De recorrido Argos, y amên que concomitado por cuatro soldados de
la guardia bâtara, divisa en la encrucijada a un jinete que acercâbase a gran
velocidad, razôn por la cual vese en la obligaciôn de hacer el control perti-
nente--si la confianza es buena el control es mucho mejor---, ya que en rea-
lidad ninguno de los habitantes de esta localidad que tienen caballos les es
caracterîstico correr tanto, salvo Kosmithôs que de vez en cuando gûstale
cabalgar muy râpido al tener su tafanario sobre la albalda de su querido as-
turiano corcel. Al poner su caballo Argos en medio del camino, y de que a
la izquierda y a la derecha de êste ubicâranse las bestias de los cuatro sol-
dados, la posibilidad de escape quedaba bloqueada, a no ser que fuese po-
sible la fuga al hacerse un cambio de direcciôn, empero algo que no suce-
diô porque de facto el jinete que venîa a gran velocidad detuvo su caballo
frente a los cinco cuadrûpedos que hacîan imposible el paso. Y entonces a
raîz de lo anterior pregunta Argos:
---Quiên es usted y por quê va tan de prisa con su caballo, cuâl es la razôn
de la velocidad a la que usted somete su cuadrûpedo?
----Mire usted, soldado. Yo soy un bructero que debe llegar a la ciudad del
ocio lo mâs râpido posible para entregarle a Dolfopân un pago que me aca-
ba de dar Dido en una bolsita. Mire, aquî estâ. Ve la bolsita?
----Ah, entonces usted se ha encontrado con su majestad---dice Argos que
a su vez hace una señal para que los soldados bajen sus armas.
----Asî es, acabo cuasi de abandonar palacio.
----Mas sabe usted una cosa al verlo ahora de cerca?
----No, no la sê.
----Que usted se me parece mucho a Endimiôn.
----No tuve tiempo de fijarme en eso, si acaso compruebo lo que usted dice
cuando vea a Endimiôn en la ciudad del ocio.
----Y por quê en tal ciudad?
----Porque êl se fue con la tribu germânica; mejor dicho, se incorporô a êsta
por una propuesta de Dolfopân.
----Cômo, que un cocinero se mezcle con guerreros?
----La necesidad obliga, no?
----Asî es, mas aun asî habrîa que tener en cuenta otro factor moral...
----Factor moral al haber necesidad? Yo no estoy muy de acuerdo con tal fac-
tor.
----No muy pero sî algo, no?
----Sî!! Pero el algo es tan poco que cuasi no lo tengo.
----No me extraña que un bructero se exprese asî, saque a revelaciôn lo que
deberîa quedar en silencio por cuestiones de principio.
----Se nota claramente que usted es un soldado bâtaro. Pensamos diferente y
actuamos mâs desigual aûn. Cuâl es su nombre?
----Argos!!
----Un nombre interesante.
----Gracias!!
----Argos, le digo que debo continuar camino, y ya le dije el porquê.
----Puede usted irse. Y no sofoque demasiado a su bestia, que pudiera llegar
tarde a la ciudad del ocio si por velocidad êsta siêntese cansada.
----Crêame, Argos, yo sê cômo tratarla, que la conozco de tiempo. Adiôs y si
acaso hasta la prôxima.
----Adiôs, bructero, adiôs!!, que no creo que una prôxima vez haya.
Un rato despuês, y en la explanada cerca al barrio de los Sigilarios,
donde ya sâbese que hacîanse combates de gladiadores en tiempos de Volo-
geso, aunque asimismo el lugar donde Argos hallô el cadâver de Kifisodoto
cinco meses atrâs, Argos observa que cuatro personas bailaban una especie
de danza aquea a la vez que hacîan un estrêpito que sobrepasaba el permiti-
do al comenzar la segunda vigilia. Razôn suficiente como para que fuesen
multados sobre todo por el ruido crecido que hacîan, son atracciôn rauda y
de esta guardia de recorrido, y motivo ineludible de que sin dilaciôn uno de
los soldados hiciêrales la siguiente pregunta al estar frente a ellos:
----No estaban ustedes en la taberna no hace mucho?
----Y cômo usted sabe que estuvimos allî?---pregunta Antîmaco de Ocami-
tan.
----No se acuerda usted de que al bructero fueron a buscarlos dos soldados?
----Cômo olvidarlo aunque estê pasado de copas, y?
----Que yo soy uno de los dos.
----Ah, eso, entonces, cômo no va a saberlo. Ya sê por quê lo sabe!!
----Pero cazador, usted en estado ebrio?---pregunta Argos.
----Y acaso los cazadores no se pueden emborrachar?
----Se conocen ustedes?---pregunta el mismo soldado.
----Sî!! y del cuasi terminado âgape en palacio---responde Argos que le y
pregunta a Evandro: y no es usted el reo que vino con la tribu germânica?
---El mismo!! Claro que no fui reo, no exactamente eso---dice Evandro de
Atella.
---Y ella quiên es?---pregunta Argos.
----Soy Konfuza, la novia de êl, de Antîmaco.
----No hace falta que lo señale y a la vez diga su nombre.
----Se nota que estoy borracha!!
----No quise decir eso.
----Es que si yo lo dije es porque cuando estoy lûcida ni lo nombro ni lo
señalo.
----Eso a nosotros no nos interesa, Konfuza; somos responsables solamen-
te de mantener el orden y la disciplina de esta localidad.
----Que aburrida la vida como soldado!!
----Konfuza, mida sus palabras que si no pudiera tener su consecuencia: le
gustarîa pasar una horas arrestada por falta de respeto a la guardia de su y
majestad?
----No me vendrîa mal, asî salgo de mi monotonîa.
----Ahora sî quiero decirle que usted no estâ lûcida.
----Y ustedes pueden bailar sin mûsica?---pregunta el soldado.
----Usted nunca se ha emborrachado, soldado?---pregunta Antîmaco de Oca-
mitan.
----No tengo mucho tiempo para eso, no es muy larga la pausa que tenemos
en palacio como soldados de la guardia de su majestad.
----Miren, si quieren pueden quedarse en esta explanada todo el tiempo que
quieran, pero nada de estrêpito, si es que no quieren terminar arrestados.
----De acuerdo, Argos. Hacemos silencio y seguimos bailando---dice el ca-
zador.
----Muy bien!!--afirma Argos que dîcele a los soldados: nos vamos al barrio
de los Sigilarios.
Pero tanto orden como disciplina eran dos palabras no muy del gusto de
los artistas del barrio de los Sigilarios, y precisamente por dos cosas: por ser
creativos y por mofarse de las normas institucionales, que mâs bien es y del
desorden de donde sacan lo que mâs necesitan y de una fuente ôntica lo mâs
justo que pudiêrales interesar por estar mucho mâs cerca de la propia natura-
leza, la que impepinablemente impera o da el edicto de lo que dêbese a caba-
lidad hacer, lo que en realidad es lo mâs relevante, y asî, de ser desdeñado o
ignorado, deplorablemente un crimen contra el potencial de uno mismo, lle-
varîa o conducirîa a la mâs gravîsima de las consecuencias. Ostensible que-
da que [tal no muy del gusto de..] serîa sûbito motivo de la risa militar, sin
decir que la razôn ineludible de que los soldados de recorrido de la guardia
bâtara pasaran a la acciôn al escuchar tales cosas de la lengua de un artista;
aunque eso sî, porque de haber testigos un arrestado tendrîa la posibilidad
de contar con un apoyo que (de facto?) beneficiarîale, la susodicha acciôn
harîanla o en callejones intrincados o en los arrabales donde abundan y los
matorrales, que si no otras crecidas malezas, verbi gratia las zarzas.
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