El vetturino Solger y el pavo real trasladâronse a la frontera de Irsû para llevar
a la corte de Podacres, de buenos pies y padre de Casandra, a Pandolfo Colunne-
cio y a la tribu germânica, conjunto de bructeros cuasi recientemente sacados de
circulaciôn por edicto de su majestad Dido, mas no siendo otra la causa que la de
haber sido culpables de invasiôn a Bedriaco. Habrîa que ver que previo a la inta-
chonable sentencia de la reina, tanto el jefe como los sûbditos tuvieron la posibi-
lidad de conservar sus vidas a cambio de quedar bajo el mando de êsta, lo que de-
cir es lo mismo que unirse a los soldados bâtaros y participar sin querella de nin-
gûn tipo de la misma disciplina establecida por el reglamento mayestâtico. Empe-
ro como el orgullo es mâs pudiente que una condiciôn, la posibilidad no fue acep-
tada y como tal ni tenida en cuenta, quedando entonces no otro solvento que el de
la sacada de funciôn susodicha. Ora bien, y siguiendo con la fluencia iniciante, la
cosa es que la tribu completa de un solo viaje no podîa ser trasladada de un lugar
a otro, por lo que viose en la obligaciôn el vetturino Solger de realizar varios via-
jes, asimismo que de stopear mâs de una vez el vehîculo de transporte, bajarse de
êste y darle un poco de agua al pavo real, que por el dale para aquî y para allâ y el
volver a hacer lo mismo, sofocâbase mâs que el mismîsimo sofocamiento. Trans-
curridas par de horas la misiôn fue cumplida satisfactoriamente, a la que el hecho
sîguele del sustento proporcionada por Casandra al colectivo de bructeros, el ade-
cuadamente efectuado entre una sûmula de antorchas con lumbre distinguida.
Atabân y Flacius Ilyricus alcanzaban un asombro al quedar barruntados por el
capitân orcivo de la fresca llegada de sus compinches guerreros. No fue un quedar
atônitos el motivo la noticia dada, sino mâs bien la creencia, aûn sostenida a pesar
de los pesares y de las experiencias tenidas, de que la tribu era invencible al tener
unas estrategias de ataques muy de su exclusividad, a lo que sûmase la fidelidad y
la valentîa de sus integrantes, valores imprescindibles que ayudan a garantizar sin
dudas de ningûn tipo triunfos y conquistas en cualesquier partes del mundo donde
pasaran. Pero aquî pudiera pasar que la fidelidad puede ser un simulacro y la valen-
tîa una virtud improvisada, mas en esta lasca filosofada no pensaron, quedando os-
tensiblemente el porquê cuâl es: porque ellos fueron jefes y no quisieran rozar ni y
superficialmente lo que significa ser infiel y cobarde: una proyecciôn nada grata.
En materia de este jaez fruto del jobo en drupa, jacote complicado que mastîca-
se a partir de oportunidades y superlativos beneficiantes, pensaba el centuriôn tras
escuchar la noticia de la llegada de los llegantes. Tanto sabe êl, como aquêllos, de
conflictos y promaquias en terrenos olvidados, del saltar del caballo por un hueco
fabricado, de esquivar la lanza tirada a propôsito, justificando el acto de tiro preme-
ditado con una retôrica aprendida, de acicalar el secespita despuês de quedar todito
embadurnado por la sangre del cuerpo que penetrô, de los cotorreos a hurtadilla y a
la zaga de las columnas; y en fin, que lo que fue ni tiene elixir ni un volver (a)plica-
ciôn, mâs vale el mutismo que el desmontamiento de lo acontecido en otro sistema,
en otro lugar, que de todas y de un sin mil de formas ya pocas cautivan, atrapan, de-
jan celada.
A continuaciôn del sustento, y con el objetivo de atisbar el lugar con su tîpica
mirada de profundizar en busca de acicateantes detalles, Pandolfo Colunnecio coge
una de las antorchas encendidas y emprende un recorrido dentro de la corte. Al lle-
gar a un punto determinado, donde al parecer cruzâbanse a esa hora los que se en-
tregaban igual a la misma actividad, con la diferencia del carecimiento total del ob-
jetivo mismo, acopas oye que alguien dîcele:
-----Ya no se trata de que el mundo sea pequeño, sino de que un posible mantênga-
se siempre activo, algo que nada tiene que ver con la lumbre de esa antorcha.
-----No entiendo sus palabras; o mejor dicho, el porquê de que usted diga de que y
un posible mantêngase siempre activo.
-----Claro que entiendo el porquê usted no entiende el posible del que yo hablo, pe-
ro para no apresurar algo que antes de entenderlo necesita de una costumbre para y
ser entendido, o de una constancia en la estancia que acorta las distancias, le comu-
nico o hâgole saber, que yo fui su jefe por largo y extendido tiempo; y mâs aûn, que
nos vimos por ûltima el dîa en que yo asesinê por la espalda al soldado bâtaro que y
hacîa guardia en la cabaña donde estaban las pertenencias quitadas por Dido al ten-
dero Sarambo, encontrando entre ellas el diamante que le regalê a Jancia la noche y
de ese dîa en el âgape al que me invito la reina.
-----Pues sabe usted una cosa, ni idea de quiên es usted; pero igual, un gusto en co-
nocerlo, en darle la mano y por entrar en conversaciôn. Y cuâl es su nombre?
-----Flacius Ilyricus.
-----Encantado, Flacius, encantado.
-----Antes de que usted me diga el suyo yo lo dirê.
-----Ah, y tambiên conoce mi nombre?, cômo es eso posible? A ver, cuâl es?
-----Pandolfo Colunnecio.
-----Increîble!! No serâ usted un mentiroso, y en vez de jefe lo que es mago o adivi-
no?
-----Puedo entender el motivo de tu pregunta, pero ya verâs mâs tarde quê sucede y
con la constancia en una estancia que acorta las distancias. Si me acompañas, y de y
paso te sirvo de guîa, te enseño cosas desconocidas, te presentarê a otro que tambiên
fue jefe de la tribu germânica predecesor a mî en el mando, ademâs que mi hermano.
-----Y cômo se llama?
-----Atabân, su nombre es Atabân: te dice algo?
----Tampoco sê quiên es êse, primera vez que escucho tal nombre.
----Igual. Ven conmigo y ya verâs.
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