Doce horas despuês la signora Lacrusea arrumba sus pasos hacia el tem-
plo de Jano Quirino. Al llegar a êste tuvo que esperar unos minutos para en-
trar en verba con el flamen, el que afablemente conversaba en un dureta con
el astrôlogo Sula y, tan bajito, que era del todo imposible saber de quê habla-
ban. Padeciendo de un ligero malestar estomacal, y el que lôgicamente dêbe-
se al banquete carnîvo del dîa anterior en casa del cazador, amên que a la y
cantidad de la dadorîa de Baco que tomô sin pensar la consecuencia, la sig-
nora Lacrusea tiene la necesidad de traspasar el umbral de la puerta del ba-
ño para de inmediato posicionar su tafanario en la taza, aun sabiendo que
para defecar tenîa que pujar un poco. Empero en lo que pujaba escucha que
el flamen pregûntale:
---Signora Lacrusea, se encuentra usted bien, necesita ayuda?
---Sî flamen, todo bien, no se preocupe que todo va a salir bien.
---Entiendo, signora Lacrusea, entiendo. Tômese su tiempo, que esta casa
no conoce el apuro.
---Gracias, flamen! En breve estoy con usted.
Regresando el flamen adonde estaba el astrôlogo Sula, êste le pregun-
ta quê le pasaba a la signora Lacrusea, cual respuesta no fue otra que nada
de relevancia, nada como para pensar en el dicho: cayô un rayo en un lago
de Cantabria y se descubrieron doce hachas. Y entonces dice el astrôlogo
Sula:
---Nada como para pensar en cuestiones del poder supremo.
---Sula, es que no se trata de sîmbolos sino de una necesidad del organis-
mo.
---La necesidad de cagar, para no caer en eufemismos?
---Sula, quê es eso? No lo conozco mâs, me sorprende que usted haya uti-
lizado una palabra nada agradable.
Y llega la signora Lacrusea y pregunta:
---Y de cuâl palabra se trata?
---De una que no se repite mâs; estâ vedada en este templo---responde el
flamen.
---Flamen, yo me retiro, y en otra eternidad paso por aquî.
---Vaya usted con el Uno, Sula.
Ido el astrôlogo Sula, ademâs de que su irse no podîa suceder de for-
ma râpida por caracterizarse de lentos sus pasos, la signora Lacrusea y el
flamen siêntanse en la misma dureta susodicha. Exenta de algûn circunlo-
quio la signora Lacrusea deja saber el motivo de su visita: la presencia en
Bedriaco de Tircano Cilatino.
---Cômo, quê usted acaba (de)cir?
---No me extraña su asombro, flamen, que yo asimismo cuando lo vi no
lo podîa creer, mas no le dejê entender que no lo creîa.
---Y dônde usted lo encontrô, signora Lacrusea?
---En el camino por el que se llega al bosque cercano a Albula, y lo acom-
pañaban el cazador, Arete y Kosmithôs. Mas sabe lo que êstos transporta-
ban a casa del cazador? Un morlaco.
---Un morlaco en ese bosque? Y cômo lo transportaban?
---Halado por una soga por el corcel asturiano.
---Y cuâl fue el destino de ese morlaco?
---Lo pasaron por el fuego ayer, y comî tanta carne y bebi tanto vino que
creo que es la causa de mi ida al baño.
---Y quê usted hacîa sola por ese camino?
---Sola no, con mi hija Nausica. Paseâbamos y respirâbamos aire fresco.
En casa del cazador tambiên estaban el leñador de Britania y Kalîas, pero
asimismo Kôs que llegô mâs tarde.
---Ah, todo un colectivo conocido. Y la pasaron bien?
---Y tanto, mucho, demasiado bien.
---Bueno, quê regio! Y dîgame: dônde vive Tircano Cilatino?
---Êsta es una pregunta por la cual yo me preocupo.
---Y por quê se preocupa?
---Porque Tircano no tiene casa y vive en el pasadizo que estâ en el suso-
dicho bosque.
---Cômo que en el pasadizo?
---Mas hay otra cosa, flamen.
---Cuâl ademâs?
---Que Tircano es un gimnosofista.
---Quê, un gimnosofista? Insôlito!! Y desde cuândo?
---Al parecer ya bastante tiempo, segûn algo que êl dijo. Pero, flamen, yo
quisiera preguntarle algo.
---Pregunte usted, signora Lacrusea, pregunte.
---No tendrîa usted en este templo un lugar, un espacio donde pudiera que-
darse Tircano Cilatino.
---Me maravilla que usted se apiade de êl a pesar de los abusos del pasado.
---Sî, ya sê, flamen, pero de eso ya hace muchîsimo tiempo, de cuando yo
carecîa de experiencia, etc.
---Usted es una buena criatura del Uno, no la domina el rescoldo y como
que perdona a pesar de los pesares. Le comunico que sî, que tengo un re-
cinto, lo que repleto de cosas, de cartones y de polvo; lo habîamos hace y
tiempo destinado para unas clases de latîn que darîamos el tîo de Kosmos
y yo, mas como mâs nunca se hablô del asunto el recinto estâ igualito. Pe-
ro sabe usted, signora Lacrusea, que podrîa aparecer la negaciôn de Tirca-
no Cilatino, el no al saber que vivirîa en un templo?
---Y por quê, flamen, por quê?
---Porque los gimnosofistas no viven encerrados en cuadratura alguna si-
no al aire libre.
---Bueno, el pasadizo no es una cuadratura pero tampoco un lugar salva-
je, no?
---Tiene usted razôn, no lo es. Mire, hacemos una cosa.
---Cuâl flamen?
---Comunîquele usted a Tircano de la posibilidad de vivir aquî, en el tem-
plo, y si êl estâ de acuerdo vaciamos el recinto. Quê le parece?
---Estâ bien, flamen, eso harê. Y gracias por su ayuda.
---De nada, signora Lacrusea, que êsa es mi funciôn y tambiên la de este
templo.
---Entonces ya vendrê en cuanto sepa lo que dijo Tircano Cilatino.
---El gimnosofista!! Aqui estarê, signora Lacrusea, aquî la espero. Hasta
entonces.
---Hasta entonces, flamen, hasta entonces. Y que tenga usted un buen dîa.
---Lo mismo le digo, lo mismo.
Al quedarse solo el flamen la palabra morlaco dio giros en su testa,
lo que al parecer fue el motivo de que pensara en esta inquietante pregun-
ta: si aparece otro morlaco, y si no es cazado por el cazador o por otro no
conocido amante de la caza, la vida de cualesquier habitantes de Bedriaco
no estarîa expuesta al pernicio, aunque la mîa tambiên en los dîas que sal-
go del templo ya fuese por una invitaciôn de Dido a palacio o por otra co-
sa? Con esta pregunta ostensible que la pre-ocupaciôn diole pâbulo de to-
mar precauciôn, cuidado por algo que nadie pudiera asegurar que si no y
del todo en su mitad no fuese posible, algo que trajo como resultado que
fuera en busca de su ballesta, la sacara del estuche y la pusiera en un lu-
gar de fâcil acceso, no siendo otro êste que a la zaga de una de las colum-
mâs cercanas a Ara, o sea, a la mesa donde el sacerdote da la misa. Pero
de quê sirve una ballesta si no dispara flechas? Al ir al canto a buscar ês-
êstas dase cuenta de que estaba vacîo del carcaj, por lo que entonces ip-
so facto piensa en el cazador, el ûnico que podîa darle una sûmula de fle-
chas de treinta pulgadas de largo, medida exacta para el tipo de ballesta
que tenîa y tan inveterada que cualquiera que la viene teniendo un cono-
cimiento de esta arma morirîase de la risa. En fin, que sale del templo de
Jano Quirino y dirîgese parsimônicamente a casa del cazador.
Êste entregâbase a la actividad de poner orden en su casa, ya que de-
bido al banquete carnîvoro del dîa anterior mâs reguero de cosas y sucie-
dad no podîa haber. Lah no dejaba de correr de un lado otro, no estâbase
tranquilo en ningûn sitio, miccionaba mâs de lo acostumbrado como asi-
mismo ronroneaba continuamente. Pensô el cazador que esta conducta y
crîptica pudiera ser debido a que Lah por ethos sôlo estaba habituado a
una sola presencia en la casa, y como tal a la calma absoluta, que a ludi-
car con el ratôn tambiên sin tener que pasar por entre los pies de nadie o
sin tener que eludir colisionar con piernas haciendo una curva, algo cau-
sante de que su corretaje no fuese directo. Como elixir contra esta indô-
mita conducta sôlo quedâbale al cazador uno: dispararle a Lah un dardo
somnîfero que acarriarîale sueño por mâs de dos horas.
Llega el flamen entonces quince minutos despuês del lanzamiento
del dardo. El cazador dîcele que pase adentro y que lo disculpe por el
desorden que descollaba inevitablemente. A continuaciôn le comunica
que no tenîa tiempo para entrar en verba, en diâlogo de ningûn tipo, ya
que el trabajo que tenîa era de momento tanto que no era posible ni tan
siquiera una efîmera conversaciôn. A raîz de escuchar lo anterior, y pre-
vio a revelar el porquê de su venir, el flamen êchale una miradita al ga-
to no pudiendo creer que estuviese tan tranquilo, inmôvil, razôn por la
cuâl pregûntale al cazador:
---Y quê le pasa al gato, estâ enfermo?
---Estâ durmiendo por el efecto del somnîfero de un dardo.
---Cômo que tal somnîfero?
---Flamen, y al parecer por el banquete carnîvoro de anoche, su conduc-
ta antes de usted llegar era incontrolable, por lo que no me quedô mâs
remedio que ponerlo a dormir.
---Ah, el banquete carnîvoro de anoche. La signora Lacrusea no hace y
mucho estuvo en el templo y me hablô de êl.
---Cômo, que fue al templo a barruntarle sobre el banquete?
---No! Fue para informarme de la presencia en Bedriaco de Tircano Ci-
latino, el gimnosofista, y me preguntô si en el templo habîa un recinto
disponible para êl.
---Y alguno hay?
---Sî!! Pero primero hay que vaciarlo, porque estâ lleno de cosas.
---Y dîgame, flamen: cuâl es el motivo de su presencia en mi casa?
---Es que necesito una sûmula de flechas de treinta pulgadas de largo.
---No me diga que usarâ de nuevo usted su ballesta.
---La que usted mismo me dadivô.
---Cômo olvidarlo? Y cuândo piensa salir de caza?
---Ya sê, cazador, que no tiene tiempo para entrar en verba, pero si me
escucha por unos minutos le explico inteligiblemente.
---Estâ bien, flamen, y venga, venga conmigo a la cocina, al sucucho y
donde estâ la mesa especiosa de roble.
---Vamos, cazador, vamos al sucucho.
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