Freitag, 24. September 2021

La cazuela de Vitelio (885)

      

           Cornelia, que por preparaciôn o continuo ejercitamiento tenîa mâs acer-

camiento al panteôn de los callados bruñimientos, sintiô, parcatôse de que pa-

decîa algo de atracciôn por el sosiego del centuriôn, algo de su posesiôn y pro-

piedad que pudiera analogarse con aquella quietud diamantina dejante favora-

blemente  de un ponderamiento necesario, o si no que un estado con el que da

igual que caîganse a bofetones agentes que discuten que estrepitosamente sue-

nen afuera cuatro matracas chinas. Mas hasta cierto punto reflexionô tambiên,

porque  no deberîa pasarse por alto por el oficio que tuvo la criatura de la que

hâblase, que tal calma puede (pudiera) proyectarse en edictos y mandatos con

determinado interês de domeñaciôn, si es que prevalecen actitudes de jaez in-

dômitas o de carâcter desdeñoso, dos formas que reflejadas en los terrenos en

que combâtese posiblemente serîan perniciosas, ya que de un sopetôn ocasio-

narîan  la disminuciôn del caso por la tropa por la verba responsable de estra-

têgicamente conducirla, si no a triunfos y conquistas, a un puesto tanto respe-

table cuanto que por distinciôn descolla en porciento mayor, a la par que lôgi-

ca y eufemîsticamente ensalzado por las lenguas mâs sopranas en el mundillo

de las huestes.

       Eutico divisando el cômo las retinas de Cornelia no dejaban de atisbar a

su arcaico compinche el centuriôn, menos que ocurrîrsele que trâtabase espe-

cificamente de un motivo cupidoso, edujo que tal observaciôn tenîa mâs bien

un significado de corte de atenciôn, lo que traducirîase como el propôsito de

Cornelia de transmitir una fuerza visual que busca imantar a retinas ajenas y

con  firmeza en su mantenciôn, quedando en el fondo por parte de ella la re-

sonancia  de una especie de desprecio hacia su propia persona, uno que y de

facto carecîa de comprobaciôn, de a raîz de un anâlisis contar con la comple-

ta y todita seguridad garantes de que tanto la desestimaciôn o el desaire real-

mente existen. Mas inesperadamente sucediô en el pensamiento de Eutico al-

go con lo cual viose embrollado, enredado, metido en red, acosado como por

tentâculos privados que oprimîanle la cabeza, y que a saber no es otra cosa en

funciôn activa, que la reminiscencia del aquel dîa en el que tuvo la acciôn de

empellonar a Dido en la roca Tarpeya estando embarazada, haciendo tanto pe-

riclitar su existencia y su embarazo (de Kosmos), y que gracias a las raîces y

gigantes  de las que agarrôse pudo salir del pernicio de raudo caer al intacho-

nable vacîo, a lo que seguido siguiô el halôn dado por las manos del sprintia,

las que definitivamente devolviêronle la tranquilidad, la calma, ya con la se-

guridad de que sus pies no estaban en el aire. Mas esta correlaciôn de una co-

rrelaciôn de una cosa con la otra obligô a Eutico a que profundizara en su te-

nido pensamiento, a que sacârale lascas, aunque la masa para êl no fuera, co-

mo  para Sabinsqui, algo tan relevante por lo ya dejado dicho, revelado y ex-

puesto en pâginas precedentes. A continuaciôn de un repaso coralino de la y

reciprocidad  en cuestiôn, llegôle a puesto, a colocaciôn la mîmesis de aque-

lla Dido por aquellos tiempos, y en los que como tal ella misma identifîcâba-

se como una criatura en soledad: su esposo habîale abandonado; y su madre,

Lolia Paulina, habîase ido con Cotisôn Alanda Coto sin dejar pistas de algûn

tipo, situaciôn que por sî misma y cargada de ôbices creôle un displacer cua-

si inllevable, del cual sôlo escapô ----no sirviêronle de mucho ni los consejos

dados por el flamen ni las homilias en privado---provocando una situaciôn y

patêtica para Eutico, que a su vez implicaba una llamada de la atenciôn hacia

sî  misma, mas precaria de la mesura que hubiese eludido la consecuencia al

borde de lo fatal, que si no cercano a su orilla, por decirlo justa y exactamen-

te de manera crayolada. Flagrantemento esto no justifica el hecho de que Eu-

tico haya caîdo en un acto vulgarote, mas si acaso lo retoca con un apunte es-

pecîfico  para hacer  comprender el porquê de que no todo haya sido la culpa

de êl mismo: hay cuestiones con las cuales prodûcese un aliciente que inelu-

diblemente incita a la acciôn: tener control sobre un hacer, no manifestar sû-

bito un impulso emotivo, dejarlo fluir sin tropiezos, que mengue su potencia-

lidad con la proposiciôn lo que va a suceder sucede, al parecer es digno, me-

nos que de un "pesimista que es un optimista por tener ya informaciôn", nor-

mal o tîpico de un ya experimentado centuriôn.  



 






 


    






  



  







 

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