Y caminando por la sombra que dejaban los cipreses pâsale por la testa
a Kosmos la denominaciôn de las ideas iniciales para escribir "El bullicio en
el silencio" : las luminantes apolîneas en preludio cupular. A su vez recuerda
la leyenda de Cyparissus, el joven que concomîtâbalo un domesticado ciervo
y al que Febo con su arco de muerte golpeô. Al reflexionar brevemente sobre
el porquê de que fuese precisamente ora, en esta eternidad que pasârale la de-
nominaciôn y de recordar la leyenda, llega a la conclusiôn de que por su ver-
ticalidad los cipreses apuntan hacia arriba como si con sus puntas pincharan
el atiborrado tien y de êste cayera lo engendrante de la posibilidad de mante-
ner cercano a la deidad dêlfica, y con êsta la atingencia con el omphalos del
mundo, ombligo en que confluyen dos rapaces aves y da resoluciôn pertinen-
te un orâculo a preguntas de cualquier jaez. Asimismo no descartô que estu-
viêrase pastichando el ônoma de algo con la incunnabula etimolôgica de la
palabra ciprês, lo que serîa no ignorar, rechazar o eliminar un otro subraya-
do motivo por el cual aparece lo atrayente de atenciôn, lo que de facto es y
sustento para el continuar del lûdico hasta fuera de la Kosmona.
No es, clarito estâ, un lûdico para Kôs, mas que en êste participa es algo
que ni êl mismo sabe; participa mâs por creatividad de alguien que por que-
rer per se participar. Aparte que dos espejismos triunfales rara vez eyêctan-
se, mas que asî apellidados mâs por la manera inmensa en que duplican una
imago que por alguna conquista, estrictamente restringidas suelen ser de tal
guisa dos formas parecidas de engrandecer una historia a partir de la inmo-
vilidad, del quietismo señero tenido en un espacio determinado, de la volun-
tad longeva de cumular oraciones como si êstas fuesen apreciados diaman-
tes.
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