No supo el porquê de que inesperadamente el corcel asturiano insistiera en
ladear su testa hacia la latitud este, cuando normalmente su querido cuadrûpe-
do jamâs dio calaña de perseverar con la intenciôn de ser conducido por y una
conductual especîfica, pero el caso es que Kosmithôs asiô el arreo; y sin pen-
sarlo dos veces, no fuera a ser que el corcel por venganza parârase en dos pa-
tas y diera unos cuantos relinchos, puso en marcha a la bestia hacia donde in-
clinaba su cabeza. Siete minutos despuês divisa Kosmithôs una cosa, la que a
saber no es otra que la siguiente: la actividad con la que cumplîan su herma-
na (la campesina) y el leñador de Britania. A raîz de lo anterior, y tan ostensi-
ble como que si es de dîa entonces lumbra Apolo, entendiô Kosmithôs sûbi-
tamente el porquê de la insistencia del corcel asturiano; mas con lo que sî no
dio fue con la respuesta a la pregunta crîptica de que cômo supo el corcel de
lo que hacîan aquêllos, porque ni tan siquiera ambos mantuvieron jamâs con
el corcel una buena atingencia, lo que hasta cierto punto pudiera dilucidar la
cercanîa fundamental, y con êsta el conocer que engendra una determinada
sensibilidad que a su vez despierta un interês, y con el cual las relaciones se
llevan de forma mâs amena y conspicua. Indeleble es la cosa de que la cam-
pesina mâs de una vez sentôse en la albarda de la bestia, mas êste dejar su
tafanario sobre la montura no es basto como para que el cuadrûpedo siênta-
se atraîdo por ella; aunque de verla la reconociera con sus ôculos que de fac-
to ningûn parche solaparîalos completamente. En el caso del leñador de Bri-
tania pudiera decirse que fue visto asimismo por el corcel mas sobre todo y
en la granja, lo que tambiên implica la misma consecuencia: no es suficien-
te para ocasionar la fascinaciôn de la bestia.
---Y cômo tû supiste que yo estaba aquî, porque yo no le dije a nadie nada?
Quê, eres adivino?---indaga la campesina.
----Si te lo digo no me vas a creer, que hasta yo mismo quedê con asombro
por el ladear la testa del corcel con insistencia---dice Kosmithôs.
----Te explicas, Kosmithôs?----pregunta el leñador de Britania.
----Paso a dilucidaciôn. Una vez que me trepê en la albarda vi que el corcel
inclinaba su cabeza hacia el este, hacia esta latitud, algo sumanente extrañî-
simo en êl, asî que fue êl quien me trajo hasta aquî; quien supo que ustedes
estaban aquî.
----Increîble, increîble!!----afirma la campesina.
----Ya te lo habîa anunciado.
----Mira, Kosmithôs, reconoces a esta oveja?-----pregunta el leñador de Bri-
tania.
----Claro que sî!!, Capricho, ella misma, y de quê muriô?
----De oliscar tierra con cierta toxicidad al lado de la tienda de campaña del
saltimbanqui por culpa del alquimista---responde el leñador de Britania.
----Cômo?, eso parece un pincelamiento de mi padre.
----Espero que te refieras a la forma (de)cirlo, no?
----A eso, leñador, a eso. Y por quê, precisamente, la sepultan aquî?
----Mira hacia la derecha, y dime quê ves?
----El aprisco, el a-pris-co, eso!! Quê hay con êl?
----Que decidî enterrarla cerca de êl por ser un lugar que le encantaba.
----Y cuândo muriô?, porque el color que tiene revela que no sucumbiô ha-
ce pocas horas.
----Y quê tû sabes de eso, o desde cuândo lo sabes?---fisga la campesina.
----Le robo libros a mi padre y me entero de cosas.
----Decîa un gran poeta, que robar libros no es hurto.
----Y quê poeta es êse, leñador?
----Ah, eso sî no sê (....) lo escuchê alguna vez ya ni me acuerdo dônde.
----No serîa posible que lo sepa nuestro padre, Kosmithôs?----pregunta la
campesina.
----Imposible no es, pero no posible hasta ahora...
----No posible hasta ahora?
----Saberlo, saberlo porque no estâ aquî, por lo que no puêdesele preguntar.
----Ya estâs igualito que los contertulios, o sea, armando lîos verbales---dice
la campesina.
----Y acaso no soy uno de ellos?, lo que con menos asistencia a las clases y
menos presencia en los discursos---dice Kosmithôs y rîe.
----Como ahora, por ejemplo, no?
----No allâ, sino que estoy aquî.
----A ver, Kosmithôs, que ya el hueco estâ listo, coge a Capricho por las pa-
tas traseras, que yo agarrô las del frente.
-----Que si no se va de testa al precipitarse en el hueco.
----Un poco mâs de seriedad en un momento tan triste---pide la campesina.
----Listo, ya estâ bien posicionada...
----Para el descanso eterno, leñador?---pregunta Kosmithôs.
----Asî es, Kosmithôs.
----Puedo empezar yo a tirarle tierra encima?---pregunta la campesina.
----Si asî lo deseas (...) mira, aquî estâ la pala---dice el leñador de Britania.
----Carmina vel possunt deducere lunam.
----Quê es eso, Kosmithôs?---pregunta la campesina.
----Un conjuro que me dijo el alquimista que no dijera en voz alta.
----Y por quê entonces lo dices?
----Para ver el efecto.
----No juegues con esas cosas, Kosmithôs; no son para jugar---anuncia el le-
ñador de Britania y que a su vez le dice a la campesina: dame la pala que yo
termino de echar la tierra.
----Kosmithôs, y quê haces despuês, regresas a palacio?----pregunta la cam-
pesina.
----Regresar a palacio?, si acabo de salir.
----Y entonces, quê vas a hacer?
-----Se me ocurre pasar por el laboratorio del alquimista, y de paso le pedi-
rê detalles de lo sucedido.
-----Puedo ir contigo, que necesito un paseo?
----Claro que sî!!, cômo no?
----Si ya lo desean se pueden ir, que yo me ocupo del resto que hay que ha-
cer.
----Me gustarîa quedarme un rato mâs, pero no puedo con esta tristeza que
me domina---confiesa la campesina.
----Entonces vâmonos si te domina la tristeza---dice kosmithôs que agrega:
que el viento se lleva a êsta.
----No eran las palabras las que el viento se llevaba?
----Y acaso no es la tristeza una palabra?
----Ajâ!!, que bien que te la sacô----reconoce el leñador de Britania.
----Vâmonos, kosmithôs, vâmonos!!---pide la campesina.
----Pues al corcel que nos mira ancioso, y hasta la prôxima, leñador.
----Hasta la prôxima, Kosmithôs.
Sin dilaciôn entonces, lo que no significa que tuviese prisa, sino que y
mâs bien para sacarle sumo provecho al tiempo, Kosmithôs vuelve a aga-
rrar el arreo y pone al corcel asturiano en direcciôn al laboratorio del alqui-
mista. Empero antes de llegar a êste, la campesina tuvo la reminiscencia de
aquellos tiempos en que resultâbale un tanto acicateante el hecho de trepar-
se en la albarda y dejarse llevar por la fantasîa de Kosmithôs, aunque êsta
no fuese tan grande como para soltar un grito al cielo con algo de duraciôn
o quedar hechizada. Mas a su vez, al mismo tiempo por lo que recuerda no
puede eludir que pase por su testa la palabra "incesto", aunque en realidad
por aquel entonces ambos no sabîan que eran hermanos; pero aun asî la pa-
labra, por lo que significa, o causa inquietud o engendra resonancia. De tal
guisa que de momento un pneuma tocô su semblante, la campesina pudo y
respirar profundo; y con este respirar, tempestivo y favoreciente, el recuer-
do dejô de tener funciôn, atracciôn y pudiencia eyectiva. A continuaciôn y
escucha la campesina que dice Kosmithôs: Ya estamos frente a frente a la
puerta del laboratorio del alquimista, pero extrañândole al jinete que estu-
viese del todo la puerta cerrada, y por lo que entonces supo que no estaba
el alquimista en su puesto de trabajo.
----Y dônde tû crees que pueda estar el alquimista?---pregunta la campesi-
na.
----Vaya pregunta que me haces!!, quê sê yo. Hacemos una cosa.
----Cuâl, Kosmithôs?
----Esperar unos minutos, y si entonces no llega nos vamos: de acuerdo?
----De acuerdo, sî, de acuerdo.
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