Mittwoch, 4. Oktober 2023

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      Non plus ultra del tiempo que soportô escuchar la dialogizaciôn de los

contertulios en la Kosmona, la que de facto prodûjole un ligero fastidio de

testa, Kôs pîdele a su padre regresar a la sede mayestâtica. Al llegar a êsta,

y aûn cada cual sentados sobre el cuero crudo de la albarda de sus corres-

pondientes  cuadrûpedos, Kôs  atisba que Arete viene hacia êl con las ma-

nos apoyadas en su perfecta cintura, mas que por no ser una posiciôn y en

jarras  concreta, taxativamente, sino que mâs bien por razones de costum-

bre, de mâs quedaba pensar en un ademân de desafîo. Y entonces, y ya es-

tando frente a la cabeza del caballo negro de Kôs, Arete agarra fuertemen-

te el arreo y sin dilaciôn pregûntale al jinete:

---Y por fin, Kôs, de una vez y por todas me vas a decir dônde fue que es-

condiste mis ropas?

     Empero como el ligero malestar de testa acarreôle a Kôs una disminu-

ciôn de la gana de dar la respuesta, es Kosmithôs quien barrûntale a Arete

sobre el lugar especîfico donde sus ropas estaban. Seguido pîdele Kosmi-

thôs a êsta que le dê quince minutos para dejar en su cuarto a Kôs con el

propôsito de que duerma un rato, y a continuaciôn dêjale saber que al ter-

minar con esta actividad hacedera llevarîala con el corcel asturiano al pa-

sadizo.

---De acuerdo, Kosmithôs, de acuerdo. Y dônde te espero?

---De aquî no te muevas, Arete, no te vayas a ninguna otra parte, pero y

suelta el arreo que pudiera resultar peligroso, ya que este caballo negro

cuando no tiene a Kôs encima se pone pesado, insoportable, y asî empie-

za a darle patadas al vacîo como un cuadrûpedo loco.

----De verdad, no me digas? Mira, aquî tienes el arreo.

----A mî no me lo des, simplemente suêltalo, dêjalo libre.

----Estâ bien. Bueno, entonces espero por ti aquî.

----Sôlo quince minutos, por lo que me parece que la espera larga no es.

----Asî es, Kosmithôs, es una espera breve.

         Y sucede que, y mientras que espera  Arete sentada en un escalôn de

mârmol con un ampo tan descollante y poderoso que de fijar los ôculos en

êl  pudiera causarle a la  mirada una efîmera pejiguera, penetra en palacio

Argos con los cuatro soldados bâtaros de recorrido. Como no tenîa quê ob-

servar que fuese dador de un deleite o de una estimulaciôn, dos relevantes

benêficos muy apreciados por las eteras de Masalia, Arete concentra su mi-

rada en Argos, empero como êste tenîa gran captaciôn visual a distancia, y

debido precisamente a que el primer requisito que debe tenerse para obte-

ner un puesto como soldado de vigilancia de la corte nada mâs y nada me-

nos es el de contar con unas suntuosas retinas, dase cuenta de que era por

aquêlla observado, razôn basta como para dirigirse hacia ella sin pêrdida

de tiempo alguna.

---Buenas tardes, Arete, buenas tardes! Te sucede algo, necesitas ayuda al-

guna sea la que sea?----pregunta Argos tomândole la mano derecha con el

fin de tocârsela con los labios.

---Buenas tardes, Argos! Te respondo que no, que no me pasa nada. Aquî

estoy esperando a Kosmithôs que me dijo regresaba en quince minutos.

---No hace mucho pasê por la Kosmona, y êl y su hijo Kôs estaban allî. Y

por quê esperas a Kosmithôs, si se puede saber?

---Porque me llevarâ al pasadizo donde Kôs escondiô mis ropas.

---Ah, lo de tus ropas. 

---Quê, sabes algo al respecto?

---Estoy informado por uno de los dos soldados bâtaros que acompañô a

Kôs ese dîa, y el mismo que le contô a Kosmos lo que habîa pasado.

---Y por quê a Kosmos y no a Kosmithôs?

---Porque el soldado se encontrô aquî mismo con Kosmos. Pero, Arete,

si quieres yo te puedo llevar al pasadizo, podemos cabalgar juntos.

---Te lo agradezco, Argos, te lo agradezco, pero no, gracias!!

---Como quieras. Entonces me retiro y que tengas una buena tarde.

---Lo mismo te digo, Argos, lo mismo.

---Gracias!! Y adiôs. Ah, y me llevo al caballo negro de Kôs, que êste

no es su lugar estando suelto.

---Muy bien!! Y adiôs, Argos, adiôs!!

         Siete minutos despuês regresa Kosmithôs y dicele a Arete:

---Ya estoy de vuelta, de nuevo aquî. Y dônde estâ el caballo de Kôs?

---Se lo acaba de llevar Argos. Pero regresaste antes de los quince minu-

tos, no?

---Es igual. Y quê, nos vamos al pasadizo?

---Sî, Kosmithôs, sî!! 

---Y dônde prefieres cabalgar con el corcel, delante o detrâs de mî?

---Delante me parece mâs interesante, no?

---Me parece que sî.

---Te parece? Miro a tus ojos y encuentro una alegrîa.

---Quê dices? Boberîa femenina!!

---Tû crees, kosmithôs, estâs seguro que es boberîa de mujer?

---Acâbate de una vez de sentar a horcajadas en la montura, que pri-

mero las damas y despuês los caballeros.

---Esta bien, Kosmithôs, estâ bien.


         Un rato despuês, y en el bosque cercano a Albula, aparece un mor-

laco  en posiciôn de embestir, posiciôn de ataque que fue la causa de que

el corcel asturiano detuviêrase de repente y levantârase en dos patas emi-

tiendo  fuertemente un relincho alargado. Mas si a raîz de esta parada de

sopetôn  en seco Kosmithôs cae al suelo, Arete agarra el arreo con el fin

de controlar al cuadrûpedo. Seguido a un conspicuo esfuerzo logra Arete

dominar a êste, siendo entonces cuando el morlaco empieza a soltar unos

bramidos escalofriantes. Desde el suelo dîcele Kosmithôs a Arete que tra-

te de quitarse el vestido rojo que llevaba puesto, pero como êsta no debe-

rîa dejar libre el arreo con quê manos pudiêrase despojar de lo que de he-

cho  era la causante cupular de la susodicha posiciôn del morlaco, por lo

que entonces Kosmithôs levântase del suelo, parsimônicamente acêrcase

al corcel asturiano, y cuando ya estaba cuasi por apoderarse del arreo una

flecha atraviesa mortalmente al morlaco. A continuaciôn oye una voz que

dîcele:

-- Te he salvado dos veces tu vida, asî que me debes unos cuantos sester-

cios.

--Ah usted, cazador, usted mismitico. Vaya, quê casualidad!

--Cômo que dos veces te ha la vida salvado?---pregunta Arete bajândose

del corcel asturiano.

--Hace muchos años êl me salvô del ataque de un tejôn, tiempo en que

aûn era yo un mancebo acabado de llegar de la ciudad del ocio--clara Kos-

mithôs.

---Asî es muchacha, como êl acaba (de)cir, y despuês yo le regalê la testa

del animal que no sobreviviô al tiro de mi flecha---dice el cazador.

---Vaya, como que has nacido dos veces, Kosmithôs.

---Algo como eso dirîase por repeticiôn, Arete.

---En realidad el morlaco a quien querîa era a ti; o mejor dicho, lo que le

resultaba atractivo era la tela de tu vestido rojo que querîa horadar, pero

como Kosmithôs estaba pisando tierra su existencia periclitaba mâs que 

la tuya--dîcele al cazador a Arete.

---A ver, dime Arete: por quê te pusiste un vestido rojo?

---Kosmithôs, y cômo me iba a imaginar que aparecerîa un morlaco?

---Este morlaco es bastante raro; nunca vi uno en este bosque; ni idea de

dônde pudo haber salido, porque ni en los derredores ni arrabales de Bedria-

co nadie crîa un animal como êste--dice el cazador.

---Cazador, y eso de los sestercios es verdad, o es una broma suya?

---Claro que una broma, Kosmithôs, claro que eso.

---Y cazador, quê hacemos con el morlaco?

---Pasarlo por el fuego y darnos un banquete con su carne. Pero hay un pro-

blema: cômo lo transportamos a mi casa, porque como ven es enorme?

---Se me ocurre una cosa, pero primero hay que buscar una fuerte soga.

---Ya entendî, Kosmithôs. La soga la halarîa el corcel, no?

---Entendimiento correcto, correctîsimo!!

---Entonces voy en busca de la soga. asî que espêrenme aquî.

---De paso, y mientras que usted la busca, ella tiene que entrar al pasadizo

para buscar sus ropas--dice Kosmithôs.

---Sus ropas? No entiendo mucho.

---Le explico despuês, mâs tarde, cazador.

---Ah, las mismas palabras que utiliza tu padre, no?

---Asî es cazador, las mismas, cômo olvidarlas?

---Bueno, voy en busca de la soga.


             De inmediato ocûpase Kosmithôs de amarrar el corcel asturiano al

al tronco de un ârbol y de llevar a Arete hasta la entrada del pasadizo. Des-

puês de caminar unos treinta metros podîase ver la entrada de êste sin ôbi-

ce de ningûn tipo, mas como aûn faltaban aproximadamente unos diez me-

tros para estar ambos frente a su puerta el poner atenciôn resultaba necesa-

rio, ya que por la crecida vegetaciôn la superficie irregular pudiera ser mo-

tivo  de un mal pisar, y con êste que los pies o las piernas quedaran afecta-

dos, lo que por parangôn no es nada con una herida en el tobillo sufrida a 

causa de unas de esas trampa que cierrânse a presiôn, y sobre todo para la 

efectiva caza de grandes animales. Entonces, y en el momento que apellî-

dase  justo, la  puerta del pasadizo podîase abrir con tan sôlo estirar com-

pletamente uno de los dos brazos, pero inesperadamente una cosa sucede,

la que no es otra que la salida del gimnosofista del pasadizo con las ropas

de Arete.

---Y cômo usted supo que eran las ropas de ella y que venîa a buscarlas?

---Kosmithôs, aquî ni hay causalidad ni magia de ningûn tipo, sino que al

salir de la Kosmona el soldado Argos me detuvo al equivocarme yo de ca-

mino y coger por otro que conduce a la misma entrada de palacio. Al pe-

dirme identificaciôn le dije que no tenîa, mas que si querîa saber que yo

no era una persona non grata que pasara por la instituciôn y hablara con

Kosmos, y entonces me dijo: si usted conoce a Kosmos no hay problema

alguno. Y seguido me pregunta: Y dônde usted vive? Actualmente en el

pasadizo, le respondî. Asî que en el pasadizo. Le informo que irân al pa-

sadizo Arete y Kosmithôs con el objetivo de buscar las ropas de aquêlla,

algo  que sê porque acabo de hablar con Arete. Y pregunto yo: y quê yo 

debo  hacer, darle  las ropas? Asî mismo, gimnosofista, dêselas, sî!! De 

acuerdo, se las darê, mas primero debo encontrarlas porque ni idea ten-

go de dônde pueden estar. Y me dice êl: pues no hay tiempo que perder. 

Mire, coja por aquella direcciôn, por la que se llega mâs râpido al pasa-

dizo y  pôngase en funciôn de hallarlas, palabras a las que siguieron la 

entrega beneficiosa de una bolsita con sestercios. Y en fin, que estoy y

aquî con las ropas en mi mano.

---Verdaderamente ese soldado Argos no es como los demâs, como el

resto de los soldados bâtaros---dice Kosmithôs.

---Y por quê no, Kosmithôs?---indaga el gimnosofista.

---Porque son bastante austeros, y como tal aunque se les diga que con

mi padre hablen la detenciôn sucede.

---Saben que me resulta increîble?

---Quê, Arete, quê?---pregunta Kosmithôs.

---Que ese soldado Argos haya pagado por el encuentro de mis ropas.

---A lo mejor le caes bien, le gustas, por ejemplo--dice Kosmithôs.

---Puede ser, pero êl es demasiado viejo para mî, ademâs que debe saber

que soy la novia del cocinero de Irlanda.

---Eso sî, êl quiso traerme al pasadizo, mas como le dije que serîas tû y

quien me traerîa no insistiô, no tratô de convencerme. Pero debo recono-

cer que su comportamiento con las fêminas es muy especial.

---Quê quieres decir con especial?

---Kosmithôs, que me besô la mano derecha.

---Vaya boberîa!!

---Me parece que esa palabra te domina, porque ya es segunda vez que te 

la oigo decir.

---Quê usted cree, gimnosofista de lo que acaba (de)cir?--fisga Kosmithôs.

---Crêeme que no creo nada, que si lo dijo es porque tenîa que no esconder-

lo.

---Ah, miren, regresa el cazador con la soga---dice Arete.

---Aquî estâ lo que fui a buscar. Transportamos a mi casa al morlaco?

---Un morlaco? Cuâl?---pregûntale el gimnosofista al cazador.

---Quiere usted comer suficiente carne?

---Cômo no, claro que sî!

---Pues venga, ayûdenos a amarrar al morlaco por los cuernos para que lo

hale el corcel asturaino con esta soga.

---De acuerdo. Vamos!!


























  





 





 























 



 


 




























   













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