Montag, 29. Mai 2023

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        Habrîa que ver que dos ônomas iguales pueden engendrar confusiôn

al ser la ignorancia posible, algo que de facto sucediô y de la manera que

sigue. Terminada la segunda ronda de copas Antîmaco levanta el brazo y

para  que el  copero  viniera con cuatro copas mâs. Durante la espera para 

dar inicio a la tercera ronda, un personaje  totalmente desconocido acêrca-

se  al cazador empero con algo de sorna, o sea, como si redujera con fingi-

miento  la distancia que separa dos puntos. Dejândole saber en voz baja a 

êste que su intenciôn no era la de molestarlo, sacarlo del placer en que es-

taba, sino que la de barruntarle sobre algo por lo cual dejô de esperarlo la 

tribu  germânica en la orilla de Albula, cumple con un senecto mêtodo de

atracciôn sobre todo muy utilizado en el mundillo de la retôrica con el ob-

tivo o  de despertar el  interês o de que si no la curiosidad, a pesar de que 

tanto aquêl como êsta son la base habitual de la que pârtese para llegar a

tener o alcanzar un conocimiento o sobre algo o sobre muchitantas cosas

juntas.

----Y de cuâl barrunte se trata, de cuâl?---pregunta el cazador.

----Hay algûn problema, cazador, que con los tres metros que mido saca-

rîa de un sôlo golpetazo de circulaciôn a este señor?

----No, Antimaco, problema no hay ninguno. Gracias por su defensa.

----Señor, yo vengo pacîficamente a comunicarle algo al cazador, sôlo a

lo que usted acaba de escuchar.

----Sî es sôlo a eso discûlpeme usted por lo que dije---dice Antîmaco de

Ocamitan.

----Disculpado estâ!!

----Entonces, cuâl es el barrunte?---pregunta el cazador.

----Primero debo decirle, cazador, que yo soy un integrante de la tribu ger-

mânica, mas que me quedo en Bedriaco hasta que Dido me entregue el pe-

culio que le prometiô a Dolfopân en una conversaciôn privada...

----Peculio dice usted? Y cuâl es la razôn de eso?

----La ignoro totalmente. Yo sôlo tengo la misiôn de llevârselo a Dolfopân,

----Y entonces, quê es lo segundo?

----Que Dolfopân supo su nombre, por lo que dio el edicto a la tribu de no

hacerle nada a usted.

----Su nombre, cazador, y cuâl es, que hasta ahora no lo sê?

----Quinto Mucio Escêvola, Antîmaco.

----Mi respeto para usted, Quinto, que es un honor conocerlo.


       Y tan râpido como pudo pêgase Evandro de Atella a Antîmaco y dîce-

le al oîdo:

----Ha creîdo Dolfopân que se trata del ônoma del cônsul romano.

----Se puede saber quê usted acaba de comunicarle a su amigo en el oîdo?

----No señor!!  No se puede saber porque es algo entre amigos---responde

Evandro de Atella.

----Y cômo supo Dolfopân mi nombre, que de facto no lo saben muchos?

----Sôlo sê que lo supo mas no por quiên.

----Es un nombre importante, con grandeza y resonancia---dice Antîmaco.

----Gracias, Antîmaco, gracias!!---afirma el cazador a la vez que guîñale y

un ojo a Antîmaco.


      Y entonces llega el copero no con cuatro, sino con cinco copas y sin di-

laciôn dice:

----Traje una copa mâs por ver a este señor. Señor, la primera para usted va

por la casa; ya la segunda, si es que la desea, va por su bolsillo.

----Gracias, copero, gracias!!

----Hacemos un brindis?---pregunta Evandro de Atella.

----Sî!! Y por Quinto Mucio Escêvola!!---afirma Antîmaco de Ocamitan.


          Y en lo que hacîan el brindis, el copero regresa a la barra despuês de

salir incôlume de la marea de codazos y de pisotones que tuvo que vencer

con una concentraciôn infalible de la mirada, y la que de facto habîa tantî-

simamente crecido por la sûmula de asiduos al local que llegaron en lo que

êl estaba ocupado con la entrega del ûltimo pedido de copas hecho por An-

tîmaco de Ocamitan. Pero si de algo extrâñase al posicionarse a la zaga de

la barra con el objetivo de satisfacecer las ganas de ingerir alcohol es de y

la  presencia de dos soldados de la guardia bâtara que mirânlo como si hu-

biese  cometido un delito, o que si no por haber transgredido la ley al ven-

der algûn tipo de afrodisîaco, de bebida exôtica que trae como consecuen-

cia un efecto pernicioso, y, como tal, vedada estaba por el reglamento aus-

tero y arcaico de su majestad Dido. Decidido entonces a formular la perti-

nente pregunta para saber el porquê de la fijaciôn de las retinas de los sol

dados, de la fijeza de êstas en êl que empezaba a molestar, cruza parsimô-

nicamente sus brazos, êchase un poco hacia atrâs y entonces dice:

----A quê dêbese concretamente que ustedes me miren como me estân mi-

rando, que yo ni he hecho nada malo y sôlo vendo las bebidas que permite

mi licencia?

-----Señor copero, nosotros no estamos aquî por usted, porque haya infrin-

gido la ley establecida por Dido en lo atienente a la venta y consumo y del

alcohol, sino mâs bien por otra cosa---clara uno de los soldados.

----Ah, y se puede saber por cuâl.

----Para saber si ha visto usted a una criatura forânea entre las presentes y

ahora mismo en esta taberna.

----Tal criatura que buscan estâ precisamente allî, en aquel sucucho donde

estâ Antîmaco, el cazador, Evandro y Konfuza---dice el copero señalando

y que a su vez pregunta: y por quê ustedes la buscan?

----Eso no es de su incumbencia. Es solamente un edicto de su majestad y

que debemos cumplir lo mâs râpido posible. Gracias por darnos la exacta

ubicaciôn de la criatura que buscamos, gracias!!

----De nada, soldados, de nada!! Si desean una primera copa va por la ca-

sa.

----Deplorablemente no la podemos aceptar porque, como usted ve y asi-

mismo escuchô, estamos de servicio. En otro momento serâ, y esperamos

que mantenga usted eso de que va por la casa la copa primera.

----La primera copa siempre va por la casa, algo incambiable; la segunda,

ya va por sus bolsillos.

----De acuerdo, no hay problema. Y ahora le tenemos que dejar, Adiôs!!

----Adiôs a los dos!!


         A continuaciôn se ven los soldados en la obligaciôn de avanzar hacia

el fondo de la taberna repitiendo esta advertencia cuasi gritando: si no se y

quitan de en medio pueden recibir un empujôn, amenaza que llegô hasta y

los oîdos del bructero, y razôn por la cual dîcele al cazador:

----No sê por quê me parece que los soldados me vienen a buscar.

----Pero no para arrestarlo, lo que es un alivio, no?

----Asî es, cazador, no para eso: quê alivio!!

----Bueno , es que seguro la reina ya tiene listo el peculio que usted espera.

----No puede ser por otra cosa la presencia aquî de esos dos soldados.

----Y usted estâ seguro que por el que vienen es por usted?---fisga Konfuza.

----Sî, señora, sî!! Quê, quiere usted hacer una apuesta?

----Pero sin olvidar que, si la hace, quien paga soy yo---dice Antîmaco.

----Apuesta, yo? Quê va!! Ni en mis mejores momentos de ganancia jamâs

hice una apuesta---deja saber Konfuza.

----Tus mejores momentos de [....] y cuândo fueron êstos?---pregunta Antî-

maco de Ocamitan.

----Cuando concubina fui.

----Quê, le pagaban por serlo?---pregunta el bructero.

----Claro que sî!! 

----Pero konfuza estâ hablando de ya olvidados tiempos, porque actualmen-

te no se paga nada por ser concubina---dice el cazador.

----Como cambian los tiempos Konfuza quê te parece, quê te parece Konfu-

za como cambian los tiempos---dice Antîmaco de Ocamitan.

----Lo ûnico que te falta es ponerle ritmo con el crôtalo---dice Konfuza.

----Señor, lamentamos sacarlo del disfrute, pero necesariamente debe acom-

pañarnos por edicto de la reina---dice uno de los soldados bâtaros.

----Ya estaba cuasi listo para partir desde que los vi venir---dice el bructero

que a su vez dîcele a Konfuza: ve, señora, que estaba seguro de que al que

venîan a buscar era a mî.

----Asî es, estaba seguro.

----Bueno, nos vamos?---pregunta el mismo soldado bâtaro.

----Sî, vâmonos!! Y adiôs a los cuatro, tal vez en otro momento, algûn dîa

aquî nos volvemos a encontrar.

----Buena suerte y hasta entonces---dice el cazador.









































  


















 















 


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