Montag, 30. Oktober 2023

El mundo despuês de los mundos (4)

        Una hora despuês fue que pudimos salir de mi apartamento, mas no

por culpa de Cratino o mîa sino de Aspasia, ya que al meterse en el baño

para  bestirse tuvimos que  esperarla, ya que nosotros tan mirîficos caba-

lleros no podîamos cometer el delito êtico de irnos delante y de dejarla a

ella detrâs, allende que por otra razôn lo que por ethos sucede es lo con-

trario: las damas primero; los caballeros, despuês. Al oscurecer tempra-

no  por ser Noviembre el mes en curso, la jerga colectiva no descollaba

mucho  en la calle, y menos aûn la risita acarreada por la sofocaciôn ale-

grona de los pedales de bicicleta, amên que de ser nula la posibilidad de

encontrar un fanâtico llevando puesta una camiseta con la numeral diez,

lo que significa la mantenciôn de la ataraxia mîa por no tener que poner-

me a pensar en un deporte que no gûstame. A pesar de la poca luz Aspa-

sia divisa al zapatero Cliôn sentado en uno de los peldaños de la escale-

ra de la entrada de su casa, razôn por la cual pregûntase:

-----Y no me habîa dicho el zapatero Cliôn que no se sentîa bien? 

      Y seguido pregûntame a mî:

----- Kosmos, podemos desviarnos por un momento? 

-----Por uno, por dos o por tres no importa, porque los que nos quedan y 

nadie nos los quita son nocturnos y, si acaso, inesperados momentos.

        Y en este momento del desvîo pasôme por mi testa esta intempesti-

va pregunta: Y habrân fuegos artificiales despuês del discurso en la bema 

del presidente? Empero de que fuese una pregunta fuera de lugar no quie-

re decir, no traduce que desdeñase mi curiosidad, que despreciara ese de-

seo de saber algo poniendo mis retinas en funciôn de una pesquisa con la

cual mis ôculos quedarîan satisfechos, que lo que no penetra por êstos no

penetra por otra parte. Sigue la cosa con mi mirar hacia todas partes espe-

cîfica y concretamente con el telos de encontrar una tribuna elevada, mas

de  êsta nada, ni tan siquiera un listôn de madera sobre andamios. Pero sî

que di visualmente con un lobo que lo ûnico que interesâbale era llegar

a la escultura de le Penseur, del înclito Rodin, de donde salîa un incesan-

te chorro de agua. Poniêndome en funciôn de hallar la posible atingencia

entre aquêl y êsta no pasê por alto la relaciôn existente entre un vate y un

salvaje cânido: êste es amante de la luna llena, y êsta, a su vez, es honta-

nar de inspiraciôn para un poeta. Que no olvîdese que la escultura recibiô

originalmente el siguiente ônoma: el poeta. Y agrego: el artîfice de la es-

cultura concibiô esta obra para ornamentar el tîmpano del conjunto escul-

tôrico La puerta del Infierno. Alighieri, salûdote cortesmente: Hygiaeie!

Como esto ûltimo dîjelo en voz alta, pregûntame Cratino:

---Quiên debe conservarse en buena salud?

---Dante, Cratino, Dante!!---le respondî señalando la escultura.

         La respuesta como que diole pâbulo de hacerme otra pregunta: 

---Kosmos, y quê tiene que ver Dante con la escultura?

       Pero como al verme el zapatero Cliôn pregûntame: Quê, Kosmos, aûn

sigues creyendo que el fuego de alquitrân puede tener tanta eficacia como

la  ejecuciôn de Fidias en la extirpaciôn de la langosta?, la respuesta que a

Cratino deberîa darle quedô de momento negada, y por la razôn de que es-

te decir (antiguo) convertido en interrogativa êrame mâs atrayente.

----Y usted no me dijo que no sentîase bien, y que por lo mismo hoy cerra- 

ba su zapaterîa?---interrumpe Aspasia.

----Me sentîa, Aspasia, me sentîa, lo que ya es pasado---responde Cleôn y

agrega: al jugar a los cottakos no me saliô un cinco sino un seis.

----Y cuâl juego es êse?

----Uno de dados.

----No entiendo quê tiene que ver un juego de dados con la salud. 

----No te puedo explicarte lo que sî Fortuna.

----No pregunto mâs nada, asî que, Kosmos, puedes responder la pregunta

que te hizo Cliôn.

        Yo dîjele que en realidad no era menester respuesta alguna, ya que lo

preguntado por Cliôn era tan sôlo un decir inveterado. Mas sî preguntêle a

êste si podîa pasar mañana por la zapaterîa para pegar la suela de un zapa-

to, algo que hoy no pudo ser por el cierre de la zapaterîa.

---Claro que sî, Kosmos, cômo no?, que tû nada tienes que ver con Aristeo

derrotado por el hoplita del cuarto regimiento.

      Usted discûlpeme, Clîôn, mas yo como un guerrero con sûmula de vic-

torias tengo que reîrme. Y entonces dîceme êl:

----Terminada tu risa, que tû no cambias ni aun perdurando el cambio, me

dices cômo estâ mi compinche, tu tîo.

----Señor, usted habla como alguien con sumo conocimiento.

       Dejo saberle a Cliôn que Cratino es el ônoma del que acaba de valorar

una cosa determinada: el hablar.

----Mira, Cretino, que soy muy apreciado por todo el que entra en conversa

conmigo.

----Señor, Cretino no sino Cratino.

----Disculpa, Cratino, no fue mi intenciôn ofenderte, solamente ha sido un 

de cambio vocal. Te debo tres ôbolos de cobre, que ganârtelos es mâs difî-

cil.

----Usted no me debe nada, que ya me dio la disculpa, la que tiene valor.

----Muy bien, Cratino, le das forma a las palabras.

        Como tiro de flecha vînome Pericles, y entonces uno de sus legados

expresivos y que dije en voz alta: es mucho mâs fâcil dar forma a las pala-

bras que a las lâgrimas, por lo que dijo Cliôn:

----Ya sê, Kosmos, que tû sî que sabes algo.

---Câspita!! Entonces por no tener ignorancia no llêvole ventajas a los y

que no saben nada. 

----Muy tuyo, Kosmos: el viraje de todo, la transformaciôn inmediata, el

cambio de las formas.

----Cliôn, no desea venir usted con nosotros a la catedral barroca?

----Aspasia, que ya me sienta bien no quiere decir que salga a caminar.

----Estâ bien, Cliôn, puedo entenderlo.

----Disfruten su paseo. Y kosmos, te espero mañana en la zapaterîa.

----Allî estarê, Cliôn, mas sin portar el alto casco de bronce.

----Vaya, quê poco orgullo el de un ciudadano.

----Nos vamos?---pregunta Aspasia.

        Con esta pregunta nos despedimos del zapatero Cliôn y nos fuimos.

En lo que caminâbamos fui elaborando la respuesta que darîale a Cratino

a la pregunta que hîzome: quê tiene ver Dante con la escultura?, mas co-

mo notê que sus retinas estaban en funciôn de contemplar de arriba a aba-

jo a Aspasia, no creî que fuese el momento de dârsela una vez preparada.


























 



 



























  

Freitag, 27. Oktober 2023

El mundo despuês de los mundos (3)

        En mi apartamento los libros estân por doquier, y para sacar a puesto,

a colocaciôn una locuciôn adverbial estân dondequiera; son tantos que pa-

ra  dejarlos exentos del polvo en un sôlo dîa es cuasi imposible, razôn por

la  cual aûn no he pensado en las veinte y cuatro horas necesarias para ha-

cer  un trabajo de limpieza con un plumero elêctrico, y con êste con el fin

de eludir el cansancio de la mano laboriosa. La parte de esta cantidad que

descolla en el baño fue la causante de que Aspasia preguntârame si podîa

quitarla de enfrente de la ducha, ya que al bloquear el paso resultâbale di-

fîcil entrar en êsta. Y entonces sin dilaciôn le respondî: te doy mi beneplâ-

cito, te lo doy. Media hora estuvo Aspasia mojândose, por lo que ocurriô-

seme  mientras tanto lo siguiente: voy a tener que usar el plumero elêctri-

co para quitarle a la ducha los pelos caîdos de su guedeja. Al salir del ba-

ño olîa como la esposa de Pericles en las ceremonias mâs înclitas, empe-

ro con la diferencia de que al no tener puesto un chitôn, sino una transpa-

rente bata, el olor no permaneciô mucho tiempo con su seductivo mayes-

tâtico vigor.

----Kosmos, volvî a poner la suma de libros donde estaba. Y gracias por

dejarme bañarme con tu ducha.

----De nada, Aspasia, de nada. Y dime, quê deseas tomar antes de empe-

zar a leer "La cazuela de Vitelio"?

----Cafê si tienes, si no tê.

----Age a mî mismo. Al avîo!! Preparo la cafetera.

         Non plus ultra de siete minutos voy de la cocina a la sala con una

bandeja  de aluminio que  soportaba el peso de la cafetera, de dos tazas, 

de un pomito de azûcar y de dos cucharitas. Aspasia esperâbame senta-

da  en el sofâ con las  piernas cruzadas. Por su cuello descendîan parsi-

mônicamente unas gotas de agua provenientes de su guadeja aûn no se-

ca del todo, las  que al mojar la tela de su bata transparente dejaban (de 

tal guisa) en mis ôculos el incentivo menester para la formaciôn de una

imago que pasarîa por lo fabril del magîn para terminar arropada por la

verba adusta.

---Kosmos, me sirves el cafê y dejas de mirarme lo que me estâs miran-

do?

         A raîz del primer sorbo, y con el debido cuidado de no quemarse

los labios, Aspasia quêdase mirando, a travês de la ventana, el edîculo

construido encima de un Karakorum.

---Kosmos, y por quê ese edificio pequeño sobre ese macizo montaño-

so?

---Aspasia, yo no soy alarife, pero sabes quiên vive ahî?

---De no ser tu alarife yo toco el chelo y no soy adivina.

---Cratino, un compinche mîo del preuniversitario, con el que hoy des-

puês de treinta años me encontrê y me llamarâ mâs tarde.

---Treinta años sî que son algo. Y êl tambiên es escritor?

---Es mâs bien un gran lector.

---Cômo no ser tu compinche, no? Y quê, dônde estâ tu novela?

---En mi estudio y protegida por cajas de zapato. 

---Quê, debo ir a tu estudio?

---No!! Quêdate cômoda, que traîgo la novela y te la pongo encima de

tus piernas cruzadas.

---Y si yo te dijera que quiero ver tu estudio.

---Pues entonces descruza las piernas y ven conmigo.

            Acopas el estrêpito de unos cañonazos en la academia militar, y

construida  asimismo encima del  Karakorum mas a la zaga del edîculo

donde vive Cratino, fue la causa de que acabârase el mutismo que hasta

el momento habîa, mas asimismo de que Aspasia fuertemente abrazâra-

me, calaña de que al sentir miedo êrale menester la protecciôn tempesti-

va. Yo dêjele saber que los cañonazos pudieran deberse a dos cosas: o a

prâcticas  militares de artillerîa o a la celebraciôn de la fiesta que apellî-

dase nacional.

---Te agradezco tu intenciôn de calmarme, de darme tranquilidad, Kos-

mos, pero contra lo que me asusta el remedio no es que me dejen saber

algo.

         A continuaciôn dîgole que de no escindirse de mî no podîa llevar

las  cinco cajas de zapato al sofâ, a no ser que por quererlo deseara por

mâs tiempo mantenerse pegada a mi cuerpo como un molusco terrestre,

algo que yo entenderîa sobre el pucho y como tal quedarîame inmôvil,

o  sin hacer algûn movimiento que revelara mi fruiciôn. Empero como

acabôse el estrêpito separôse de mi entramado humano, regresô al sofâ

y volviô a cruzar las piernas.

         Una hora despuês Aspasia ya habîa leîdo las dos primeras partes

de la novela, allende del resumen detallado y bien elaborado que hizo

de êstas. Dentro de este resumen celebra la fiesta de la verba y lo pim-

pante de su proyecciôn; el cômo salta y ludica apoyada por las diferen-

tes voces que mantiênenla activa, en la escena, es el escenario que con

soltura desarrôllase. Yo la escuchaba con oîdos muy abiertos, como en

Siracusa  Dionisio a la verba de los  prisioneros, lo que nada tiene que

ver o lo que no traduce que Aspasia por cuestiones de mi magîn efîme-

ramente  estuviese encerrada en una cuadratura destinada a la estancia

o la permanencia de los reos. Y si algo dirime la susodicha escucha no

es otra cosa que el sonar del timbre de la puerta, lo que claramente jus-

tifica, sin duda para nadie como tampoco sospecha, que hâyame levan-

tado  sûbito del sofâ para seguido arrumbar mis pasos hacia la cerrada

puerta.

       El semblante pâlido de Cratino despertô raudo mi interês de saber

quê pâsabale, o quê pasarîale de haber pensado o imaginado algo desa-

gradable, negativo o no gayo, Y entonces pregûntole:

---Y a quê dêbese la palidez de tu jeta?

---Al temblor de mi edîculo por el disparo de los cañones; pensê que se

caîa. Ademâs, te llamê y no cogiste el telêfono.

----Cômo que me llamaste, cuândo?

----Cuando sonaban los cañones.

----Habrâ sido por el estrêpito que no escuchê tu llamada, y por lo mis-

mo que Aspasia sintiô algo de miedo, lo trayente de la consecuencia de

que abrazârame por un rato.

----Vaya suerte la tuya!!Aspasia? Quiên es êsa?

----Ven que presêntotela, sîgueme que ella estâ en el sofâ.

          Despuês de la presentaciôn, del beso regalado y de que los ôcu-

los de Cratino contemplaran con fijeza la bata transparente de Aspasia,

êsta  quêdaseme mirando  con cierta extrañeza, y seguido pregûntale a

êl quitândose de encima de sus piernas cruzadas la segunda parte de la

novela:

---Quê, no tienes esposa, novia o querida?

---Hace siete años que no tengo novia, que las curvas de una fêmina no 

llegan a mis manos.

---Siete años? Y por quê tanto tiempo?

---No  tengo ganas de  hablar de eso, de clarar el motivo, la causa, la ra-

zôn o el porquê?

          Y entonces cômo no interrumpirîa yo la conversaciôn a raîz de la 

escucha de la numeral siete, mas como Cratino no estâ ajeno al saber de 

que tal numeral es la preferida mîa, la dejante de una resonancia tremen-

da, dirige su mirada a mî y dîceme:

----Ya sê que el nûmero que le sigue al seis es para ti rey, el que impera.

----De eso cuenta me di, por lo que no es improvisaciôn de que el cama-

rote del navîo tenga ese nûmero------dice Aspasia que agrega: aparte de

ser un nûmero que varias veces es utilizado.

----Y cuântas partes has leîdo de la novela, Aspasia?

----Las dos primeras. Y tû, Cratino?

----Leî las cinco partes pero someramente, y Albula me recordô el rîo

que pasa por el bosque de los liberales, y que puêdese ver desde la aca-

demia militar erigida detrâs de mi edîculo.

----El bosque de los liberales?

----Aspasia, se llama asî porque todos los que penetran en êl son aman-

tes de la naturaleza, cazan desnudos y se bañan en el rîo. Ustedes oye-

ron los cañonazos, no? Pues bien, a este rîo llegaban los proyectiles de

los cañones.

----No significa eso su posible destrucciôn?

----Eso no lo sê, Aspasia.

----Kosmos, tû no me dijiste que...

              Apoderândome de la verba vuêlvole a repetir a Aspasia que los

cañonazos o eran debido a prâcticas militares de artillerîa o a la celebra-

ciôn  de la fiesta nacional, por lo que quedâbame descartado el patêtico

pensar  de que la razôn de aquêllos fuese la de acabar o con el rîo o con

el bosque; de que sî, y por ser algo sempiterno por vivir en sociedad, la

moralia de los conservadores pudiera entrar en conflicto con los que de

 facto alêjanse de las conveciones sociales, pero que no significa tajan-

te o taxativamente que el hipotêtico conviêrtase en un tiro con punterîa 

de  proyectil de cañôn a  continuaciôn de un proyecto partidista de lim-

pieza.

-----Kosmos, y acaso pensaste en tal bosque de los liberales para meter

en tu novela a Albula y su bosque cercano?  

----Kosmos, Aspasia hace muy que buenas preguntas.

----Ya sê, Cratino, ya sê. Y dêbole esta respuesta: sî y no. Sî porque fue

un aliciente; no, porque en realidad Albula fue un afluente y el bosque

cercano no era para ningûn erastes de la natura.

----Es la primera vez que oigo hablar del bosque de los liberales---dice

Aspasia.

         Por el deseo de miccionar doy la noticia de que me es apremiante

ir al baño, noticia que fue la causa de la risa de Cratino y de la jugueto-

na pregunta de Aspasia: Te hace falta ayuda? Sin dedicarle profunda es-

cucha di media vuelta, como un buen soldado del ejêrcito de la verba, y

no parê de caminar hasta llegar al toilette. Estando en êste, y en funciôn

de  bajar la bragueta de cremallera, observo que el jabôn con el que As-

pasia bañôse estaba dentro de una jabonera encima del libro con el tîtu-

lo "Mâs allâ del bien y del mal" del artîfice Nietzsche, empero como de

momento no estaba para pincelar elucubraciones o colorizar imagos, lo

mâs râpido posible miccionê, agarrê la jabonera y regresê a la sala. 

---Ah, mira, se me olvidô la jabonera. Gracias, Kosmos, gracias!!

---Cômo? Aspasia se duchô aquî?---pregunta como asombrado Cratino.

        Con esta pregunta Cratino pudiera llegar a pensar que las pompas

mâs  beneficiosas descendieron hasta acarrear alegrîa, que los entrama-

dos enjabonados uniêronse con el telos de alcanzar deleite, que la trife-

na fue el solvento contra lo famêlico de un sentir que con adjetivo uni-

versal resuena como matraca china, que lo humectante fue el elixir cu-

pular  para tempestivamente  quitar aridez. Y en fin, siempre y cuando 

que el hipotêtico sea un entretenimiento que lenifica la fuerza del ine-

xorable tedio, que llêguelo a pensar cômo le dê la gana. Y sigue la co-

sa  con la  siguiente pregunta mîa: quieren salir a dar una vuelta hasta

llegar a la catedral barroca?

 



 







 



 


















  












 




















      

  





  










 







          


 






  













 






Donnerstag, 26. Oktober 2023

El mundo despuês de los mundos (2)

            El zapatero Cliôn, el que allende de ser un inveterado compinche de

mi tîo en su juventud luchô en Âfrica contra las huestes de Kololû financia-

das por un presidente forâneo, era por muchas personas conocido y estima-

do, y no solamente por su mirîfico carâcter sino que asimismo por su atrac-

tiva y estimulante  facundia; la sûmula de sus edades llegaba a 61; aunque

cojitranco debido a un golpe vigoroso que diêronle con la culata de un fusil 

en una de las batallas mâs conspicuas por la que pasô, su cojear no era ôbi-

ce o impedimento  como para renunciar a su oficio, aunque sî un problema

significativo  a la hora de correr detrâs de un bus que no parârase en la pa-

rada por estar atiborrado de gentes. 

             Y repleto de gentes detiênese un bus cuasi al faltarme tres metros

para llegar a la zapaterîa, empero sigo caminando y olvîdome del espectâ-

culo, de los desafios humanos y de los orgullos colgando de las tres puer-

tas del medio de transporte. Llegô entonces a la zapaterîa y la puerta esta-

ba  cerrada. Me resultô raro que Cliôn no estuviese, pero como cada cosa

tiene  su momento era mejor una actitud estoica que una inquieta o deses-

perada, que a la postre y al cabo la suela de un zapato puede esperar. Sin

pensar  en mâs nada que en regresar a mi apartamento, donde amên de y

esperar  la llamada de Cratino pondrîame a leer o a escribir, el tono de la

voz de una hembra acarrea sûbito mi atenciôn.

---Te informo de que el zapatero Cliôn no sentîase bien, motivo por el y

el cual se retirô a su casa.

        Sin dilaciôn le doy las gracias por lo amplificado, mîrola profunda-

mente y pregûntole cômo es que ella sabîa lo que dîjome.

 ---Es que soy su vecina, y me quiere como a una hija. Mi nombre es As-

pasia. Y tû como te llamas?

---Kosmos, mi ônoma es Kosmos.

---Ônoma? Una palabra aquea que muy pocos conocen. Quê, eres escritor

o tienes conocimiento de lengua griega?

---Yo dirîa que las dos cosas.

---Interesante!! Y has escrito libros?

---"La cazuela de Vitelio".

---Es el que llevas contigo?

---No!! Êste es de Suetonio, "La vida de los doce cêsares", el que sirviô-

m de aliciente para escribir mi libro.

---Y cuânto tiempo te llevô escribirlo?

---Câspita!! Nada mâs y nada menos que seis años.

---Seis años? Impresionante!! Y quê, piensas publicarlo?

---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! No, no he pensa-

do eso.

---Kosmos, y si no lo has pensado pudiera leerlo?

---Mas tendrîas que venir a mi apartamento, porque de êste no sale; aquî

lo empolla la sombra.

---Aquî lo empolla la sombra!! Vaya expresiôn! De acuerdo. Cuândo pue-

do pasar por tu apartamento?

---Cuando quieras, tengas tiempo o te dê la mismîsima gana de hacerme

una visita.

---O sea espontaniamente. Y dônde vives?

---En la calle Strawinsky!

---No me digas que vives ahî, verdad? Yo toco el chelo, pero lo estudio 

casi todos los dîas en el lado izquierdo de la catedral barroca.

---Y por quê no en tu casa?

---Por las reclamaciones de los vecinos, ademâs que, de paso, me gano

unas monedas cuando lo estudio ahî, dinero que me hace falta para pa-

garme  una parte de la carrera en la escuela de mûsica; la otra la pagan

mis padres.

---Entiendo!! Êsa es la res!! Y dime, Aspasia: tienes algo que hacer ora?

---Ya hice! Acabo de bajarme del bus que me transportô de la escuela de

mûsica (a)quî.

---Del bus atiborrado de gentes?

---Asî es, y donde hay mâs materia sexuada que otra cosa, casi como y

que me violan.

----Capto, Aspasia, capto!!

----Y por quê me hiciste la pregunta?

----Para saber si no estabas ocupada y asî invitarte a mi apartamento.

----Pero no me habîas dicho que cuando quisiera, tuviera tiempo y me

diera la gana mismîsima de hacerte una visita?

----Revêlote una cosa: encântame hacer pruebas para saber de quê jaez

es la memoria de la persona que conmigo conversa.

----Kosmos, yo tengo buena memoria.

----Acâbolo de comprobar: la tuya no es de jaez mala.

----Mira, hacemos una cosa.

----Cuâl cosa hacemos?

----Me esperas mâs o menos diez minutos aquî, que yo voy a cambiar-

me de ropa. Ah, y respecto al zapatero Cliôn, que me imagino que ha-

yas venido por razones de calzado roto o algo como eso, si te puedo y

ayudar en algo me dices que yo se lo digo a êl.

----Gracias, Aspasia! Pero puedo volver mañana, que trâtase solamen-

te de una suela despegada.

----Como quieras. 

----Ve a cambiarte las telas. Al avîo, al avîo!!

           Al pasar los diez minutos, los que pasaron tan râpido que no los

vi pasar, Aspasia regresa trayendo un pequeño maletîn de cuero con y

dos tan largos asideros que podîan meterse dos brazos. Sobre el pucho 

pregûntame  si podîa ducharse  en mi apartamento, ya que al no haber 

agua en el suyo no pudo cambiarse de ropas. Contestêle clarîsimamen-

te que sî, que  cômo negarle  que utilizara la ducha de mi apartamento 

para  algo tan  relevante: la limpidez del corpus o con jabôn o con gel. 

Y entonces dîceme:

---Kosmos, de mi gusto es mâs el jabôn que el gel, el que ya estâ me-

tî en el maletîn.

---Vaya pre-venida que eres: antes de la cosa piensas en la cosa.

---Eso de  pre-venida, de la forma que lo dijiste, me  parece que tiene

que ver mâs con tu fantasîa que con el significado justo y concreto del

adjetivo, no?

          Yo hîceme el tonto, el despistado, el sordo efîmero para no perju-

dicar el instante con una respuesta que pudiera causar sensaciôn, y con

la  que ella pudiera  penetrar en el mundo que denomino "el de lo cupi-

doso regalado, o sea, al que puede entrarse por el impulso que dejô una

emociôn menos que por el engendrado por un pensar con esfuerzo.

---En fin, Kosmos, nos vamos a tu apartamento?

---Êsa es la res, Aspasia, êsa!!   

 







 
















 



























 






 


  



 

Samstag, 14. Oktober 2023

El mundo despuês de los mundos.

 1

                                    



        Mi primer encuentro con Cratino despuês de treinta años de terminar

el preuniversitario tuvo lugar en el banco de un parque. A êste caîale cuasi

encima  el llanto verdoso de un sauce; al estar beneficiosamente protegido 

por la escasez de lumbre el sentarse sobre êl resultaba grato, por lo que en-

tonces el entrar en verba, el estar con el lenguaje resultaba ser el mâs justo

o propicio movimiento que en este instante podîase tener fuera de la bata-

hola de los cafês mâs populares y de los bares mâs descollantes. Cratino y

yo nacimos el mismo año, mas êl en Febrero y yo en Mayo. Tanto los pro-

genitores de êl como los mîos sucumbieron de forma trâgica, empero por

lo  menos yo no sentîame tan îngrimo porque aûn vivîa mi tîo, una criatu-

ra lûgubre que por costumbre toma tê a las cinco de la tarde, fuma de dos

a  tres tagarnas por dîa y escucha mûsica clâsica sentado en una baja pol-

trona otomana. Como tantîsimo tiempo no puede resumirse en un primer

encuentro, no es basto ni para subrayar cosas sucedidas ni el conocimien-

to  alcanzado a partir de una sûmula de experiencias, centramos la perîs-

tasis  de conversaciôn en "La cazuela de Vitelio". Aunque  Cratino no la

leyô completa sino que someramente conocîa algo de sus partes que lle-

gan  a cinco, dio calaña de interês por saber el porquê de lo que êl consi-

deraba un final abierto, y de la razôn del pastiche de los mundos con sus

parnafernalias correspondientes y dadorîas opulentes.

 ---Mas que uno abierto es un final acorde con la realidad de mi existen-

cia, ya que Tircano Cilatino y la signora Lacrusea fueron mis progenito-

res, los que volviêronse a encontrar no en un templo sino en la catedral

barroca, pero como las segundas partes nunca fueron buenas la relaciôn

terminô trâgicamente.

      A raîz de Cratino escuchar lo anterior me puso la mano sobre el hom-

bro derecho y me dijo:

---Puedo entender, Kosmos, puedo entender, y deplorable que haya sido

asî. Pero dime: en realidad tu padre era un gimnosofista?

---Lo de gimnosofista mâs bien ocurriôseme por la costumbre de êl de

andar desnudo en la casa aun en invierno.

---Vaya costumbre!! Y cuâl fue el aliciente para tû escribir "La Cazuela

de Vitelio"?

        Al canto de esta pregunta yo le puse en sus manos el libro "La vi-

da de los doce cêsares", cuyo artîfice es el înclito Suetonio.

---Si mal no recuerdo creo que me hablaste de este autor alguna vez en

el pre, no?

--- Es cierto porque es imposible.

---Ah, la frase repetida de Tertuliano que aparece mâs de una vez en tu

novela.

---Lo que aparece mâs de una vez no es algo repetido, Cratino?

---Quê, se te quedô pegada la Kosmona de la novela?

         Y si verdaderamente el libro mostrado fue el aliciente, aunque yo

lo onomaria el impulso capital para pasarle pluma al papel, la base para

armar la estructura de la novela pudo ser posible teniendo en cuenta los

cuatro movimientos de Filôn, o la distinciôn que êste hace de ellos. Por

lo  anterior dejê saber los cuatro movimientos: el tensional; el de un lu-

gar  a otro; el continuo  hacia atrâs y el continuo hacia delante, y de los

que trata la novela de forma pincelada en su inicio a travês de la mîme-

sis  del navîo, figura simbôlica que valorê como la precisa por tener in-

discutiblemente  atingencia  con lo môvil, con lo que de facto no es es- 

tâtico. Gracias a la risa es que el movimiento tensional no causa perni-

cio, una derivante de la fiesta semântica que mantiênese con un lûdico

incesante. El movimiento de un lugar a otro estâ representado por la y

presencia de la ciudad del ocio (Apragôpolis) y el estrecho de España,

aunque ligeramente por la de la însula de Aphros. La novela dentro de

la  novela "El bullicio en el silencio" tiene que ver con el movimiento

hacia atrâs. Lo restante es el segundo sistema (o el otro sistema), o sea,

el movimiento hacia delante por venir la muerte despuês de la vida.

--- Sabes, kosmos, dîceme Cratino dando golpecitos con los dedos en

en libro, que el nombre de Sabinsqui me resulta conocido, como si el

de un mûsico fuese

---En realidad el ônoma de Sabinsqui lo saquê de la calle donde vivo

que llâmase Strawinsquy y donde viven varios mûsicos y poetas.

---Oh, sospecho que ese barrio de artistas en tu novela tenga algo que

que ver con lo que me acabas (de)cir.

---Cratino, y es una mirîfica sospecha. Asî es, el barrio de los Sigilarios.

Sabes que tanto êste como el de las Carinas eran barrios populares de

la inveterada Roma?

---Me acabo de enterar, Kosmos. Y esos contertulios? Cômo llegaste a

tener esta idea?

---Necesitaba reunir, para justificar la fiesta, varias voces con algo de

conocimiento, varias tonalidades expresivas a partir de la dadorîa de y

una materia, y con las cuales pudiera fundirse un interês comûn, o sea,

uno  que permitiese el desarrollo de la verba, que si no su alongamien-

to, su fluencia o su efecto diamantino.

---Kosmos, y ese camarote con la numeral siete, ademâs que un repe-

tido nûmero?

---Ese camarote es algo asî como lo crîptico dentro del movimiento, y

el siete para los celtas es un nûmero muy apreciado y por ser para ellos

el mâs sagrado; sîmbolo a su vez de integridad, de sabidurîa y de espi-

ritualidad no podîa ser obviado.

        Y hablando precisamente de la numeral siete, Cratino deja calaña

de uno de sus tres sîmbolos al amplificar acopas sobre una de las mâs

largas frases que salieron a puesto, a colocaciôn en lo atinente concre-

tamente a la atingencia entre organismos, de que era una con profundi-

dad y regia decoraciôn, razôn por la cual yo tuve que aplaudir durante

unos segundos, allende (de)cir la frase con destacada lentitud:

Lo simbiôtico no es lo histriônico parcionero en lo paliativo que pro-

porciona efîmeramente la katharsis de la tragedia.

         A continuaciôn del aplauso me remitî a que lo simbiôtico cobra

suma relevancia entre los contertulios, porque si teatralizar en su esce-

nica funciôn hace confluir actores en el mismîsimo centro del escena-

rio, lo simbiôtico atrae como imân a los que no buscan ninguna purifi-

caciôn sino que mâs bien el apegamiento a una causa que por reportar

beneficio mantiene un vînculo humano sin detrimento y por extensiôn

productivo, dos palabras conspicuas como merecedoras de ceremonia.

Con esta resumida forma de albriciar podrîase pensar en el rol ludica-

por  Sabinsqui, el  que precisamente actor por un tiempo, cômo eludi-

rîa  el phârmakon contra otas dadorîas menos convenientes?, aunque

en su caso no tratârase de confluencia sino de un gozo despuês del in-

vertir una parte del capital dejado por su tîo.

         Sin esperar su comprensiôn profunda, ya que facto leyô la nove-

la superficialmente, sî me sorprendiô que dijêrame lo siguiente:

-----En el pre tû eras amante del teatro, y hasta me hablabas mucho de

Hamlet.

         Empero me sorprendiô por dejar calaña de buena nemôsine, y

entonces dîjele:

---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Vaya tremen-

da reminiscencia la que mis oîdos escuchan. 

---Otra de tus frases repetidas en la novela. Cômo no acordarme, Kos-

mos, cômo olvidarlo? Y dime: eso de la idea del ojo asomante cômo

funciona?

----Dilucidar esta idea, Cratino, tiene algo de complejidad, mas expli-

cada sencillamente es algo asî como volver a mirar lo mirado hasta y

que por repeticiôn va perdiendo relevancia, y al perderla es algo me-

nos a mirar, y con tener menos que mirar un espacio va quedando va-

ciô de cosas que ya no llaman la atenciôn.

----Muy original esta idea. Y quê hay con Incitato, el que encontrô al

gato? Alguna vez tuviste un perro que hallara felinos?

----Mâs de una vez deseê tener un can, pero mas por no tenerlo que por 

quererlo en sî, como tal.

----Cômo? No entiendo.

----Conoces la frase desêase lo que no tiênese?

----No! De quiên es?

----Del padre de la mayêutica.

----Y quiên es êse?

----El hijo de Sofronisco y de Fenareta.

----Me acabarâs de revelar quiên es?

----Sôcrates, Cratino, Sô-cra-tes!!

       A raîz de salir por mi boca el ônoma Sôcrates, y como si por acto de

vaya quiên a saber quê cosa activârase el contacto con la deidad onîrica,

Cratino a bostezar comienza, mas cuando estaba a punto (de)cirle: me pa-

rece que es mejor que te vayas a dormir, que cuando Morfeo aparece bien

que sabe por quê hace presencia, dîceme êl a mî: creo que ya tengo sueño,

asî que te llamo mâs tarde, cuando me despierte.

---Êsa es la res, Cratino, êsa! Mas me devuelves el libro?

---Claro que si!! Aquî lo tienes, Kosmos, tômalo! 

       Al retirarse Cratino yo me quedê un rato mâs pero acostado en el ban-

co, allende que con el libro puesto debajo de la testa en funciôn de pulvi-

nar. Con esta posiciôn horizontal podîa contemplar mejor el llanto verdo-

so del sauce que caîa, atento mirar que al parecer diome pâbulo de hacer-

me esta  pregunta: tendrâ  algo que ver esta simbôlica taciturnidad del âr-

bol  con el deseo de dormir de Cratino? Pasada media hora, y para eludir

quedar atrapado por un onîrico intempestivo, pôngome en posiciôn verti-

cal, agarro el libro y arrumbo mis pasos hacia mi apartamento en la calle 

Strawinsqui. Yendo hacia êste soy ûnico testigo visual de una inesperada

cosa: la suela del zapato derecho estaba despegada, razôn por la cual êra-

me apremiante pasar por la zapaterîa de Cliôn.

 




















 


 




         





         
















 

 






















Donnerstag, 12. Oktober 2023

1174, 113.

      Doce horas despuês la signora Lacrusea arrumba sus pasos hacia el tem-

plo de Jano Quirino. Al llegar a êste tuvo que esperar unos minutos para en-

trar en verba con el flamen, el que afablemente conversaba en un dureta con

el astrôlogo Sula y, tan bajito, que era del todo imposible saber de quê habla-

ban. Padeciendo de un ligero malestar estomacal, y el que lôgicamente dêbe-

se  al banquete carnîvo del dîa anterior en casa del cazador, amên que a la y

cantidad de la dadorîa de Baco que tomô sin pensar la consecuencia, la sig-

nora  Lacrusea tiene la necesidad de traspasar el umbral de la puerta del ba-

ño  para de inmediato  posicionar su  tafanario en la taza, aun sabiendo que 

para defecar tenîa que pujar un poco. Empero en lo que pujaba escucha que 

el flamen pregûntale:

---Signora Lacrusea, se encuentra usted bien, necesita ayuda?

---Sî flamen, todo bien, no se preocupe que todo va a salir bien.

---Entiendo, signora Lacrusea, entiendo. Tômese su tiempo, que esta casa

no conoce el apuro.

---Gracias, flamen! En breve estoy con usted.

        Regresando el flamen adonde estaba el astrôlogo Sula, êste le pregun-

ta quê le pasaba a la signora Lacrusea, cual respuesta no fue otra que nada

de relevancia, nada como para pensar en el dicho: cayô un rayo en un lago

de  Cantabria y se descubrieron doce hachas. Y entonces dice el astrôlogo

Sula:

---Nada como para pensar en cuestiones del poder supremo.

---Sula, es que no se trata de sîmbolos sino de una necesidad del organis-

mo.

---La necesidad de cagar, para no caer en eufemismos?

---Sula, quê es eso? No lo conozco mâs, me sorprende que usted haya uti-

lizado una palabra nada agradable.

      Y llega la signora Lacrusea y pregunta:

---Y de cuâl palabra se trata?

---De una que no se repite mâs; estâ vedada en este templo---responde el

flamen.

---Flamen, yo me retiro, y en otra eternidad paso por aquî.

---Vaya usted con el Uno, Sula.

       Ido el astrôlogo Sula, ademâs de que su irse no podîa suceder de for-

ma râpida por caracterizarse de lentos sus pasos, la signora Lacrusea y el 

flamen siêntanse en la misma dureta susodicha. Exenta de algûn circunlo-

quio la signora Lacrusea deja saber el motivo de su visita: la presencia en

Bedriaco de Tircano Cilatino.

---Cômo, quê usted acaba (de)cir?

---No me extraña su asombro, flamen, que yo asimismo cuando lo vi no

lo podîa creer, mas no le dejê entender que no lo creîa. 

---Y dônde usted lo encontrô, signora Lacrusea?

---En el camino por el que se llega al bosque cercano a Albula, y lo acom-

pañaban el cazador, Arete  y Kosmithôs. Mas sabe lo que êstos transporta-

ban a casa del cazador? Un morlaco.

---Un morlaco en ese bosque? Y cômo lo transportaban?

---Halado por una soga por el corcel asturiano.

---Y cuâl fue el destino de ese morlaco?

---Lo pasaron por el fuego ayer, y comî tanta carne y bebi tanto vino que

creo que es la causa de mi ida al baño.

---Y quê usted hacîa sola por ese camino?

---Sola no, con mi hija Nausica. Paseâbamos y respirâbamos aire fresco.

En casa del cazador tambiên estaban el leñador de Britania y Kalîas, pero

asimismo Kôs que llegô mâs tarde.

---Ah, todo un colectivo conocido. Y la pasaron bien?

---Y tanto, mucho, demasiado bien.

---Bueno, quê regio! Y dîgame: dônde vive Tircano Cilatino?

---Êsta es una pregunta por la cual yo me preocupo.

---Y por quê se preocupa?

---Porque Tircano no tiene casa y vive en el pasadizo que estâ en el suso-

dicho bosque.

---Cômo que en el pasadizo?

---Mas hay otra cosa, flamen.

---Cuâl ademâs?

---Que Tircano es un gimnosofista.

---Quê, un gimnosofista? Insôlito!! Y desde cuândo?

---Al parecer ya bastante tiempo, segûn algo que êl dijo. Pero, flamen, yo

quisiera preguntarle algo.

---Pregunte usted, signora Lacrusea, pregunte.

---No tendrîa usted en este templo un lugar, un espacio donde pudiera que-

darse Tircano Cilatino.

---Me maravilla que usted se apiade de êl a pesar de los abusos del pasado.

---Sî, ya sê, flamen, pero de eso ya hace muchîsimo tiempo, de cuando yo

carecîa de experiencia, etc.

---Usted es una buena criatura del Uno, no la domina el rescoldo y como

que perdona a pesar de los pesares. Le comunico que sî, que tengo un re-

cinto, lo que repleto de cosas, de cartones y de polvo; lo habîamos hace y

tiempo destinado para unas clases de latîn que darîamos el tîo de Kosmos

y yo, mas como mâs nunca se hablô del asunto el recinto estâ igualito. Pe-

ro sabe usted, signora Lacrusea, que podrîa aparecer la negaciôn de Tirca-

no Cilatino, el no al saber que vivirîa en un templo?

---Y por quê, flamen, por quê?

---Porque los gimnosofistas no viven encerrados en cuadratura alguna si-

no al aire libre.

---Bueno, el pasadizo no es una cuadratura pero tampoco un lugar salva-

je, no?

---Tiene usted razôn, no lo es. Mire, hacemos una cosa.

---Cuâl flamen?

---Comunîquele usted a Tircano de la posibilidad de vivir aquî, en el tem-

plo, y si êl estâ de acuerdo vaciamos el recinto. Quê le parece?

---Estâ bien, flamen, eso harê. Y gracias por su ayuda.

---De nada, signora Lacrusea, que êsa es mi funciôn y tambiên la de este

templo.

---Entonces ya vendrê en cuanto sepa lo que dijo Tircano Cilatino.

---El gimnosofista!! Aqui estarê, signora Lacrusea, aquî la espero. Hasta

entonces.

---Hasta entonces, flamen, hasta entonces. Y que tenga usted un buen dîa.

---Lo mismo le digo, lo mismo.

     

          Al quedarse solo el flamen la palabra morlaco dio giros en su testa,

lo que al parecer fue el motivo de que pensara en esta inquietante pregun-

ta: si aparece otro morlaco, y si no es cazado por el cazador o por otro no

conocido amante de la caza, la vida de cualesquier habitantes de Bedriaco

no estarîa expuesta al pernicio, aunque la mîa tambiên en los dîas que sal-

go del templo ya fuese por una invitaciôn de Dido a palacio o por otra co-

sa? Con esta pregunta ostensible que la pre-ocupaciôn diole pâbulo de to-

mar precauciôn, cuidado por algo que nadie pudiera asegurar que si no y

del todo en su mitad no fuese posible, algo que trajo como resultado que

fuera  en busca de su  ballesta, la sacara del estuche y la pusiera en un lu-

gar de fâcil acceso, no siendo otro êste que a la zaga de una de las colum-

mâs  cercanas a Ara, o sea, a la mesa donde el sacerdote da la misa. Pero

de quê sirve una ballesta si no dispara flechas? Al ir al canto a buscar ês-

êstas  dase cuenta de  que estaba vacîo del carcaj, por lo que entonces ip-

so facto piensa en el cazador, el ûnico que podîa darle una sûmula de fle-

chas de treinta pulgadas de largo, medida exacta para el tipo de ballesta

que tenîa y tan inveterada que cualquiera que la viene teniendo un cono-

cimiento de esta arma morirîase de la risa. En fin, que sale del templo de

Jano Quirino y dirîgese parsimônicamente a casa del cazador.

      Êste entregâbase a la actividad de poner orden en su casa, ya que de-

bido al banquete carnîvoro del dîa anterior mâs reguero de cosas y sucie-

dad no podîa haber. Lah no dejaba de correr de un lado otro, no estâbase

tranquilo en ningûn sitio, miccionaba mâs de lo acostumbrado como asi-

mismo ronroneaba continuamente. Pensô el cazador que esta conducta y

crîptica  pudiera ser  debido a que Lah por ethos sôlo estaba habituado a

una sola presencia en la casa, y como tal a la calma absoluta, que a ludi-

car con el ratôn tambiên sin tener que pasar por entre los pies de nadie o

sin tener que eludir colisionar con piernas haciendo una curva, algo cau-

sante de que su corretaje no fuese directo. Como elixir contra esta indô-

mita conducta sôlo quedâbale al cazador uno: dispararle a Lah un dardo

somnîfero que acarriarîale sueño por mâs de dos horas.

       Llega el flamen entonces quince minutos despuês del lanzamiento

del dardo. El cazador dîcele que pase adentro y que lo disculpe por el

desorden que descollaba inevitablemente. A continuaciôn le comunica

que no tenîa tiempo para entrar en verba, en diâlogo de ningûn tipo, ya

que el trabajo que tenîa era de momento tanto que no era posible ni tan

siquiera una efîmera conversaciôn. A raîz de escuchar lo anterior, y pre-

vio a revelar el porquê de su venir, el flamen êchale una miradita al ga-

to no pudiendo creer que estuviese tan tranquilo, inmôvil, razôn por la

cuâl pregûntale al cazador:

---Y quê le pasa al gato, estâ enfermo?

---Estâ durmiendo por el efecto del somnîfero de un dardo.

---Cômo que tal somnîfero?

---Flamen, y al parecer por el banquete carnîvoro de anoche, su conduc-

ta  antes de usted llegar era incontrolable, por lo que no me quedô mâs

remedio que ponerlo a dormir.

---Ah, el banquete carnîvoro de anoche. La signora Lacrusea no hace y

mucho estuvo en el templo y me hablô de êl.

---Cômo, que fue al templo a barruntarle sobre el banquete?

---No! Fue para informarme de la presencia en Bedriaco de Tircano Ci-

latino, el gimnosofista, y me preguntô si en el templo habîa un recinto

disponible para êl.

---Y alguno hay?

---Sî!! Pero primero hay que vaciarlo, porque estâ lleno de cosas.

---Y dîgame, flamen: cuâl es el motivo de su presencia en mi casa?

---Es que necesito una sûmula de flechas de treinta pulgadas de largo.

---No me diga que usarâ de nuevo usted su ballesta.

---La que usted mismo me dadivô. 

---Cômo olvidarlo? Y cuândo piensa salir de caza?

---Ya sê, cazador, que no tiene tiempo para entrar en verba, pero si me

escucha por unos minutos le explico inteligiblemente.

---Estâ bien, flamen, y venga, venga conmigo a la cocina, al sucucho y

donde estâ la mesa especiosa de roble.

---Vamos, cazador, vamos al sucucho.






















 



 



 



 






     

 
















































  


















   

Mittwoch, 11. Oktober 2023

1173, 112.

       Y en lo que dilucidâbale a Kosmithôs tanto de lo hablado con kôs como

asimismo el motivo de la conversa, el cazador queda un poco estupefacto al

observar que Vercingetôrix acercâbase portando en su tronco un manguerôn

enrollado de color verde. Con esta observaciôn la dilucidaciôn queda a me-

dias, sin terminar debido a que el cazador dêjale saber a Kosmithôs que ve-

nîa  hacia ellos  Vercingetôrix y trayendo el susodicho flexible tubôn, razôn

por la cual Kosmithôs va al encuentro de êste y, sin dilaciôn, pregûntale:

---Vercingetôrix, y por quê usted trae consigo este manguerôn?

---Es que desde la Kosmona divisê que la nube de humo que salîa de aquî

solapaba cuasi todo el conspicuo tamaño del Iubbar, el que simboliza rena-

cimiento y transformaciôn.

---No es el taxus, segûn dice el tîo de Kosmos?

---Taxus es el nombre genêrico en latîn.

---Entiendo!! Pero aûn no comprendo que tiene que ver el manguerôn en 

todo esto.

---Kosmithôs, que lo voy a utilizar para echarle agua al Iubhar y asî lim-

piarlo.

---Cômo, quê usted ha dicho, limpiar el Iubhar? No suena eso un poco lo-

co?

---Yo sê lo que te digo, Kosmithôs. A ver, dime: sabes tû dônde puedo en-

contrar una salida de agua aquî?

---Cazador, le puede responder usted la pregunta a Vercingetôrix?--fisga

cuasi gritando Kosmithôs.

---De cuâl se trata?

---Cazador, dônde hay una salida de agua?---pregunta Vercingetôrix.

---Allî, a la derecha de esa loma de escombros---responde el cazador a la

vez que señala.

---Ah, gracias!!

---Y quê va a hacer Vercingetôrix con ese manguerôn?---pregûntale el ca-

zador a Kosmithôs al regresar êste.

---Echarle agua al Iubhar para quitarle de encima la nube de humo. Quê

usted cree, cazador, estarâ Vercingetôrix bien de su testa?

---A mî me parece un poco trastornado; pero en fîn, que cada tema tiene

un loco, si êl quiere hacer eso que lo haga.

---Quê es el Iubhar?---pregunta Kôs.

---Aquel ârbol que sobresale allâ, lo ves?---responde Kosmithôs indican-

do con la mano y que pregûntale al cazador: y cuânto mâs o menos falta

para que la carne del morlaco se pueda comer?

---No mâs de una hora, no mâs que solamente una.


          Vercingetôrix al encontrar la salida del agua conecta el manguerôn

a êsta. A continuaciôn empieza a desenrollar el tubo flexible mas caminan-

do en direcciôn hacia donde estaba el tejo. Llegado el momento en que se

vira para comprobar si el estiramiento del manguerôn estaba correcto, al-

go que eludirîa el problema de que el correr del agua no quedarâ sin la co-

rrespondencia fuerza menester, lo que a su vez es garante de que el chorro

contara con la indefectible pudiencia, ve que un ratôn, y como si fuese un

suntuoso  acrôbata sobre la tensiôn de la cuerda, caminaba sobre el verde

manguerôn con destacada soltura, siendo êsta la causa de otro alteramien-

to  de la signora Lacrusea; y de afirmar tres veces, como efecto, estas ûni-

cas y mismas palabras: un ratôn, un ratôn, un ratôn!! De inmediato a êsta

aserciôn Nausica agarra una piedra con la intenciôn de apabullarle la tes-

ta al ratôn, pero la reacciôn de Vercingetôrix fue la soltar el manguerôn y

salir corriendo hacia donde estaba Nausica para impedirle su objetivo.

---Suêlteme la mano, Vercingetôrix, suêltemela!!

---No puedo permitirte que hagas lo que pretendes hacer, Nausica. No!!

---Vercingetôrix, es tan sôlo un ratôn, un animal asqueroso.

---Lo serâ para ti no para mî, ya que en las leyendas celtas el ratôn varias

veces aparece y se le vincula a la capacidad de esconderse ante el peligro

y hallar la belleza en las pequeñas cosas.

---Pues yo no tengo nada que ver con esas leyendas, asî que deje libre mi

mano.

---No lo hagas, Nausica, hazlo por mî---pide Kôs a la vez que coge el ra-

tôn y empeiza (a)cariciarlo.

        Y acopas sucede algo insôlito: el gato Lah mêtese entre los pies de

Kôs y comienza a mirarlo sin ronronear, como si quisiera amistarse con

êl. Y entonces dice Kôs:

---Yo no entiendo a este gato. Hace no mucho querîa atacarme, y ahora

estâ entre mis pies como si hubiese olvidado los caracoles que le tiraba

con el cochlear.

---Kôs, eso tiene una explicaciôn, a pesar de que yo te haya dicho que y

el desprecio de Lah por ti serîa para toda una vida.

---Y cuâl es la explicaciôn, cazador?

---Es que Lah juega con el ratôn, es su entretenimiento sobre todo en la

nocturna, y entonces al ver Lah que tu acaricias a su amigo al parecer te

empieza a considerar un amigo de êl.

---No habîa pensado en eso, cazador--dice Kôs poniendo el ratôn en el

piso, y viendo como al salir corriendo Lah lo perseguîa.

---Cômo que existe amistad entre un gato y un ratôn, si de hecho son y

enemigos?

---Signora Lacrusea, toda regla no tiene su excepciôn?--pregunta el caza-

dor.

---Regla ha dicho usted?

---Eso acabo (de)cir, signora, eso!

---Les comunico que me incorporo a la tarea interrumpida: la de limpidar

el Iubhar con un chorro de agua---dice Vercingetôrix.

---Y el chorro llega hasta arriba del ârbol, Vercingetôrix?---pregunta Kosmi-

thôs.

---Es mejor limpidarlo de arriba hacia abajo.

---Y cômo usted harîa eso, Vercingetôrix?

---Muy fâcil: encaramarme con el manguerôn en el Iubhar, lo mâs alto posi-

ble, y desde esta altura mojarlo con el chorro de agua.

---Tenga usted cuidado, que mire lo que le pasô al eunuco Posides.

---Cômo olvidarlo? Mas êl se cayô por otra razôn, lo que no es lo mismo.

---Ya sê que no, Vercingetôrix, pero lo que quise decir es que se cayô de me-

nos altura y con el trastazo que diose contra el suelo sucumbiô; fue suficien-

te para llegar al segundo sistema.

---No te preocupes, Kosmithôs, que yo no me voy a caer.

---Cuando termine aquî lo esperamos, que tambiên queda usted invitado al

banquete carnîvoro---dice el cazador.

---Gracias, cazador!! Al terminar regreso.

---Muy bien, y hasta entonces.





























     

 



  











 













Samstag, 7. Oktober 2023

1172, 111

        En casa del cazador lo que primero llamôle la atenciôn a la signora La-

crusea, o por lo menos lo que mâs despertô antes que nada su interês de ob-

servaciôn fue la testa del tejôn, la que ya sâbese que cuelga desde hace cin-

co años en uno de los sucuchos de la cocina, rincôn donde asimismo hay y

una especiosa mesa de roble. Precisamente sobre esta mesa puso la signora

Lacrusea sus dos brazos cruzados, mas despuês de soltar el embrisante ob-

jeto que colocô en la parte derecha de la mesa, y asî podîa contemplar con

mâs  comodidad, de abajo hacia arriba la testa del tejôn y en busca (de)ta-

lles. Concentrada en esta bûsqueda tumba sin querer una cestilla al estirar 

el brazo izquierdo, el que empezô a dormîrsele por cuestiones concretas y

de circulaciôn. Como en esta cestilla estaban los agaricus bisporus que el

cazador aûn consumîa, el saltô de Lah al centro de la mesa fue la tempes-

tiva  razôn por la que  la signora Lacrusea saliô corriendo demasiadamen-

te asustada, y a su vez el motivo de que Nausica acudiera a êsta y sin dila-

ciôn preguntârale:

---Y quê pasô, a quê dêbese el corretaje?

---A un gato que apareciô de repente, como caîdo del cielo en medio de

la mesa.

--Signora Lacrusea, el gato no hace nada y su nombre es Lah--clara Kos-

mithôs que agrega: mi hijo Kôs juega con êl cuando estâ en palacio; me-

jor dicho, lo mortifica tirândole caracoles con el cochlear.

---A mî no me gustan los gatos, me dan pavor, nunca me gustaron por y

eso, Kosmithôs.

---Sabe usted una cosa, Lacrusea?

---Cuâl, Tircano, cuâl?

---Que entre su vestidura de lino y los gatos hay una relaciôn.

---Quê dices, pura tonterîa.


          Al penetrar el cazador por una puerta angosta del lado izquierdo

de su vivienda, mas no antes de haber vaciado el pequeño carretôn y de

prepararar las condiciones para hacer el fuego, adonde primero va es a

la cocina, y con el objetivo de beber un vaso de agua para saciar su sed.

A continuaciôn de llevarse a la boca una botella de cristal cuasi conge-

lada con agua de un manantial percâtase del reguero que habîa en el pi-

so de agaricus bisporus, motivo por el cual hâcele a los presentes la si-

guiente pregunta:

-----Alguien de ustedes me puede decir el porquê de que la cestilla con 

los agaricus bisporus no estê encima de la mesa de la cocina sino en el 

piso?

---  Yo soy la culpable, cazador, yo la tumbê con mi brazo izquierdo, y

crêame que lo siento y espero que me perdone---dice la signora Lacru-

sea.

----No es para tanto como para perdonarla, pero sî quisiera saber cômo

fue que usted la tumbô con el susodicho brazo.

----Es que puse los brazos cruzados encima de la mesa, contemplê y la

testa del animal, y un poco despuês se me empezô a dormir tal brazo y

por mis problemas de circulaciôn, Entonces lo estirê y con êl golpeê la

cestilla, la que no tuve tiempo de volver a poner en la mesa.

---Cômo que no tuvo ese tiempo?

---Es que su gato, que me acabo de enterar por Kosmithôs que se llama

Lah, de un salto cayô encima de la mesa, y por el susto que medio salî

corriendo. Sabe usted , cazador, por quê dio ese salto?

--Signora Lacrusea, la explicaciôn breve es la siguiente: el gato Lah se

ha convertido en el guardiân de los agaricus bisporus, por eso su salto

significa algo asî como una reacciôn de molestia al verlos salidos de la

cestilla.

---Yo le agradezco la explicaciôn, cazador, pero por lo que me acaba y

de aclarar usted y por lo dicho por Tircano Cilatino yo estoy como con-

fusa.

---Es que yo le dije, interrumpe Tircano, que hay una relaciôn entre su

vestidura de lino y los gatos.

---Refiêrese usted a una relaciôn ceremonial?

---Mâs o menos, cazador, algo como eso.

---Una relaciôn ceremonial? Yo no entiendo eso---dice Arete.

---Y mucho mejor, crêeme---dice Tircano Cilatino.

---Signora Lacrusea tengo que darle una mala noticia: Lah ha destrozado

su abanico; lo hizo añicos con sus dientes---deja saber Kosmithôs que le

pregunta  al cazador: los pedacitos de madera del abanico no servirân pa-

ra atizar el fuego que estâ por hacerse?

----Contra, Kosmithôs, estâs tan burlôn como tu padre.

----Y risas de Kosmithôs.

----Lamento lo de la pêrdida de su abanico, signora Lacrusea.

----No hace nada, cazador, que yo tengo mâs de uno, un baûl mediano re-

pleto de abanicos que he ido comprando en varias partes del mundo.

----Quiero decirles que hay dos invitados mâs al banquete carnîvoro.

----Y quiênes son, cazador?---fisga Kosmithôs.

----El leñador de Britania y Kalîas, los que llegarân mâs tarde.

----Son amigos de ustedes?---pregunta Arete.

----Viejos amigos, Arete, y viejas personas---responde el cazador que pre-

gûntale a Kosmithôs: si el corcel ve al gato tiene alguna reacciôn?

----Fîjese usted, cazador, que si el corcel asturiano veîa a la mula del di-

dâscalos filosôfico como un juguete cômo podrîa ver a Lah.

----Ya, entendido. Bueno, empiezo con el fuego, asî que siêntanse como

en su casa.

----No necesita ayuda, cazador?---pregunta Kosmithôs.

----La tuya y la del gimnosofista para despuês de atravesar el morlaco, y 

con un punzôn largo, levantarlo y ponerlo encima del fuego.

----Y ese punzôn no tiene ningûn apoyo?

----Dos pedazones de madera fuerte a la izquierda y a la derecha encaja-

dos en la tierra.

----Entonces cuando termine de atravesar al morlaco nos avisa.

----Les chiflo, para ahorrar palabras.

----Pues estaremos al tanto de su chiflido, cazador. 

----Pero no cierren la puerta delantera de la casa, por donde penetrarâ el

chiflido.

----La dejamos abierta para que la viole---dice Kosmithôs y risas.


           Cuatro horas y media despuês llegan el leñador de Britania y Ka-

lîas, y trayendo êste la cantidad de botellas de vino prometida. A raîz de

la entrega de estas botellas al cazador, Kalîas dejôle saber que la dadorîa

de  Baco llevaba nada mâs y nada menos que diez años dentro de un ba-

rril de roble, recipiente regalado por su majestad Vologeso debido a la fi-

delidad que Kalîas mantuvo durante todo el tiempo que fue su lacayo.

---Pues, Kalîas, y quê esperamos para probar una delicia como êsta, que

si el vino lleva diez años en un barril de roble debe saber exquisito?

---Que quê esperamos, cazador? Nada!! 

---Entonces abro la primera de las cuatro botellas.

---Totalmente de acuerdo!

        Y en lo que abrîa la botella el cazador, el leñador de Britania presta

atenciôn a la polvareda levantada por una sûmula de caballos que no po-

dîa saberse con exactitud a cuânto llegaba, y precisamente por impedirlo

el polvo. Ya mâs cerca de la granja los caballos aminoran la velocidad y

es entonces cuando puede el observante contar los jinetes: cinco, siendo

uno de êstos Kôs y los restantes cuatro soldados bâtaros. Pensando el le-

ñador de Britania que deberîa avisarle al progenitor de Kôs para que re-

cibiêselo êl mismo, en persona, raudo entra en la casa y dîcele a Kosmi-

thôs:

---Tu hijo estâ llegando con cuatro soldados de la guardia bâtara.

        Con este aviso Kosmithôs pidele disculpas a Tircano Cilatino, con

quien entraba en verba en el sucucho de la cocina donde estaba la mesa

protegida por la testa del tejôn, y sin dilaciôn alguna arrumba sus pasos

hacia la parte trasera de la casa, mete sus dos manos en los bolsillos tra-

seros del pantalôn, y con êsta posiciôn espera la llegada de Kôs, la que

posible sucede pasados cinco minutos.

---Y se puede saber que tû pintas aquî? Tan poco tiempo dormiste? Ya

no tienes el ligero fastidio de testa?---pregûntale a Kôs Kosmithôs.

---Tres preguntas a la misma vez? Verdad? Empiezo a responder de la

ûltima a la primera pregunta. Como el fastidio era ligero râpido se me

quitô. El dormir no fue muy largo porque ya no tenîa el fastidio ligero.

Y de pintar no pinto nada, sôlo que salî de paseo con estos soldados y

divisê un nubarrôn de humo que procedîa de este lugar, motivo por el

cual estoy aquî. Alguna otra pregunta?

---De momento mâs ninguna.

---Entonces pregunto yo: a quê dêbese el nubarrôn de humo?

---A un morlaco que estâ siendo pasado por el fuego.

---A un quê?

---Mira, ven acâ, pârate aquî, y verâs el morlaco.

---Tremendo animalôn! De dônde lo sacaron?

---Del bosque cercano a Albula, y lo cazô el cazador.

---Y cuândo estrâ listo para comer?

---Mâs o menos de aquî a tres horas.

---Me puedo quedar?

---Si lo deseas claro.

---Entonces le digo a los soldados bâtaros que se retiren, que estoy aquî

contigo.

---Estâ bien. Y voy adentro, para seguir la conversa con el gimnosofista.

          

           Al retirarse los soldados de la guardia de recorrido bâtara Kôs sû-

bese en el pequeño carretôn. Desde esta altura de centîmetros de separa-

ciôn del suelo observa cômo el humo engendrado por la madera que iba

quemândose  ascendîa al firmamento  hasta desaparecer completamente

en êste no mucho despuês del momento que comenzô su elevaciôn. Del

todo ajeno al porquê de no poder percibirse mâs el humo, no ya decir y

de la dilucidaciôn cientîfica que dejarîa explicitado lo anterior de forma

inteligible, reclina su testa hacia atrâs hasta que êsta toca la madera del

estaquero de la parte izquierda. Con esta hasta cierto punto cômoda po-

siciôn no percatôse de que Lah no tuvo necesidad alguna de saltar para

alcanzar el tiro del pequeño carretôn, ya que al estar êste sin el mozo, o

sea, sin la pieza que sepâralo del piso y mantiênelo horizontal solamen-

te  hacîale falta subir por el cabezal, vencer la longitud del tiro y llegar 

al estaquero. Alcanzado êste no demorô en emitir un ronroneo al mirar

con fijeza a Kôs, ronquido de facto insôlito porque normalmente era y

posible escucharse en momentos en que acariciâbanle su lomo. Al sen-

tir  Kôs un poco de miedo, porque interpretô el ronroneo como una po-

sibilidad de ataque, con cierta parsimonia abandona la posiciôn que te-

nîa e intenta ponerse vertical para bajarse el pequeño carretôn, empero

en lo que hacîalo el ronroneo de Lah aumentaba en fuerza. De tal gui-

sa la voz del cazador elude la peligrosa consecuencia al llamar por su

ônoma al felino y mostrarle inclinadamente la cestilla con los agaricus 

bisporus. A raîz de la muestra Lah sale corriendo a gran velocidad sin

parar  hasta llegar a la cocina, su lugar de la casa predilecto donde en-

cuentra seguridad al echarse debajo de la mesa especiosa de roble.

---Entonces quê, cazador, se pudiera decir que me ha salvado la vida

tres veces?---pregunta Kosmithôs.

---Y a la tercera va la vencida, Kôs, o sea, que ya no serâ posible una

cuarta vez. Pero espero que sepas que Lah no te aprecia por lo de los

caracoles  que le tiras con el cochlear, y que por lo mismo prefiere a

Ateriana que a ti. 

---Y cuânto tiempo dura el desprecio de un gato, cazador?

---Kôs, si un gato te desprecia no te parecia mâs, asî que la respuesta

serîa que dura toda una vida.

---Se recuerda usted, cazador, de la primera vez que estuve aquî en su

casa, y precisamente en la cocina?

---Claro que me acuerdo, de lo que hace ya algo de tiempo, de cuando

yo encontrê al gato con el rabo quemado.

---Que se lo quemô con el fuego que hizo mi padre para asar el conejo

a la vez que conversaba con el arquîatra Golemo.

---Exacto!! Vaya memoria que tienes, cômo recuerdas bien lo contado

por Kosmithôs.

---Allâ voy, por quê me llamas?

---Yo no te he llamado, Kosmithôs. Tû no conversabas con el gimnoso-

fista?

---Conversaba, cazador, conversaba. Y de quê ustedes hablaban?

---Si me acompañas a ver cômo va el asado del morlaco te digo de que 

hablâbamos y el porquê. Ven con nosotros Kôs, que de momento no de-

bes quedarte solo.

---Pudiera nuevamente Lah ronronear por desprecio?

---Es posible. Por eso te dije que no debes quedarte solo---responde el

cazador cogiendo de la mano a Kôs.




















   



    






 














 


 









 



 






 





























 



 





   








Freitag, 6. Oktober 2023

1171, 110.

     Diez minutos despuês comienza el traslado del morlaco del bosque cer-

cano a Albula a casa del cazador. Kosmithôs a pie agarraba con su derecha

mano el arreo del corcel asturiano, y a la zaga del morlaco caminaban Are-

te, el gimnosofista y el cazador, mas sin poder eludir que el polvo levanta-

do por el arrastre del morlaco penetrara por sus narices, motivo por el cual

Arete estornudô varias veces. Como el cambio de un sitio a otro realizâba-

se con parsimonia, Kosmithôs observaba hacia todas partes, lo que no era

otra  cosa que un  solvento contra el mismîsimo tedio. Y si con esta obser-

vaciôn descubriô cosas hasta el momento no vistas, paisajes y colores aci-

cateantes, asimismo divisô que la signora Lacrusea y Nausica venîan por

la misma conductual caminado unos cuantos metros delante y en opuesta

direcciôn. Notô que la signora Lacrusea cubrîa su cuerpo con una vestidu-

ra de lino, vestidura que como tal, y segûn dejado saber por Kosmos, era

la  tîpica utilizada en los cultos egipcios, aunque tambiên que embrisâba-

se su semblante con un no pequeño abanico polîcromo, variedad de colo-

res que recordôle al guacamayo de Konfuza. En lo atinente a Nausica su

forma de bestir era la misma de siempre, mas de su cuello colgaban unas

conchas  engastadas a una cinta que funcionaba como un torques, lo que

diole  pâbulo de pensar a Kosmithôs en el onîrico que tuvo Nausica, y el

contô hace ya bastante tiempo, con la diferencia de que en êste el torques

colgaba  de una rama de un ârbol que protegîa una ceremonia ritualizada

y, como tal, perteneciente a una alcheringa que muy pocos recuerdan, pu-

diesen recordar. De resultar interesante el encuentro mâs dêbese a un re-

conocimiento que a una no tan tenida en cuenta causalidad, y sobre todo

para la signora Lacrusea, la que despuês de mirar varias veces al gimno-

sofista  lo identifica: Tircano  Cilatino, el novio que tuvo en los tiempos

en que êste visitaba el colegio de los sacerdotes Salios, allende de haber

trabajado como informante secreto de Cotisôn Alanda Coto, 

---Y quiên nos iba a decir que nos volverîamos algûn dîa a encontrar.

---Pero Tircano, su rostro no se me olvida, mas nunca lo vi asî, en ese es-

tado en que estâ usted. Por quê usted anda asî, se volviô loco?--pregunta

signora Lacrusea abanicândose sin cesar por la subida de la temperatura

en su cuerpo.

---Al contrario, me volvî sabio, pero es una historia larga de contar.

---Asî se llama usted, gimnosofista?---pregunta Kosmithôs.

---Sî!! Tal es mi nombre, el que no habîa utilizado mâs desde mi conver-

siôn a asceta.

---Tircano, con el tiempo he olvidado sus abusos. Se acuerda usted del y

compinche del flamen en el colegio de los sacerdotes Salios?--pregunta

la signora Lacrusea.

---Pempeo Noncola, el que reforzô su creencia especializândose en lo re-

ferente a las ofrendas destinadas al hijo de Juno, y por el que se enterô el

flamen de mis abusos contra usted.

---Correcto! Y le comunico que ese flamen es el del templo de Jano Qui-

rino aquî en Bedriaco.

---El mundo mâs pequeño no puede ser! Pero yo no conozco a ese flamen.

---Yo sî ya lo conocî, ademâs de que en cuanto lleguê aquî fue a entregar-

le unos originales de los poemas neronianos que me dio Pempeo Noncola.

Y mire, Tircano, esta es mi hija, Nausica.

---Hola, Tircano, hola--dice Nausica dândole la mano.

---Entonces tû padre es Akalistôn, no?

---Sî, Tircano, el difunto Akalistôn.

---Tu padre y yo tuvimos una conexiôn en la corte de Cotisôn Alanda Co-

to; siento de verdad su fenecimiento. Y cuândo y dônde muriô?

---Hace ya un tiempo y en la ciudad del ocio.

---Ten mi pesar, aunque demasiado retrasado.

---Esta bien, Tircano, gracias!!

---Y mire, signora Lacrusea, ella es Arete, la nueva etera de Masalia novia

del cocinero de Irlanda, y êl es el cazador---dice Kosmithôs.

---A ella no la conocîa en persona; a êl me parece haberlo visto en el ûlti-

mo âgape en palacio. Y ese morlaco enorme de dônde lo sacaron?

---Del bosque cercano a Albula, y yo disparê la flecha--responde el cazador.

---Y este cuadrûpedo tan bonito es cogido para halar un animal tan grande?

---Ademâs de bonito es fuerte, signora Lacrusea--dice Kosmithôs.

---Y adônde ustedes llevan el morlaco?

---A mi casa, signora Lacrusea, y estâ invitada a comer carne y su hija tam-

biên--dice el cazador.

---Nosotras no tenemos mucho que hacer, asî que aceptamos la invitaciôn.

---Muy bien!! Entonces a mi casa, al banquete carnîvoro--dice el cazador.


          Pero antes de llegar a su casa dîcele el cazador a sus concomitantes

que entrarâ en la granja del leñador de Britania para que êste trâigale la su-

ficiente cantidad de madera menester para pasar por el fuego al sucumbido

morlaco. Como al parecer el cazador tenîa un dîa en que todo funciona sin

problema de ningûn tipo, sin que aparezca un inconveniente, una situaciôn

inesperada, un suspiro  por causa de que todo sale mal y con el que tal vez

lôgrase tener brevemente paciencia, que si no un conformismo frente a co-

sas  que porque tienen que suceder sucederân a pesar de todo, la presencia

del leñador frente a êl tuvo lugar en cuestiones de segundos, y precisamen-

te trayendo un pequeño carretôn atiborrado de madera acabada de cortar, y

como tal fresca e incluso con olor a bosque.

---Vaya sorpresa, cazador, tiempo que no lo veîa. Me viene a visitar o le es

necesaria mi ayuda en algo?

---Mire usted leñador. Se trata de que acabo de atravesar mortalmente con

una de mis flechas a un morlaco en el bosque cercano a Albula, y necesito

una buena cantidad de madera para pasarlo por el fuego.

---Hablando de madera mire usted la cantidad que hay en este carretôn.

---Sî, la veo, mas no sê si estâ es la cantidad que usted me puede vender.

---Para lo que usted quiere la madera, leñador, mejor es recientemente cor-

tada, y sabe usted el porquê? Porque asî se quema mejor.

---Si usted con la experiencia que tiene lo dice le creo totalmente. Pero pa-

sa una cosa, leñador. Ahora no llevo peculio conmigo, o mejor dicho, el y 

que llevo encima no es suficiente para pagarle...

---Cazador, deje, no se preopcupe por eso, que yo lo conozco y sê que en

usted puedo confiar. Mire, llêvese este pequeño carretôn y mañana paso y

por su casa para decirle cuânto me debe dar.

---Gracias, leñador, gracias!! No quiere usted venir a mi casa ahora para

participar del âgape carnîvoro, que serîa usted un invitado mâs?

---Y quiênes son los otros, leñador?

---Kosmithôs, Arete, la nueva novia del cocinero de Irlanda, la signora La-

crusea, Nausica y un gimnosifista, del que acabo de saber por la signora La-

crusea que se llama Tircano Cilatino.

---Cômo, un gimnosofista? Y de dônde saliô?

---Eso no lo sê, hasta para mî es nuevo.

---Bueno, acepto la invitaciôn, pero llegarê un poco tarde a su casa porque

aûn me quedan cosas por hacer.

---Tranquilo, que primero hay que hacer el fuego y despuês pasar por êste 

al morlaco, por lo que mâs o menos son necesarias de tres y medias a cuatro

horas. Entonces nos vemos mâs tarde, leñador. Hasta entonces.

---Hasta entonces, cazador.

Y acopas llega Kalîas, y sin dilaciôn pregunta:

---Y yo no estoy invitado a su casa, cazador?

---Contra, Kalîas, que buena escucha usted tiene.

---Un ex-aficîonado de la cetrerîa, cômo no tendrîa escucha buena? El vue-

lo de los halcones produce una lînea sonora que proporciona un suntuso de-

sarrollo de los oîdos.

---Eso no lo sabîa, Kalîas. Tambiên estâ usted invitado, que carne hay para

un batallôn.

---Perfecto!! Llevarê tres o cuatro botellitas de vino, que la carne sin vino

no es nada grata.

---De acuerdo, Kalîas, me parece una buena idea. Hasta mâs tarde. Nos ve-

mos. Y me voy, que debo hacer el fuego.

---Recuerde no hacer el fuego cerca de donde hayan pajas, que si no coge-

ra candela todo Bedriaco---dice el leñador de Britania.

---Y risas del cazador y de Kalîas.

---Y usted dônde estaba metido, se fue de vacaciones. Kalîas?

---No, leñador, de vacaciones nada. Estaba ocupado en buscar un halcôn

para dar clases de cetrerîa en la Kosmona.

---Clases de cetrerîa en la Kosmona? Cômo es eso, Kalîas?

---En la instituciôn se empezarân a dar unos cursos que ya no son gratis,

siendo uno de êstos el de la cetrerîa.

---Y quiên tuvo la idea de dar esos cursos?

---Los contertulios, quiênes si no?

---Y su salud cômo anda?

---Mâs vieja pero en orden, equilibrada. Y la suya, leñador?

---Mâs equilibrada que vieja, porque no creo que la salud tenga edad.

---En fin, leñador, que lo importante es que estamos aquî.

---Quê le parece si nos tomamos unos traguitos, Kalîas?

---Que quê me parece? Me parece bien.

---Pues vamos adentro por los traguitos.

---Afuera no podemos ir, porque ya estamos.

---Usted como de vez en cuando desprendiendo humor. 

---Vamo adentro o no?

---Vamos, Kalîas, vamos!!























 


























  



























 



  



    

Mittwoch, 4. Oktober 2023

1170, 109

      Non plus ultra del tiempo que soportô escuchar la dialogizaciôn de los

contertulios en la Kosmona, la que de facto prodûjole un ligero fastidio de

testa, Kôs pîdele a su padre regresar a la sede mayestâtica. Al llegar a êsta,

y aûn cada cual sentados sobre el cuero crudo de la albarda de sus corres-

pondientes  cuadrûpedos, Kôs  atisba que Arete viene hacia êl con las ma-

nos apoyadas en su perfecta cintura, mas que por no ser una posiciôn y en

jarras  concreta, taxativamente, sino que mâs bien por razones de costum-

bre, de mâs quedaba pensar en un ademân de desafîo. Y entonces, y ya es-

tando frente a la cabeza del caballo negro de Kôs, Arete agarra fuertemen-

te el arreo y sin dilaciôn pregûntale al jinete:

---Y por fin, Kôs, de una vez y por todas me vas a decir dônde fue que es-

condiste mis ropas?

     Empero como el ligero malestar de testa acarreôle a Kôs una disminu-

ciôn de la gana de dar la respuesta, es Kosmithôs quien barrûntale a Arete

sobre el lugar especîfico donde sus ropas estaban. Seguido pîdele Kosmi-

thôs a êsta que le dê quince minutos para dejar en su cuarto a Kôs con el

propôsito de que duerma un rato, y a continuaciôn dêjale saber que al ter-

minar con esta actividad hacedera llevarîala con el corcel asturiano al pa-

sadizo.

---De acuerdo, Kosmithôs, de acuerdo. Y dônde te espero?

---De aquî no te muevas, Arete, no te vayas a ninguna otra parte, pero y

suelta el arreo que pudiera resultar peligroso, ya que este caballo negro

cuando no tiene a Kôs encima se pone pesado, insoportable, y asî empie-

za a darle patadas al vacîo como un cuadrûpedo loco.

----De verdad, no me digas? Mira, aquî tienes el arreo.

----A mî no me lo des, simplemente suêltalo, dêjalo libre.

----Estâ bien. Bueno, entonces espero por ti aquî.

----Sôlo quince minutos, por lo que me parece que la espera larga no es.

----Asî es, Kosmithôs, es una espera breve.

         Y sucede que, y mientras que espera  Arete sentada en un escalôn de

mârmol con un ampo tan descollante y poderoso que de fijar los ôculos en

êl  pudiera causarle a la  mirada una efîmera pejiguera, penetra en palacio

Argos con los cuatro soldados bâtaros de recorrido. Como no tenîa quê ob-

servar que fuese dador de un deleite o de una estimulaciôn, dos relevantes

benêficos muy apreciados por las eteras de Masalia, Arete concentra su mi-

rada en Argos, empero como êste tenîa gran captaciôn visual a distancia, y

debido precisamente a que el primer requisito que debe tenerse para obte-

ner un puesto como soldado de vigilancia de la corte nada mâs y nada me-

nos es el de contar con unas suntuosas retinas, dase cuenta de que era por

aquêlla observado, razôn basta como para dirigirse hacia ella sin pêrdida

de tiempo alguna.

---Buenas tardes, Arete, buenas tardes! Te sucede algo, necesitas ayuda al-

guna sea la que sea?----pregunta Argos tomândole la mano derecha con el

fin de tocârsela con los labios.

---Buenas tardes, Argos! Te respondo que no, que no me pasa nada. Aquî

estoy esperando a Kosmithôs que me dijo regresaba en quince minutos.

---No hace mucho pasê por la Kosmona, y êl y su hijo Kôs estaban allî. Y

por quê esperas a Kosmithôs, si se puede saber?

---Porque me llevarâ al pasadizo donde Kôs escondiô mis ropas.

---Ah, lo de tus ropas. 

---Quê, sabes algo al respecto?

---Estoy informado por uno de los dos soldados bâtaros que acompañô a

Kôs ese dîa, y el mismo que le contô a Kosmos lo que habîa pasado.

---Y por quê a Kosmos y no a Kosmithôs?

---Porque el soldado se encontrô aquî mismo con Kosmos. Pero, Arete,

si quieres yo te puedo llevar al pasadizo, podemos cabalgar juntos.

---Te lo agradezco, Argos, te lo agradezco, pero no, gracias!!

---Como quieras. Entonces me retiro y que tengas una buena tarde.

---Lo mismo te digo, Argos, lo mismo.

---Gracias!! Y adiôs. Ah, y me llevo al caballo negro de Kôs, que êste

no es su lugar estando suelto.

---Muy bien!! Y adiôs, Argos, adiôs!!

         Siete minutos despuês regresa Kosmithôs y dicele a Arete:

---Ya estoy de vuelta, de nuevo aquî. Y dônde estâ el caballo de Kôs?

---Se lo acaba de llevar Argos. Pero regresaste antes de los quince minu-

tos, no?

---Es igual. Y quê, nos vamos al pasadizo?

---Sî, Kosmithôs, sî!! 

---Y dônde prefieres cabalgar con el corcel, delante o detrâs de mî?

---Delante me parece mâs interesante, no?

---Me parece que sî.

---Te parece? Miro a tus ojos y encuentro una alegrîa.

---Quê dices? Boberîa femenina!!

---Tû crees, kosmithôs, estâs seguro que es boberîa de mujer?

---Acâbate de una vez de sentar a horcajadas en la montura, que pri-

mero las damas y despuês los caballeros.

---Esta bien, Kosmithôs, estâ bien.


         Un rato despuês, y en el bosque cercano a Albula, aparece un mor-

laco  en posiciôn de embestir, posiciôn de ataque que fue la causa de que

el corcel asturiano detuviêrase de repente y levantârase en dos patas emi-

tiendo  fuertemente un relincho alargado. Mas si a raîz de esta parada de

sopetôn  en seco Kosmithôs cae al suelo, Arete agarra el arreo con el fin

de controlar al cuadrûpedo. Seguido a un conspicuo esfuerzo logra Arete

dominar a êste, siendo entonces cuando el morlaco empieza a soltar unos

bramidos escalofriantes. Desde el suelo dîcele Kosmithôs a Arete que tra-

te de quitarse el vestido rojo que llevaba puesto, pero como êsta no debe-

rîa dejar libre el arreo con quê manos pudiêrase despojar de lo que de he-

cho  era la causante cupular de la susodicha posiciôn del morlaco, por lo

que entonces Kosmithôs levântase del suelo, parsimônicamente acêrcase

al corcel asturiano, y cuando ya estaba cuasi por apoderarse del arreo una

flecha atraviesa mortalmente al morlaco. A continuaciôn oye una voz que

dîcele:

-- Te he salvado dos veces tu vida, asî que me debes unos cuantos sester-

cios.

--Ah usted, cazador, usted mismitico. Vaya, quê casualidad!

--Cômo que dos veces te ha la vida salvado?---pregunta Arete bajândose

del corcel asturiano.

--Hace muchos años êl me salvô del ataque de un tejôn, tiempo en que

aûn era yo un mancebo acabado de llegar de la ciudad del ocio--clara Kos-

mithôs.

---Asî es muchacha, como êl acaba (de)cir, y despuês yo le regalê la testa

del animal que no sobreviviô al tiro de mi flecha---dice el cazador.

---Vaya, como que has nacido dos veces, Kosmithôs.

---Algo como eso dirîase por repeticiôn, Arete.

---En realidad el morlaco a quien querîa era a ti; o mejor dicho, lo que le

resultaba atractivo era la tela de tu vestido rojo que querîa horadar, pero

como Kosmithôs estaba pisando tierra su existencia periclitaba mâs que 

la tuya--dîcele al cazador a Arete.

---A ver, dime Arete: por quê te pusiste un vestido rojo?

---Kosmithôs, y cômo me iba a imaginar que aparecerîa un morlaco?

---Este morlaco es bastante raro; nunca vi uno en este bosque; ni idea de

dônde pudo haber salido, porque ni en los derredores ni arrabales de Bedria-

co nadie crîa un animal como êste--dice el cazador.

---Cazador, y eso de los sestercios es verdad, o es una broma suya?

---Claro que una broma, Kosmithôs, claro que eso.

---Y cazador, quê hacemos con el morlaco?

---Pasarlo por el fuego y darnos un banquete con su carne. Pero hay un pro-

blema: cômo lo transportamos a mi casa, porque como ven es enorme?

---Se me ocurre una cosa, pero primero hay que buscar una fuerte soga.

---Ya entendî, Kosmithôs. La soga la halarîa el corcel, no?

---Entendimiento correcto, correctîsimo!!

---Entonces voy en busca de la soga. asî que espêrenme aquî.

---De paso, y mientras que usted la busca, ella tiene que entrar al pasadizo

para buscar sus ropas--dice Kosmithôs.

---Sus ropas? No entiendo mucho.

---Le explico despuês, mâs tarde, cazador.

---Ah, las mismas palabras que utiliza tu padre, no?

---Asî es cazador, las mismas, cômo olvidarlas?

---Bueno, voy en busca de la soga.


             De inmediato ocûpase Kosmithôs de amarrar el corcel asturiano al

al tronco de un ârbol y de llevar a Arete hasta la entrada del pasadizo. Des-

puês de caminar unos treinta metros podîase ver la entrada de êste sin ôbi-

ce de ningûn tipo, mas como aûn faltaban aproximadamente unos diez me-

tros para estar ambos frente a su puerta el poner atenciôn resultaba necesa-

rio, ya que por la crecida vegetaciôn la superficie irregular pudiera ser mo-

tivo  de un mal pisar, y con êste que los pies o las piernas quedaran afecta-

dos, lo que por parangôn no es nada con una herida en el tobillo sufrida a 

causa de unas de esas trampa que cierrânse a presiôn, y sobre todo para la 

efectiva caza de grandes animales. Entonces, y en el momento que apellî-

dase  justo, la  puerta del pasadizo podîase abrir con tan sôlo estirar com-

pletamente uno de los dos brazos, pero inesperadamente una cosa sucede,

la que no es otra que la salida del gimnosofista del pasadizo con las ropas

de Arete.

---Y cômo usted supo que eran las ropas de ella y que venîa a buscarlas?

---Kosmithôs, aquî ni hay causalidad ni magia de ningûn tipo, sino que al

salir de la Kosmona el soldado Argos me detuvo al equivocarme yo de ca-

mino y coger por otro que conduce a la misma entrada de palacio. Al pe-

dirme identificaciôn le dije que no tenîa, mas que si querîa saber que yo

no era una persona non grata que pasara por la instituciôn y hablara con

Kosmos, y entonces me dijo: si usted conoce a Kosmos no hay problema

alguno. Y seguido me pregunta: Y dônde usted vive? Actualmente en el

pasadizo, le respondî. Asî que en el pasadizo. Le informo que irân al pa-

sadizo Arete y Kosmithôs con el objetivo de buscar las ropas de aquêlla,

algo  que sê porque acabo de hablar con Arete. Y pregunto yo: y quê yo 

debo  hacer, darle  las ropas? Asî mismo, gimnosofista, dêselas, sî!! De 

acuerdo, se las darê, mas primero debo encontrarlas porque ni idea ten-

go de dônde pueden estar. Y me dice êl: pues no hay tiempo que perder. 

Mire, coja por aquella direcciôn, por la que se llega mâs râpido al pasa-

dizo y  pôngase en funciôn de hallarlas, palabras a las que siguieron la 

entrega beneficiosa de una bolsita con sestercios. Y en fin, que estoy y

aquî con las ropas en mi mano.

---Verdaderamente ese soldado Argos no es como los demâs, como el

resto de los soldados bâtaros---dice Kosmithôs.

---Y por quê no, Kosmithôs?---indaga el gimnosofista.

---Porque son bastante austeros, y como tal aunque se les diga que con

mi padre hablen la detenciôn sucede.

---Saben que me resulta increîble?

---Quê, Arete, quê?---pregunta Kosmithôs.

---Que ese soldado Argos haya pagado por el encuentro de mis ropas.

---A lo mejor le caes bien, le gustas, por ejemplo--dice Kosmithôs.

---Puede ser, pero êl es demasiado viejo para mî, ademâs que debe saber

que soy la novia del cocinero de Irlanda.

---Eso sî, êl quiso traerme al pasadizo, mas como le dije que serîas tû y

quien me traerîa no insistiô, no tratô de convencerme. Pero debo recono-

cer que su comportamiento con las fêminas es muy especial.

---Quê quieres decir con especial?

---Kosmithôs, que me besô la mano derecha.

---Vaya boberîa!!

---Me parece que esa palabra te domina, porque ya es segunda vez que te 

la oigo decir.

---Quê usted cree, gimnosofista de lo que acaba (de)cir?--fisga Kosmithôs.

---Crêeme que no creo nada, que si lo dijo es porque tenîa que no esconder-

lo.

---Ah, miren, regresa el cazador con la soga---dice Arete.

---Aquî estâ lo que fui a buscar. Transportamos a mi casa al morlaco?

---Un morlaco? Cuâl?---pregûntale el gimnosofista al cazador.

---Quiere usted comer suficiente carne?

---Cômo no, claro que sî!

---Pues venga, ayûdenos a amarrar al morlaco por los cuernos para que lo

hale el corcel asturaino con esta soga.

---De acuerdo. Vamos!!


























  





 





 























 



 


 




























   













Montag, 2. Oktober 2023

1169, 108.

      Entre las pinceladas bucôlicas y los têrminos mâs significativos la po-

sibilidad de domeñar las representaciones mâs escalofriantes, amplificaba

Kosmos a continuaciôn de escuchar la opiniôn del gimnosofista de îndole

aterradora, allende de agregar que toda imago que sucumbre cumple exac-

tamente con un plan de trabajo que si no austero caracterîzase por el rigor

del magîn del artîfice, de la intensidad del imaginario de êste que pudiera

pastichar  las dimensiones del tiempo  hasta lograr una mescolanza con la

que mengua la fuerza de las resonancias mâs repetidas, o que si no con la

que libêrase de los efectos mâs vigorosos de una alcheringa indeleble.

      Escuchando esta facundia, cômo podrîa el didâscalos filosôfico eludir

el pensar que lo que es ser de rigor para algunos para otros es como el ali-

ciente necesario para pasar a exponer o lo que es parte de una intransigen-

te moralia, o de un programa con fijeza que no admite influencias ni forâ-

neas ni ajenas, ni tentadoras ni deîcticas, ni la de los verbos transitivos ni

las  de las emisiones  superlativas, por ya no decir: las de un otro que por

ethos  brinca con el propôsito de extraer lo mâs relevante al estar contem-

plando desde otra posiciôn.

---Y punto a la raya y que continûe la letra!--afirma Kosmos que dîcele al

didâscalos filosôfico: gracias muchitantas por la tempestiva defensa.

---De nada!!, que el tiempo nos une y la vejez nos separa.

---Kosmos, pero que de verdad puedes con una mînima cosa hacer un dis-

curso---dice el gimnosofista que agrega: yo sôlo quise darte mi opiniôn, la

que tû has convertido como en un motivo para que tu verba no falte.

---Câspita!! Para que mi verba no falte? 

---Gimnosofista, con motivo o sin êl nunca estâ ausente la verba del que y

usted mira---clara el tîo de Kosmos.

---Entonces usted me mira a mî?

---Como no voy a mirarlo si hablo con usted? Acaso usted puede hablar

con el viento para que êste se lleve las palabras?

---Por donde vamos me parece que el mirar se convertirâ en perîstasis.

---No hemos avanzando suficiente yendo, Vercingetôrix---dice Kosmos.

---Yendo, adônde?---pregunta Perrasiestes de Mocarês.

---Cenutrio, si vamos no nos movemos, y todo movimiento no es ir a?

---Kosmos, y quê nos dices de lo que pasa despuês de que Vestalia de..

de quê?---pregunta el gimnosofista.

---De Pêlope!!

---Ah. Bueno, quê sucede despuês de que Vestalia de Pêlope dase cuen-

ta de que habîa tosigado a su padre?

---Decide hacer un viaje por mar en una embarcaciôn antigua, mas êsta

se hunde y tiene que nadar hasta que es rescatada por un navîo, y en el

que mâs tarde se encuentra con Sabinsqui, el que iba a Apragôpolis por

razones familiares. 

---Y cômo sigue la cosa?

---Como artîfice de momento no digo mâs, lo que es mi derecho como

tal, como el que moja la punta y embadurna a la blancura de tinta nece-

saria.

           

         Y entonces, como flecha salida del arco de Artemis, saca a puesto.

a colocaciôn el Venerabilis Inceptor a las prostitutas jonias, mas debido

no a otra cosa que a la atinente al decir de êstas antes de entregarse del

todo al lûdico de la tryphê: hay que mojar la punta en el caso de que al

penetrar en la canasta de los dioses estê del todo ârida.

---Câspita Macco!! Sâbese que Jonia fue la tierra por antonomasia de y

las prostitutas, pero no olvide que entre nosotros hay presente un man-

bo, el que a pesar de saber una sûmula de cosas aûn no estâ preparado

para escuchar un lenguaje sobre la materia que de ôrdago bien conoce

la Pandemus.

---Y la Urania igual, pero mâs alejada de la vulgata, de la orilla [...] de

la arena---interrumpe el Bury.

---Entonces pido disculpas, que pasê por alto la presencia de tu nieto.

Reconozco mi compulsividad---dice Macco.

---Como es la primera vez acêptase su reconocimiento--dice Kosmos.

---Tintiririnti tatatâ!!, para que ôigase otra cosa, ademâs de agitar y el

crôtalo---dice Kosmithôs.

---Un cambio de la movida o una movida del cambio!!--afirma el didâs-

calos filosôfico.

---Un cambio del ir?

---Cenutrio, in casu no, sino mâs bien un cambio del lenguaje, porque

êste es asimismo movimiento de la verba---clara Kosmos.

---Entiendo, entendî. Kosmos.

---Pero señor Macco, usted ha cogido la frase de Kosmos como pretex-

to para referirse al tema de la sexualidad; le dio otro sentido para satis-

facer sus mâs întimas preferencias...

---Disculpe usted que le interrumpa--dîcele Macco al tîo de Kosmos---,

pero no tratôse de pretexto alguno ni de preferencias tampoco, que fue

solamente que me acordê del decir de las prostitutas al escuchar la pri-

mera parte de la frase de Kosmos, nada mâs que eso, ûnicamente eso.

---Contertulios, que ya yo he visto imâgenes de mujeres desnudas que

no  son prostitutas, y contemplê a Arete en Albula y le escondî sus ro-

pas---dice Kôs.

---A quiên habrâ salido, a quiên?

---A mî no me mires, yo no tengo que ver nada con eso----dîcele Kos-

mithôs a Kosmos.

---Travieso y curioso!!---afirma Vercingetôrix.


      Y acopas penetra en la Kosmona el soldado Argos y dice:

---Espero que Kôs estê aquî con su padre, porque afuera estân amarra-

dos a un ârbol el corcel asturiano y el caballo negro.

---Sî, Argos!! Kôs estâ aquî a mi lado, que no lo puede ver porque la si-

lla es mâs grande que êl---dice Kosmithôs.

---Muy bien!! Êl sabe que solo no puede salir de palacio, asî que si estâ

contigo no hay problema--dice Argos.

---No pasa nada, estoy con mi padre---dice Kôs.

---Argos, no desea usted quedarse un rato con nosotros, un tiempo breve?

---No, Kosmos, no puedo porque estoy de recorrido, y que por lo mismo

me esperan afuera cuatro soldados bâtaros.

---Pues al avîo, al avîo!! 

---A eso voy y me voy!! Adiôs a todos.





































        

 













 




 

199

         Terencio, el ônoma del cartero que dejaba las correspondencias en cada buzôn de mi edificio, fue el motivo de que acordârame en la ...