Quince minutos despuês penetrê en el cuarto, mas Aspasia habîase quedado dormi-
da y con el libro de Mirabeau encima de su vientre. Con la intenciôn no de mirar sino
de quitarle el liber de esta parte corporal para que cuando cambiara de posiciôn las ho-
jas de êste no se engurran es que acêrcome al lado derecho de la cama, la parte por an-
tonomasia preferida de ella. En lo que agarraba el libro, lo cerraba y ponîalo en la me-
sita de noche, cômo no pensar en los prismâticos que ella misma dîjome que estaban
en el baño? Y con esta pregunta, cômo olvidar el para quê los utilizô? Y en fin, y des-
puês de asegurarme de que el libro no estuviera en la esquina de la mesita, no fuera a
hacer que cayêrase y la despertara, arrumbê mis pasos al baño. Al tener en mis manos
los prismâticos lo primero que hice fue echarle una miradita a los cristales delanteros,
porque si Aspasia los utilizô para lo que dîjome es que [...]. Siendo considerable la sû-
mula de velloz pegados a êstos la observê a travês de la lente. Parecîa que miraba con
un microscopio todo un mundo fascinante de cosiatos elementos sacados de su lugar
con una cuchilla de afeitar. Aun no siendo el corte muy parejo, con la debida precisiôn
de una mano derecha, podrîa decir que estêticamente no sobresalîa mal. Cuando termi-
nê con la observaciôn limpiê los cristales con la misma esponja con la que asêase As-
pasia la espalda, utensilio que comenzô a utilizar desde que leyô en mi novelôn lo de
la bailarina pelirroja, Corônide, la que asimismo acicalâbase esta parte del cuerpo con
una esponja, mas con la diferencia que la suya era de color rosada. Estando ya limpios
los cristales llevê los prismâticos al balcôn, empero antes de ponerlos encima de la me-
sa, y al lado del ingente cenicero oscuro, escucho que dos personas hablaban en el mis-
mo lugar donde habîa perdido su forma el busto lanzado por la ventana, conversa sobre
un asunto que resultôme interesante: una prenda de valor escondida en el busto, moti-
vo por el cual me asomê al balcôn con el fin de saber quiênes eran las personas. Sobre
el pucho reconozco a una: al señor que tirô el busto por la ventana, mas a la otra no ya
que tapaba su cabeza con un capuchôn, mas indubitable que era una mujer por el tono
de su voz, y el que pareciôme conocido. Acopas aparece la autoridad llegada sin sirena,
tan callada que pudiera hasta asustar, y la que sin dilaciôn dice que por el mutismo que
habîa la conversa a esa hora resonaba como matraca china, y que como tal no podîa se-
guir su desarrollo a no ser que bajârase el nivel de entonaciôn expresiva, pero que aun
asî esta disminuciôn no era garante de la tolerancia de los vecinos, lo que significaba
que otra llamada a la central no era imposible, y que siendo asî lo mejor que podrîan
hacer era que la continuaran en un sitio hermêticamente cerrado. La cosa finalizô de y
tal guisa pacîficamente, y seguido a que el señor dîcele a la autoridad que disculpâban-
se êl y su hija por la pejiguera causada a no se sabe quiên, dejâle saber que en realidad
ya no era necesario seguir hablando sobre lo mismo, siendo entonces cuando la autori-
dad retîrase. En lo que dirigîanse el señor y su hija a la entrada del edificio, aquêl dîce-
le a êsta algo que dejôme con la boca abierta: ya te habîa dicho, Irene, que dentro del
busto no estaba la prenda de valor, quedândome claro el porquê de parecerme conoci-
do el tono de voz fêmino.
A pesar de haber reconocido que Irene profundiza en algunas cosas cuando habla,
ora asimismo, y con esta nueva informaciôn sobre la prenda de valor, tengo en cuenta
que es una criatura con cierta tendencia
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