Estar en la inopia no era la cuestiôn preocupante para Aspasia, sino impepinable la
referente a cômo salir incôlume del embate de mis olas verbales, siendo por esto que al-
gunas veces teatriza una representanciôn con la que intenta dar calaña de una resistencia
hotentona, la que mâs bien es tîpica de un pequeño grupo nômada y, como tal, pudiera
enfrentarla, y sin detrimento de su altivez, un conquistador apoyado/respaldado por un
colectivo con mâs medida y tamaño, el que en realidad yo desconozco mas que no quie-
re decir que no exista. Este improvisado traslado de sentido fueme menester por el por-
quê siguiente: porque Aspasia remîtese a lo exôtico como si fuese una posibilidad deter-
minante de subrayar un rol que de hecho ni tiene idea, mas que a todo trance lo prefiere
con tal de no sucumbir en el instante en que su cuerpo desprende luz e imanta estrellas,
seduce al hombre (a pesar de no ser otro que uno que piensa) que con sus manos tiêne-
lo tan cercano que desdeñarlo serîa [como algo asî que] dirimir la conexiôn que enlaza
y lo fructîfero que es garante de una emociôn mayûscula, señalativo impostergable/in-
sustituible de que el antropo busca la simiente de sus repetidos onîricos y donde bifûr-
canse significantes y sentidos, que no hâblase de la pieza de ( Stravinski, la consagra-
ciôn de la primavera ) la que emerge la demostraciôn de la limitaciôn de la espirituali-
lidad [...] Y no tiene que ver êsta con todo un programa inseparable de la propia natura-
leza del hombre?
Despuês de volver a leer la pincelada recientemente escrita, porque a pesar de ha-
berle dicho a Aspasia que la poiesis no tradûcese dejôme resonancia lo que ella pregun-
tôme, siento el sonido que avisa de la llegada de un mensaje, motivo por el cual fui a mi
estudio a coger el telêfono. Del tal guisa el mensaje era positivo, pero llâmome la aten-
ciôn que solamente aparecîa el nûmero de la criatura que lo mandô, y la que de facto no
podîa ser otra que Teôfilo por esto que leî: ya encontrê a Aristarco, pero no en la linter-
na sino hablando con Diopeites. Claramente que a raîz de enterarme de esto eludir hacer-
me (en voz alta) esta pregunta menester era imposible: como lo ûnico que perdura es el
cambio, cambiô de repente/de sopetôn Aristarco hasta el punto de convertirse en un cre-
yente y hablar con el sacerdote de la catedral barroca?
---Cômo, Kosmos, que Aristarco hablando con...
---Êsa es la res, Aspasia!! Insôlito!!
---Bueno, al fin y al cabo es mejor lo insôlito producido por un cambio que cambiar un
sistema por el otro.
---Aplausos, Aspasia, a-plau-sos!! Te quedô maravilloso.
---Y quê dice concreta/especîficamente el mensaje?
---Lo siguiente: ya encontrê a Aristarco, pero no en la linterna sino hablando con Diopei-
tes.
---Ahora que me acuerdo, Kosmos, el mismo dîa que Aristarco intentô lanzarse desde la
linterna, Diopeites le dijo que cuando hiciêrale falta podîa hablar con êl.
---Exacto!! Mas sabes quê? Que una cosa es que dijêraselo; otra, que entrârale por un oî-
do y saliêrale por el otro, precisamente por no tener nada que ver con la religiôn.
---Bienvenido al club!
---Con poquitîsimos/no muchitantos miembros!
---Te has puesto a pensar sobre el porquê de que conociêramos a Aristarco el dîa que in-
tentô suicidarse?
---Sinceramente no, jamâs lo pensê (he pensado)
---Ah! Y dime: se puede saber por quê leîste de nuevo tu pincelada?
---Una inveterada manera de saber lo que no escribiôse con lo que escribiôse.
---No te voy pedir una explicaciôn, asî que no me mires como me miras.
---Aspasia, y quê hay para meterse en la boca?
---Quedan aûn tres muslos de pollo.
---O sea, que un muslo y (medio) la mitad del otro para cada uno.
---Asî mismo, eso es que no tengo ganas de cocinar, y si te quedas hambriento, sabes y
quê? Que hay pan y queso.
---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!!
---Ya, te entendî! Te quedarâs famêlico.
---Êsa es la res!!
Y amplifîcole a Aspasia:
Y hablando de pan y queso, cômo olvidar que cuando conocî a Sista solamente
ingerîa estos sustentos? Esto llevôme a pensar que no sabîa cocinar, hasta que un dîa re-
velôme que no era que no supiera sino que mâs bien porque era vaga, allende que lenta
para picar todos los ingredientes que lleva un buen sazôn. Dos semanas despuês de ha-
bitar juntos fue al mercado y regresô con dos jabas atiborradas de comida, compra debi-
da a la invitaciôn a cenar que hîzole a su madre, Matilde Roco Espinoza, y a su querido,
el que pasaba mâs tiempo en el mar que en la tierra por ser marinero. De tal guisa a par-
tir de este dîa comenzô a cocinar, lo que no traduce que olvidârase del pan y del queso,
porque si no quiên deberîa encargarse de asir el cuchillo para reducir al mînimo, verbi
gratia, ajo y cebolla? Yo!
---Ah, Kosmos, y por quê no me lo contaste antes?
---Aspasia, olvidaste, y eso que lo has leîdo en mi novelôn varias veces, que todo en su
momento y con la persona adecuada?
---No no, no lo olvidê. Asî que un querido marinero, no? Considero a Matilde.
---Entiendo que lo dices por eso de que en cada puerto un marinero tiene una...
---Eso mismo, Kosmos, por eso lo dije. Y dime: te hubiera gustado ser tû el responsable
de hacer la comida?
---Dîgote la verdad sin aûn haber tomado vino: no es cuestiôn de gusto, sino de necesi-
dad.
---Pero por aquel entonces, te gustaba tanto la cocina como hoy?
---La respuesta es no. Con el pasar del tiempo es que el gusto fortalêcese, digo, si es que
uno mantiênese realizando la misma labor.
---De acuerdo con tu verba. En mi caso la cosa fue diferente: a pesar de no ser vaga para
cocinar ni lenta con el cuchillo, mi madre pocas veces me dejô entrar en la cocina.
---Todo en su momento y con la persona adecuada.
---Ya!! Hasta ahora no te lo habîa dicho.
---Êsa es la res!! Y dime, que es el momento: ya podemos ingerir el pollo?
---Sî, kosmos, ya podemos; pero tû, como la persona adecuada, pon los cubiertos.
---Age para mî mismo, age!!
Claramente que no podîase esperar que los muslos de pollo tuvieran el mismo
sabor despuês de haber estado par de dîas en el refrigerador, mas tampoco estaban tan
desabridos como para echarlos en la basura. Con el fin de no ingerirlos sin un acompa-
ñante piquê unos trocitos de queso que pusê en derredor de ellos, y seguido dîjele a As-
pasia que probara la combinaciôn, la que pudiera ayudar a reforzar el sabor, pero como
ella es sumamente austera para estas cosas mirôme abriendo los ôculos, algo que yo no
esperaba pero muchitanto mejor que empezara con su montaje histriônico, y con el ûni-
co/especîfico/concreto objetivo de tener la razôn. Al terminar de comerlos fui en busca
de la barra de pan y a la vez suena el timbre de la puerta, dejândome saber Aspasia que
la abrirîa, ya que al estar lavândose los dientes estaba mâs cerca que yo de ella. Al can-
to de quitar el cerrojo la voz que escuchê no era difîcil de reconocer por ser nada mâs
y nada menos que la de un conocido: la de Aristarco.
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