A continuaciôn de cumplir con el hog age, no ya como un soldado del ejêrcito de la
verba sino como un participante en un diâlogo al que pidiôsele que explicara, agarrê los
prismâticos y me fui al balcôn. Si en el Tien mâs una estrella exhibîa su desnuda candi-
dez; la Luna, la que por ser la hermana de Febo atrâeme doblemente, su mîmesis aûn no
del todo redonda o circular, empero con basta luz como revelarle a un vecino la presen-
cia en una terraza de dos criaturas que se tocan y se besan exentas del pensamiento en
las dimensiones del tiempo, aunque sî plenamente conscientes de lo beneficioso que ha-
cen y del todo concentradas en la parte que visitan con sus resbalosas manos. Quê decir
de sus miradas que por impepinable correspondencia penetran con soltura allî donde so-
bresalen lo dador y lo diamantino, lo mayûsculo acicateante? Creyendo cien por ciento
que de seguir haciêndome este tipo de pregunta terminarîa embrollado en mi propia vo-
râgine, remolino de agua de jaez cupidoso, apaguê el circuito que activa las interrogati-
vas y pusê frente a mis dos ôculos mis queridos prismâticos.
Cuanto es puesto para escrutar fue la causa de que un sentimiento tuviera sin que
por su clasificaciôn fuese digno de ponerle guirnalda o corona, empero una ordenaciôn
mîa que no la de una ciencia con prefijo y sufijo aqueos: taxonomîa. Con êl la observa-
ciôn con atenciôn de la sûmula arquitectônica de la ciudadela podîa hacerse sin estar al
tanto ni de la hora que es ni de la querella mâs reciente que tûvose, y mucho menos de
la carne que comerîase mañana que por estar en el congelador hay que sacarla para que
se desolidifique del frîo que la pone dura. Una de las construcciones mâs sobresalientes,
allende que iluminada por unos ingentes farolones [que por su luz atraîan a unos bichos
minûsculos voladores], era la catedral barroca; aunque otra el edîculo donde vive Crati-
no encima del karakorum, pero con la diferencia de que a êste ningûn farolôn exterior
alumbrâbalo, lo que traduce que no pude ver los detalles de su fachada. Por tal motivo
volvî a dirigir los prismâticos hacia la catedral barroca, mas no antes de observar rapidi-
to la ventana del cuarto de Cratino, por lo que no cûpome duda de que êste estaba dur-
miendo que si no en funciôn de lo cupidoso con Juliette, ya que mi amigo sôlo pasa la
cortina al estar en una de estas dos cosas.
Como en la nocturna nacen los grandes, como dijo el magno Alejandro, un decir
que saliô a puesto, a colocaciôn en mi novelôn, serîa lôgico pensar que para los suso-
dichos venidos al mundo ni la oscuridad, ni la calma, ni el mutismo representan proble-
ma alguno, y que como tal pasan suntuosamente las horas en que no impera la luz apo-
lînea. Empero un lôgico pensar no para el magno, el que mâs preocupado por la prôxi-
ma conquista en parasangas del mundo nunca analizô (o tuvo en cuenta) la relevancia
que tienen otras cosas que forman parte asimismo del orbe, y que por relaciôn serîan
menesteres para la criatura que sale de una barriga y entra a la circularidad terrestre en
un horario en el que el dîa estâ en su vejez. [Alejandro fue tan magno que hasta trâjole
un cocodrilo a el oriundo de Estagira, segûn revela una pintura que recientemente vi].
Y hablando de pintura--vaya, que mâs causalidad quedarîase corta; se creerîa mas
que no vislumbra-- observo una sumamente grande colgando de la parte derecha de la
catedral barroca, la que no causôme asombro mas que sî la consideraciôn de que fuese
una novedad, porque en realidad jamâs vi ni tan siquiera un serpetîn colgando ni aden-
tro ni afuera de la catedral. Como la ûnica manera rauda de saber el porquê de que col-
gase la pintura era llamando a Diopeites, mas lo que de facto no podîa hacer porque êl
acuêstase temprano y como tal la llamada resultarîale una tremenda pejiguera, tendrîa
que de momento olvidarme de lo que querîa saber, que a la postre y al cabo caracterî-
zame la paciencia, una virtud que tienen en potencia los nacidos en la nocturna. Mâs
acâ de lo terruño que mâs allâ de lo que desconozco pudiera decir indubitablemente
que los que poseen esta virtud tienen un gran tesoro, o sea, tienen lo diamantino, una
clasificaciôn repetidîsima en mi novelôn, aunque asimismo en varias de mis composi-
ciones poiêsicas mâs cerca de un fulgir que de lo empañado u opaco, que no al ñudo
es el brillar (o el resplandecer) ---aunque en lo complejo es mâs difîcil de detectar no
quiere decir que no sea dejante de esa satisfacciôn menester que sustenta--lo que mâs
interêsale a un vate, porque con êl la imago frente a los ojos de un mirante impônese
sobresaliente, dando igual si acarreando su atracciôn o su rechazo, dos posibles hu-
manos que a raîz de un contemplar o entran en funciôn o salen al escenario del mun-
do.
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