Al regresar a mi estudio Aspasia conversaba con Aristarco, ya que al no poder ce-
rrar los ôculos por carencia de sueño preferîa levantarse a quedarse en la cama dando
una sûmula de vueltas. A pesar de encantarme la repeticiôn resultôme conveniente que
estuviesen los dos presentes, ya que asî no tendrîa que decir dos veces la misma cosa:
que quien llamô fue el general. Despuês de yo amplificar lo dicho por êste, y en lo ati-
nente a quien era la progenitora de la chica a la que robôle Matilde, lo primero que As-
pasia pregûntame es lo siguiente:
---Kosmos, y esa criada que tuvo la difunta esposa del general aûn vive?
---Câspita Aspasia!! Quê sê yo de eso? Olvidôsete que dîjete que dîjome Yelas que la
madre de Esmeralda fue cremada hace diez años?
---Quê? Cuândo me lo dijiste? Pero en el caso de que se me haya olvidado, quê tiene
que ver lo que te preguntê con lo que te dijo Yelas?
---Aspasia, analiza, piensa, medita. Si a la edad que tenîa la criada sûmansele estos
diez años, tû crees que estê aûn viva?
---La cosa a saber serîa cuântos años tenîa diez años atrâs.
---Que no deben ser pocos porque de facto tiene una hija.
---Aristarco, y acaso no pudo tenerla con poca edad? Es imposible?
---No lo es, Aspasia, no lo es. Y Kosmos, Yelas te dijo si la susodicha criada, y despuês
del fallecimiento de la madre de Esmeralda, siguiô trabajando en la casa del general?
---Yo tengo una pregunta para ustedes dos: por quê el interês de saber algo de la susodi-
cha criada?
---Interês, Kosmos? Ninguno, Sôlo que se me ocurriô la pregunta inicial que te hice.
---Aspasia, mejor creerte que discutir. Sabes quiên puede saber lo que tû quieres saber?
Esmeralda, asî que puedes preguntarle a ella.
---Te acabo de decir que fue una pregunta que se me ocurriô, asî que no hace falta que
le pregunte a ella. Por cierto, hace rato que no la veo.
---La ûltima vez que la vi fue en la fiesta del general.
---Se nota que la relaciôn con Caspar le va bien. Ya se abrâ mudado?
---O se estâ mudando? Cualquiera de las dos preguntas son posibles.
---Cômo que se muda? Y eso?
---Aristarco, porque al general no le cae bien Caspar.
---Y para dônde se muda?
---Para una vivienda que estâ detrâs y a una cuadra de la catedral barroca.
---No me digas, verdad?
---Aristarco, y a quê dêbese la pregunta?
---Porque el alquiler en esa zona es bastante alto.
---Y tû no crees que eso es una cosa de ella y de Caspar?
---Sî, kosmos, cierto, no es un problema mîo.
---Êsa es la res! Ni de nosotros tampoco.
---Ya creo que me voy retirando, que me ha entrado sueño.
---Crees o estâs seguro?
---Kosmos, hasta la prôxima, que de seguirte el jueguito amanezco aquî.
---Buen dormir, Aristarco.
---Aspasia, gracias!!
Siete minutos despuês de ido Aristarco vuelve a sonar el timbre de mi telêfo-
no, motivo por el cuâl pregûntame Aspasia quiên pudiera ser el que llamaba cuasi a
las dos y media de la madrugada, respondiêndole yo que cômo saberlo sin coger el
telêfono, por lo que dîceme con un tono imperativo: côgelo para que sepas de quiên
se trata. Al responder a la llamada como que no supe quê decir por la pregunta que
hîzome Isabela: Kosmos, por fin hablaste con Forligen? Con la intenciôn de cubrir
un poco mi silencio en lo atinente a la pregunta, y mutismo que a la postre y al cabo
no dura mucho, empiezo por saludarla y saber de su estado con esta tîpica pregunta:
Quê tal, cômo estâs? Al dejarme saber ella que un poco taciturna debido a la ausen-
cia de Forligen, por no tenerlo cercano a su cuerpo, a sus manos, sobre el pucho re-
cordême de un aforismo de Nietzsche y que dîjele afirmativamente: un par de es-
pectâculos poderosos son a menudo suficientes para curar a una persona enamora-
da!! A continuaciôn de suspirar profundamente me da las gracias, empero sin com-
plicaciôn verbal agrega que sintiêndose como sentîase no estaba para espectâculo
ninguno, siendo entonces cuando doy con una respuesta creîble para su pregunta
inicial: Isabela, aûn no he hablado con êl, lo que dêbese a que he estado ocupadîsi-
mo con la lectura de mi novelôn antes de entregârselo a un editor, pero no te preo-
cupes que en cuanto pueda hablarê con Forligen. De nuevo me da las gracias y sin
añadir mâs nada cuelga.
---Mira que eres mentiroso, estâs hecho un profesional de la mentira.
---Aspasia, la mentira es de facto el elixir ideal en contra de la mala memoria.
---Sî estâ bien. Cômo no! Ahora justifîcate, pero te digo una cosa: el dîa que me di-
gas una a mî prepârate.
---Câspita! Que ya te he dicho unas cuantas mentiras.
---Quê? Cômo? Repite!!
---Que es una mentira lo que dîjete de las mentiras dichas.
---Ah bueno. Y dime: de dônde tiene Isabela tu nûmero?
---Se lo di en la fiesta del general y se lo aprendiô de memoria.
---Espero que esto sea verdad que no otra cosa por la que lo tiene.
---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Tû celosa? No pêgate, no va
contigo, no encaja en tu naturaleza, no es agua de tu asperjar.
---No es agua de tu asperjar! Te quedô bonito.
---Bueno quê, nos vamos a la cama?
---Me gustarîa que te quedaras dormida.
---Quê te pasa por tu testa hacerme?
---Dîgotelo cuando te levantes.
---De acuerdo.
Y sin mirar hacia atrâs dirigiôse al cuarto silbando la melodîa de la cajita de mû-
sica que dadivôle Juliette, allende que a toda flor por haberse quitado en la sala su ba-
ta transparente, motivo por el cual quedême mirândola hasta que penetrô en el dormi-
torio. Con el têlos de no quedarme dormido durante la hora y media que mâs o menos
deberîa esperar para que Aspasia durmiêrase profundamente, aunque pudiera ser posi-
ble que con una hora no estuviera consciente de nada, fui a la cocina y calentê un po-
co de cafê que quedaba en el termo, hermêtico utensilio hueco donde Aspasia por cos-
tumbre echa hasta la mâs mînima cantidad que sobrô en la cafetera del polvo que pro-
viene de las simientes del cafeto, y seguido pûseme a leer en mi estudio un interesante
compendio sobre la existencia patêtica/miserable de un pensador excêntrico, marginal,
de talante libertino y vigorosas convicciones aristocrâticas, amên que un lûcido intêr-
prete de Nietzsche e introductor de Freud en Francia: Georges Palante. En lo atinente,
sobre todo, a que fuera un lûcido intêrprete del artîfice que dijo: Ich bin kein Mensch.
Ich bin Dimanit (Yo no soy un hombre. Yo soy Dinamita), no es de extrañar que el ar-
tîfice que escribiô el resumen sea nada mâs y nada menos que uno que por ôntica ra-
zôn (o por preferencias que no menesteran ser subrayadas/solapadas/ ornamentadas/)
habla de Nietzsche repetidamente y con deleite: Michel Onfray. Por extensiôn no lle-
varîame este compendio a pensar en la bella y la bestia, sino mâs concreta/especîfica/
justamente en la bella y el monstruo, y el porquê queda tan claro como la mismîsima
clara del huevo: porque Palante, y por causa de una enfermedad endocrina, tuvo una
terrible deformaciôn de sus extremidades, pero aun asî la bella ( su esposa, una inve-
terada prostituta [carrusiana]) cumpliô con su co-metido de fêmina allî donde las ex-
tensiones corporales descollaban debido al detrimento susodicho.
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