(tres dîas despuês)
Dos remos en manos, aunque la direcciôn imprecisa, movîan al bo-
te que le alquilô el cazador a Angelicus, empero despuês de suplicarle a ês-
te que lo perdonara, aunque tambiên de prometerle que esta vez devolverîa-
le la embarcaciôn en el tiempo fijado; siete horas. Mas por quê esta sûmula
de horas y no menos o mâs? La correspondiente dilucidaciôn serîa, aunque
Angelicus no sûpola, que seguido a los cuatrocientos veinte minutos îrîase
Dolfopân Colunnecio de Bedriaco con Jancia y con la nueva formaciôn de
la tribu germânica. En realidad tanto êsta como Jancia no eran el motivo de
la decisiôn tomada por el cazador de pasar estos minutos encima de la em-
barcaciôn en Albula, sino mâs bien Dolfopân, con quien tuvo una imagina-
ria visiôn de que venîale encima y clavâbale en el pecho la espada dadiva-
da por Dido recientemente en el âgape. Pero ora entonces viene la segunda
pregunta: quê acarreô la visiôn imaginaria? Nada mâs y nada menos que y
los agaricus bisporus, pero no los que êl consumîa desde hacîa ya algo de
tiempo (ocho años); los de su preferencia por ser ricos en proteina, sino y
que otros engendrantes de alucinaciôn y comprados a un vendedor ambu-
lante al por mayor y a un precio môdico, mas que por ser iguales notar la
diferencia resultaba cuasi imposible para los ôculos. Tendrîase que ver o
tener en cuenta, ya que cualquiera al pensarlo tal vez acertarîa al dar con
la misma conclusiôn, que una visiôn imaginaria es tan sôlo eso, y asî pasa-
rîa sin dejar pernicio alguno, periclitamiento mortal, mas como el cazador
fue asimismo taumaturgo visiones como êstas mâs de una vez las tuvo du-
rante un periodo que apellîdase crîptico a pesar de no ser producidas por y
ningûn alucinôgeno, mas que aun asî con ellas estaba familiarizado: el en-
tramado del hombre cuenta con ciertas y determinadas reacciones que pro-
cesa la conciencia de forma muy particular, si no que ôntica.
Pero aun siendo la direcciôn imprecisa la nemôsine guarda la imago
de una sûmula de hechos (si no que de todos aunque tal vez para recordar-
dar algunos hiciera falta un esfuerzo mayor debido al momento que tuvie-
ron lugar) que enriquecieron la experiencia propia, o que sirvieron como y
una forma prâctica de aprendizaje de una mathesis concreta, la que de fac-
to en cuestiones de hechos pudiera presentar el mismo mas que de tal gui-
sa no en el mismo lugar. Y entonces el hecho del hundimiento de la barca
de Hagapajitas de Falogracia, el difunto barquero de Apragôpolis, de y la
ciudad del ocio, es recordado por el cazador en el instante preciso en que
êste divisa desde el bote el lugar del acontecimiento, y el acaecido deplo-
rablemente por su culpa mas sin que hubiese sido su intenciôn, que mâs
bien pasô por accidente y no por predeterminaciôn, por un câlculo del co-
gitations anticipadamente. A lo anterior ûnese la tragedia, o lo trâgico in-
deleble: el sucumbimiento de dos vidas mâs, la de Circe y la de Mêli, la
etera de Masalia. Mas si algo eludiôle el crecimiento al cien por ciento y
de un estado taciturno a raîz del recordamiento fue lo siguiente: que Kos-
mithôs, que asimismo estaba ese dîa en la barca, pudo salvar su vida, sa-
lir de la barca antes del hundimiento de êsta, lo que en realidad debe eter-
namente agradecer a la presencia acopas en la barca de Xabier, el grume-
te redomado y de Corônide, la bailarina pelirroja, y por el motivo de que
a êsta la corriente de Albula llevôle su esponja rosada, la que pudo recu-
perar Xabier al chocar con la madera de la barca susodicha y despuês de
haber nadado como nunca, y con mâs velocidad que Corônide, quien lo
seguîa a retaguardia sôlo con movimiento de brazos.
Con esta reminiscencia no tuvo en cuenta el cazador una cosa: la y
exploraciôn del camino por cuatro bructeros previo a la salida de Bedria-
co de la nueva formaciôn de la tribu germânica, la que era garante de la
seguridad menester y de la tranquilidad tempestiva con las que los inte-
grantes de aquêlla pueden cabalgar con cierta y determinada soltura; de
hacerse por ambos lados de Albula mâs dêbese a una improvisaciôn de
Dolfopân Colunnecio que a una forma concreta de estrategia militar; de
repeticiôn, si no, de consuno a basamentos establecidos en un reglamen-
to austero con los que los integrantes no estarîan en desacuerdo, en opo-
siciôn relativa dado a la sanciôn o el castigo que pudiera conducir un ac-
to de rebeldîa o de insubordinaciôn ante la autoridad correspondiente, in
casu el jefe, Dolfopân. Por lo que viênese diciendo [quedarîa ostensible
que] no era de extrañar que los cuatro bructeros hayan visto (sin ser vis-
tos) al cazador conduciendo el bote, encima de la embarcaciôn mâs del
todo ajenos al porquê de lo anterior, a la razôn o el motivo de que un ca-
zador, que no es un pescador, ocupara su tiempo en darle movimiento a
los remos, cuando en realidad donde deberîa estar era en el bosque esti-
rando cuerda y lanzando flechas a la bestia que caza su indefectible sus-
tento o a la que por desafîo plântase delante del que la va a cazar.
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