Montag, 27. Februar 2023

1106, 46.

          A raîz de comenzar a trabajar con la lista donde quedarîan la selecciôn

de las materias que darîanse en los cursos, Kosmos encuentra los ônomas de

cinco tribus con las que los bructeros formaron parte de una alianza: querus-

cos, marsos, catos, sicambrios y caucos. Tales nombres los habîa subrayado

allende  de ponerles entrecomillas, lo que traduce que algo de relevancia pa-

ra êl tenîan aun sin ser citas literarias. Argos, que estaba a su lado, razôn por

la cual podîa ver los nombres fâcilmente, transportôse al pasado y recordôse

de Arminio, el que no sôlo derrotô al general Publio Quintilio Varo sino que

tambiên aniquilô las tres legiones de êste en el combate del bosque Teotobur-

go. 

----Câspita, Argos!!, que parêceme muy notable su interês o curiosidad.

----Kosmos quê, y tu interês cuâl es por las cinco tribus germânicas?

----Yo soy de repasos o estudios continuos, de penetrar con la vista donde

quiera que haya materia coralina, dadora de lo difîcil que es acicateante.

----Ah, Argos, entonces no sôlo existe la tribu de los bructeros?----pregunta

Temîganes de Alejandrîa.

---Se ha hablado hasta el momento sôlo de ella, si acaso por ser la mâs cono-

cida o tal vez por ser la mâs popular aquî en Bedriaco.

----Y quê nos dice usted, Argos, en lo referente a cuâl es una y cuâl es otra,

o cômo se pueden identificar?---pregunta Asonis.

----Eso tiene que ver con el lugar donde estân ubicadas. Por ejemplo, y en y

los tiempos de Atabân, la de los bructeros entre el rîo Lippe y Ems, al sur del

bosque teutônico.

----No les parece que si abrimos esta perîstasis seguiremos postergando lo y

que de momento debemos hacer?---pregunta el didâscalos filosôfico.

----Totalmente de acuerdo con su pregunta, didâscalos---dice el tîo de Kos-

mos.

---Pues pongâmosnos en funciôn de la lista. Age en plural!!---afirma Kosmos.


       Mas como la presencia de Argos en la Kosmona era solamente por cues-

tionese de entretenimiento, para eludir el tedio que pudiera padecer mientras

cumplîa a cabalidad con la sanciôn, pônese a pensar en los tiempos en que êl

comenzô  con la carrera militar. Eran los tiempos en Bedriaco en que su ma-

jestad Vologeso ocupaba el curul, y como tal la disciplina era sumanente aus-

tera, aunque no menos severa la "multa de los mil", una penalizaciôn que po-

dîa pagarse por cuotas, mas que por tal posibilidad agregâbasele un porciento

de interês. La multa mantuvo su vigencia cuasi todo el periodo de reinado de

Vologeso sin cambio alguno, razôn por la cual muchitantos ciudadanos tuvie-

ron que irse a otras ciudades a trabajar, porque por la mînima cosa que hicie-

cen y fuese valorada por las autoridades pertinentes como salida de un com-

portamiento  acorde a  una moralidad general, la multa no dilacionaba en ser

puesta y a la que seguîa un formulario con mâs preguntas que un interrogato-

rio socrâtico, mêtodo mayêutico con sus trampas bien pensadas. Habrîa que

ver que uno de los ciudadanos que largôse de Bedriaco sin pensarlo demasia-

do fue un compinche de Argos, y el que no parô de cabalgar hasta llegar a la

ciudad de Ferencia, lo que traduce que la cantidad de Kilômetros es mâs que

considerable. Con el tiempo logrô ingresar en las huestes de Cotisôn Alanda

Coto, el rey de Ferencia, y como explorator. Un dîa, y en funciôn de cumplir

con lo que tenîa que hacer, percâtase del acampamiento de los bructeros cer-

ca del estuario del rîo Lippe. Êstos formaban un cîrculo y escuchaban hablar

a su jefe Atabân. Seguido al paso de diez minutos extrâñase al observar que

los bructeros dirimen la formaciôn y desaparecen ipso facto. Sobre el pucho

entonces Argos busca un lugar donde esconderse, y que a su vez lo protegie-

ra de una lluvia de flechas, mêtodo eficaz utilizado por los bructeros y antes

de salir a combatir frente a frente con el enemigo, o jeta con jeta con un ban-

do contrario. Al divisar un sitio que servirîale para su objetivo, amên que ro-

deado de rocas, arrumba sus pasos hacia êl muy que cuidadosamente, por-

que los ôculos de los bructeros eran como de âguilas. Pero deplorablemete 

sucede una cosa: estando ya muy cerca del susodicho sitio, una lluvia de fle-

chas cayôle encima.


  







  










 




 








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