Con un insoportable tedio que fue acarreândole una especie de escape
buscando entretenimiento, Jancia hurgaba en una montaña de inveterados li-
bros ( cual propietaria era Sunev) y a su vez embadurnada de polvo. Signifi-
caba entonces que tal estado de descuido revelaba el precario interês de y su
dueña de ocuparse (cuando habitaba en Apragôpolis) una vez a la semana de
detergerlos fuese ya con un paño o con una esponja, o con cualquier otra co-
sa que sirviese para ese objetivo. Seguido a la actividad a la que entregâbase,
a la del hurgamiento, halla un liber de poesîa no tan grueso y que de tal guisa
podîa leer, ya que el resto de los otros y asimismo con la misma materia esta-
ban escritos en lengua forânea. A continuaciôn acomôdase en un butacôn po-
sicionado en uno de los sucuchos de la "cruadratura" de la sala ( no la del cîr-
culo, la que mâs bien junto con la trisecciôn del ângulo y la duplicaciôn del
cubo con compâs y regla forma parte de los tres de los problemas clâsicos de
las matemâticas aqueas), rincôn donde tambiên habîa una pequeña mesa con
la correspondinte lumbre, un mediano cenicero de Murano y los prismâticos
traîdos de Bedriaco, y sin dilaciôn alguna pônese a leer. Percâtase entonces;
y a pesar, como ya dîjose, de estar escritos en la misma lengua, de que varios
de los poemas no los entendîa por la llana y sencilla razôn de los recursos re-
tôricos con los que fueron pincelados por el artîfice del ejemplar, hasta que y
da con uno que no dificultôle la lectura, y que taxativamente es el siguiente:
ya puesto en marcha y a su lugar la margarita,
sin desafîo ninguno, de ningûn tipo y sin cornetas
(sonando.
Ya puesto en marcha, aun sin la cornamusa,
no olvîdase de los corales regios que en profundidad
(estân
y al alcance sin el uso de un anzuelo de plata
o de la punta de un arpôn que ineludible horada.
Equivale la marcha a tener direcciôn,
propôsito tempestivo que no destacan corchetes,
mas que tuvo que precedente aparecer una imago
cual determinante aliciente de pasar al ir,
que no es el yendo que tapuja la ficciôn que repîtese
por hâbito.
Ya puesta en marcha sustancia que entra en calor
sin que llegue a transformarla un abrasamiento de
(flama,
lo que entonces quedarîa como aquel buen imposible
-----es cierto porque es imposible, clara una nota-----
de algûn sueño que intimida con traer a lo flamîgero
como un antaño recurso de engendrar imperativos,
allî donde la conductual permite un llegar calculado
(bien.
A raîz de leerlo varios veces en voz alta, como si la letra al sentirse am-
plificada tuviese el kairos no sôlo de rebotar en un espacio limitado sino que
tambiên de coruscar a partir de su luz, apodêrase de pluma y tinta y lo copia
en un pedazo de papel encontrado entre la montaña de inveterados libros. A
continuaciôn, y no exenta de la preocupaciôn de fijarse en no haber cometido
un error en la escritura, ubica el pedazo de papel no en otro lugar que debajo
del cenicero de Murano. Non plus ultra de unos pocos minutos de haber sen-
tido una cosiata pero insistente molestia en la espalda, decide sacar su tafana-
rio del butacôn con la intenciôn de moverse un poco dentro de la casa. Al ha-
cerlo, cumplir con el movimiento, divisa por una de las ventanas que alguien
acercâbase a la casa, mas que previo a llegar aûn faltâbanle unos cuantos me-
tros. Sin dos veces pensarlo, sin cavilaciôn que provocârale un suspiro efîme-
ro, sûbito agarra los prismâticos y los dirige hacia el agente que avanzaba no
con muchitanta velocidad. Mas si algo sucediô, lo que no podrîa verse sin la
ayuda de los cristales que facilitan un acercamiento beneficioso, fue que en-
tre los prismâticos y el agente que venîa interponîase una cantidad de peque-
ños bichos voladores formando como una nube de jaez cirroestratos, menos
que de cirros o de aurora boreal----si aquêllos pudieran compararse en tama-
ño, dirîa un estomatôlogo que tiene similitud con la *filandria (nematelmin-
tos, aunque de ella directamente no ocûpese), nube por la que fue penetran-
do, y despuês de haber sido reconocido. Anaxîmetro de Apolonia, el ex-ta-
bernero de la ciudad del ocio, por lo que pregûntase Jancia: y este personaje
que viene a hacer aquî. vendrâ por Sarambo, por un ajuste de cuentas?
Unos toques en la puerta de la casa [que no tiene un patio que es particu-
lar] tantîsimamente plomosos, como si el agente que dejâbalos en la madera
caracterizârase por ser portador de una ingente fuerza, despiertan sûbito y la
necesidad de Jancia de tomar la debida precauciôn, razôn por la cual va y en
busca del cenicero de Murano que utilizarîa como medio (de)fensa, mas sin
percatarse de la caîda al suelo del pedazo de papel donde habîa copiado y el
poema leîdo, papel que a su vez va a parar cuasi al lado de la puerta debido
al pneuma de un viento que acopas lo arrastrô. Entonces Jancia, cenicero en
mano derecha y rectitud de tronco como una señal de posiciôn valerosa, que
se igualarîa a la de estar en jarras, mas con la diferencia de que êsta es por y
costumbre muy repetida, por lo cual por conocerse ya sabrîa el que dase rau-
do cuenta de ella, de que quien la exhibe hace lo mismo que todo el mundo
en funciôn de revelar un graduado estado de molestia y causante de un estar
preparado para el ataque del otro, dispônese (a)berturar la puerta sin hacerlo
demasiado deprisa, a lo que sigue la voz de Anaxîmetro que entonces dîcele:
---Disculpa la molestia, Jancia, mas si he venido es por haberme encontrado
la maleta que pertenecîa al padre de Nausica flotando en el puerto, por lo y
que pensê....
----Espêrese un momentico, señor, que en primer lugar quisiera saber cômo
es que usted me conoce; segundo, cômo usted sabe del padre de Nausica y
de esa maleta-----pregunta Jancia sin perder de vista la mirada de Anaxîme-
tro.
----Se nota que no llevas mucho tiempo viviendo en la ciudad del ocio...
----Quê usted quiere decir con eso?
----Que aquî en Apragôpolis todo se sabe por la informaciôn gratuita que y
el viento transporta.
----No yo creo en nada de eso, me parecen banalidades que las gente utiliza
para poder creer en algo, ademâs que lo que usted acaba (de)cir a mî, y muy
particularmente, me parece absurdo.
----Yo no estoy aquî para entrar en una discusiôn filosôfica, sino mâs bien y
para saber quiênes son ciertas personas....
----Para saber eso, y no acaba usted (de)cirme que en esta ciudad todo se sa-
be por...
----No he olvidado lo que dije, pero esto parece ser una excepciôn.
----Y quiênes son esas ciertas personas?
----Cotisôn Alanda Coto y Lolia Paulina.
----Señor, por mucha informaciôn que pueda haber, saber de estas personas es
imposible, porque ya estân muertas. Y cômo usted supo de ellas?
----Por unos papeles en donde aparecen los nombres de ellas y que encontrê y
dentro de la maleta.
Acopas aparece el barquero Hagapajitas de Falogracia y dîcele sin dilaciôn
a Anaxîmetro de Apolonia:
----Usted sî que es un verdadero ladrôn!!, asî que si no quiere que lo denuncie
devuêlvame la maleta.
----Cômo que devolvêrsela, si a usted no le pertenece?---pregunta Anaxîmetro.
----Ademâs que un mentiroso, porque me acaba (de)cir que se la encontrô flo-
tando en el puerto---dice Jancia.
----Quê, tû estâs mintiendo, Jancia, yo sôlo te dije que queria saber quienes y
eran esas personajes de las que te preguntê-----dice Anaxîmetro de Apolonia a
la vez que retîrase un poco de la cercanîa con Jancia para acercarse al barque-
ro.
Fôrmase entonces lo desagradable una vez que, como el salto de Aquiles, el
cuerpo de Anaxîmetro cae sobre el de el barquero agarrando a êste por el gas-
nate, concomitada la acciôn con la de sacar un cuchillo y decirle a Jancia:
----La vida del barquero depende de ti.
----Que depende de mî, y cômo puedo salvarla?---- indaga Jancia un tanto ner-
viosa.
----Ya estoy enterado de que tienes un diamante, por lo que no hace falta decir-
te lo que tienes que hacer.
----Yo un diamante, de dônde usted sacô eso, de la informaciôn que transporta
el viento gratuita?
-----Mira, chiquilla, no juegues conmigo, que no me conoces.
Tan cêlere que no pudo calcularse, el caso es que el barquero logra zafarse
del agarre al que estaba sometido, siendo la oportunidad que Jancia aprovecha
para lanzarle el cenicero a Anaxîmetro de Apolonia, tiro como tal que causôle
el sucumbimiento al darle el peso del cristal en un costado de la testa. Y enton-
ces exclama el barquero:
----Vaya quê cristal mâs bueno, ni tan siquiera se rajô.
----Hagapajitas, se trata de un cristal de Murano.
----Claro estâ el porquê no se rajô. Y gracias, Jancia, gracias!!, que una rata me-
nos serâ capaz de morder nuestras vidas.
----De nada, de nada!! Pero no quiere pasar usted y tomarse algo?
----Cômo no?, que me viene bien un traguito.
Ya sentado en el mismo butacôn donde tuvo acomodado su tafanario Jan-
cia, el barquero divisa un pedazo de papel cercano a la puerta. Sin dilaciôn va
a recogerlo y cuando lee lo que en êl habîa escrito pregûntale (a)quêlla:
----Y este poema lo escribiste tû?
----Lo copiê, lo copiê---responde Jancia a su vez que entrega una copita.
---Tiene algo que ver conmigo con ese ya puesto en marcha, por estar yo en ir
cuasi siempre, en un yendo con ayuda de velas.
----Quê barquero no irîa (a)lgûn lugar siendo barquero?
----Eso es cierto, pero tambiên hay barqueros inmôviles, sin velas.
----Cômo?, eso no lo entiendo.
----Te debo una explicaciôn que pronto te darê.
----De acuerdo, Hagapajitas, de acuerdo! Y dîgame: sabe usted dônde estâ esa
maleta?
----Ni idea tengo, pero intentarê encontrarla para mandârsela a Nausica.
----Un bello gesto de su parte. Y dîgame: quê hacemos con el cadâver?
----Enterrarlo!!, quê otra cosa si no...
----Y dônde?
----Eso dêjamelo a mî, ya encontrarê el lugar.
----Bueno, entonces dême la explicaciôn que me deberîa dar.
----Pues es êsta, escucha.
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