Al llegar a la consulta el magistrado y la criatura con la vestimenta de lino,
Sabinsqui deleitâbase mirando cômo colgaba del cuello de Vestalia el torques
de esmeraldas que le habîa comprado, aunque asimismo cômo crecîa su jovia-
lidad cada vez que tocâbaselo con la punta de los dedos, algo que demostraba
con una bella sonrisa. A la vez que sucedîa lo anterior, Cleobulo traîa dos an-
tiguas sillas que puso de soslayo a su mesa, y sobre la que habîa un pequeño
espejo circular y una estatuilla de Imhotep. Êsta, y segûn lo que êl mismo re-
lô, fue hecha en el barrio de los Sigilarios; aquêl, y posicionado en la parte iz-
quierda de la mesa, fue un regalo de Cornelia, dâdiva que ya tenîa unos cuan-
tos años y a la que cuasi todos los dîas quitâbale el polvo. Al canto a estas pa-
labras, Sabinsqui desviô su mirada hacia el espejo, y quiên sabe si debido y a
un reflejo condicionado o a otra cosa con destacada significancia, la que lôgi-
camente funciona como un atrayente que mantiene activo un valor, que in ca-
su serîa de conceptualidad de un objeto a partir de lo que pudiera re-presentar
exento de grisallas.
---- Bienvenidos todos a mi consulta, la que nunca habîa estado tan llena co-
mo hoy; y siêntense, por favor, que eso de estar de pie es para soldados--dice
el especialista Cleobulo.
---Señor especialista, me maravilla que usted tenga una estatuilla de Imhotep;
emociônome al verla como cuando veo las pirâmides en el desierto.
----Como dudar de sus palabras llevando usted una vestidura de lino.
----Mire, especialista, aquî tengo una esquela que debo entregarle a usted, mas
escrita para su hija por Cornelia.
----Escrita para mî y la recibe mi padre?---pregunta Vestalia de Pêlope.
----Ya se te olvidô que cuando eras niña Cornelia fue una paciente mîa por al-
go de tiempo?----pregunta Cleobulo.
----No se me ha olvidado, mas aun asî...
----Asî aun no importa (...) mira, aquî la tienes, la esquela es tuya; côgela con
tus mismas manos.
Seguido a coger la esquela, dirigirse a un sucucho y abrirla, Vestalia sûbi-
to empieza a leerla a la vez que tocâbase el torques de esmeraldas. Pero y sin
que fuese visto por los presentes, porque la manera de hacerlo fue a hurtadillas,
Sabinsqui vuelve a mirar a Vestalia, empero esta vez a travês del espejo, resul-
tando esta forma de proyecciôn muy disîmil de la primera, y no por la obstru-
cciôn creada por alguna mancha, sino por un efecto secundario en el cristal al
ser alcanzado por la lumbre de los rayos apolîneos que penetraban por la ven-
tana.
Vestalia, aun pensando lo contrario, dejôse llevar por la verba escrita y de
Cornelia, la que enfatizaba sobre el hecho de mantenerse virgen, y aseguran-
do que tal estado tenîa sus ventajas, como que asimismo su relevancia, mas y
que deplorablemente poco tenida en cuenta por fêminas jôvenes, las que mâs
aprovechaban las ventajas por ser garantes de ciertas y determinadas cosillas
que flagrantemente resultaban imprescindibles en tiempos dominados por el
fervor de una creencia o preponderantes por el subrayamiento de la pudien-
cia idolâtrica, no ya decir que por la intimidaciôn de los progenitores que por
resonancia exigen mucho mâs de lo que por preferencia realmente es la cosa
que ni cuestiona un pensamiento ni depende de la voluntad. Tambiên la ver-
ba escrita retocaba la palabra "atingencia" con el buen trazo de una lînea cor-
ta debajo de êsta, pero la relaciôn existente de culto entre la criatura que en-
tregô la esquela y la misma Cornelia, empero sin que este retocamiento fue-
se para la lectora algo para no perder de vista o para procesarlo entelêquica-
mente a raîz del tempestivo tener en cuenta.
Diez minutos despuês de haber abandonado el sucucho y de arrumbar
Vestalia sus pasos a otra posiciôn dentro de la cuadratura de la consulta, la
que ni grande ni pequeña aûn estaba ocupada por las mismas personas, per-
cibe Sabinsqui que la esquela cae al suelo al ser alcanzada por un inespera-
do pneuma que penetrô por la ventana. No demorô entonces en pasar al y
correspondiente acto, y caracterizado por un desplazamiento de izquierda
a derecha realizado con excelente pericia, como el de los guerreros aqueos
con dominio del terreno en las parasangas mâs înclitas incluidas en las lo-
caciones donde sucedieron las guerras mêdicas. Al estar ya la esquela cer-
ca de su pie derecho pônele el zapato encima y espera el instante oportuno
para agacharse y cogerla, instante que fue posible media hora despuês. Ya
teniêndola en su poder guârdasela en el bolsillo izquierdo, y seguidamen-
te pregûntale a Cleobulo dônde estaba el baño del consultorio. Dada ipso
facto la respuesta dirîgise a êl, y despuês de asegurarse de que el cerrojo
de la puerta estuviese pasado lee la esquela. Al enterarse de que êsta la y
habîa escrito Cornelia quedô como poseîdo por una confusiôn tremenda,
por un belebele de jaez mayor, porque al preguntarse cômo puede una y
que estâ en el segundo sistema escribir una carta, allende de haber sido y
vista por êl mismo a travês del espejo de dos caras en el camarote con la
numeral siete, cômo escapar a una desconcertante situaciôn, a un, dirîase,
mareo cupular sin campanas que lo anuncien. En fin, y para eludir sensa-
tamente el crecimiento de la confusiôn, vuelve a meterse la esquela en el
mismo bolsillo, descorre el cerrojo, y yendo hacia el mismo sitio donde
habîala cogido la deja caer.
----Alguien sabe dônde estâ la esquela, que ha desaparecido de mi vista?
----Mira, Vestalia, estâ en el suelo---responde Sabinsqui.
----Quê raro, cômo pudo llegar tan bajo?
----Me dejas decirte una cosa?---pregunta la criatura que llevaba la vesti-
dura de lino.
----Diga usted, señor, diga!!
----Deja de tocarte ese torques de esmeraldas, dêjalo sin el empollamien-
to engendrado por la punta de los dedos.
---Señor, sus palabras parecen como para conducir a iniciados por cami-
nos desconocidos.
----Iniciados, en cuâl culto?---pregunta Sabinsqui.
----Les advierto que ciertas preguntas pueden tener determinadas conse-
cuencias, asî que pongan cautê en lo que preguntan.
----No me extraña que usted lleve esa vestidura de lino---dice el magistra-
do.
----Por quê mejor no acariciamos la estatuilla de Imhotep, no les parece y
lo mâs adecuado que cabe en este momento?---pregunta el especialista.
----Muy ocasional su pregunta, Cleobulo, muy...
----Muy de que usted, que trajo la esquela, no lo vea de otra manera por-
que ya sabe a lo que estamos exponiêndonos en un pedazo de tiempo po-
sible.
----Aquî estâ sucediendo algo insôlito, que proviene de un mâs allâ, no?
----Vestalia, que ya te advertî: cautê, cautê!!
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