Por parangôn compara Argos los senos de Arete con pequeñas parmu-
las, comparaciôn debida al despertar de su magîn por consecuencia de la
la sûmula de vasos que hasta el momento habîa bebido, lo que serîa igual
a decir que por el despertar de su imaginaciôn por el efecto temporal y vi-
goroso del alcohol. Sus retinas concentradas en aquêllos cuasi que horada-
ban la tela; como si fuesen puntas afiladas traspasaban êsta desde un sitio
estratêgico, lo que traduce que desde uno del que podîase mirar sin ser so-
bre el pucho descubierto, enseguida detectado por cualesquier ôculos pre-
sentes en la comilona. Ostensiblemente que tal acto de mirar con fijeza le
acarreô una emociôn interior, y que por ser la propicia en un momento co-
mo êste, cômo podrîa ser desdeñada o despreciada ni aun por la "voluntad
de poder". Con êsta, entonces, y como unas castañuelas, no pudo soslayar
la mîmesis de una sica, la que sujetada por una de sus manos ubicarîa jus-
ta y exactamente en medio de las pequeñas parmulas, y dejarîa entre êstas
el tiempo que fuese menester.
Empero kosmos, y a la vez que participaba en una conversa abierta
por los contertulios referente a la estatua del Kuros, detecta el susodicho
sitio estratêgico donde estaba Argos, lo que diole pâbulo entonces de rau-
do decirle (a)quêllos que lo disculparan un momento, que salîa de la dia-
logizaciôn pero que regresaba enseguida, mas en el caso de que no tuvie-
se que alongar su indefectible verba por cuestiones inesperadas. Tenien-
do en cuenta que para êl una visualizaciôn general resultâbale tempestiva
por ofrecerle la posibilidad de contar con los datos y detalles pertinentes,
y con los cuales enriquecerîa un intercambio de palabras dador, en lo que
iba adonde estaba Argos hizo un examen minucioso del terreno, un anâli-
sis de êste con la infalible atenciôn que proporciona el sustento de los ra-
zonamientos mâs cupulosos o de las argumentaciones mâs elevadas, dan-
do igual la captaciôn de un agente forâneo o la de un interlocutor entrete-
nido o vigîlico, que a la postre y al cabo el entendimiento poco tiene que
ver con la identidad extranjera y con la rojez de los ojos. Enfocando sus
retinas hacia la lînea recta existente entre los dos puntos, o sea, entre el
que estaba Argos a la derecha y el de la izquierda donde posicionâbase
temporalmente la estatua, nota que en êste aûn mantenîa su exhibicionis-
mo Arete, mas esta vez con un poco mâs de soltura por no estar con ella
el cocinero de Irlanda. Quedôle ostensible entonces el objetivo de Argos:
la contemplaciôn a hurtadillas de un corpus que eyectaba sus floraciones
atrayentes o seductivas.
---Kosmos, cômo supiste que yo estaba aquî?---pregunta Argos un tanto
sorprendido.
---La naturaleza diome unos ôculos mirîficos, he aquî la respuesta. Pero
usted estâ bien, Argos, que lo veo tambalêandose?
---Es que estoy pasado de vasos, mas no tan mareado como para perder
la ubicaciôn.
---A ver, dônde encuêntrase usted?
---En palacio, en la corte de su majestad Dido, tu madre.
---Crêole, a raîz de la prueba, de que tan mareado no estâ. Y quê hace y
usted aquî, apartado de lo que es el baricentro del âgape?
---Vine a orinar mas se me alargo la micciôn.
---Seguro que usted dice la verdad sin levantar la mano derecha?
----Kosmos, quê es eso de levantar esa mano?, ni que yo fuera un proce-
sado.
----Yo sê perfectamente en lo que estâ usted. Câspita!!, que me ha enga-
ñado, algo muy tîpico de los helotes, los compelidos (a)ñadir morteros a
la barricada cada vez mâs gruesa.
----Kosmos, quê tû estâs hablando?
----Le explico despuês, mâs tarde.
----No creo que estê despierto para oir la explicaciôn. Me ayudas a cami-
nar?
----Venga, aguântese de mis hombros. Me parece que debe usted acostar-
se par de horas, basto tiempo como elixir contra el efecto del vino.
----Sî, creo que tienes razôn.
----Pues vamos, que dêjolo en una cama.
Dos horas y media despuês Argos regresa al mundo existencial. De
no haber podido dormir mâs debiôse a un onîrico tenido con su buen ami-
go, el que se fue a Ferencia y sucumbiô a causa de la lluvia de flechas que
cayôle encima, y como ya sâbese disparadas por la tribu germânica en los
tiempos bajo el mando y con los edictos del bructero Atabân. Mas si algo
inteligible escûchase en este onîrico son las siguientes palabras repetidas
por Lifêrico de Siros, y en el momento que disfrutaba de un solaz acosta-
do en la gleba: la posibilidad de falsos arranques y repentinas recaîdas de
un cercano sujeto. De un cercano sujeto?, pregûntase Argos sin poder es-
tar seguro de si el sujeto era êl mismo o tratâbase de otro. Empero como
êl no estaba para fastidios de testa, sino que mâs bien para darse un baño
antes de regresar al âgape, despôjase de sus telas parsimônicamente, las
que deja caer sobre una especiosa y mediana alfombra, aunque no exen-
ta de polvo. Listo entonces para abrir la puerta del baño que estaba en el
cuarto, y con la mano izquiera porque la derecha la tenîa dormida, posi-
blemente debido a una inadecuada posiciôn, oye algo anâlogo al sonido
engendrado al dar palmadas sobre el agua, razôn por la cual queda titu-
beante, con la duda de si abrir la puerta o no. Sûbito entonces suelta la
manija y retrocede un poco hacia atrâs, pero como no habîase percatado
de una corneta de goma que habîa en el piso, pisa êsta y suena. A raîz y
del sonido âbrese la puerta del baño y salen de êste el cocinero de Irlan-
da y Arete, y los dos en la misma condiciôn en que estaba Argos: a toda
flor.
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