No negaria que de la repeticiôn soy un erastes [por el erotas que siento por la ver-
ba que vuelta a decir me espeluzna o estremece], mas pensândolo a cabalidad vînome
suntuoso que Aspasia dijêrame que ora no estaba para escuchar la significancia de la
numeral cuatro para los celtas, y vînome de esta manera, asî, como acâbolo de decir
por dos cosas: la primera, por eludir una explicaciôn con resonancia en un lugar don-
de el jolgorio es lo preponderante; la segunda, por no explayarme en un momento en
el que la dadorîa de Baco despierta mi magîn, lo que traduce que hablarîa muchitanto
sobre algo poniêndole agregados o sustituyentes pincelados. Y sî, verdaderamente las
dilucidaciones con vibraciôn de sonido llovîan en una instituciôn (la kosmona) donde
una fiesta imperaba, mas una totalmente diferente, con otro fin y otra meta, un subra-
yamiento clarante de que no contradîgome, de que no digo una cosa; seguido/a conti-
nuaciôn otra, lo que resumiendo es la cosa que llegarîa despuês, lo que a su vez serîa
llegar mâs tarde. Y en fin, que de seguir por donde voy llegarîa ni yo mismo a saber
adônde, pûseme a observar cômo los presentes, y como pudieran hacerlo de acuerdo
a un porciento ritmâtico posible, movîan cualquier parte del cuerpo acicateada por la
musicalidad de la guitarra de Forligen, musicalidad que irrefutablemente no es para
bailar mas que por lo menos deja un incentivo.
Cristina, la que mejor se inclina cuando es propicia la ocasiôn, o hizo una escue-
la de baile o creciô en un barrio donde bailar era conditio sine qua non, y por quê dî-
golo? Por lo siguiente: por el movimiento de su cuerpo completo, no ya el de alguna
especîfica/concreta parte. Allende que uno cuasi perfecto con una pudiencia de sedu-
cciôn tremenda, de imantaciôn perniciosa, de atracciôn febril, motivo por el cual me
recordê de Corônide, la bailarina pelirroja de mi novelôn, aunque asimismo de Mêli,
la etera de Masalia, empero con la diferencia de que êsta bailaba en funciôn de una
ritualizaciôn. No era de extrañar que con este movimiento despertârase la curiosidad
de todos los [mâs convencidos de que lo que no entra por los ojos no entre por ningu-
na otra parte] mâsculos presentes, empero que la de Dasid notêla un poco mâs pene-
trante, lo que explica el porquê de que Matilde Ronco Espinoza pusiêrase celosa, es-
tado que trajo la consecuencia que halârale la oreja derecha. Pero a pesar de este ha-
lôn, Dasid dejô calaña de estoicismo, y como tal en vez de reaccionar austeramente
acentuô una sonrisa. Claramente que como Matilde nada sabe de estoicismo, y como
tal desconoce/ignora que esta no respuesta a un estîmulo trâtase de conformismo, lo
intrepretô/tomô como una mofa, mas en vez de intentar hacer otra cosa para inquie-
tar a su novio, hizo lo siguiente: agarrô a Cristina por su brazo derecho, y seguido a
sacudirla un poco, como un plumero lleno de polvo, dîjole estas palabras: es inacep-
table que usted se mueva de esa manera, que no tenga en cuenta que aquî hay hom-
bres con una relaciôn, por lo que pîdole no de favor, sino por el derecho que por mi
estatus tengo de reclamaciôn moral, que si desea moverse lo haga con mâs cuidado,
con menos erotismo. Cristina, entonces, mirôla de arriba a abajo, adoptô la posiciôn
en jarras y dîjole sin tapujo alguno: señora, si usted estâ celosa, o tiene psiquiâtrico
problema a mî no me interesa, asî que seguirê moviêndome como me dê la gana, y
suêlteme el brazo, si es que no quiere que la coja por el cuello con el otro brazo que
tengo libre de su mano.
La intervenciôn del general pareciôme sensata, pero no para exigir la disciplina
adecuada en la fiesta de su hija, sino mâs bien para evitar que las dos fêminas entra-
ran en una lucha cuerpo a cuerpo, o en una colisiôn corporal que pudiera dañarlas a
ambas, teniendo las de perder Matilde por no caracterizarse por ser una buena lucha-
dora. A continuaciôn de persuadirlas con una verba pimpante, verba que no le es aje-
na por utilizarla diariamente en la academia militar, lo que traduce que domînala en
un porciento elevado, lo que flagrante que con otras palabras porque aquî no trâtase
de un lugar donde descolla un reglamento, pîdele a ambas que se conozcan, que se
cuenten un poco de sus vidas, que se amisten en vez de ser enemigas. No muchitan-
to despuês de estas palabras, y sentadas una al lado de la otra, comenzô una conver-
sa entre ellas, y por supuesto sin que les faltara la menester botellita de vino, la que
abriô Dasid con un entusiasmo tremendo.
La razôn por la que Juliana hâyase ido de la fiesta la desconozco, y algo que pa-
sô cinco minutos despuês de empezar la conversa entre Matilde y Cristina. Segûn la
intuiciôn de Aspasia debiôse a un problemilla de incomprensiôn, que de facto Julia-
na no conoce lo suficientemente al general como para entender el porquê de su inter-
venciôn. Pero de yo irme un poco mâs lejos, no pudiera ser posible que en el futuro
entren en atingencia cupidosa Matilde y Cristina? No habrîa que olvidar que Matilde
Ronco Espinoza siente imantaciôn por los dos sexos, que pêgase a la piel tanto mas-
culina como femenina, que besa con ganas labios pintados y sin pintar, bisexualidad
que sale a relucir en el diario, razôn por la cual ella estâ sumamente interesada en ês-
te, que asimismo el general por la relaciôn secreta que tuvo por un tiempo su esposa
fenecida con Matilde. Indiscutiblemente que yo no conozco lo suficiente a Cristina,
mas como las cosas del mor tienen un aferente variable y poderoso nunca sâbese con
seguridad absoluta quiên puede quedar atrapado en la red de las manos. Si el/la que
dase postîn con tan sôlo quedar frente a una dadorîa erîzâse/tiembla, no de miedo si-
no mâs bien por saber lo que le espera, con esta red olvîdase de la revelancia que mu-
chitanto se da.
Keine Kommentare:
Kommentar veröffentlichen