Sonntag, 19. September 2021

La cazuela de Vitelio (881)

       

       Pandolfo Colunnecio conoce a Atabân a raîz de la presentaciôn de êste por

su hermano Flacius Ilyricus. Tal presentaciôn fue la causa de un alongado sus-

piro de Pandolfo, ya que ni en sueños tuvo la ocasiôn tempestiva de verse tan-

tîsimamente cerca del primer jefe de la tribu germânica, a su vez que por ethos

de la tribu escuchando un continuo toque de cuerno, el que sonaba con una so-

la nota y anunciando el encuentro entre el jefe y un guerrero cualquiera, menos

que con uno con cierta gradaciôn, ya que en este caso era disîmil el toque suso-

dicho, o sea, con interrupciones, mas siendo la nota siempre la misma. Mas po-

drîase decir sobre el pucho, si es que tiênese en cuenta aspectos concretos de 

correspondencia, algo asî como una correlaciôn indeleble entre quien manda y

quien obedece; que Atabân, aunque su memoria no llegase tan lejos para recor-

dar a un jovenzuelo que desde sus edades tempranas ya formaba parte de la tri-

bu y haciendo periclitar su vida en promaquias tanto entre zarzas agresivas co-

mo en terrenos anômalos y bosquecillos con sombras perniciosas, por no decir

que entre zalagardas difîciles de salir, por lo cual ser de rigor resultaba la cues-

tiôn de entrar en liza con el adversario con un estudio o repaso a priori o de la

zona  o de la geografîa  (llana, con montîculos o con sûmula de escollos), ade-

cuada, que no trâtase  de tal guisa de un difuso acotado en su uso por un expo-

nente inconcluso, sino de lo contrario por tener que ver con la precisiôn, supre-

mo câlculo que salva y beneficia, sintiô algo asî como un benevolente intrînse-

co  que incitôlo (a)berturar su mano derecha como sîmbolo de agradecimiento,

aunque tambiên de consideraciôn hacia quien durante muchitanto tiempo expu-

so en lo empîrico su posible existencial al tiro desmedido de una lluvia no sôlo

de flechas, sino que tambiên de otras armas lanzadas en tropel y al por mayor.

----Si ya estar cerca de usted, Atabân, es algo grandioso para mî, que me dê su

mano derecha es algo doble en su magnitud---dice Pandolfo Colunnecio.

----Acojo sus palabras sin tomarlas como halago, porque en sus ojos no hay la

estrategia que enfocan muchos para ganarse la simpatîa del otro, la aceptaciôn

y la amistad, un puesto con distinciôn o un posible privilegio.

----Es cierto, Atabân, ademâs que nunca esa estrategia pasô a formar parte de

ninguna de mis intenciones metodolôgicas con un fin preciso, una meta espe-

cîfica o una planificaciôn repasada.

----Usted habla bien, Pandolfo, su exposiciôn verbal compârola con la de y un

orador arcaico; califîcola de muy buena en profundidad y color, que yo sê lo y

que digo porque mi decir no estâ muy lejos del de usted, aunque por mi expe-

riencia diferiêncese en el aspecto fonêtico, sonido lenguado que ocasiona o es

dejante de un impacto.

----Ya escucho su cercanîa, Atabân; penetra por mis oîdos sin dudas de que y

asî es en la valoraciôn que usted le ha dado, o en la clasificaciôn tal vez.

----Quiero decirle que Flacius Ilyricus, mi hermano, me (ha)blado muy bien y

de usted, sin un mâs y un menos, sino lo justo, que es la medida adecuada en-

tre el exceso y el defecto: comprende usted lo que le digo?

----Cômo no, Atabân, claro que le comprendo; y dirîa mâs, le aplaudo su decir

por sacar dos oponentes que pertenecen a una fîgura pensante conspicua.

----Bravo, Pandolfo, bravo!!, nôtase que usted ha estudiado, que ha hecho un y

esfuerzo por penetrar en una senil materia, de lo que sale que usted inclînase y

por lo difîcil menos que por lo fâcil que al fin y al cabo no acicatea...

----Lo ha dejado dicho, Atabân: lo difîcil necesita esfuerzo, del que sale el estî-

mulo.

----Pues sabe usted una cosa, Pandolfo, de nuevo le doy la misma mano, se la y

merece.

---Gracias, Atabân, gracias!!

---Bueno, ahora venga con nosotros, que el momento es de tragos, de tintineo y

de copas, de celebraciôn y brindis por el tiempo de triunfos y conquistas de la y

tribu germânica.

----Con gusto voy, Atabân, y con su hermano, cômo no, y hasta a suspirar vuel-

vo.


      Por otro de los sucuchos, por no decir que entre los que hay uno en especîfi-

co  en la corte de Podacres, ademâs que con su sombra pertinente y su caracteri-

zaciôn crîptica, Akalistôn y Meleto continuaban divirtiêndose por la situaciôn y

precisa que acarreâronle a Anaxîmetro de Apolonia (el ex-tabernero de la ciudad

del ocio, Apragôplois), lo que dentro del corpus narrativo salîo a relucir como la

simultaneidad creada por ellos, o que gracias a ellos pudo ser mâgicamente posi-

ble a partir de la posibilidad que tienen a su alcance de engendrar de sopetôn una

forma paralela de fluencia de acontecimientos, la que recayô en Anaxîmetro inci-

tândolo a que hurtara la maleta que perteneciô a Akalistôn con el fin de venderla,

y que estaba en la barca del barquero de la misma ciudad por haber sido inespera-

damente hallada por êste en pleno flote en la mar, asimismo que con unos papeles

dentro con apuntes y datos escritos por la mano de Akalistôn, descollando entre y

algunos de êstos, como ya dîjose, la sûmula de sestercios pagada a Akalistôn por

Cotisôn Alanda Coto, y con el objetivo de que dejara definitivamente los encuen-

tros secretos cupidosos con su esposa Lolia Paulina, aunque desconociendo total-

mente Anaxîmetro de Apolonia quiênes eran estos personajes susodichos. Pero y

como Anaxîmetro sî sabîa, por haberlo escuchado en la taberna, que la maleta la

ûltima criatura que tûvola en sus manos fue Nausica, como que tambiên fuele de

su poder arrebatada por las gigantes olas que cayeron sobre la isla de Aphros, de-

cidiô  antes de venderla ir a visitar a Jancia [ sin  pasar por alto que donde actual-

mente  residîa  êsta  tambiên Sarambo, su enemigo tildado por haberle quitado el

puesto de tabernero], la âcratica amiga de Nausica, y con la justa intenciôn de sa-

carle algûn barrunte respecto a quiênes eran Cotisôn y Lolia Paulina, ônomas que

raudo sonâronle de jaez mayestâtico; lo que implica, como tal, la asociaciôn debi-

da con joyas y dinero. Al rato, y al mismo sucucho, llega Ânito, el que al enterar-

se de lo que estaba pasando dîcele a Akalistôn:

----Ya veo en todo esto una forma de venganza, pero si Anaxîmetro hizo lo que e

hizo no fue su idea sino la mîa; el fue sôlo mi marioneta.

----Eso ya lo sabemos, Ânito, pero contra usted ya no podemos vengarnos---dice

Akalistôn.

----De poder si pueden, pero no surtirâ efecto.

----Y de quê vale una venganza que carezca de efecto?

----Que dejarîa de ser dulce.

----Usted hablando de sabores cuando nunca tuvo ninguno?

---Quê usted dice, Akalistôn, eso no es cierto, no, quê va!!, que si no pregûntele 

a  Meleto que me conoce mejor.

----Si Meleto, êste que estâ aquî, fue tambiên de usted una marioneta...

----Cômo, yo tambiên esa cosa, Akalistôn?---pregunta Meleto.

----Pues sî, Meleto, y no otra, la misma que acaba de escuchar.

---Vaya bullicio el que ustedes tienen formado. A quê dêbese?---indaga Atabân y

llegando con Flacius Ilyricus y Pandolfo Colunnecio.

----Me han llamado marioneta de Ânito, Atabân, quê usted cree?---dice Meleto.

----Que es tan cierto como que lo han asî llamado.

----Y usted, Flacius, quê dice?---vuelve a preguntar Meleto.

----Lo mismo dicho por mi hermano.

----Ve usted, Meleto, tres no pueden estar equivocados---suelta Akalistôn.

----Y êste quiên es, que no lo conozco?---pregunta Ânito mirando a Pandolfo.

----El tercer jefe, y ûltimo, de la tribu germânica---responde Flacius Ilyricus.

----Vaya, otro para sumarlo a la lista de mis enemigos.

----Ânito, ya usted sabe que eso no tiene sentido, asî que mejor tomêmosnos y

unas copas, celebremos otros sucesos---dice Atabân.

----Pues a las copas entonces, vamos por ellas.


























 







 

























  




  

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