Hablando de nuevo sobre eso de asunto de circunstancia y razôn de reflexio-
nes prôximas, Kosmithôs encuêntrase con el trîo [y formado por Hagapajitas de
Falogracia, Meli y Circe] que arrumbâbase en direcciôn a Albula con el preciso
têlos de abordar la barca del barquero de la ciudad del ocio para dar una vuelte-
cita. Kosmithôs, trepado en el corcel asturiano, hizo un tremendîsimo esfuerzo,
algo insôlito hasta el momento o que no habîa sucedido jamâs, por controlar el
arreo a raîz de la conducta intranquila, de la precaria ataraxia que dio calaña el
cuadrûpedo, comportamiento al parecer debido a la presencia del barquero me-
nos que a la de las fêminas, segûn opiniôn o consideraciôn del propio jinete, el
mismo que a continuaciôn de lograr la calma del animal bajôse de êste.
----Creo que nos vimos alguna vez en la ciudad del ocio, por lo que si no me y
equivoco tû eres el hijo de Kosmos, no?---pregunta el barquero.
----Sî, señor, asî es, soy yo y no otro, y concomitado por el corcel asturiano.
----Ah, es un corcel?, bella bestia!!
----Bestia, en quê sentido lo dice usted?
----En el de que no es pequeño.
---Si es en êse ( de que es un caballôn) me quedo conforme, que si fuera otro us-
ted me tendrîa que oîr.
----No hay un otro, Kosmithôs, ahora sôlo el que acabo (de)cir cuâl es.
----Ademâs de bella dirîa que impresionante; parece una bestia de dioses---dice
Circe.
----Y cômo usted sabe cômo son las bestias de las deidades, Circe?
----Olvîdate del cômo y confôrmate con el que lo sê, Kosmithôs.
----Segûn los contertulios de la Kosmona, conformarse no es ni la mejor solu-
ciôn frente a un problema ocasionado por la palabra ni la mâs disciplinada for-
ma de aceptar de mala gana....
----No se nota que tû eres un contertulio mâs?
----Uno mâs sî, mas no tanto contertulio.
----Kosmithôs, y para cambiar de tema, cuânto tû pagaste por esa bestia?
----Señor, la bestia no es mîa, mas yo soy quien la saca a pasear, quien se ocu-
pa de ella; es del tîo de Kosmos y un regalo que le hizo mi abuela por haber y
ganado un combate entre secutores, que de esto hace ya un montôn de tiempo.
----Un regalo?, vaya, quê regalo!!
----Kosmithôs, y por quê tû me miras asî, con esa fuerza, con esa fijaciôn de re-
tinas?---indaga Meli.
----Quiên yo?
----Sî, tû mismo!!, o es que acaso te recuerdas de aquella vez, en la ciudad del
ocio, en la que estuviste muy cerca de mî y vimos juntos aquel libro titulado La
vida erôtica de los griegos antiguos?
----Y cômo no acordarme de tal vez, cômo no...
----Tû mirada dice mucho, Kosmithôs, bastante---dice Circe.
----La cogieron con mis ojos, y yo lo que miraba era otra cosa...
----Verdad, kosmithôs, verdad?, mira que soy etera de Masalia---dice Meli.
----Kosmithôs, tienes algo urgente que hacer ahora, ademâs de pasear con la y
bestia?----pregunta el barquero.
----Algo urgente que hacer yo?, de urgencias desconozco. Por quê pregunta?
----Porque si lo deseas puedes venir con nosotros a dar una vueltecita con mi y
barca, por eso...
----Verdad que puedo ir con ustedes, cierto que me hace una invitaciôn usted?,
y no me vaya a decir que es cierto porque es imposible, algo que estoy aburri-
do de oîr.
----Y de dônde tû sacaste que yo te dirîa eso que jamâs dirîa?
----No sê, a lo mejor usted conoce esa frase, una que repite mucho mi padre y
que pertenece a un tal Tartalano.
----Me puedo reîr, Kosmithôs?
----A la risa estoy acostumbrado, mas cuâl serîa el motivo de la suya?
----De que no es Tartalano, sino Tertuliano.
----Entonces conoce a Tertuliano?
----De oîdas, mas no esa frase. Recuerda que soy barquero; y, como tal, tantas.
muchas son las conversaciones que he escuchado en mi barca.
----Es posible entonces que en algûn momento haya oîdo tal nombre, no?
----Asî es, Meli, asî es!!
----Y si bastantes a oîdo usted, hay alguna que recuerda sobre algo?
----Tendrîa que ponerme en funciôn de recordar, Kosmithôs, algo que podrîa
hacer una vez que estê conduciendo el medio de transporte---responde el barque-
ro.
----Y entonces, Kosmithôs, vienes o no?---pregunta Meli.
----Sî si, mas primero debo dejar bien amarrado a un ârbol al corcel asturiano.
----Bueno, hazlo, y nosotros te esperamos en la barca---dice el barquero.
----De acuerdo!!, mas dônde estâ ella?
----Ves ese camino con cipreses?---pregunta el barquero y la vez que señala.
----Claro que veo el camino y a los cuprasâceos...
----Los quê?[....], de dônde tû sacaste ese nombre?----fisga Circe.
----No me dijo usted que yo era un contertulio mâs?
----Sî, te lo dije, y?
----Pues la saquê de la kosmona por ser lo que usted me dijo que era uno mâs.
----Puedo terminar (de)cirle a Kosmithôs dônde estâ la barca?
----Puede, barquero, puede---responde Circe.
----Entonces, Kosmithôs, ese camino hasta el final; despuês a la derecha, unos
veinte metros, y seguido a la izquierda otros veinte metros mâs.
----Y cuântos metros tiene ese camino con cuprasâceos?
----Veinte tambiên!!
----O sea, que la suma es igual a un nûmero redondo...
----La de seis veces diez.
----Debo decir cuâl es el nûmero redondo?
---Dêjate de nûmeros redondos, y acaba de amarrar a la bestia, que si no nos co-
ge la noche----dice Meli.
----Y risas de Kosmithôs que afirma: al avîo, al avîo!!, como dice mi padre.
Una hora despuês Sunev daba un paseo. Por la razôn de llevar en sus brazos
a Kôsmythos su paso deberîa ser lento, parsimonia en el avance que eludirîa dar
un tropezôn inesperado e irse de boca. Al cumplirse treinta minutos de haber sa-
lido por la puerta de palacio------un pneuma ligerito levantaba un poco de tierra,
mas sin que resultase ingente pejiguera para la vista u ôbice causante de que de-
jârase el paseo para otro dîa----, tiempo basto como para recorrer la exacta y jus-
ta distancia existente entre dos puntos, o la que los separa, la posibilidad de con-
templar Albula engendrôle cierta jovialidad, la que como tal esta vez ni era mirî-
fico solvento contra estados de ânimo taciturnos ni garante de que tarareârase al-
guna melodîa especiosa que pudiêrase recordar, sino que mâs bien funcionaba y
como un factor contribuyente o como una especie de dadorîa que ofrêcele a la y
mente la sustentabilidad y estimulaciôn necesarias para mantenerla un tanto ale-
jada de pensamientos fûtiles, los que [siendo] asî ni merecerîan toques de trom-
peta ni de campanas. Mas si algo interfiere en la susodicha jovialidad, algo que
no fue la causa de que desapareciera del todo mas sî que disminuyera un poqui-
to su poder como beneficio, fue el percibir de Sunev de que el corcel asturiano
estaba amarrado al tronco de un ârbol, lo dador de pâbulo (entonces) de que hi-
ciêrase sin dilaciôn la siguiente pregunta: y dônde estâ Kosmithôs? Inmediata o
seguidamente a esto Kôsmythos entra en llanto, uno de jaez incesante, y sin un
fin râpido al parecer, aun y a pesar de los intentos diversos hechos por Sunev y
para calmarlo: la sacada de un muñequito, la cosquillita en las mejillas, la mue-
ca improvisada, el besito en la frente, el soplarle en el omphalos, y hasta el po-
nerle un seno en la boca para que diera un chupetazo. Al carecer del elixir per-
tinente, del remedio definitivo, no quêdale otra cosilla por hacer a Sunev----el
pensar en opciones no pasô por su testa, no tûvolas en cuenta--- que la de sûbi-
tamente volver a dejar su paso lento sobre la misma horizontal por la que vino
para retornar a palacio, regreso que harîa sin que ya fuese posible el de tierra y
levantamiento por el pneuma ligerito, porque ya no habîa.
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