Mas si de algo no extrañâbase Kosmos, y ya estando en la recâmara
pequeña que tenîa el copero detrâs de su taberna en Bedriaco, allende que
concomitado por el cocinero de Irlanda y Arete, fue de que acopas el ôno-
ma de Angelicus comenzara a pasar por su mente como en pleno carnaval
una carroza en fiesta, porque al saber que cuando algo asî, anâlogo sucede,
es que en algûn otro lugar, rincôn o laberinto el nombre de una determina-
da y concreta persona estâ menciônandose, que si no estâ presente en algu-
na que otra conversaciôn sea del jaez que fuese, y que como tal, entonces,
acarrea una especie de resonancia que puede llegar a oîdos de alguna otra
criatura con destacada sensibilidad de escucha, con el privilegio de captar
desde la distancia identidades que participan en una sonora vibraciôn. Pe-
ro para que lo anterior quede mâs claro aûn, inteligible, sin sombra e im-
poluto, dêjase saber lo que estâ sucediendo en palacio.
Acomodadas en los pulvinares dorados estaban Rubria y Dido, y no
mucho despuês de que aquêlla penetrase por la puerta de palacio con Ate-
riana y revelando un estado de ânimo cuasi nunca visto, lo que flagrante-
mente debîase a la compra reciente y exclusiva de los siete vestidos blan-
cos. La conversa entre ellas, y preponderando mâs la verba de Dido que
la de Rubria, aunque haya sido êsta la dadora del aliciente, y el que a sa-
ber no es otro que el de sacar a puesto, a colocaciôn el ônoma del vende-
dor de la tienda, fluia sin escollos significativos y sin la interrupciôn ne-
cesaria del cibiosactes, aunque con algo de parsimonia a raîz de mojarse
los labios la reina con el acicateante conditum paradoxum. Este preferi-
do estimulante fue dirimiendo (paultinamente) la conducta sensata de la
reina de no contar ciertas cosas por las cuales pudiera ser criticada y por
los miembros de la familia real, aunque tal crîtica no sobrepasara los lî-
mites de la corte, pero un juicio en lo atinente a su actuar en momentos
tempestivos menos que con firmeza y determinaciôn para siempre. En-
tonces, y al ya no quedar nada de la conducta susodicha, cuenta con sol-
tura Dido, o sea, sin prudencia:
En una esquela que me enviô Sarambo, mas no recientemente sino hace
ya mâs o menos dos años, me dijo que estaba dispuesto a pagar el alqui-
ler correspondiente para abrir un negocio que sôlo venderîa vestidos de
color blanco y del que se ocuparîa Angelicus, aunque sin dejar ostensi-
blemente revelado de dônde êl conoce a êste, un algo oculto que no dio
a conocer que a mî me importa un bledo, mas que por una curiosidad y
de corte breve uno quisiera saber de ciertas atingencias entre dos perso-
nas totalmente diferentes y ya un tanto acostumbradas a sobrevivir sea
como fuere en dos localidades disîmiles.
----Y quê le dijo usted respecto al alquiler, Dido, a pesar de que Saram-
bo haya tenido problemas aquî en Bedriaco, de que usted lo expulsô de
aquî por negociar mercancias ilegalmente?
----Le mandê escrita la sûmula de sestercios que deberîa pagar.
----Que êl aceptô, porque de estar funcionando la tienda....
----Asî es!!, y la que empezô a funcionar un mes despuês de la esquela
que me envîô.
----Y por quê usted no le dijo nada al respecto a Kosmos al conversar
anoche con êl.
----Yo le contê que le paguê a Angelicus una bolsita de sestercios por
su bote hundido por culpa del cazador.
----Sî!!, eso me lo acaba de decir Kosmos, pero precisamente si le ha-
blô de una cosa por quê no de la otra?
----Tampoco te la hubiese dicho a ti si me quedase en lejanîa el condi-
tum paradoxum.
----O sea, que gracias a un estimulante una revelaciôn?
----Muy justa, exacta, precisa tu pregunta, y la respuesta es que sî.
----Entonces ya estâ claro: ese Angelicus es el vendedor de botes, co-
mo pensô Kosmos. Pero dîgame: cuândo usted lo vio tenîa barba y bi-
gote con crecidos pelos?
----Eso no!!, carecîa de tales dadorîas hormonales masculinas.
----De segregadas sustancias dirîa kosmos.
----Quê mi hijo no dice diferente al decir comûn?, algo que a todo tran-
ce en êl es infaltable. Y hablando de êl, dônde estâ ahora?
----Se fue con el cocinero de Irlanda y Arete a la taberna del copero.
Inesperadamente llega Ateriana y pregunta:
----No han visto al gato por aquî?
----No!!, por aquî no ha estado, a pesar de que los pulvinares le gustan.
Miraste debajo de la cama de tu cuarto? ---pregunta Dido.
----Fue lo primero que hice, porque es su escondite favorito.
----No te preocupes, Ateriana, que los gatos van a vienen; hacen lo que
les da la gana; son totalmente independientes---acentûa Rubria.
----Sî!!, ya sê, pero aun asî hasta ahora no se fue a ninguna parte.
----Tranquila, Ateriana, que tû verâs que regresa. Mira, pônte a tejer, y
asî pensarâs menos en eso---dice Dido.
----Me puedo quedar con ustedes en los pulvinares?
----Si es lo que prefires sî, ven, acomôdate con nosotras.
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