El gato prestado por el cazador a Ateriana caminaba por encima de
los pulvinares; en los momentos en que acostâbase podrîa no ser perci-
bido desde lejos, porque al ser su color de piel âurea, el mismo color y
de los nuevos cojines comprados por Dido y traîdos directamente des-
de Nemea, hacîase difîcil la distinciôn desde la distancia. Comparâbalo
el cibiosactes con el lêon de êsta misma regiôn, parangôn posible espe-
cîficamente mâs por tal color que por resultar un pernicio mortalîsimo
para cualesquier hêroes que intentaran desafiarlo, empero que hasta y
un buen dîa que Heracles lo matô sin decirle nada a Onfalia, mutismo
que eludirîa que êsta llegara a cogerle o un titânico cariño o una ficti-
cia apreciaciôn. Pero habrîa que decir, y como estrategia prâctica utili-
zada para saber desde lejos sî Lah estaba entre los pulvinares acostado,
que Kôs lanzaba seguida o incesantemente con el cochlear caracoles y
que sacaba de sus dos bolsillos; como si êstos, con su orificio, facilita-
ran el adecuado cargamento. Al tener un tremendîsimo êxito la susodi-
cha estrategia, porque tan sôlo con los primeros caracoles que golpeâ-
banle la testa Lah salîa corriendo, Kôs la repitiô cuasi siempre llegada
la segunda vigilia, momento en que la nocturna dejaba calaña indubi-
table de su oscura juventud. Con el pasar del tiempo no dudô el cibio-
sactes en creer que nadie mâs tenîa que ver con el reguero de caraco-
les que Kôs; sin embargo, que la comprobaciôn en vivo de lo hacede-
ro a hurtadillas deja una especie de valoraciôn estimable por el que y
lleva a cabo un acto totalmente a escondidas, segûn el basamento de
una filosofîa aprendida en Alejandrîa, que aunque no tenga constan-
te aplicaciôn es por su resonancia apreciada, una noche entregôse a
la actividad de vigilancia a raîz de terminar con su diario trabajo.
Dido ya habîase preguntado----el cibiosactes nunca habîale dicho
a la reina de la cantidad de caracoles que recogîa cada noche en y en
derredor de los pulvinares----por quê Kôs metîase una sûmula consi-
rable de aquêllos en los bolsillos, y algo de lo que percatôse al final
de la cena en el Triclînuim; sin embargo, allende de sentarse siempre
al lado de Kôs, Sunev estaba completamente ajena a lo anteriormen-
te dicho, aunque no de que êste mantuviese vigente la misma costum-
bre de su padre cuando era niño, y con la que algunas veces cumplîa
en el recinto susodicho y la vista de todos los presentes en êl. El dar-
se cuenta (o la percepciôn) de la reina fue el motivo concreto por el
cual êsta propûsose vigilar a Kôs, seguirle los pasos y a la zaga de y
su sombra (pequeña mas no imperceptible) dejada a raîz del comien-
zo de la segunda vigilia. Pasada media hora, momento en el que Kôs
posiciônase a unos (aproximadamente) cinco metros de los dorados
pulvinares, divisa Dido que el cibiosactes escondîase justa y exacta-
mente detrâs de una de las columnas dôricas erigida de la parte dere-
cha de palacio, la parte que apellîdase opuesta por estar Dido en la e
izquierda. Sigue entonces que la reina, y poniendo sumamente cuida-
do en el traslado de una parte a la otra, va a unirse con el cibiosactes.
Êste, que ni se imaginaba que la reina iba a aparecer, ya que normal-
mente a esa hora ya habîa traspasado el umbral de la puerta ingente
de su cuarto, al sentir un toque en la espalda empieza a gritar por el
susto efîmero padecido, ya que al ser un acêrrimo creyente en los la-
res capitales pensô que alguno de êstos venîa a responsarlo por la y
actividad a la que entregâbase. Seguido pasa que entonces dîcele Di-
do:
----Mire que usted es exagerado, cibiosactes, que tampoco era para
tanto como para comenzar a gritar.
----Usted me disculpa, majestad, pero cômo iba a saber que era us-
ted?, que por costumbre ya estarîa en su cuarto a esta hora.
----Diariamente es asî, mas como vi que Kôs metîase una cantidad
tremenda de caracoles en los bolsillos quise saber con ellos quê ha-
cîa. Por alguna casualidad sabe usted algo de eso?
----No lo sê, mas lo sospecho y querîa comprobarlo.
----Y quê sospecha usted, cibiosactes?
----Que Kôs le dispara con el cochlear los caracoles al gato Lah.
----Y por quê Kôs hace eso?
----Eso no lo sê, majestad, lo ignoro, tendrîa usted que preguntârselo
a êl.
----Bueno, serâ en otro momento, porque con sus gritos Kôs abando-
nô la posiciôn en la que estaba.
----Lo siento tanto, majestad, pero como usted domina de que soy un
fanâtico creyente de los lares capitales pensê que el toque en la espal-
da...
----Deje deje, no me lo diga que puedo entenderlo, que yo en algûn y
momento de mi existencia pensê en algo parecido sin tener que nada
ver con fanatismo. Y ahora me voy que el sueño me llama.
----Buenas noches, majestad, buenas noches!!
----Lo mismo para usted, cibioscates.
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