Freitag, 10. Februar 2023

1100, 41.

(en la ciudad del ocio)       


       Seguido a que Dolfopân Colunnecio abandonara la taberna, Sarambo le

manda  a decir a Kîntlico de Kostâ lo siguiente: el jefe de la tribu germânica

te estâ buscando, asî que no salgas de la casa hasta que êl no se vaya de esta

ciudad. A raîz de escuchar lo anterior, y de pagarle unas drenarios al biberius

que ocupôse de transmitirle el recado, Kîntlico sûbito pregûntale a êste sî co-

nocîa un lugar seguro, empero Jancia, que oyô la pregunta, pregûntale sûbito

a Kîntlico:

---No acaba de oir usted que no salga de la casa?   

---Jancia, y acaso hay aquî un lugar donde pueda esconderme?

---Kîntlico, en el sôtano, donde cuesta un poco caminar por estar repleto de

tarecos y antiguallas que pertenecen a Sunev. 

---No sabîa que esta casa tenîa un sôtano, me entero ahora. 

---Usted no es alêrgico, no?

---No no, no lo soy. Por quê la pregunta?

---Por la cantidad de polvo que hay, aunque asimismo un poco de humedad.

---Ni con el polvo ni con la humedad tengo problemas. Y dônde estâ ese sô-

tano.

---Venga conmigo, que se lo muestro.

---De acuerdo, te sigo.

---Yo no tengo problemas, no?

---Cuâl es su nombre, señor?---pregunta el biberius.

---Tublides de Malamonta.

---No no, tal nombre no lo mencionô Dolfopân, que yo estaba un tanto cer-

ca de donde conversaron Sarambo y Dolfopân.

---De lo que sale que (entonces) yo sî puedo salir de la casa.

---Sî, Tublides, usted puede abrir la puerta y salir adonde le plazca. Y ahora

me retiro, que ya cumplî con dejar saber lo que me mandô a decir Sarambo.

---Gracias por el cumplimiento, gracias!!

---No desea usted tomarse algo que no tenga alcohol?---pregunta Jancia.

---No muchacha, no!!, pero gracias por la invitaciôn.

---De nada, de nada!!

---Adiôs!!, y que tengan bueno lo que resta del dîa.

---Igual para usted---dice Tublides de Malamonta.

---Tublides, sabe usted dônde estâ Jancia, que la he buscado por toda la ca-

sa y no la encuentro?---pregunta Prixeletes.

---Ya buscaste en el sôtano?

---No, ahî no.

---Pues si la busca ahî la encuentra, porque estâ con Kîntlico, el que debe y

esconderse.

---Esconderse, y por quê?

---Venga, siêntese que le explico.


       Simultâneamente, y en uno de los arrabales mâs perniciosos de Apragô-

polis por contar con una sûmula descollante de veteranos, la tribu germânica

entra en combate con un grupo de excombatientes armados hasta los dientes,

los que menos que luchar en busca de honor atacaban como una forma eficaz

de zanjar el aburrimiento. En media hora de enfrentamiento corrîô suficiente

sangre, y el grupo de excombatientes reducîase a diez de êstos, los que frente

a  los bructeros tuvieron necesariamente que levantar bandera blanca. Al ren-

dirse pasaron a la categorîa de reos, empero como solamente luchaban por y

cuestiones de tedio fueron despojados tanto de sus armas como de sus ropas,

de lo que sale que tuvieron que retornar a sus casas como vinieron al mundo.

A continuaciôn, y en lo que Dolfopân llevaba su caballo a beber un poco de

agua, lîquido que fluîa proveniente de una zona lacustre, un bructero se acer-

ca y dîcele a su jefe:

---Uno de los diez excombatientes desea hablar con usted lo mâs râpido po-

sible.

---Y de quê se trata?---pregunta Dolfopân bajândose del cuadrûpedo.

---Eso no lo sê, ya que sôlo me dijo que tratâbase de algo importante.

---Pues trâigamelo aquî inmediatamente.

---Con custodia o sin ella?

---Con ella.

---De acuerdo!!

 

        Cinco minutos despuês llega el excombatiente concomitado por cuatro

bructeros. Cubrîa su cuerpo con un gran manto prestado y tiritaba un poco,

pero menos que por la razôn de entrar en conversa con Dolfopân por la de y

tener frîo. Êste, y como jefe caracterizado por su ataraxia, mantuvo durante

unos minutos el estratêgico mutismo, aunque asimismo una mirada austera,

mêtodo visual que utilizaba en los momentos en que alguna presencia era y

desconocida, y el que facilitâbale un pausado examen de la criatura que sus

retinas veîan. El excombatiente entonces, y desesperado por saber el motivo

de ser mirado con una mirada severa, encuentra mejor buscarse alguna ame-

naza o advertencia de Dolfôpân que seguir soportando el mutismo y la drâs-

tica observaciôn, Y entonces, y atreviêndose a verbar, amplifica directamen-

te lo siguiente:

--A su padre, Pandolfo Colunnecio, lo matô la flecha del cazador de Bedria-

co, y la noche primera y ûltima de una cena en el palacio de Dido.

---Seguro cien por ciento lo que usted acaba (de)cir?----pregunta Dolfopân

acercândose al excombatiente.

---Un amigo mîo fue un integrante de la tribu germânica al mando de su pa-

dre; su propia boca me lo contô. Nunca se lo dijo su madre Florentina?

---Y cômo usted sabe que mi madre es ella?

---Aquî en la ciudad del ocio todo se sabe temprano o tarde, ya que los vien-

tos portan revelaciones.

---Usted estâ consciente de la consecuencia que va a tener lo que me acaba

de revelar?

---Quiên no pudiera saber que usted harâ venganza?

---Y por quê usted me ha contado eso, de quiên se quiere vengar?

---No se trata de venganza sino de recompensa, que mi pensiôn como excom-

batiente es muy mala.

---Si se trata de recompensa le digo una cosa: yo primero debo comprobar si

es del todo verdad lo que me dijo, y despuês el pago correspondiente.

---Verdad que usted y su tribu aparecerân por Bedriaco, que cuenta con una

sûmula de soldados bâtaros superior a la de los bructeros?

---Eso dêjemelo a mî, que no le incumbe a usted. 

---Y quê va a pasar conmigo?

---Que usted vendrâ conmigo a Bedriaco, que si es falso lo que me ha conta-

do puede estar seguro que perderâ su testa.

---Seguro estoy de que no la perderê, porque no es mentira.

---Eso ya lo veremos---dice Dolfopân y seguido le da el edicto a los bructeros

de que se lleven al excombatiente, que lo vistan y que prepârense para partir a

Bedriaco.










































 
































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