No mucho despuês de que Aspasia cerrara la puerta y largârase a la catedral barro-
ca para tocar el chelo tuve que arrumbar mis pasos a la cocina, y no para hacer otra co-
sa que una que êrame menester: tomar un poco de leche frîa por la acidez que empecê
a tener, y la que creo debida a la ensalada frîa que ingerî en lo que Aspasia terminaba
de picar en pollo con el cuchillo cuya hoja coruscaba como la (mismîsima) estrella [de
la constelaciônde Tauro y la] mâs brillante de las Plêyades, o sea, la onomada Alciôn.
En cuanto comencê a sentirme mejor, exento de esa pejiguera sobre todo en el gaznate,
algo asî como una sensaciôn de quemadura ingrata, diome por limpiar el cristal de un
cuadro con la fotografîa ampliada de una sûmula de vegetales que ya hace unos cuan-
tos años hice con una câmara de rollo que de facto yo no cambiarîa por una digital. Al
descolgar el cuadro dime cuenta de que la pared estaba marcada por los bordes de êste,
lo que no sorprêndeme , porque cômo no ser asî con la cantidad de tiempo que el cua-
dro cuelga de la misma pared? Como no podîa hacer las dos cosas a la misma vez me
ocupê primero de la limpieza del cristal, trabajo que llevôme cuasi quince minutos por
la razôn siguiente: el embadurnamiento de la grasa al que ûnîase la pegada nicotina, y
motivo por el cual cada papel que pasâbale quedaba impregando de un color amarillo
oscuro. Terminada con esta limpieza cogî una esponja, la que por acabarla de sacar del
paquete indubitablemente acicalarîa bien, y a raîz de echarle un poco de detergente em-
pecê con el laboro de quitar la marca. Interesantemente, y por consecuencia de la pin-
tura de la pared quitada con la esponja, que no solamente la marca, se fue formando
como una especie de imago que recordôme a la de un pâjaro marino fabuloso surgido
de la metamorfosis de las hijas del gigante Alcionero muerto por Atenea, y el que co-
mo nombre tiene el mismo que el de la estrella susodicha: Alciôn. Y entonces pregûn-
tome: como que entre astro (logîa) y mito (logîa) no ha sido ûnico/tempestivo/dador
este momento? Volviendo a poner en cuadro en su lugar ostensiblemente que la pintu-
ra quitada no se verîa, porque si de buscar riña (argôn en el griego inveterado) trâtase,
Aspasia desearîa tenerla por la mînima cosa, aun del apartamento siendo el propieta-
rio yo. Y en fin, y teniendo muy bien claro que cuando hay un empellôn de ganas hay
la posibilidad de continuar haciendo cosas, dediquême a la tarea de aderezar las par-
tes del pollo.
Ni las formas mâs antiguas de sazonar los alimentos ni las recetas mâs modernas
de cocina servirîanle a Aspasia de mucho, porque de facto ella cree/estâ convencida
que su conocimento en adobar la carne cruda es mâs que suficiente, lo que significa
que no lo cambiarîa por otro, aun reforzado por la experiencia o adquirido no sôlo por
una constancia de lecturas sino que asimismo por una incesante y de años labor en la
cocina. Por otras cosas pudiera ser, existirîa la posibilidad de que ella no sacara a relu-
cir un tremendo orgullo; mas en este caso, el de la suficiencia mâxima y la seguridad
absoluta a partir del crecimiento de una ilusiôn que jamâs serîa eliminada--ya dirîame
Nietzsche lo siguiente: las ilusiones son ciertamente placeres costosos, pero mâs cos-
toso aûn es la destrucciôn de ellas---que ella sea tolerante, y al escuchar que dîcenle
que su adobo pudiera mejorarlo aprendiendo de otras fuentes, es cuasi imposible. En-
tonces que prevalezca la altivez es un indeleble posible [...]. Y a mî me da igual, mas
como el anâlisis, la reflexiôn o el pensar sobre/en algo son tres imprescindibles com-
ponentes de mi maquinaria mental tengo la necesidad, [que no crêase que imperiosa/
deîctica/compulsiva], de aunque sea breve amplificar un discurso, lo que no traduce
que por su poca duraciôn carezca de una sûmula noumênica. Con esta perîstasis flu-
yente, cômo no acordarme del cocinero de Irlanda? Claramente que ni por parangôn
ludicante compararîame con êl; mas bien lo recuerdo (precisamente) por no ser exac-
ta/justamente un erastes de sazonar pollos, algo que yo puedo entender porque êstos
nada tienen que ver con la cultura celta, y como tal ni tan siquiera son desplumados
por cuestiones de entretenimiento/diversiôn, mas como era responsable de la alimen-
taciôn de la corte de vez en cuando sazonaba uno, mas que de forma tan especial que
los comensales de palacio no podîan eludir chuparse los dedos. Y hablando de dedos
los mîos estân embadurnados de mantequilla. Por quê? Porque las partes del pollo se
cocinarân en el horno, que como bien saben/dominan los que cocinan el aceite no do-
ra como la mantequilla, allende que como resultado tanto el sabor como la coloridad
son disîmiles. Ajo, perejil, rosmarîn, sal y un chorrito de vino blanco faltan por echar-
le a las partes, mas como no es nada difîcil, y como tal no acicateante, en un perique-
te es algo que puedo hacer sin anâlisis, reflexiôn, pensar.
Acopas un estrêpito metâlico proveniente de la calle es el motivo de que asôme-
me al balcôn. Como jamâs habîa sido testigo visual de lo que estaba observando, de lo
que penetraba por mis ôculos, como reacciôn tuve una de asombro: una ingente mani-
festaciôn debido a la carencia del agua, y en la que la minorîa de los participantes por-
taban carteles; la mayorîa, una baqueta con la que golpeaban con vigor a una lata. Con
el têlos de saber si algûn conocido formaba parte de esta protesta, de esta descollante/
ruidosa novedad, oculê con atenciôn el paso de la manifestaciôn con mis queridos pris-
mâticos. [Este mirar desde la altura me recordô la academia militar, y sobre todo esos
dîas de guardia en las atalayas, las que eran cuatro y desde donde observâbase con pris-
mâticos, empero con otro propôsito: el de detectar alguna anomalîa fuera de la acade-
mia]. Como los cristales delanteros estaban un poco sucios la observaciôn no era cien
por ciento nîtida, lo que no quiere decir que ver la caracterizaciôn de unos cuantos ros-
tros fuera imposible. Non plus ultra (aproximadamente) de veinte minutos comenzaron
a dolerme los codos por tenerlos apoyados en la baranda de hierro, razôn por la cual tu-
ve la necesidad de hacer una breve pausa para estirar los brazos. Al coger de nuevo los
prismâticos veo cuasi al final de la manifestaciôn a Matilde Ronco Espinoza, la que lle-
vando un cartel intentaba con algo de trabajo salir del colectivo humano que protestaba.
Siguiêndola con los prismâticos veo que despuês de lograr su objetivo suelta el cartel y
parâse al lado de una chica con patas largas, la que al parecer no tenîa espejo en su ca-
sa porque mirâbase cômo quedâbale el abrigo en el cristal de una tienda judia. A conti-
nuaciôn de coger êsta la cartera y colgârsela en el hombro derecho, lo que yo entendî
como el final de la contemplaciôn en el cristal, aparece Sista y pregûntale algo, empe-
ro desde la posiciôn opuesta a la que tenîa Matilde, siendo entonces que sucede lo in-
creîble/inesperado: Matilde mete su mano izquierda en la cartera de la chica, algo que
hizo con una tremenda pericia, y sobre el pucho incorpôrase de nuevo a la manifesta-
ciôn, pero sin el cartel. Cômo, yo ora testigo visual, allende que con prismâticos, de
un hurto, de un robo? Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Como a la
postre y al cabo hay cosas que simple y llanamente suceden, tienen lugar, acaecen, es-
capan de nuestro control, lo que traduce que no puêdense eludir, hacerse uno una que
otra pregunta no sirve de mucho, empero como la costumbre es cuasi la madre de to-
das las cosas esta cosa de hacerme preguntas en una Pi constante debido a la costum-
bre. Y en fin, que regresê a la cocina para meter en el refrigerador las partes del pollo
ya aderezadas por mis propias manos aûn con restos de mantequilla.
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