era niña, sino mâs  bien desde el dîa en que leyô en mi novelôn lo siguiente:

que Corônide, la bailarina pelirroja, lîmpiâbase esta parte trasera del corpus con una es-

ponja, con la diferencia que la de êsta es de color rosada. Como sê que para Aspasia lo

mâs relevante es sentir la suavidad de la esponja, que sea êsta de cualquier color en na-

da afêctale y, como tal, la diferencia que onomê no tiene otra re-percusiôn que la de sa-

carla a puesto, a colocaciôn por no ser una aferencia. algo que da, in casu al sujeto que

utiliza  una esponja. Con este lûdico verbal, quê si no?, finaliza mi estancia en el baño, 

y con los prismâticos colgando del cuello voy a la cocina. 

       En lo que echaba en la taza el cafê cayôse el cuadro que no hace mucho limpiê, no

siendo la causa justa la presencia de alguna entidad  desconocida, de un lar con fiesta o 

alborto, sino por el martillar incesante  de Metôn en el piso de  su cocina, algo por cier-

to un tanto insôlito, De tratarse de otra persona, verbi gratia de un carpintero, serîa mâs

creîble, mas êl que precisamente es un banquero pensionado, y como tal poco tiene que 

ver  con las herramientas, la  cosa cambia totalmente. Con este cambiar de la res, cômo 

no querer yo ponerme en funciôn de la tempestiva indagaciôn? Ostensiblemente que la

harîa despuês de tomarme el cafê y de recoger los trozos/trocitos de cristales esparcidos 

por casi toda la cocina, los que no solamente para Aspasia son un pernicio sino que asi-

mismo para mî. Por quê? Porque tanto ella como yo andamos con los pies desnudos en

todas  las estaciones del año. De facto no  dilaciono mucho en tomarme la taza de cafê,

por  lo que en cuestiones de minutos, y seguido a  descolgarme del cuello los prismâti-

cos, cumplî con la tarea de echar en el latôn de la basura los trozos/trocitos de cristales.

Pensando yo que ya podîa subir con soltura al apartamento de Metôn, salir de mi apar-

tamento exento de alguna pregunta, Aspasia viene a la cocina y pregûntame:

---Kosmos, y este ruido en la cocina a quê debêse, o por quê fue posible?

---Câspita!! Este ruido en la cocina fue el que te despertô?

---Por quê dices câspita?

---Aspasia, porque cômo puede ser posible que despiêrtete este caer de los trozos/troci-

tos de cristales en el latôn de la basura y no el martillar de Metôn?

---El martillar de Metôn? Pues sabes quê? No escuchê martillar alguno. Quê, Metôn

martillando?

---Êste es el motivo por el cual estaba por subir al apartamento de Metôn.

---Estabas?

---Aspasia, porque con tu presencia y tu pregunta...

---Deja deja, no sigas hablando. Ya preparaste el cafê?

---Quê si no, Aspasia?

---Entonces vete. Sube.

---Si mâs dilaciôn asciendo. Êsa es la res!!

         Despuês de salir de mi apartamento encuentrôme en la escalera con el mismo

niño que vi arropado con una vestidura druidica, y al que Forligen le regalô el trineo.

A continuaciôn de mirarme con algo de fijeza pregûntame si yo sabîa en quê piso es-

taba  el apartamento de Metôn. respondiêndole  sobre el pucho que viniera conmigo,

que concomitârame porque precisamente yo iba a ver a êste. En lo que subîamos por

la  escalera dêjame saber que su progenitor habîale pedido de favor que le entregara

a Metôn un papel del banco relacionado con el impuesto anual, y con el fin de que le

aclarara, con  su propio  puño y letra, el porquê de la subida de la cotizaciôn  al esta-

do. Claramente que no entrarîa en verba con êl, mas sî reconocî que era un niño inte-

ligente, porque ni yo mismo a su edad hubiera podido expresarme de esta manera in-

teligible, empero sî que quise saber su ônoma, y entonces pregûntole:

---Me puedes decir cômo te llamas?

---Mi nombre es Arsel.

---Encantado de conocerte, Arsel. Mi nombre es Kosmos. Y dime: por quê tu padre

no vino personalmente a ver a Metôn?

---Porque como es modisto tiene demasiado trabajo.

---Entiendo, Arsel. Y dônde vives?

---En el edificio de al lado.

---Te acuerdas de mî, no? Yo soy amigo del que te regalô el trineo.

---Sî! Me acuerdo de ti y de tus dos amigos.

---Ya estamos en el apartamento de Metôn. Tocas tû o yo el timbre?

---Tôcalo tû.



 













  




 




 















 




 

 

Samstag, 25. Januar 2025

125 (versiôn)

       Quince minutos despuês penetrê en el cuarto, mas Aspasia habîase quedado dormi-

da y con el libro de Mirabeau encima de su vientre. Con la intenciôn no de mirar sino

de quitarle el liber de esta parte corporal para que cuando cambiara de posiciôn las ho-

jas de êste no se engurran es que acêrcome al lado derecho de la cama, la parte por an-

tonomasia preferida de ella. En lo que agarraba el libro, lo cerraba y ponîalo en la me-

sita  de noche, cômo  no pensar en los prismâticos que ella misma dîjome que estaban

en  el baño? Y con esta pregunta, cômo olvidar el para quê los utilizô? Y en fin, y des-

puês de asegurarme de que el libro no estuviera en la esquina de la mesita, no fuera a

hacer que cayêrase y la despertara, arrumbê mis pasos al baño. Al tener en mis manos

los prismâticos lo primero que hice fue echarle una miradita a los cristales delanteros,

porque si Aspasia los utilizô para lo que dîjome es que [...]. Siendo considerable la sû-

mula de velloz pegados a êstos la observê a travês de la lente. Parecîa que miraba con

un  microscopio todo un mundo fascinante de cosiatos elementos sacados de su lugar

con una cuchilla de afeitar. Aun no siendo el corte muy parejo, con la debida precisiôn

de una mano derecha, podrîa decir que estêticamente no sobresalîa mal. Cuando termi-

nê con la observaciôn limpiê los cristales con la misma esponja con la que asêase As-

pasia  la espalda, utensilio  que comenzô a utilizar desde que leyô en mi novelôn lo de

la bailarina pelirroja, Corônide, la que asimismo acicalâbase esta parte del cuerpo con

una esponja, mas con la diferencia que la suya era de color rosada. Estando ya limpios

los cristales llevê los prismâticos al balcôn, empero antes de ponerlos encima de la me-

sa, y al lado del ingente cenicero oscuro, escucho que dos personas hablaban en el mis-

mo lugar donde habîa perdido su forma el busto lanzado por la ventana, conversa sobre

un  asunto que resultôme  interesante: una prenda de valor escondida en el busto, moti-

vo por el cual me asomê al balcôn con el fin de saber quiênes eran las personas. Sobre

el pucho reconozco a una: al señor que tirô el busto por la ventana, mas a la otra no ya

que  tapaba su cabeza con un capuchôn, mas indubitable que era una mujer por el tono

de su voz, y el que pareciôme conocido. Acopas aparece la autoridad llegada sin sirena,

tan callada que pudiera hasta asustar, y la que sin dilaciôn dice que por el mutismo que

habîa la conversa a esa hora resonaba como matraca china, y que como tal no podîa se-

guir su desarrollo a no ser que bajârase el nivel de entonaciôn expresiva, pero que aun 

asî  esta disminuciôn no era  garante de la tolerancia de los vecinos, lo que significaba

que  otra llamada  a la central no era imposible, y que siendo asî lo mejor que podrîan

hacer era que la continuaran en un sitio hermêticamente cerrado. La cosa finalizô de y

tal guisa pacîficamente, y seguido a que el señor dîcele a la autoridad que disculpâban-

se êl y su hija por la pejiguera causada a no se sabe quiên, dejâle saber que en realidad

ya no era necesario seguir hablando sobre lo mismo, siendo entonces cuando la autori-

dad retîrase. En lo que dirigîanse el señor y su hija a la entrada del edificio, aquêl dîce-

le  a êsta algo que dejôme con la boca abierta: ya te habîa dicho, Irene, que dentro del

busto no estaba la prenda de valor, quedândome claro el porquê de parecerme conoci-

do el tono de voz fêmino.

       A pesar de haber reconocido que Irene profundiza en algunas cosas cuando habla,

ora asimismo, y con esta nueva informaciôn sobre la prenda de valor, tengo en cuenta

que es una criatura con cierta tendencia  

  



   












Mittwoch, 22. Januar 2025

124

      No al canto de haberse tomado la leche caliente quedôse dormida Aspasia. A pesar

de haberme dicho que cerrâbanseles los ôculos quitôse el albornoz, acostôse de bruces

en la cama con las piernas un poco abiertas, puso la almohada frente a su jeta y encima

de êsta posicionô el liber de Gabriel-Honorê Riqueti, conde de Mirebeau, y con esta ti-

tularia que desprende chispas: Erotika biblion. No es de extrañar que un libro como es-

te sea despreciado por ella, de facto desde que estâ en mi biblioteca lo ha leîdo ya ni sê

cuântas veces, mas cuasi siempre de la misma manera: de atrâs hacia delante. Segûn su

respuesta a mi pregunta de que por quê de esta forma, porque su mor por los finales co-

mo que le despierta una emociôn que de faltarle sentirîase menos acicateada, lo que tra-

duce  que careciendo del porciento de êsta no disfrutarîa de la misma manera esta obri-

lla  con 202 pâginas que embelêsele, que asimismo que erîzala y estremêcela. Seguido 

a esta verba pidiôme que apagara la luz y que no quedârame en el cuarto mirândola le-

yendo, porque como ya habîamos tenido colisiôn corporal no estaba para volver a me-

terse bajo el chorro de la ducha para dejar su piel sin restos de sudor. Conociêndola co-

mo la conozco, cômo no saber que cuando ella pide una res como êsta estâ pidiendo la

cosa que es?, que claro que  nadita tiene que ver con la cosa en sî. Y en fin, que sin de 

momento  nada mâs que decir cumplî a cabalidad con el cometido de respetar su peti-

ciôn  tempestiva, y entonces, sobre el pucho, apaguê la luz, y a lo mejor por un reflejo

condicionado cerrê la puerta?

        Con el objetivo de sentir cômo penetraba el aire frîo por mi nariz salî al balcôn.

Despuês de acomodar mi tafanario en una de las dos sillas, las que jamâs han estado 

en ninguna otra parte de mi apartamento, como ya dije una vez, prendî un cabo de ci-

garro que saquê del ingente cenicero oscuro que regalôme mi tîo hace ya una sûmula

de años y por mi cumpleaños. Faltando un minutos para que marcaran las agujas del

reloj las dos de la madrugada, una hora que en mi novelôn ludicô un rol relevante, de

repente  el cabo apâgase, mas lo interesante en lo que sigue: al acercarle la flama mi-

nûscula del encendedor no encendiô, lo que diome pâbulo de pensar que estaba suce-

diendo  algo crîptico, razôn por la cual esperarîa a que fuesen las dos y cinco para si

acaso prender un cigarro completo, porque como cada acontecer enigmâtico tiene su

tiempo de duraciôn en vano serîa intentar darle fuego al papel mientras estê en pleno

desarrollo  el susodicho acontecer. En lo que pasaba este tiempo y disfrutaba del en-

friamiento  de mi nariz resultôme interesante lo que observê en el edificio de al lado

al estar una  ventana totalmente abierta: un señor quitâbale el polvo, con un plumero

corto, a un busto fêmino difîcil de reconocer por tener la cabeza bastante deteriorara.

Hubiera sido beneficioso utilizar mis prismâticos, mas como no estaban en el balcôn

no quise buscarlos por toda la casa, que vaya a saber sôlo Aspasia dônde los dejô, los

puso, a pesar  de ya haberle  dicho un burujôn de veces que no los cambiara de lugar.

Al ser ya las dos y siete minutos pôngome vertical para ir a mi estudio a coger la ca-

ja de cigarros, mas  al estar cerca de la puerta del balcôn un estrêpito es la especîfica

causa de mi curiosidad, por lo que en vez de ir adonde iba entregême a la tarea de sa-

ciar êsta. Como el estrêpito provenîa del edificio de al lado sôlo tuve que pegarme a

la  baranda y atisbar, siendo  entonces cuando supe el  porquê de êl: porque el señor

que limpiaba el busto lo tirô por la ventana, por lo que lleguê a la conclusiôn de que

no podîa ser uno/el de una deidad, a no ser que este señor fuera ateo o pragmâtico y,

como tal, que el  busto sea de êsta sôlo tuvo la importancia finita que êl le quiso dar.

Fuera como fuese me es igual, mas lo que sî no dâbame lo mismo era olvidar que de-

berîa ir a buscar la cajetilla de cigarros a mi estudio para en vez de un cabo fumarme

un cigarrillo  completo, algo que  hice en seguida. Pero vaya/quê sorpresa que al re-

greso al balcôn Aspasia estaba sentada en la misma silla y con las piernas puestas so-

bre la baranda, allende  que solamente  cubriendo su cuerpo con una colcha lo basta-

mente  larga como para tapar su medida completa de un metro con cincuenta y ocho

centîmetros. 

---Ya sê, Kosmos, que mi presencia a esta hora en el balcôn no es habitual, pero sa-

bes que fue ese ruido fuerte?

---Asômate al balcôn y mira hacia la izquierda.

---Quê? Que tengo que abandonar esta comodidad para hacer eso? No! Con que tû

me lo digas me basta.

---Aspasia, un busto que tirô por la ventana un señor del edificio de al lado.

---Por cuâl ventana?

---Por esa que ora estâ cerrada y con una cortina con los signos del zodîaco.

---Ah, entonces estaba abierta?

---Câspita, Aspasia! Y acaso puêdese lanzar un busto por la ventana estando êsta ce-

rrada?

---Parece mentira que hayas caîdo en la trampa. Y de quiên era el busto?

---Sôlo sê que era un busto fêmino, mas de quiên lo ignoro, porque el semblante esta-

ba deteriorado.

---Y cômo sabes que estaba el rostro asî, acaso miraste con los prismâticos?

---Mirê con mis ôculos. Y hablando de los prismâticos, dônde estân?

---En el baño, Kosmos, en el baño.

---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos! Y por quê allî, si ya me has es-

cuchado decirte que...

---Es que sabes quê? Que como me rasurê el pubis me lo mire con los prismâticos.

---Cômo que con los prismâticos?

---Kosmos, si te parece cosa de locos, cômo es posible entonces que, aun pareciêndo-

te, en la quinta parte de tu novelôn hay una escena en que se utilizan los prismâticos

para mirar una corta distancia?

---Una corta sî, mas no el pubis rasurado.

---Kosmos, es mi cosa, no la tuya.

---Quê no es la mîa si precisamente de mi novelôn sacaste esta cosa?

---Saquê la idea, no esta cosa como tal, porque como acabas de decir, la cosa en tu no-

velôn era la de mirar una corta distancia.

---Como que pegôsete el jueguito.

---Y acaso no tengo cerca la fuente contagiosa?

---Êsa es la res, Aspasia!

---Y respecto a ese señor del edificio de al lado, sabes quiên es? No te parece un poco

arrebatado que tire un busto por la ventana?

---Como esa ventana jamâs la he visto abierta, primera vez que lo veo. Y de parecerme,

quê te pudiera decir? Que este mundo, a pesar de ser el mejor de todos....

---Deja deja, que lo que sigue es un discurso para el que no estoy a esta hora. Regreso

al cuarto. No vienes conmigo?

---En cuanto termine de fumarme un cigarro completo.

---De acuerdo. Te espero.

---Me esperas para que te mire con los prismâticos el.....?

---Si lo quieres hacer no me opongo.

---Como que ya estâ es la consecuencia de leer al conde de Mirebeau: el despertar de

la fantasîa.

---Solamente te dije una cosa: te espero.








 































      


 















 



 


Samstag, 18. Januar 2025

123

         Despuês de la cena, y exactamente a las once de la nocturna, Aspasia pregûntame

si tenîa ganas de ludicar el juego de damas. Al ser uno de mis juegos preferidos, y pre-

cisamente por ser el que es, sin dilaciôn respondîle que sî, mas que previo a empezar a

jugarlo deberîa echarme en el semblante un poco de agua frîa y a continuaciôn prender

un cigarro, ya que si no mis ôculos cerrarîanse porque normalmente a esta hora ya estu-

viera disfrutando de mi acostumbrado breve solaz, por lo que dîjome que en lo que yo

iba  al baño a mojarme la jeta, ella  ocuparîase de ir en busca del tablero con las fichas

que estaba en el cuarto. Pasados cinco minutos, y al yo regresar a la sala, ya ella habîa

puesto el tablero en el piso y ponîa en cada cuadrado las fichas, que claramente serîan

las rojas con las que jugarîa: cuâles si no al ser el juego de damas? Flagrantemente no

podîa faltarme el pensar de que este juego tiene su complejidad, porque es uno que de

facto  obliga a un mâsculo a no perder de vista ni a la mâs sencilla jugada, ya que aun

siendo de este jaez pudiera representar o un beneficio o una ventaja para la hembra. 

        Media hora despuês de haber empezado a ludicar llâmame Sista, y para decirme

que habîase despertado debido a un onîrico que tuvo, y en el que Irene y yo dialogâba-

mos con ella, razôn por la cual pregûntame que cômo era posible este intercambio ver-

bal  si yo no conocîa a Irene. Verdaderamente es una (que) buenîsima pregunta, empe-

ro la res es la siguiente: dîgole la verdad o utilizo mi pericia expresiva con el têlos de

engendrar  el embrollo semântico? Mas pensândolo bien, y râpido, porque responder

con dilaciôn pudiera levantar sospecha, mejor era informarle sobre la conversa que tu-

ve con Irene y donde estaba actualmente viviendo. A raîz de saberlo tuvo como un li-

gero ataque emotivo, porque no podîa creer que el hacer creer Irene que habîa desapa-

recido  mâs  tenîa que ver con esa llamada de un mâsculo desconocido que por lo del

diario, mas  que a su vez por la esperanza de que Irene la perdonara, que a la postre y

al  cabo ella no fue quien introdujo  la mano en la cartera, sino que solamente partici-

pô  en el hurto para facilitarle a su madre  que robara el diario. A continuaciôn me da

las gracias, allende que dêjame  saber que no le dirîa nada a su madre Matilde, que y

por lo que sucediô ya sabe lo que cuesta traicionar a una persona amada: tener un pe-

so en la conciencia. Con esta verba termina la llamada, siendo entonces que Aspasîa

pregûntame:

---Y tû crees que hiciste lo correcto con decirle la verdad?

---Indubitable, Aspasia, in-du-bi-ta-ble!! Y sabes por quê? Porque Irene es la fêmina

que Sista ama, y el mor, sacado de convenciones sociales, o sea, de manipulaciones

convenientes, es una ingente potencia.

---O sea, que cuando existe el amor existe el perdôn?

---Aspasia, no trâtase exactamente de perdôn, ya que hay algo mâs que perdôn cuan-

do existe el mor.

---Por ejemplo quê?

---Tolerancia, comprensiôn, capacidad para seguir llevando, defendiendo una causa 

determinada, subrayando un atractivo que de faltar causarîa tremendîsimo vacîo.

---Tus palabras son bonitas, cômo no sentirme enamorada?

---Sentirte, o estar enamorada?

---Y cuando se estâ asî no se siente el amor?

---Una descollante perîstasis!! 

---Que sobresale tambiên con este juego de damas, no?

---No la habîa calculado desde ese punto de vista, empero empiezo a mesurarla con

cierta parsimonia.

      Mas en cuanto comencê a medir con esta forma no râpida, cômo pudiera ser im-

posible el despertar de mi magîn? Como consecuencia de lo anterior amplifiquê es-

ta declamaciôn que sin analizarla quien la escuche resultarîale difîcil de entender: la

complejidad de una sencilla jugada. Previo a sacar una ficha del cuadrado donde es-

tâ para ponerla en otro hay que concentrar las retinas para dar con la jugada mâs se-

gura entre las posibles en el tablero, empero estas posibles a su vez pudieran resultar 

dudosas, porque no sôlo el ojo observante tiene en cuenta el desplazamiento, el tras-

lado, sino que asimismo que el movimiento aûn no hecho pudiera ser descubierto en

cuestiones de segundos, por lo que serîa menester pensar que las jugadas susodichas

quedarîan  bloqueadas por el  movimiento de las fichas contrarias, y asî entonces no

estarîase seguro de que tales jugadas sean seguras.

---Kosmos, y cômo podrîa ser descubierto el movimiento aûn no hecho?

---Por el ojo que mira, Aspasia.

---Pero el ojo que mira no mira sôlo a las fichas?

---No, Aspasia, no sôlo a las fichas, sino que asimismo a los ojos del que las mueve,

y êste para dar con esas jugadas seguras primero tiene que mirarlas: entendiste?

---Creo que sî! Y por lo mismo, y para que no me ganes, dejô de mirar tales jugadas.

---Câspita, Aspasia! Y cômo tû crees que yo voy a perder si tû no las miras? Sin mi-

rarlas no me podrîas ganar.

---Tû crees? Y si miro a tus ojos no sabrîa de tus jugadas seguras?

---Aplausos, Aspasia, a-plau-sos!! Tû sabes que yo logro cuasi todo lo que propôn-

gome.

---Sî ya sê, pero no olvides que este es un juego de damas.

---Cômo olvidarlo, sî, y como ya dije, es uno de mis preferidos?

---Por ser el juego que es! 

---Êsa es la res!!

---Pero a pesar del que es, sabes quê?

---Amplifîcalo, Aspasia, amplifica el quê?

---Que ya se me cierran los ojos.

---Entonces no continûas con el juego de damas?

---No!! Me voy a dormir.

---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Seguimos, mañana, con el 

juego de damas?

---En realidad es un juego que nunca termina, o que es siempre posible.

---Te capto, Aspasia, te capto! Cômo no captarte siendo tû una dama?

---Kosmos, que no hay punto a la raya para que continûe la letra.

---Ora la risa me es menester!

---Quê si no? Riête, y buena nocturna, como dices tû. Y dime: puedes hacerme un

favor?

---Que salga sobre el pucho por tu boca el favor que es.

---Que calientes un poco de leche y me la traigas al cuarto.

---En un vaso o en una taza?

---Igual en quê, ya que lo que importa es que no estê frîa.































 



 


  



 



     






           





Donnerstag, 16. Januar 2025

123 (una posible continuaciôn e la misma noche)

      El juego de damas a mî no me desagrada; al contrario, por ser de damas es uno de

mis preferidos; desde niño lo jugaba, mas por aquel entonces no teniendo muy presen-

te  del juego que se trataba, su relevancia, su significancia, mas aun asî nunca dejê de

prestarle atenciôn porque mi afân siempre fue el de aprender, el de saber cômo podîa-

se ganar a pesar de ser un juego con muchas posibilidades de movimiento que con el

tiempo  son garantes de pericia, habilidad que con este juego es fundamental, dadora

de beneficiantes resultados, por no decir que indefectible por el provecho que propor-

ciona  al mâsculo que lo  juega, que  con soltura jugândolo a un conspicuo desafîo se

enfrenta: al de las fichas rojas, con las que juega Aspasia.

         El Siqui, un amante de todo tipo de juegos y que conocî en la academia militar,

mâs de una vez dîjome que el juego de damas mantenîale activo el principio de pla-

cer. La primera vez que escuchê lo anterior, que si mal no recuerdo fue un dîa de llu-

via, lo que traduce que lo humectante imperaba, sobre el pucho pensê que algo cono-

cîa  del psicoanâlitico oriundo de Viena, el que  por antonomasia trabajô muchitanto 

con este principio, como ya saben  todos los que lo han leîdo, empero con el tiempo 

aclarôme que êl desconocîa a este psicoanalîtico, y que como tal ningûn liber de êste 

jamâs leyô. Con el propôsito de no acarrearle algûn tipo de pejiguera dejê de hacerle

preguntas, de insistir con êstas para saber cômo êl supo de este principio, empero pa-

sô que siete dîas antes de ser expulsado de la academia dîceme lo siguiente: Kosmos,

en  realidad mi novia llama  principio de placer al miembro fecundativo. 

     A pesar de lo que hasta aquî he dicho el juego de damas fue idea de Aspasia, y lô-

gico que fuera de ella por ser el juego que es. Allende de saber que no es un juego fâ-

cil, porque el varôn le es menester gastar un poco de su energîa pensando, aplicando

su  conocimiento y sacândole el mâximo provecho a su tejemaneje, ocûrresele como

juego a las once y media de la nocturna, hora en la que mis ôculos piden un breve so-

laz, mas como ya dije que por ser de damas es uno de mis juegos preferidos me echê

en  el semblante un poco de agua frîa y prendî un cigarro, dos solventos contra el su-

sodicho cansancio de retinas. 





Dienstag, 14. Januar 2025

122

      Al regresar a la sala con una bandeja, la tetera y dos tazas medianas con la marca

Winterling, Aspasia conversaba con mi tîo, mas esta vez no llevaba puesta su trans-

parente  bata sino un albornoz, allende  que cubrîa su cabello con una toalla del mis-

mo  color que êste. Como mi tîo  habîale barruntado sobre la compra del felino, que

asimismo que pûsole el ônoma Lah, ella sacô a puesto, a colocaciôn alguna de las es-

cenas de la quinta parte donde las travesuras del felino acarreâronle risa, mas que re-

sultâbale un tanto insôlito la atingencia de êste con el ratôn en la casa del cazador, y

sobre todo en la nocturna cuando el ratôn salîa en busca de su pedazo de queso, mo-

mento propicio/tempestivo para que diera comienzo el lûdico entre ambos. Respec-

to  a lo  increîble de la relaciôn entre los dos, cuântas veces no le he dilucidado que

precisamente  lo inaudito en mi novelôn juega un papel conspicuo, amên de que co-

mo una forma de dirimir esquemas de comportamientos rompe con un patrôn de en-

cuadramiento o de negaciôn de otras posibilidades. 

---Kosmos, y por quê solamente dos tazas? 

---Aspasia, porque tû estabas en la ducha cuando yo fui a preparar el tê.

---No empiecen a discutir por una cosa insignificante.

---Escuchaste lo que acaba de amplificar mi tîo?

---Sî, Kosmos, sî!! Deja, voy en busca de la taza.

       Mi tîo, y por su mor ingente por las formas circulares, antes de llenar la taza la

observô como si mirase quê sê yo quê cosa. Cuando cansôse de mirarla la puso so-

bre  la mesa, pensando yo que clararîa el porquê de su mirar, porque no solamente

su amor enorme por tales formas es la razôn definitiva del, digamos, y con un lige-

ro pincelamiento, extatismo de sus retinas, pero pasô que empezô a hablar del cepi-

llo de fibra de carbono que comprô en la feria hace ya un tiempo, y que jamâs pasa-

rîale por su testa utilizarlo para otra cosa, como verbi gratia para quitarle el polvo a

la taza. Con este decir, y de facto un poco fuera de lo normal, lo que no traduce que

quisiera dar a entender que estâbase volviendo loco, no pude eludir pensar en un in-

veterado aforismo del que decîase a sî mismo "yo no soy un hombre, soy dinamita",

o sea, Nietzsche, mas como no era el momento ideal para hablar de mâxima o sen-

tencia breves, por el motivo de que pudiera causar pejiguera, ni tan siquiera calaña

dejê de lo que estaba pensando con una verba metafôrica, de jaez sustitutivo.

---Espero que no se molesten por tomar el tê en un vaso.

---No hace nada, Aspasia, que esto no es una ceremonia donde todo debe ser como

es.

---Señor tîo, me encanta su flexibilidad, que acâ su sobrino es bastante austero con

ciertas cosas.

---Austero yo? Vaya injusticia! Tremenda!

---Sî, Kosmos!! Austero y bien.

---Aspasia, y por lo que dijiste de la quinta parte, no quisieras acariciar a mi gato?

---Si usted me lo permite con gusto lo harîa. Cuândo puedo pasar por su apartamen-

to?

---Cuando quieras o tengas tiempo.

---Ah, estâ bien. Ya pasarê.

---Kosmos, sabes con quiên me encontrê?

---Por causalidad o por cita?

---Por la primera imposible, porque no pensê en nada al respecto; por la segunda, me-

nos aûn, porque no soy de llamar o mandar telegramas.

---Y entonces, con quiên?

---Con el general Francisco Sotolongo Almendrades.

---Interesante! Y de quê hablaron?

---Sobre lo que mâs le preocupa de momento.

---O sea, sobre el diario, no?

---Correcto!! Sobre eso. Me dijo que estaba dispuesto a pagar cualquier precio con tal

de tener ese diario en su poder, pero que como êl es un general no puede comprârselo

a la policîa.

---Câspita!! Si precisamente por lo que es la compra pudiera quedar en mutismo.

---Kosmos, que lo conozco de hace tiempo, y te digo que êl no va a hacer eso.

---Seguro que lo conoces?

---Claro que sî! Cômo no?

---Pues entonces deberâ esperar a que aparezca la chica, a la ûnica que puede comprâr-

selo, digo, si es que estâ dispuesta a venderlo.

---Y por quê solamente a ella?

---Porque le pertenece el diario, el que en este caso funciona como herencia, porque 

fue su madre quien lo escribiô.

---Herencia un diario? Primera vez que lo oigo.

---Igual que yo, mas asî es.

---Kosmos, quê hiciste con el pomo de mermelada que estaba en el refrigerador?

---Lo botê, porque la mermelada no olîa bien. Y cômo supiste que no estaba allî?

---Porque cuando cogî este vaso abrî el refrigerador para tomar un poco de agua. Es-

pero que no lo hayas botado en el latôn de la basura.

---Ostensiblemente que no. Lo echê en la bolsa de papel donde estân los envases de

cristal.

---Muy bien! Estâs aprendiendo.

---Y eso que no tienes puesta la bata transparente?

---Kosmos, se nota que no has entrado/estado en el baño desde que llegaste.

---No hace falta que me digas dônde estâ la bata.

---Tû y tus marranadas verbales incesantes. 

---Quê si no? Êsa es la res!

---Discûlpenme un momento, que como ya tengo el cabello casi seco me voy al ba-

ño a peinarlo.

      Y en cuanto Aspasia se fue adonde iba, mi tîo acercôse a mî para decirme lo si-

guiente: que no sôlo el general habîale dejado saber lo que de momento mâs preo-

cûpale, sino que asimismo tuvo un encuentro secreto con Matilde Ronco Espinoza,

y que la razôn de decirlo ahora era porque Aspasia no estaba presente. A raîz de es-

tas  palabras comenzô a hablar tan bajito que yo tuve que pedirle que subiera un po-

co el tono de voz, que a pesar de que Aspasia tuviera mirîficos oîdos era imposible

que  enterârase de algo, siendo entonces que sintiêndose mâs seguro pega su espal-

da al respaldar de la silla, cruza las piernas y amplifîca que, y segûn lo que contôle

Francis con lujo de detalles, Matilde lo llamô el miêrcoles de la semana pasada jus-

tamente a las ocho y media de la noche, o sea, media hora despuês que êl llega a su

casa, mas ignorando del todo cômo fue que ella supo no solamente su nûmero de te-

lêfono sino que tambiên que a esa hora êl ya estaba en casa. El objetivo concreto de

la  llamada era el de  encontrarse con êl esa misma noche en los arrabales de la ciu-

dad  dos horas despuês, empero  que no para tener una conversa sobre el diario que 

sî una mâs întima. Claramente que el general vacilô, pero como la curiosidad de sa-

ber verdaderamente quê querîa lograr Matilde con esta conversa era mâs fuerte que

el estar indeciso de si ir o no a verla estuvo de acuerdo con el encuentro. Y adelanto

la cinta, que ya tengo la lengua seca.

---Môjatela con un sorbo de tê.

---Me puedes alcanzar la taza, que me queda un poco lejos?

---Aquî la tienes.

           Bueno, continûo. La cosa sigue con el asombro del general por la puntuali-

dad  de Matilde en el  lugar previsto: a las diez y media ya estaba allî presente, sin

embargo êl, que es general, llegô tres minutos despuês, lo que fue el motivo de que

padeciera  de una verecundia tremenda, mas como Matilde dijôle que era mâs rele-

vante el encuentro que su retraso, êl comenzô a sentirse mejor, con menos vergüen-

za. Al canto de Matilde dejarle la humedad de sus labios en el cachete derecho em-

pieza a hablar de los momentos mâs felices que tuvieron en el pasado, y los que co-

mo  tal para ella son  inolvidables, estân presentes en su pensar, por lo que no êrale

de extrañar que en mâs de un onîrico aparecieran charreteras doradas con grados de

un oficial de alto rango, aunque asimismo uniformes militares y una sûmula de con-

decoraciones  insertadas en êstos, de galardones y medallas significativos, una sim-

bôlica  forma de premiar hazañas y desafîos, la actitud de fidelidad, o sea, el no de-

sertar  ni tan siquiera por una  cuestiôn de salud, de alguna enfermedad que impida

el  avance, el yendo a misiones en lontananza donde el lodo embadurna a las botas

y las fumbinas disparan lo que es garante de muerte. 

     Pero como llega Aspasia, y con su cabello ya seco y recogido, mî tîo me da unos

golpecitos en el hombro como queriêdome decir que seguirîame contando otro dîa,

motivo por el cual pregunta Aspasia:

---Y sobre quê ustedes hablaban?

---Nada de relevancia, Aspasia.

---Seguro, Kosmos, seguro? Bueno, espero que no me engañen. Queda tê en la tete-

ra?

---Sî sî, Aspasia, creo que da para llenar tu vaso.

---Y usted no desea mâs?

---No no! Ademâs, que ya me voy, que estoy un poco cansado.

---De verdad que se va? No le gustarîa cenar con nosotros?

---Te lo agradezco, Aspasia, pero mâs aprêmiame descansar que comer. Acepto la in-

vitaciôn otro dîa.

---Estâ bien! Entonces que descanse usted bien.

---Gracias, Aspasia, gracias!!



 






 



    




 



































 


 



 











Sonntag, 12. Januar 2025

121

       Tendrîa que decir que no fue por su fantasîa que Aspasia pasârame la rodaja de re-

molacha  por mis labios, sino que mâs bien la idea/ocurrencia de que tal cosa funciona-

ra como preludio era mîa, y la que conociô al leer un texto que escribî hace ya algunos

años  referente a que el embadurnamiento de esta planta era una cosa que previa a otra

con mâs desarrollo y potencia era dadora de un atizamiento elemental. En realidad ella

no  sabe que yo sê que lo leyô, y que sûpelo por un error que cometiô: cuando terminô

de leerlo lo metiô en la carpeta donde estân los escritos poêticos que no en la que estân

los en prosa, un fallo que a mî sorprendiôme porque ella es muy cuidadosa en lo atinen-

te  a esta cuestiôn. Regresando a la rodaja de remolacha, y de lo que dime cuenta cuan-

do terminô la colisiôn de una piel con otra y nos bajamos de la mesa, no sê en quê mo-

mento rodô hasta caer dentro de la caja de cartôn que enviôme por correo el editor La-

vinia y soportando  el peso de mi novelôn. Aspasia, e interesada en recuperarla, sin di-

laciôn  inclînase para cogerla, mas como aûn su corpus estaba a toda flor, quê otra par-

te de êste no pudiera descollar diamantina, y como tal indefectible para mis ôculos?

--Kosmos, siento que tus retinas en mî penetran, que hûndense como estaca.

--Câspita!! Y acaso te inclinaste sôlo para recuperar la rodaja de remolacha?

--Quê bien sabe de seducciones fêminas un hombre como tû!

--Êsa es la res, Aspasia! Con la experiencia y la observaciôn he adquirido tal saber. 

--Sabes quê, Kosmos? Que tiene ahora esta rodaja mejor sabor que la que ingerî antes

en la cocina.

--Si tû lo dices, que eres la que la comes.

--Y aûn no estas hambriento?

---Ora famêlico no, mas sî deseo tengo de llevarme algo a la boca, pero no sê quê.

---Bueno, en el refrigerador hay comida de sobra. Me voy a duchar.

---En cuanto termine de leer el librito paso por la cocina.

---Como quieras.

              Media  hora despuês volvî a  poner el librito en el lugar que correspôndele en

el librero, en el espacio que pertenêcele que de facto no es muy ancho. A continuaciôn

fui a la cocina, abrî el refrigerador, y entre la variedad de sustentos que habîa el pomo

con mermelada de frambuesa fue mi preferido, empero al sentarme en la mesa y quitar-

le  la tapa el olor a descomposiciôn que penetrô por mi nariz fue tan fuerte que no que-

dôme mâs nada por hacer que volverle a poner la tapa, envolverlo con un papel de alu-

minio, tirarlo en la basura y hundirlo entre los desechos, porque  si Aspasia ve un pomo 

de cristal dentro del latôn que no es para este tipo de envase respônsame como si yo un

mancebo fuese. Siêndome menester lavarme la mano derecha y el brazo hasta el codo,

porque como la basura desde hacîa dos dîas no habîase botado no quise desafîar a nin-

guna bacteria, abrî el grifo y con el chorro saliente de êste mojê estas dos partes del en-

tramado  humano untadas de jabôn durante el tiempo de diez segundos. En lo que aga-

rraba un paño para secarlas suena el timbre de la puerta, pero ignorando del todo quiên

pudiera  ser el que con un dedo tocaba el botôn. Al demorarme un poco en ir a abrir la

puerta  unos puñetazos en la madera de êsta comenzaron a sonar como disparos de ca-

ñôn en la academia, a los que siguieron esta revelaciôn y por la que pude saber de cuâl

criatura tratâbase: Kosmos, soy yo, tu tîo. Abre de una vez.

---Por quê te demoraste tanto, estabas ocupado? Estabas leyendo? Que yo sê, Kosmos,

que cuando estâs en tu estudio el mundo te importa lo que a un pitirre la fîsica....

---Cuântica. Desde que me robaste esta frase mîa la repites como un guacamayo.

---Sî, pero no uno polîcromo como el de tu novelôn. Mira lo que te traje.

---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! La mermelada de frambuesa!

---Se puede saber el porquê de decir uno de tus epîmones favoritos?

---Porque acabo de botar el ûltimo pomo de cristal que me diste el mes pasado.

---Cômo que lo botaste?

---Lo botê porque la mermelada no olîa bien.

---Tû sabes lo que a mî me parece?

---Amplifîcalo!!

---Que ese refrigerador que tienes no enfrîa bien por viejo, y como tal se te echan a per-

der las cosas en poco tiempo. Tû sabes cuânto me dura a mî un pomo de esta mermela-

da?

---Câspita! Ya sê que mi refrigerador pertenece a la alcheringa, mas no creo que enfrîe

mal, porque quê casualidad que lo ûnico que echôse a perder fue la mermelada que no

otro de los sustentos que estân dentro del mismo refrigerador.

---No lo entiendo tampco. Igual! Aquî tienes la mermelada, y casi acabada de hacer. Y

Aspasia no estâ, o estâ tocando el chelo en la catedral barroca?

---Estâ duchândose. Te molesta que coma la mermelada con los dedos?

---Cômo olvidar tu hâbito? 

---Êsa es la res!

---Si supieras lo que me pasô.

---Que te pase a ti algo es una significativa novedad. Quê?

---Que algûn vecino de mi edificio llamô a la policîa porque escuchaba altîsimo a Ro-

ssini, y especîficamente su composiciôn La Gazza Ladra, la que me encanta por ser ca-

si una marcha.

---Espero que este compositor estê dentro de los discos de compraste a bajo precio en

la feria, no?

---Asî es, Kosmos. Y sabes de quê me sirve la caja plâstica que tû viste que carguê con

la sûmula de discos el ûltimo viernes en la feria?

---Êsa puede tener varias utilidades.

---Como guarida para un gato. No me extraña que repitas el mismo epîmone.

---Risas!! Te compraste un felino? Y eso?

---Me parece que despuês de senecto me ha dado por hacer cosas que nunca hice.

---Te parece?

---Y discûlpame por haberle puesto el mismo nombre que el gato de tu novelôn.

---Al contrario, honor que me haces al ponerle como ônoma Lah.

---Verdad que te hago un honor? Fantâstico!!

---Mas si debo preguntarte una cosa: quê tienes que ver tû con la Luna? Cuâl es tu

atingencia con ella?

---Me debîas preguntar una o dos cosas? Kosmos, que ver no mucho, lo que no quie-

re decir que me desagrade. De hecho cuando en la madrugada escucho mûsica clâsi-

ca, y la Luna lumbra, la observo con placer.

---De facto despuês de viejo has cambiado bastante.

---Eso me parece, como te dije con otras palabras.

---Y regresando a lo de la policîa, te pusieron una multa?

---No! Por ser la primera me la dejaron pasar los dos agentes presentes en mi aparta-

mento.

---Fue tu dîa de suerte, porque aquî, en esta ciudad, la policîa no perdona. Deseas to-

mar tê?

---Tû sabes que es mi bebida favorita.

---Pues voy a prepararla.






























  



  



   












  

199

         Terencio, el ônoma del cartero que dejaba las correspondencias en cada buzôn de mi edificio, fue el motivo de que acordârame en la ...