Por la razôn del ingente aprecio que tenîale a Kosmithôs, al que conoce des-
de que êste era un mancebo y desde aquel dîa de cacerîa (ya lejano) que dadivô-
le la testa del tejôn, el cazador arrumba sus pasos hacia Albula seguido al haber
abandonado la Kosmona. Con el fin de sacar (a)quêl de algûn lîo complejo, que
si no de una situaciôn difîcil por estar imvolucrado en un asunto indeleble, paga
el precio por una hora del alquiler de un bote y remar hasta la barca, aun habien-
do notado que el corcel asturiano ya no estaba donde lo habîa visto. Al llegar a
la barca ata el bote a la cadena del ancla de la barca y sube a êsta, acarreândole
una gran asombro el hecho de que en la barca imperara el mutismo. A raîz y del
adecuado escudriñamiento del porquê del absoluto silencio entiende su pertinen-
te razôn: el dormir de tres criaturas. Mas multiplîcase su estado perplejo al divi-
sar a êstas desnudas y tiradas en el piso como tres sierpes enroscadas, sin que
râpidamente pudiese dar con la causa de lo mirado, aunque sin descartar del to-
do que algo tenîa que ver con un jolgorio de jaez considetarivo, y sobre todo o
no por otra cosa que por la cantidad de botellas que observô vacîas. Teniendo y
en cuenta cuâl era su objetivo, su presencia en la barca, no diose a la tarea y de
despertar a los durmientes, ni tan siquiera a la de cubrirlos con sus ûnicas y ex-
clusivas ropas, sino que mâs bien a la de retirarse ya siendo testigo de que Kos-
mithôs no estaba en la barca. Ya dispuesto a irse, a retornar a tierra con el bote
con el que habîa venido, siente como una inclinaciôn ligera hacia la izquiera de
la barca, despertândosele la sospecha de que êsta se estaba hundiendo. Sin y
perder el tiempo agiliza sus pasos para llegar al bote, y cuando ya estaba en la
posiciôn precisa para dar un brinco y caer en êl, brinco como tal lejanîsimo al
de Aquiles y al del sapo en una hoja de malanga, alcanza su estado la catego-
rîa de estupefacto al atisbar que el bote habîase hundido completamente y de
que la cuerda gruesa de êste, a lo que ûnese el peso de su madera, halaban ha-
cia la izquierda y hacia bajo a la cadena de la barca, momento preciso, enton-
ces, para dar el definitivo brinco, y dando igual que si de pie o de cabeza, em-
pero hacia el agua.
En lo que todo esto pasaba, la signora Lacrusea y Nausica habîanse puesto
de acuerdo para a una hora determinada salir de palacio, y con el preciso obje-
tivo de ventilar sus pulmones al respirar aire fresco y de darle a las piernas un
poco de movimiento. Llegado el momento justo de cumplir con el paseo, ade-
mâs que exento del câlculo pertinente de tiempo para realizarlo, ambas criatu-
ras fêminas posiciônanse sobre la conductual que por limitaciôn finaliza exac-
tamente en Albula. Igual si vêngase con el dato de la mirada mâs confluyente
que con el impulso la lengua que sin cortapisa decora, la indefectible realidad
es que la signora Lacrusea no parecîa ir a dar una vuelta, sino que por su ma-
nera de vestir y de emperifollarse daba la impresiôn que acudirîa a una invita-
ciôn dejada por una familia de relevancia o por su casta o por su linaje grueso
y como tal poseedora de unos cuantos lujos, todo lo contrario a Nausica exhi-
bidora de una transparente sencillez, de un eyectar su imago con tan sôlo y lo
menester para cubrirla. Mas a pesar de lo dicho de la signora Lacrusea, que y
por decirlo no signfica que desvalorîcense otras cosas que pudieran llegar y a
descripciôn, resulta algo a tener en cuenta su forma de caminar enhiesta amên
que con un pausado ritmo, como si en vez de la edad que tiene tuviera menos.
Esta forma engendraba alguna que otra atenciôn de la parte de los que con in-
falible disimulo observâbanla al pasar, algo estipulado de acuerdo a têrminos
de conducta hacia el prôjimo y vigentes en Bedriaco desde que Dido tiene la
corona y acomoda su tafanario en el curul. Empero aun con sorna el observar
no descarta el hecho de un regalo de flores, mas sin perder la prestancia en la
manera de entregarlas, (de)jarlas en las manos que aberturadas las reciben en
correspondencia al especioso acto de ser destinadas a una persona, a una ex-
clusiva. Onomândolas concretamente las flores fueron orquîdeas de las blan-
cas, sin que ora sea menester revelar el significado conspicuo que tuvieron y
para los inveterados egipcios; vinieron de las manos de Gaye Macinas, del y
que ya sâbese que fue controlador del navîo en los tiempos de Vologeso, co-
mo que tambiên que tuvo como concubina a Konfuza (la actual novia de An-
tîmaco de Ocamitân) hace ya un ingente tiempo, siendo êsta precisamente la
que diole referencias buenas de la signora Lacrusea por ser una vieja amiga.
----Le agradezco las flores, señor; son preciosas; pero dîgame: quê usted de-
sea obtener de mî, quê quiere de mi persona?---indaga la signora Lacrusea.
----El nombre Konfuza le dice algo?---pregunta Gaya Macinas a la vez que
eyectando una mirada penetrante.
----Claro que sî, cômo no, si la conozco desde que estuvimos juntas en la y
prisiôn de la ciudad del ocio, mas quê tiene que ver ella ahora?
----Que ella fue mi concubina y me hablô de usted.
----Ah, no es usted entonces Gaye Macinas?
----Êse es ni nombre desde que naci; estâ igualito; no me lo he cambiado; es
el mismo. Dîgame; me permite concomitarla?
----No, de ninguna manera, y le agradezco su caballerosidad, pero nosotras
hacemos un paseo de fêminas, entiende usted?
----O sea, nada de mâsculos, no?
----Ha entendido usted bien, exacta y correctamente.
----Y esta señorita que viene con usted quiên es?
----Es mi hija, Nausica...
----No me dijo Konfuza de que usted tenîa una hija. Un gusto, Nausica---dice
Gaye Macinas a la vez que da la mano.
----Gracias, señor, gracias!!---afirma Nausica.
----Bueno, las dejo con su paseo, y tal vez algûn que otro dîa nos encontraremos.
----Buen dîa para usted, y gracias por las flores---dice la signora Lacrusea.
----Un placer, signora, un placer!! Y Adiôs.
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