Non plus ultra del tiempo que soportô escuchar la dialogizaciôn de los
contertulios en la Kosmona, la que de facto prodûjole un ligero fastidio de
testa, Kôs pîdele a su padre regresar a la sede mayestâtica. Al llegar a êsta,
y aûn cada cual sentados sobre el cuero crudo de la albarda de sus corres-
pondientes cuadrûpedos, Kôs atisba que Arete viene hacia êl con las ma-
nos apoyadas en su perfecta cintura, mas que por no ser una posiciôn y en
jarras concreta, taxativamente, sino que mâs bien por razones de costum-
bre, de mâs quedaba pensar en un ademân de desafîo. Y entonces, y ya es-
tando frente a la cabeza del caballo negro de Kôs, Arete agarra fuertemen-
te el arreo y sin dilaciôn pregûntale al jinete:
---Y por fin, Kôs, de una vez y por todas me vas a decir dônde fue que es-
condiste mis ropas?
Empero como el ligero malestar de testa acarreôle a Kôs una disminu-
ciôn de la gana de dar la respuesta, es Kosmithôs quien barrûntale a Arete
sobre el lugar especîfico donde sus ropas estaban. Seguido pîdele Kosmi-
thôs a êsta que le dê quince minutos para dejar en su cuarto a Kôs con el
propôsito de que duerma un rato, y a continuaciôn dêjale saber que al ter-
minar con esta actividad hacedera llevarîala con el corcel asturiano al pa-
sadizo.
---De acuerdo, Kosmithôs, de acuerdo. Y dônde te espero?
---De aquî no te muevas, Arete, no te vayas a ninguna otra parte, pero y
suelta el arreo que pudiera resultar peligroso, ya que este caballo negro
cuando no tiene a Kôs encima se pone pesado, insoportable, y asî empie-
za a darle patadas al vacîo como un cuadrûpedo loco.
----De verdad, no me digas? Mira, aquî tienes el arreo.
----A mî no me lo des, simplemente suêltalo, dêjalo libre.
----Estâ bien. Bueno, entonces espero por ti aquî.
----Sôlo quince minutos, por lo que me parece que la espera larga no es.
----Asî es, Kosmithôs, es una espera breve.
Y sucede que, y mientras que espera Arete sentada en un escalôn de
mârmol con un ampo tan descollante y poderoso que de fijar los ôculos en
êl pudiera causarle a la mirada una efîmera pejiguera, penetra en palacio
Argos con los cuatro soldados bâtaros de recorrido. Como no tenîa quê ob-
servar que fuese dador de un deleite o de una estimulaciôn, dos relevantes
benêficos muy apreciados por las eteras de Masalia, Arete concentra su mi-
rada en Argos, empero como êste tenîa gran captaciôn visual a distancia, y
debido precisamente a que el primer requisito que debe tenerse para obte-
ner un puesto como soldado de vigilancia de la corte nada mâs y nada me-
nos es el de contar con unas suntuosas retinas, dase cuenta de que era por
aquêlla observado, razôn basta como para dirigirse hacia ella sin pêrdida
de tiempo alguna.
---Buenas tardes, Arete, buenas tardes! Te sucede algo, necesitas ayuda al-
guna sea la que sea?----pregunta Argos tomândole la mano derecha con el
fin de tocârsela con los labios.
---Buenas tardes, Argos! Te respondo que no, que no me pasa nada. Aquî
estoy esperando a Kosmithôs que me dijo regresaba en quince minutos.
---No hace mucho pasê por la Kosmona, y êl y su hijo Kôs estaban allî. Y
por quê esperas a Kosmithôs, si se puede saber?
---Porque me llevarâ al pasadizo donde Kôs escondiô mis ropas.
---Ah, lo de tus ropas.
---Quê, sabes algo al respecto?
---Estoy informado por uno de los dos soldados bâtaros que acompañô a
Kôs ese dîa, y el mismo que le contô a Kosmos lo que habîa pasado.
---Y por quê a Kosmos y no a Kosmithôs?
---Porque el soldado se encontrô aquî mismo con Kosmos. Pero, Arete,
si quieres yo te puedo llevar al pasadizo, podemos cabalgar juntos.
---Te lo agradezco, Argos, te lo agradezco, pero no, gracias!!
---Como quieras. Entonces me retiro y que tengas una buena tarde.
---Lo mismo te digo, Argos, lo mismo.
---Gracias!! Y adiôs. Ah, y me llevo al caballo negro de Kôs, que êste
no es su lugar estando suelto.
---Muy bien!! Y adiôs, Argos, adiôs!!
Siete minutos despuês regresa Kosmithôs y dicele a Arete:
---Ya estoy de vuelta, de nuevo aquî. Y dônde estâ el caballo de Kôs?
---Se lo acaba de llevar Argos. Pero regresaste antes de los quince minu-
tos, no?
---Es igual. Y quê, nos vamos al pasadizo?
---Sî, Kosmithôs, sî!!
---Y dônde prefieres cabalgar con el corcel, delante o detrâs de mî?
---Delante me parece mâs interesante, no?
---Me parece que sî.
---Te parece? Miro a tus ojos y encuentro una alegrîa.
---Quê dices? Boberîa femenina!!
---Tû crees, kosmithôs, estâs seguro que es boberîa de mujer?
---Acâbate de una vez de sentar a horcajadas en la montura, que pri-
mero las damas y despuês los caballeros.
---Esta bien, Kosmithôs, estâ bien.
Un rato despuês, y en el bosque cercano a Albula, aparece un mor-
laco en posiciôn de embestir, posiciôn de ataque que fue la causa de que
el corcel asturiano detuviêrase de repente y levantârase en dos patas emi-
tiendo fuertemente un relincho alargado. Mas si a raîz de esta parada de
sopetôn en seco Kosmithôs cae al suelo, Arete agarra el arreo con el fin
de controlar al cuadrûpedo. Seguido a un conspicuo esfuerzo logra Arete
dominar a êste, siendo entonces cuando el morlaco empieza a soltar unos
bramidos escalofriantes. Desde el suelo dîcele Kosmithôs a Arete que tra-
te de quitarse el vestido rojo que llevaba puesto, pero como êsta no debe-
rîa dejar libre el arreo con quê manos pudiêrase despojar de lo que de he-
cho era la causante cupular de la susodicha posiciôn del morlaco, por lo
que entonces Kosmithôs levântase del suelo, parsimônicamente acêrcase
al corcel asturiano, y cuando ya estaba cuasi por apoderarse del arreo una
flecha atraviesa mortalmente al morlaco. A continuaciôn oye una voz que
dîcele:
-- Te he salvado dos veces tu vida, asî que me debes unos cuantos sester-
cios.
--Ah usted, cazador, usted mismitico. Vaya, quê casualidad!
--Cômo que dos veces te ha la vida salvado?---pregunta Arete bajândose
del corcel asturiano.
--Hace muchos años êl me salvô del ataque de un tejôn, tiempo en que
aûn era yo un mancebo acabado de llegar de la ciudad del ocio--clara Kos-
mithôs.
---Asî es muchacha, como êl acaba (de)cir, y despuês yo le regalê la testa
del animal que no sobreviviô al tiro de mi flecha---dice el cazador.
---Vaya, como que has nacido dos veces, Kosmithôs.
---Algo como eso dirîase por repeticiôn, Arete.
---En realidad el morlaco a quien querîa era a ti; o mejor dicho, lo que le
resultaba atractivo era la tela de tu vestido rojo que querîa horadar, pero
como Kosmithôs estaba pisando tierra su existencia periclitaba mâs que
la tuya--dîcele al cazador a Arete.
---A ver, dime Arete: por quê te pusiste un vestido rojo?
---Kosmithôs, y cômo me iba a imaginar que aparecerîa un morlaco?
---Este morlaco es bastante raro; nunca vi uno en este bosque; ni idea de
dônde pudo haber salido, porque ni en los derredores ni arrabales de Bedria-
co nadie crîa un animal como êste--dice el cazador.
---Cazador, y eso de los sestercios es verdad, o es una broma suya?
---Claro que una broma, Kosmithôs, claro que eso.
---Y cazador, quê hacemos con el morlaco?
---Pasarlo por el fuego y darnos un banquete con su carne. Pero hay un pro-
blema: cômo lo transportamos a mi casa, porque como ven es enorme?
---Se me ocurre una cosa, pero primero hay que buscar una fuerte soga.
---Ya entendî, Kosmithôs. La soga la halarîa el corcel, no?
---Entendimiento correcto, correctîsimo!!
---Entonces voy en busca de la soga. asî que espêrenme aquî.
---De paso, y mientras que usted la busca, ella tiene que entrar al pasadizo
para buscar sus ropas--dice Kosmithôs.
---Sus ropas? No entiendo mucho.
---Le explico despuês, mâs tarde, cazador.
---Ah, las mismas palabras que utiliza tu padre, no?
---Asî es cazador, las mismas, cômo olvidarlas?
---Bueno, voy en busca de la soga.
De inmediato ocûpase Kosmithôs de amarrar el corcel asturiano al
al tronco de un ârbol y de llevar a Arete hasta la entrada del pasadizo. Des-
puês de caminar unos treinta metros podîase ver la entrada de êste sin ôbi-
ce de ningûn tipo, mas como aûn faltaban aproximadamente unos diez me-
tros para estar ambos frente a su puerta el poner atenciôn resultaba necesa-
rio, ya que por la crecida vegetaciôn la superficie irregular pudiera ser mo-
tivo de un mal pisar, y con êste que los pies o las piernas quedaran afecta-
dos, lo que por parangôn no es nada con una herida en el tobillo sufrida a
causa de unas de esas trampa que cierrânse a presiôn, y sobre todo para la
efectiva caza de grandes animales. Entonces, y en el momento que apellî-
dase justo, la puerta del pasadizo podîase abrir con tan sôlo estirar com-
pletamente uno de los dos brazos, pero inesperadamente una cosa sucede,
la que no es otra que la salida del gimnosofista del pasadizo con las ropas
de Arete.
---Y cômo usted supo que eran las ropas de ella y que venîa a buscarlas?
---Kosmithôs, aquî ni hay causalidad ni magia de ningûn tipo, sino que al
salir de la Kosmona el soldado Argos me detuvo al equivocarme yo de ca-
mino y coger por otro que conduce a la misma entrada de palacio. Al pe-
dirme identificaciôn le dije que no tenîa, mas que si querîa saber que yo
no era una persona non grata que pasara por la instituciôn y hablara con
Kosmos, y entonces me dijo: si usted conoce a Kosmos no hay problema
alguno. Y seguido me pregunta: Y dônde usted vive? Actualmente en el
pasadizo, le respondî. Asî que en el pasadizo. Le informo que irân al pa-
sadizo Arete y Kosmithôs con el objetivo de buscar las ropas de aquêlla,
algo que sê porque acabo de hablar con Arete. Y pregunto yo: y quê yo
debo hacer, darle las ropas? Asî mismo, gimnosofista, dêselas, sî!! De
acuerdo, se las darê, mas primero debo encontrarlas porque ni idea ten-
go de dônde pueden estar. Y me dice êl: pues no hay tiempo que perder.
Mire, coja por aquella direcciôn, por la que se llega mâs râpido al pasa-
dizo y pôngase en funciôn de hallarlas, palabras a las que siguieron la
entrega beneficiosa de una bolsita con sestercios. Y en fin, que estoy y
aquî con las ropas en mi mano.
---Verdaderamente ese soldado Argos no es como los demâs, como el
resto de los soldados bâtaros---dice Kosmithôs.
---Y por quê no, Kosmithôs?---indaga el gimnosofista.
---Porque son bastante austeros, y como tal aunque se les diga que con
mi padre hablen la detenciôn sucede.
---Saben que me resulta increîble?
---Quê, Arete, quê?---pregunta Kosmithôs.
---Que ese soldado Argos haya pagado por el encuentro de mis ropas.
---A lo mejor le caes bien, le gustas, por ejemplo--dice Kosmithôs.
---Puede ser, pero êl es demasiado viejo para mî, ademâs que debe saber
que soy la novia del cocinero de Irlanda.
---Eso sî, êl quiso traerme al pasadizo, mas como le dije que serîas tû y
quien me traerîa no insistiô, no tratô de convencerme. Pero debo recono-
cer que su comportamiento con las fêminas es muy especial.
---Quê quieres decir con especial?
---Kosmithôs, que me besô la mano derecha.
---Vaya boberîa!!
---Me parece que esa palabra te domina, porque ya es segunda vez que te
la oigo decir.
---Quê usted cree, gimnosofista de lo que acaba (de)cir?--fisga Kosmithôs.
---Crêeme que no creo nada, que si lo dijo es porque tenîa que no esconder-
lo.
---Ah, miren, regresa el cazador con la soga---dice Arete.
---Aquî estâ lo que fui a buscar. Transportamos a mi casa al morlaco?
---Un morlaco? Cuâl?---pregûntale el gimnosofista al cazador.
---Quiere usted comer suficiente carne?
---Cômo no, claro que sî!
---Pues venga, ayûdenos a amarrar al morlaco por los cuernos para que lo
hale el corcel asturaino con esta soga.
---De acuerdo. Vamos!!
Keine Kommentare:
Kommentar veröffentlichen