Cinco minutos despuês preguntôse Cratino, que cômo era posible que una esqui-
na iluminada por una antorcha hiciera imposible que las inseparables vendedoras acer-
câranse a nosotros para entrar en verba o que fuera la causa del rompimiento de un in-
tercambio verbal? Si una pregunta como êsta no es fâcil de responder estando uno to-
talmente exento de algûn estimulante, cômo pretende êl hallar la respuesta en el esta-
do que estâ debido a la dadorîa de Baco? Por este basto impedimento yo dîjele sobre
el pucho que era muchitanto mejor tachonar su pregunta que volvêrsela a hacer, decir
que no significa que la olvidara definitivamente, sino mâs bien que hiciêrasela en otro
momento que estuviera libre del acicateante dionisîaco. De tal guisa hîzome caso, pe-
ro como lo notê un poquito taciturno, y segûn êl debido a un recuerdo que râpido tuvo
de un dîa que Arder Porseñas dîjole que formaba tremendo embrollo verbal al pasarse
con la cantidad de vino, decir con el que nunca estuvo de acuerdo pero que por sensa-
tez jamâs lo refutô, yo comencê a hablarle de una escena de mi novelôn que desarrô-
llase en Albula, y en la que bailan el cordax la bailarina pelirroja (Corônide) y Klona-
riôn, allende que luminadas por la lumbre de cuatro antorchas.
--Ah, esa escena, Kosmos, la que ademâs vio Kosmithôs escondido. Aquî no fue cuan-
do Klonariôn le regala a Corônide el kekrifalo?
--Êsa es la res, Cratino. Recuerdas la escena bien.
--Pero dime, sincêrate: por quê me hablaste de una escena en la que estas dos bailan
una danza lasciva?
--Amigo mîo, para sacarte un poco del recuerdo raudo que tuviste, para trasladarte a
algo menos melancôlico, con menos tristeza.
--Contra, Kosmos, que cuântas escenas no hay en tu novelôn con las que puedes lo-
grar el mismo objetivo; sin embargo, que por resultarme lo quiditario no puedo pasar-
lo por alto, me hablas de una con la susodicha danza? No serâ que esta antorcha que
alumbra esta esquina te recordô las cuatro en Albula? Toda una cuestiôn de relaciona-
lismo. Lo esencial no puedo desdeñarlo y, como tal, mi pregunta.
--Cratino, digamos que un anâlisis estupendo, que pudiera ser uno de contertulio de la
Kosmona.
--No me desagradan los hipotêticos.
--Mas sabes quê no es hipotêtico?
--Quê?
--La que viênese hacia nosotros. Mira hacia allâ.
--Esmeralda!! Pero, Kosmos, la que viênese?
--Cratino, utilizo una forma de decir que no corresponde a la nuestra.
--Si es una forma de decir forânea no te pregunto mâs al respecto. Y para quê tû crees
que viênese?
--La palabra clara porque con ella pregûntase.
--Entiendo, kosmos, entiendo!
Pero ninguna pregunta hizo falta, porque a continuaciôn de estar delante de noso-
tros Esmeralda nos dejo saber que su presencia era debido a dos cosas: la primera, dis-
culparse conmigo, porque en realidad que yo hâyale preguntado a Yelas si conocîa a su
progenitora no era un motivo para que ella me tratara mal; la segunda, que ya habîa en-
contrado una vivienda y que por lo mismo estaba contentîsima, sentîa una tremenda jo-
vialidad, y cômo no si al fin podîa vivir con Caspar sin tener que soportar el mal sem-
blante de su padre cada vez que veîa a êste, allende de las desagradables cosas que de-
cîale cuando sentâbase a comer con nosotros.
---Esmeralda, acepto la disculpa mas es innecesaria, que tû me conoces y sabes que en-
tenderte puedo siempre.
---Ya sê, Kosmos, mas aun asî no me sentî bien despuês de lo que te dije, ademâs de y
que por dicho imposible de olvidar y al recordarlo dâbame tristeza.
---Câspita Esmeralda!!, que no es para tanto, para exagerar, para entrar en drama.
---Bueno, Kosmos, no puedo ser de otra manera, aunque no me hayas dicho que soy la
que tû dices.
---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Sabes que con lo que acabas de
decir, y de ponerle por quê delante, serîa la pregunta, en ûltima instancia, de alguien pa-
deciente de histeria?
---No me digas, verdad? Y cuâl serîa la pregunta concreta?
---La siguiente: por quê soy la que dices que soy?
---Me entero ahora. Quê si no de ti que sabes un montôn de cosas?
---Y en lo atinente a la vivienda, Esmeralda, dônde estâ?
---Detrâs de la catedral barroca, a una cuadra.
---Vaya!! Que seguro que se oye el chelo de Aspasia.
---Verdad, Cratino? Se nota que ya estâs pasado de copas.
---Pasado, Esmeralda? No, quê va!! Cômo crees que me pase?
---Que te pase que estâs pasado, es algo que no te pudiera pasar?
---Aplausos, Esmeralda, a-plau-sos!! Suntuosa pregunta!
---Gracias, Kosmos!!, que yo sê que sabes reconocer.
---Guatacôn, alcahueta, servidor por interês!!
---Cratino, deberîas regresar al redil.
---Kosmos, que a ti te encanta exactivizar, volver, no regresar.
---Tiene razôn Esmeralda, estâs pasado de copas, y por lo mismo caîste en mi zala-
garda de prueba de memoria.
---Ah pillîn, bellaco, pîcaro, rufiân y, para terminar, oportunista!! Te aprovechas de
que estoy pasado para ponerme a prueba.
---Câspita!! Acabas de delatarte: estar pasado te puede pasar.
---Me rîo, kosmos, me rîo.
---Y se puede saber el porquê de que ustedes estên en esta esquina alumbrada por la
antorcha?
---Esmeralda, una pregunta que merece una tremenda explicaciôn.
---Una tremenda explicaciôn, Kosmos? Pues sabes quê? Siendo una de las tuyas no
la quiero oîr.
---Pudiêrame reîr, mas como otra res tiene mâs necesidad de salir le doy prioridad.
---Y de cuâl res se trata?
---Esmeralda, de la de miccionar.
---Necesitas ayuda?
---No te pasa lo mismo que a Cratino?
---Que no te dê verecundia decirlo, Esmeralda, que es algo que puede pasar.
---De quê verecundia tû hablas, Cratino. Sabes lo que tienes que hacer? No tomar mâs.
Y, Kosmos, no estoy pasada de copas, y lo que te dije fue jugando, asî que acaba de irte
a mear. Sabes dônde estâ el baño?
---El baño, con la cantidad de hierba que hay aquî, de verdor que pudiera beneficiar con
un chorrito proveniente de mis riñones?
---Kosmos, acabarâs de sacarte el miembro donde decidas orinar? Y que mi padre no te
vea, que detesta que meen en la hierba.
---Allâ voy, por quê me llamas? Age para mî mismo, age!!
Desde el lugar donde miccionaba pude observar cômo Isabela dejâbase subir el
vestido por las manos gruesas de una criatura masculina mâs pequeña que ella. Al que-
dar libre su cuerpo hasta mâs arriba de la cintura, las manos sofocadas comenzaron a
apretar las masas redondas semicubiertas por una prenda interior que metîase entre ês-
tas y de rojizo color. Despuês de este calentamiento, y el que yo considero un preludio
a la obra del mor, Isabela quiso que su piel quedara libre de lo que de facto impedîa la
proyecciôn natural de sus medidas y formas, de lo que propicia otra forma de deleite
asimismo grata, mas con la diferencia de que la temperatura a sentir no es la misma ni
el color a disfrutar un pudiente acicate que indubitable es garante de la beneficiosa po-
tencia que invita a volar, que elêvase como un cohete que penetra en el firmamento en
busca de lo especioso que enriquece a una ôrbita con ornamentos o parafernalia, inde-
fectible acercamiento de una atracciôn funcional y de un vector que hace posible/ plau-
sible sûmulas con fundamento, con significancia que darîanse postîn por una cuestiôn
lôgica/intempestiva de ponderar el orgullo que su desarrollo no ralentiza. Isabela con
su naturaleza, que nada con la alharaca tiene que ver, tendrîa que justificar su inevita-
ble/concuspicente prodecer? Actuar en el escenario que apellîdase del mundo mâs le
da significancia que un motivo para creer que interêsale la felonîa, la reacciôn de For-
ligen, si es que por alguien entêrase que desnuda fue disfrutada por manos desconoci-
das.
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