Maravillôme que Anabel, y algo que sucediô despuês de que ella tomârase la pri-
mara copa de vino de la ûltima botella, disculpârase por la forma en que habîame mi-
rado. Clârame que lo primero que hizo al entrar en la cocina, algo que de hecho (por
imposible no quedaba) ya habîalo imaginado, fue preguntarle a Esmeralda sobre cier-
tas cosas que yo digo, que expreso un tanto desagradable, empero que al enterarse por
aquêlla, y por la respuesta dada, de que no es que sean un tanto poco placenteras, sino
que mâs bien tienen relaciôn con un mundo verbal muy tîpico mîo, allende de que con
un jolgorio semântico con una riqueza de significados e inventivas particulares, raudo
pudo entender lo que (hasta el momento) desconocîa: que yo con lo fâcil cuasi que na-
da tengo que ver. Por este motivo levantô la copa, quedôseme mirando, y dijo con tre-
meda jovialidad que no podîa faltar un brindis.
Hecho êste, Caspar se levantô con el fin de poner una mûsica mâs acorde con el
momento, o sea, mâs con un vînculo engendrante de correspondencia, de acercamien-
to somâtico, etc. Como yo sê que esto pudiera resultar pernicioso, o tener su pertinen-
te consecuencia, no celebrê con muchitanto entusiasmo esta idea acopas, pero como
Caspar pidiôme que no quedârame sentado, que aprovechara la ocasiôn (ideal) para
bailar con Anabel, pûseme en posiciôn vertical y saquê a bailar a êsta. La cercanîa de
su cuerpo recordôme un lejano suceso: la bofetada que diêronme debido a la soltura
de mis manos, ligero golpetazo en el semblante con el que aprendî a no hacer lo que
otros con mâs experiencia recomiendan realizar solamente para ellos divertirse, tener
un motivo de risa, la confirmaciôn absoluta de que saliêronse con las suyas, una y de
las tantas formas de autodominio que aun no ha perdido su vigencia, a pesar de que
en la actualidad el conocimiento que posêese sobre ciertas cosas es muy disîmil al de
otras êpocas, algo que marca/subraya/acentûa una diferencia.
Una hora despuês Anabel nos deja saber que îbase, preguntândome a mî si la po-
dîa concomitar hasta la puerta de su casa, que por ser exactamente las cinco de la ma-
ñana el bus nocturno ya no pasaba, y como tal no querîa caminar sola y corriendo el
riesgo de que alguna criatura ebria metîêrase con ella para decirle algo desagradable.
Como a mî aûn quedâbame tiempo para estar despierto, como el bûho de Minerva en
cualesquier ramas, respondîle que sî, que tendrîa mi compañîa hasta que llegase a su
destino, mas que como precauciôn caminarîamos por la parte de la ciudad mâs distan-
te de la zona donde los amantes del alcohol reûnense como hormigas, empero lo que
a su vez significa que necesîtase mâs tiempo por ser la distancia a caminar mâs larga,
teniendo en cuenta ella la tranquilidad que siêntese al saberse que por donde uno va
estâ libre de la presencia de borrachos atrevidos, por lo que vale la pena caminar un
poco mâs con tal de eludirlos, de no enfrentarlos, de ni tan siquiera prestarles la fos-
forera para que prendan un cigarro. Llamôme la atenciôn que mencionara un encen-
dedor alguien que no fuma, a no ser que como yo sî [...]. Y en fin, que salimos por la
puerta [de la nueva vivienda de Esmeralda y Caspar] a las cinco y diez minutos des-
puês de despedirse de aquêlla y de êste con besos y abrazos.
Ya habîa cesado de llover, pero el cielo no estaba despejado---la grisalla que lo
cubrîa pudiera ser la causa de un prôximo lloviznôn----, y los charcos multiplicâban-
se como gotas ingentes sobre la superficie de calles y aceras. La humedad descolla-
ba y la comunicaciôn entre pâjaros invisibles, porque cômo se van a ver si estân me-
tidos entre los ârboles, resonaba como matraca china. Los trabajadores de las jorna-
das que comienzan a las seis arrumbaban sus pasos hacia el lugar de labor. Los cus-
todios nocturnos retornaban a su vivienda. El medio de transporte que carga con el
peso de la sûmula de periôdicos parâbase en los kioscos donde êstos son vendidos,
establecimientos muchitantos en esta ciudad. Alguna que otra carrusiana no perdîa
la esperanza de cobrar su repetido precio, lo que dêbesele pagar por vender sus for-
mas. De la panaderîa de la calle Oslo salîa el fresco olor del pan en el horno. Lato-
nes de basura que oîanse rodar para vaciarlos. Un felino que maullâbala a su pro-
pia sombra eyectada en un muro. Un sin techo en descando durmiendo en un ban-
co cubriêndose el cuerpo con las cajas provenientes de la firma Electrolux. La grûa
que llevâbase un carro por estar parqueado en una zona donde habîa un cartel que
estaba vedado el estacionamiento. Una flaca que corrîa al lado de su can oriundo de
Deutschland. Los placartes de un cantante famoso que pegaba en los postes de luz
un señor que fumaba una inveterada cachimba. El portero asiâtico Li que despedîa-
se de los que salîan de la discoteca a punto de cerrar. El adulterous que asperjaba
los labios de su querida con una saliva adusta, mas como si fuese este rozamiento
el ûltimo que dâbale. Un globo rojito encajado/metido, hundido en uno de los pin-
chos de una reja colorada como si fuese un preservativo. Un judio en bicicleta. La
cola de taxis con choferes con sueño. La carcajada de un psiquiâtrico que miraba
una mîmesis que apellîdase de escaparate. La impune detenciôn de....
---Kosmos, disculpa la interrupciôn, la que es debida a que como ya estamos casi
en la puerta de mi edificio mi deseo por decîrtelo no podîa postergarse. Fue grato
placer tener tu compañîa. Gracias!! No quieres subir a conocer mi apartamento?
----Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! No, Anabel, no!! Crêeme.
que con la carga que tengo de la dadorîa de Baco es mejor que aquî abajo quêde-
me.
----Como quieras. Adiôs, y espero que puedas dormir bien.
----Yo asimismo dîgote lo mismo. Adiôs, Anabel, adiôs!!
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