Llegô a tal punto de concentraciôn, como si el espejo de dos caras hubiese
pegado a sus ôculos sempiternamente, que la distinciôn entre realidad y fanta-
sîa mâs nunca fue posible de forma clara, algo que traduce que Sabinsqui que-
dôse padeciendo una para siempre confusiôn, segûn cuenta el artîfice de "El
bullicio en el silencio". Mas sin embargo, algo que parecerîa asombroso para
alguien con mâs preferencia por lo concreto que por lo engendrado por el ma-
gîn, Sabinsqui de tal confusiôn sacaba cosas tan vivas e insôlitas que su pade-
cimiento pasaba desapercibido, inadvertido totalmente hasta para esos doctos
acadêmicos con medallas o galardones, aunque no necesariamente famosos y
por tales cosas, lo que sî tal vez onomados en las câtedras mâs conspicuas de
alguna desconocida sede de enseñanza. Habrîa que agregar, por ser asimismo
relevante por razones simbiôticas, que la presencia de Meli en el espejo suso-
dicho contribuyô a que la mirada de Sabinsqui perdiêrase sobre el pucho una
vez que el deleite fue penetrando por sus retinas, y placer mâs debido a la in-
deleble beldad de la etera de Masalia que a otra cosa, que a otro detalle iman-
tador, que a otro empollamiento concienzudo que adelântase en pensar mîme-
sis seductivas. A fortiori no dejô sin examen, sin anâlisis Sabinsqui la increî-
ble analogîa existente entre Meli y su querida amida Dina, algo que no justi-
fica del todo la simbiosis mas que sî fue un factor influyente indubitablemen-
te, o algo asî como un empeñôn jovial de manos ocultas sabedoras de lo que
hacîan, lo que pudiera interpretarse como una acciôn en funciôn de dar o de
ofrecer un solvento contra el ponderamiento que falta, impepinable compo-
nente de un todo garante de bienestar, del embullo pertinente y del aliciente
inesperado. Quedôle ostensible a Sabinsqui que la confusiôn aportâbale una
ventaja, mas no obstante quiso visitar a un especialista para conocer su pro-
fesional opiniôn, por lo que entonces hizo una cita con êste lo mâs râpido y
que pudo.
El especialista Cleobulo era tan famoso como las pirâmides de Egipto; no
estaba su consulta tan lejos de la casa de Sabinsqui, aunque tampoco caracte-
rizâbase por su limpieza y organizaciôn, lo que no quiere decir que fueran y
pocos los pacientes que tenîa. Eran las diez de la mañana de un dîa acosado
por una ventisca brutal, y por lo tanto los habitantes de la ciudad sôlo salîan
de sus casas a comprar lo necesario, nada de banalidades o cosas parecidas.
Dentro de la cuadratura de la consulta estaba la hija del especialista, una fê-
mina tan bonita como Meli y Dina, empero que por edad mâs joven que ês-
tas; de tamaño no era muy grande y su temperamento era flemâtico, no sien-
do de extrañar entonces que prefiriera el descanso y no la actividad, como y
tampoco que sus amigas mâs de una vez acusâranla de vegetar mâs que de
vivir, acusaciôn que no es incierta pero que a la postre y al cabo nada trans-
forma ni cambia. Si fue a la consulta de su padre no era con el propôsito de
consultarse, sino mâs bien el de hacer un poco de organizaciôn y limpieza,
dos cosas que realizaba con destacada pericia y suma rapidez. En lo que en-
tregâbase a tales dos actividades suena el timbre de la puerta, y al canto oye
la voz de su padre que dice: Êse seguro que es Sabinsqui, ve a recibirlo y no
te demores en traêrmelo aquî; y no te enamores, que por conocer tu tempera-
mento podrîas entrar en relaciôn cupidosa con alguien que, asimismo, gûsta-
le vivir en el solaz.
Una hora despuês del anâlisis tempestivo que facilitô la conversa entre
el especialista Creobulo y Sabinsqui, aquêl llegô a la conclusiôn de que y la
confusiôn de Sabinsqui aûn no estaba en un estado (o categorîa) tan grave y
como calificarla de perniciosa. Mas a pesar de lo anterior, y sobre todo y en
el caso de que empezaran (a)parecer onîricos ingratos, plûmbeos, o que de-
sagradables hasta el punto de que la estancia en la cama no pasara de una y
hora, Cleobulo aconsejô la toma de un medicamento elaborado con las raî-
ces de elêboro, elixir medicinal que hasta el momento habîa dejado resulta-
dos mirîficos en quienes ya la habîan consumido, y que por ser cuasi una y
novedad en Bedriaco su costo no era môdico.
---Pero, Cleobulo, no entiendo una cosa---dice Sabinsqui.
---Cuâl es la cosa que no entiendes?
---Por lo que segûn sê el elêboro es contra la locura, no?
---Asî es, Sabinsqui, asî es, pero lo que no sabes es que estudios recientes
comprobaron que puede utilizarse como remedio contra otras cosas.
---Ignoraba totalmente esos estudios recientes. Y dîgame, Cleobulo, el me-
dicamento se puede comprar libremente?
---Mira, aquî tienes la receta---dice Cleobulo a la vez que la entrega.
---Y por quê la receta es tan grande?, parece en vez de êsta un diploma.
----Por ciertas exigencias reglamentarias de la salud pûblica de Bedriaco.
----Exigencias reglamentarias, verdad?
----No sabîa tampoco eso, me acabo de enterar.
----No, si se nota que tû andas por el limbo, total fuera de lo que sucede y
actualmente, de frecuentar lugares pûblicos y de pasar por lo angosto de
los callejones.
----Y que ganarîa yo con enterarme de lo que actualmente sucede?
----Que quê ganarîas?
----Sî, lo acabo de preguntar.
----Que estuvieras al dîa y supieras de las exigencias reglamentarias.
----Ah, porque se comentan a fanegadas?
----A fanegadas comentar una cosa?, me parece que no es la locuciôn jus-
ta.
---Es que si lo comentan muchos es una cosa opulente que sale de las len-
guas de unos cuantos; como tal es una cantidad aunque no sea precisa y la
cifra.
----No hay duda de que la palabra y tû tienen buena relaciôn.
----Le confieso que mi primer juguete fue un libro. Segûn mi madre, algo
que me contô al contar yo con cinco años, en vez de jugar con los libros
los ponîa en el suelo y los miraba, hasta que aprendî a leer y los destroza-
ba con la vista.
----Destrozabas?, espero que lo digas con el sentido de que de leerlos con
profundidad entonces...
----Sî sî, no hace falta que usted siga, que ya me comprendiô. Sabe usted,
Cleobulo, yo capto râpido.
----Lo acabo de captar. Mira, Sabinsqui, te presento a mi hija, y su nom-
bre es Vestalia de Pêlope.
----Mucho gusto, Vestalia, un placer conocerte y, no te digo mi nombre,
porque ya sabes cuâl es.
----Lo mismo te digo, Sabinsqui, lo mismo---dice Vestalia.
----Te puedo preguntar una cosa, Vestalia?
----Sî claro, pregunta.
----Acaso tu nombre es una derivaciôn del nombre Vesta?
----Asî es, Sabinsqui, mi nombre procede de esa derivaciôn.
----Escucha, Sabinsqui. La idea de tal nombre fue mîa, y se me ocurriô por
yo conocer a dos vestales que viven en la ciudad del ocio, allende de que y
cuando fui joven era un amante de ellas--dilucida Cleobulo.
----A que seguro que son Cornelia y Rubria.
----Y cômo tû sabes eso?, increîble.
----Porque a Cornelia hace un año la vi a travês de un espejo de dos caras,
y ella misma comentô sobre Rubria.
----Quê, a travês de un espejo?, no serâ lo que acabas (de)cir producto de
tu confusiôn?
----Oh no, nada de eso, aunque eso sî, la vi pero no podîa tocarla.
----Bueno, la viste a travês de un espejo y no de una cortina, y por donde
sî la mano puede penetrar.
----Sî, ya sê, mas yo sôlo quise revelar la antigualla reflejante, porque si
de reflejos se trata pueden ser posibles asimismo en otros objetos.
----Me infundes miedo con eso del espejo, y fîjate si es asî, que mientras
menos tiempo estê frente a êl mucho mejor--dice Vestalia.
---Raro escuchar decir a una fêmina eso, mas como dice el dicho: toda re-
gla tiene su excepciôn. Si me dejan explicar el porquê del espejo dilucido
con gusto---dice Sabinsqui.
----Te oîmos, Sabinsqui, te oîmos---dice Cleobulo.
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