Dienstag, 24. August 2021

La cazuela de Vitelio (870)

        (versiôn)


          Tras el intento fallido de dominaciôn o conquista, novedad ocurrida en y

Bedriaco siete meses atrâs, tanto Pandolfo Colunnecio como la tribu germânica

cayeron en la zalagarda tendida por los soldados bâtaros. En un periquete, e in-

mediatamente a continuaciôn del edicto de su majestad Dido, el jefecillo de la

tribu y los sûbditos fueron conducidos a la ergâstula, permanencia que alcanzô

la sûmula de nada mâs y nada menos que de tres meses, la que hubiese ineludi-

blemente crecido de no haberse aceptado la condiciôn propuesta por la reina, la

que consistiô en pernonarle la vida a los invasores si êstos quedaban bajo su ma-

yestâtico mando y formando parte de sus soldados susodichos, algo que repetîa-

se, que no fue la primera vez admitido por llanas y ostensibles razones de orgu-

llo---aquî no funcionô eso de que a la tercera vez va la vencida, porque de facto

imposible que hubiese una vez siguiente a la numeraciôn dos-----. mas si defini-

tivamente querrîase conservar la vida, de poco servîa mantener (o sostener) una 

fêrrea actitud de ôntica satisfacciôn, a no ser que por creencia têngase una de so-

berbia o arrogancia individuales cumpliente al cien por ciento de su funciôn en

otro lugar, que si no en otra dimensiôn. Cumpliendo con el detalle o volviendo

a colorear el esperma, el causante fecundativo que de por todas y una vez espe-

cifica algo o concretiza, el caso es que Pandolfo Colunnecio abandonô de sope-

tôn su orgullo, eludiendo asî su inveterada costumbre de por êste sentirse en po-

sesiôn de imperativos coactivos, infundiendo asî en las testas de sus seguidores

fundamentales guerreros para erigir las armas, asimismo que un aliciente para la

mantenciôn activa de enfrentamientos o promaquias continuas, base señalizada

con una meta precisa que a luchadores convierte en correveidiles austeros, mas

carecientes de un pensamiento de jaez reflexivo, de ahî que no por gusto sêales

precaria una razôn absoluta como para deponer las armas, alejarse de las mâs y

endebles pamplinas, y, a raîz de otro ideal con menos punta de acero y cortante

filo, participar de otro oficio aunque el peculio no sea tan alto. Asî entonces tu-

vo Pandolfo Colunnecio que rellenar su vacîo ingresando como miembro de so-

ciedades secretas, las no eximientes de una obligaciôn como una imprescindible

regla que de ellas formaba parte. Pero como en Bedriaco no existîa sociedad asî

o ninguna con tal caracterîsticas, su participaciôn fue a travês de los libros, lo y

que decir quiere, que estudiando textos y repasândolos, algo que costôle cierto y 

determinado trabajo, y hasta horas sin dormir. Pero como el tiempo [imago mô-

vil  de la eternidad que descolla en un instante] ubica a cada cual o lo posiciona

en lîneas descriptivas que pueden beneficiar, que es lo mismo a decir en sentidos

que pueden bruñirse a partir de un conocimiento propicio; no antes, porque y sin

êste lo que prepondera son los sinsentidos, los disparates y las asociaciones de e

îndole contagiosas, por paradigma poner, Pandolfo Colunnecio aprendiô, entre y

otras cosas, a contribuir con la eudemonia del prôjimo, quedando entonces como

acentuaciôn darle a êste la posibilidad de entrar en sonrisa y de dirimirle la nada

grata causativa que al sollozo condûcelo. Al servicio entonces de este aprendiza-

je, acto que realizô dos meses despuês de salir de la ergâstula, sacô de la carne y

del  corpus sucumbido el sigynon encajado, lo acicalô, y lo cubriô con un paque-

tôn que mandarîa al estrecho de España, el que deberîa de recibir sin contratiem-

po de ningûn tipo Kîntlico de Kostâ, empero sin revelar su ônoma y la posible di-

recciôn.   




 



  




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