En casa del cazador lo que primero llamôle la atenciôn a la signora La-
crusea, o por lo menos lo que mâs despertô antes que nada su interês de ob-
servaciôn fue la testa del tejôn, la que ya sâbese que cuelga desde hace cin-
co años en uno de los sucuchos de la cocina, rincôn donde asimismo hay y
una especiosa mesa de roble. Precisamente sobre esta mesa puso la signora
Lacrusea sus dos brazos cruzados, mas despuês de soltar el embrisante ob-
jeto que colocô en la parte derecha de la mesa, y asî podîa contemplar con
mâs comodidad, de abajo hacia arriba la testa del tejôn y en busca (de)ta-
lles. Concentrada en esta bûsqueda tumba sin querer una cestilla al estirar
el brazo izquierdo, el que empezô a dormîrsele por cuestiones concretas y
de circulaciôn. Como en esta cestilla estaban los agaricus bisporus que el
cazador aûn consumîa, el saltô de Lah al centro de la mesa fue la tempes-
tiva razôn por la que la signora Lacrusea saliô corriendo demasiadamen-
te asustada, y a su vez el motivo de que Nausica acudiera a êsta y sin dila-
ciôn preguntârale:
---Y quê pasô, a quê dêbese el corretaje?
---A un gato que apareciô de repente, como caîdo del cielo en medio de
la mesa.
--Signora Lacrusea, el gato no hace nada y su nombre es Lah--clara Kos-
mithôs que agrega: mi hijo Kôs juega con êl cuando estâ en palacio; me-
jor dicho, lo mortifica tirândole caracoles con el cochlear.
---A mî no me gustan los gatos, me dan pavor, nunca me gustaron por y
eso, Kosmithôs.
---Sabe usted una cosa, Lacrusea?
---Cuâl, Tircano, cuâl?
---Que entre su vestidura de lino y los gatos hay una relaciôn.
---Quê dices, pura tonterîa.
Al penetrar el cazador por una puerta angosta del lado izquierdo
de su vivienda, mas no antes de haber vaciado el pequeño carretôn y de
prepararar las condiciones para hacer el fuego, adonde primero va es a
la cocina, y con el objetivo de beber un vaso de agua para saciar su sed.
A continuaciôn de llevarse a la boca una botella de cristal cuasi conge-
lada con agua de un manantial percâtase del reguero que habîa en el pi-
so de agaricus bisporus, motivo por el cual hâcele a los presentes la si-
guiente pregunta:
-----Alguien de ustedes me puede decir el porquê de que la cestilla con
los agaricus bisporus no estê encima de la mesa de la cocina sino en el
piso?
--- Yo soy la culpable, cazador, yo la tumbê con mi brazo izquierdo, y
crêame que lo siento y espero que me perdone---dice la signora Lacru-
sea.
----No es para tanto como para perdonarla, pero sî quisiera saber cômo
fue que usted la tumbô con el susodicho brazo.
----Es que puse los brazos cruzados encima de la mesa, contemplê y la
testa del animal, y un poco despuês se me empezô a dormir tal brazo y
por mis problemas de circulaciôn, Entonces lo estirê y con êl golpeê la
cestilla, la que no tuve tiempo de volver a poner en la mesa.
---Cômo que no tuvo ese tiempo?
---Es que su gato, que me acabo de enterar por Kosmithôs que se llama
Lah, de un salto cayô encima de la mesa, y por el susto que medio salî
corriendo. Sabe usted , cazador, por quê dio ese salto?
--Signora Lacrusea, la explicaciôn breve es la siguiente: el gato Lah se
ha convertido en el guardiân de los agaricus bisporus, por eso su salto
significa algo asî como una reacciôn de molestia al verlos salidos de la
cestilla.
---Yo le agradezco la explicaciôn, cazador, pero por lo que me acaba y
de aclarar usted y por lo dicho por Tircano Cilatino yo estoy como con-
fusa.
---Es que yo le dije, interrumpe Tircano, que hay una relaciôn entre su
vestidura de lino y los gatos.
---Refiêrese usted a una relaciôn ceremonial?
---Mâs o menos, cazador, algo como eso.
---Una relaciôn ceremonial? Yo no entiendo eso---dice Arete.
---Y mucho mejor, crêeme---dice Tircano Cilatino.
---Signora Lacrusea tengo que darle una mala noticia: Lah ha destrozado
su abanico; lo hizo añicos con sus dientes---deja saber Kosmithôs que le
pregunta al cazador: los pedacitos de madera del abanico no servirân pa-
ra atizar el fuego que estâ por hacerse?
----Contra, Kosmithôs, estâs tan burlôn como tu padre.
----Y risas de Kosmithôs.
----Lamento lo de la pêrdida de su abanico, signora Lacrusea.
----No hace nada, cazador, que yo tengo mâs de uno, un baûl mediano re-
pleto de abanicos que he ido comprando en varias partes del mundo.
----Quiero decirles que hay dos invitados mâs al banquete carnîvoro.
----Y quiênes son, cazador?---fisga Kosmithôs.
----El leñador de Britania y Kalîas, los que llegarân mâs tarde.
----Son amigos de ustedes?---pregunta Arete.
----Viejos amigos, Arete, y viejas personas---responde el cazador que pre-
gûntale a Kosmithôs: si el corcel ve al gato tiene alguna reacciôn?
----Fîjese usted, cazador, que si el corcel asturiano veîa a la mula del di-
dâscalos filosôfico como un juguete cômo podrîa ver a Lah.
----Ya, entendido. Bueno, empiezo con el fuego, asî que siêntanse como
en su casa.
----No necesita ayuda, cazador?---pregunta Kosmithôs.
----La tuya y la del gimnosofista para despuês de atravesar el morlaco, y
con un punzôn largo, levantarlo y ponerlo encima del fuego.
----Y ese punzôn no tiene ningûn apoyo?
----Dos pedazones de madera fuerte a la izquierda y a la derecha encaja-
dos en la tierra.
----Entonces cuando termine de atravesar al morlaco nos avisa.
----Les chiflo, para ahorrar palabras.
----Pues estaremos al tanto de su chiflido, cazador.
----Pero no cierren la puerta delantera de la casa, por donde penetrarâ el
chiflido.
----La dejamos abierta para que la viole---dice Kosmithôs y risas.
Cuatro horas y media despuês llegan el leñador de Britania y Ka-
lîas, y trayendo êste la cantidad de botellas de vino prometida. A raîz de
la entrega de estas botellas al cazador, Kalîas dejôle saber que la dadorîa
de Baco llevaba nada mâs y nada menos que diez años dentro de un ba-
rril de roble, recipiente regalado por su majestad Vologeso debido a la fi-
delidad que Kalîas mantuvo durante todo el tiempo que fue su lacayo.
---Pues, Kalîas, y quê esperamos para probar una delicia como êsta, que
si el vino lleva diez años en un barril de roble debe saber exquisito?
---Que quê esperamos, cazador? Nada!!
---Entonces abro la primera de las cuatro botellas.
---Totalmente de acuerdo!
Y en lo que abrîa la botella el cazador, el leñador de Britania presta
atenciôn a la polvareda levantada por una sûmula de caballos que no po-
dîa saberse con exactitud a cuânto llegaba, y precisamente por impedirlo
el polvo. Ya mâs cerca de la granja los caballos aminoran la velocidad y
es entonces cuando puede el observante contar los jinetes: cinco, siendo
uno de êstos Kôs y los restantes cuatro soldados bâtaros. Pensando el le-
ñador de Britania que deberîa avisarle al progenitor de Kôs para que re-
cibiêselo êl mismo, en persona, raudo entra en la casa y dîcele a Kosmi-
thôs:
---Tu hijo estâ llegando con cuatro soldados de la guardia bâtara.
Con este aviso Kosmithôs pidele disculpas a Tircano Cilatino, con
quien entraba en verba en el sucucho de la cocina donde estaba la mesa
protegida por la testa del tejôn, y sin dilaciôn alguna arrumba sus pasos
hacia la parte trasera de la casa, mete sus dos manos en los bolsillos tra-
seros del pantalôn, y con êsta posiciôn espera la llegada de Kôs, la que
posible sucede pasados cinco minutos.
---Y se puede saber que tû pintas aquî? Tan poco tiempo dormiste? Ya
no tienes el ligero fastidio de testa?---pregûntale a Kôs Kosmithôs.
---Tres preguntas a la misma vez? Verdad? Empiezo a responder de la
ûltima a la primera pregunta. Como el fastidio era ligero râpido se me
quitô. El dormir no fue muy largo porque ya no tenîa el fastidio ligero.
Y de pintar no pinto nada, sôlo que salî de paseo con estos soldados y
divisê un nubarrôn de humo que procedîa de este lugar, motivo por el
cual estoy aquî. Alguna otra pregunta?
---De momento mâs ninguna.
---Entonces pregunto yo: a quê dêbese el nubarrôn de humo?
---A un morlaco que estâ siendo pasado por el fuego.
---A un quê?
---Mira, ven acâ, pârate aquî, y verâs el morlaco.
---Tremendo animalôn! De dônde lo sacaron?
---Del bosque cercano a Albula, y lo cazô el cazador.
---Y cuândo estrâ listo para comer?
---Mâs o menos de aquî a tres horas.
---Me puedo quedar?
---Si lo deseas claro.
---Entonces le digo a los soldados bâtaros que se retiren, que estoy aquî
contigo.
---Estâ bien. Y voy adentro, para seguir la conversa con el gimnosofista.
Al retirarse los soldados de la guardia de recorrido bâtara Kôs sû-
bese en el pequeño carretôn. Desde esta altura de centîmetros de separa-
ciôn del suelo observa cômo el humo engendrado por la madera que iba
quemândose ascendîa al firmamento hasta desaparecer completamente
en êste no mucho despuês del momento que comenzô su elevaciôn. Del
todo ajeno al porquê de no poder percibirse mâs el humo, no ya decir y
de la dilucidaciôn cientîfica que dejarîa explicitado lo anterior de forma
inteligible, reclina su testa hacia atrâs hasta que êsta toca la madera del
estaquero de la parte izquierda. Con esta hasta cierto punto cômoda po-
siciôn no percatôse de que Lah no tuvo necesidad alguna de saltar para
alcanzar el tiro del pequeño carretôn, ya que al estar êste sin el mozo, o
sea, sin la pieza que sepâralo del piso y mantiênelo horizontal solamen-
te hacîale falta subir por el cabezal, vencer la longitud del tiro y llegar
al estaquero. Alcanzado êste no demorô en emitir un ronroneo al mirar
con fijeza a Kôs, ronquido de facto insôlito porque normalmente era y
posible escucharse en momentos en que acariciâbanle su lomo. Al sen-
tir Kôs un poco de miedo, porque interpretô el ronroneo como una po-
sibilidad de ataque, con cierta parsimonia abandona la posiciôn que te-
nîa e intenta ponerse vertical para bajarse el pequeño carretôn, empero
en lo que hacîalo el ronroneo de Lah aumentaba en fuerza. De tal gui-
sa la voz del cazador elude la peligrosa consecuencia al llamar por su
ônoma al felino y mostrarle inclinadamente la cestilla con los agaricus
bisporus. A raîz de la muestra Lah sale corriendo a gran velocidad sin
parar hasta llegar a la cocina, su lugar de la casa predilecto donde en-
cuentra seguridad al echarse debajo de la mesa especiosa de roble.
---Entonces quê, cazador, se pudiera decir que me ha salvado la vida
tres veces?---pregunta Kosmithôs.
---Y a la tercera va la vencida, Kôs, o sea, que ya no serâ posible una
cuarta vez. Pero espero que sepas que Lah no te aprecia por lo de los
caracoles que le tiras con el cochlear, y que por lo mismo prefiere a
Ateriana que a ti.
---Y cuânto tiempo dura el desprecio de un gato, cazador?
---Kôs, si un gato te desprecia no te parecia mâs, asî que la respuesta
serîa que dura toda una vida.
---Se recuerda usted, cazador, de la primera vez que estuve aquî en su
casa, y precisamente en la cocina?
---Claro que me acuerdo, de lo que hace ya algo de tiempo, de cuando
yo encontrê al gato con el rabo quemado.
---Que se lo quemô con el fuego que hizo mi padre para asar el conejo
a la vez que conversaba con el arquîatra Golemo.
---Exacto!! Vaya memoria que tienes, cômo recuerdas bien lo contado
por Kosmithôs.
---Allâ voy, por quê me llamas?
---Yo no te he llamado, Kosmithôs. Tû no conversabas con el gimnoso-
fista?
---Conversaba, cazador, conversaba. Y de quê ustedes hablaban?
---Si me acompañas a ver cômo va el asado del morlaco te digo de que
hablâbamos y el porquê. Ven con nosotros Kôs, que de momento no de-
bes quedarte solo.
---Pudiera nuevamente Lah ronronear por desprecio?
---Es posible. Por eso te dije que no debes quedarte solo---responde el
cazador cogiendo de la mano a Kôs.
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