Sonntag, 3. November 2024

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         Al regresar a mi estudio Aspasia conversaba con Aristarco, ya que al no poder ce-

rrar  los ôculos por  carencia de sueño  preferîa levantarse a quedarse en la cama dando

una sûmula de vueltas. A pesar de encantarme la repeticiôn resultôme conveniente que

estuviesen  los dos presentes, ya  que asî no tendrîa que decir dos veces la misma cosa:

que  quien llamô fue el general. Despuês de yo amplificar lo dicho por êste, y en lo ati-

nente a quien era la progenitora de la chica a la que robôle Matilde, lo primero que As-

pasia pregûntame es lo siguiente:

---Kosmos, y esa criada que tuvo la difunta esposa del general aûn vive?

---Câspita Aspasia!! Quê sê yo de eso? Olvidôsete que dîjete que dîjome Yelas que la 

madre de Esmeralda fue cremada hace diez años?

---Quê? Cuândo me lo dijiste? Pero en el caso de que se me haya olvidado, quê tiene

que ver lo que te preguntê con lo que te dijo Yelas?

---Aspasia, analiza, piensa, medita. Si a la edad que tenîa la criada sûmansele estos

diez años, tû crees que estê aûn viva?

---La cosa a saber serîa cuântos años tenîa diez años atrâs.

---Que no deben ser pocos porque de facto tiene una hija.

---Aristarco, y acaso no pudo tenerla con poca edad? Es imposible?

---No lo es, Aspasia, no lo es. Y Kosmos, Yelas te dijo si la susodicha criada, y despuês

del fallecimiento de la madre de Esmeralda, siguiô trabajando en la casa del general?

---Yo tengo una pregunta para ustedes dos: por quê el interês de saber algo de la susodi-

cha criada?

---Interês, Kosmos? Ninguno, Sôlo que se me ocurriô la pregunta inicial que te hice.

---Aspasia, mejor creerte que discutir. Sabes quiên puede saber lo que tû quieres saber?

Esmeralda, asî que puedes preguntarle a ella.

---Te acabo de decir que fue una pregunta que se me ocurriô, asî que no hace falta que

le pregunte a ella. Por cierto, hace rato que no la veo.

---La ûltima vez que la vi fue en la fiesta del general.

---Se nota que la relaciôn con Caspar le va bien. Ya se abrâ mudado?

---O se estâ mudando? Cualquiera de las dos preguntas son posibles.

---Cômo que se muda? Y eso?

---Aristarco, porque al general no le cae bien Caspar.

---Y para dônde se muda?

---Para una vivienda que estâ detrâs y a una cuadra de la catedral barroca.

---No me digas, verdad? 

---Aristarco, y a quê dêbese la pregunta?

---Porque el alquiler en esa zona es bastante alto.

---Y tû no crees que eso es una cosa de ella y de Caspar?

---Sî, kosmos, cierto, no es un problema mîo.

---Êsa es la res! Ni de nosotros tampoco.

---Ya creo que me voy retirando, que me ha entrado sueño. 

---Crees o estâs seguro?

---Kosmos, hasta la prôxima, que de seguirte el jueguito amanezco aquî.

---Buen dormir, Aristarco.

---Aspasia, gracias!!

           Siete minutos despuês de ido Aristarco vuelve a sonar el timbre de mi telêfo-

no, motivo por el cuâl pregûntame Aspasia quiên pudiera ser el que llamaba cuasi a

las dos y media de la madrugada, respondiêndole yo que cômo saberlo sin coger el

telêfono, por lo que dîceme con un tono imperativo: côgelo para que sepas de quiên

se trata. Al responder a la llamada como que no supe quê decir por la pregunta que

hîzome Isabela: Kosmos, por fin  hablaste con Forligen? Con la intenciôn de cubrir

un poco mi silencio en lo atinente a la pregunta, y mutismo que a la postre y al cabo

no dura mucho, empiezo por saludarla y saber de su estado con esta tîpica pregunta:

Quê tal, cômo estâs? Al dejarme saber ella que un poco taciturna debido a la ausen-

cia de Forligen, por no tenerlo cercano a su cuerpo, a sus manos, sobre el pucho re-

cordême  de un aforismo de  Nietzsche y que dîjele afirmativamente: un par de es-

pectâculos poderosos son a menudo suficientes para curar a una persona enamora-

da!! A continuaciôn de suspirar profundamente me da las gracias, empero sin com-

plicaciôn  verbal agrega que sintiêndose como sentîase no estaba para espectâculo

ninguno, siendo  entonces cuando doy  con una respuesta  creîble para su pregunta 

inicial: Isabela, aûn no he hablado con êl, lo que dêbese a que he estado ocupadîsi-

mo con la lectura de mi novelôn antes de entregârselo a un editor, pero no te preo-

cupes que en cuanto pueda hablarê con Forligen. De nuevo me da las gracias y sin

añadir mâs nada cuelga.

---Mira que eres mentiroso, estâs hecho un profesional de la mentira.

---Aspasia, la mentira es de facto el elixir ideal en contra de la mala memoria.

---Sî estâ bien. Cômo no! Ahora justifîcate, pero te digo una cosa: el dîa que me di-

gas una a mî prepârate.

---Câspita! Que ya te he dicho unas cuantas mentiras.

---Quê? Cômo? Repite!!

---Que es una mentira lo que dîjete de las mentiras dichas.

---Ah bueno. Y dime: de dônde tiene Isabela tu nûmero?

---Se lo di en la fiesta del general y se lo aprendiô de memoria.

---Espero que esto sea verdad que no otra cosa por la que lo tiene.

---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Tû celosa? No pêgate, no va

contigo, no encaja en tu naturaleza, no es agua de tu asperjar.

---No es agua de tu asperjar! Te quedô bonito.

---Bueno quê, nos vamos a la cama?

---Me gustarîa que te quedaras dormida.

---Quê te pasa por tu testa hacerme?

---Dîgotelo cuando te levantes.

---De acuerdo.

         Y sin mirar hacia atrâs dirigiôse al cuarto silbando la melodîa de la cajita de mû-

sica que dadivôle Juliette, allende que a toda flor por haberse quitado en la sala su ba-

ta transparente, motivo por el cual quedême mirândola hasta que penetrô en el dormi-

torio. Con el têlos de no quedarme dormido durante la hora y media que mâs o menos

deberîa  esperar para que Aspasia durmiêrase profundamente, aunque pudiera ser posi-

ble  que con una hora no estuviera consciente de nada, fui a la cocina y calentê un po-

co de cafê que quedaba en el termo, hermêtico utensilio hueco donde Aspasia por cos-

tumbre echa hasta la mâs mînima cantidad que sobrô en la cafetera del polvo que pro-

viene de las simientes del cafeto, y seguido pûseme a leer en mi estudio un interesante

compendio sobre la existencia patêtica/miserable de un pensador excêntrico, marginal,

de  talante libertino y vigorosas convicciones aristocrâticas, amên que un lûcido intêr-

prete de Nietzsche e introductor de Freud en Francia: Georges Palante. En lo atinente,

sobre todo, a que fuera un lûcido intêrprete del artîfice que dijo: Ich bin kein Mensch.

Ich bin Dimanit (Yo no soy un hombre. Yo soy Dinamita), no es de extrañar que el ar-

tîfice  que  escribiô el resumen sea nada mâs y nada menos que uno que por ôntica ra-

zôn (o por preferencias que no menesteran ser subrayadas/solapadas/ ornamentadas/)

habla de Nietzsche repetidamente y con deleite: Michel Onfray. Por extensiôn no lle-

varîame este compendio a pensar en la bella y la bestia, sino mâs concreta/especîfica/

justamente en la bella y el monstruo, y el porquê queda tan claro como la mismîsima

clara del huevo: porque Palante, y por causa de una enfermedad endocrina, tuvo una

terrible deformaciôn de sus extremidades, pero aun asî la bella ( su esposa, una inve-

terada  prostituta [carrusiana]) cumpliô con su co-metido de fêmina allî donde las ex-

tensiones corporales descollaban debido al detrimento susodicho.   



 



  










 




 



 












 









 







 



















  



 












  

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